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lunes, 6 de marzo de 2023

Vendrá

 
Cuando los judíos fueron desterrados a Babilonia en gran parte estaban sometidos ya a una esclavitud propia, «autoinfringida», dicen un tanto ambiguamente ahora. Ya se habían alejado, de cierto modo, de los preceptos de Dios. El reino del norte ya había sucumbido a su propia infidelidad y había caído en manos de pueblos extraños. El reino del sur, cuya capital era Jerusalén, pasaba tiempos de baja fe y de peor práctica de la caridad; por eso la oración de Daniel (9, 4 – 10) que se nos presenta hoy es una confesión de los pecados del pueblo. Sabe el profeta cuánta traición de los judíos hubo hacia Dios. Los que cabría preguntarnos es de qué modo nosotros mismos traicionamos en nuestros días y como pueblo a Dios, cómo es que hemos pecado con leyes permisivas y que llevan a la degeneración y a la perversión, tanto por la cuestión del hedonismo, como del homicidio al desvalido desde el vientre materno; por la incesante, constante y voraz corrupción política; los asesinatos, la esclavitud a los designios del placer y del deseo; la omisión desde el ámbito educativo, la perversión en este terreno, la puesta al servicio del poder y de las ideologías en el sistema escolar; la disolución del núcleo familiar en la sociedad, su banalización y su falta de defensa por parte del gobierno, de los pueblos, de las instituciones y hasta por parte de la Iglesia; las desviaciones en la fe, las herejías y hasta los atroces pecados de los miembros del clero; en fin, todo un catálogo de pecados y de males de los cuales bien podríamos implorar, como el profeta Daniel: «Señor, la vergüenza es nuestra, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres, porque hemos pecado contra ti. De nuestro Dios, en cambio, es el tener misericordia y perdonar, aunque nos hemos rebelado contra él, y al no seguir las leyes que él nos había dado por medio de sus siervos, los profetas, no hemos obedecido su voz».
 
En consonancia con Daniel, el Salmo 78 pide a Dios que no seamos víctimas de los pecados de pasadas generaciones, pide el salmista perdón y ofrece gracias sempiternas.
 
El Evangelio de San Lucas (6, 35 – 38) nos trae el pasaje donde Jesús pide tratar como queremos que nos traten.
 
Para el Oficio de Lectura de este día se nos presenta senda homilía de San Juan Crisóstomo «el de la boca de oro», donde nos dice: «Los judíos vieron maravillas; también tú las verás, y más grandes y sorprendentes que cuando los judíos salieron de Egipto. Tú no viste sumergirse al Faraón con su ejército, pero has visto al diablo con todo su poder cubierto por las olas. Los judíos atravesaron el mar Rojo; tú has atravesado el dominio de la muerte. Ellos fueron liberados de Egipto; tú has sido liberado de los demonios. Los judíos escaparon de la esclavitud en país extranjero; tú has escapado de la esclavitud, mucho más triste, del pecado». Y viene a reforzar esta idea de que hemos sido privilegiados al ser herederos de Cristo, pues lo vimos apenas con Mateo transfigurarse, llenarse de gloria frente a los discípulos y hemos sido depositarios de su misericordia y de su salvación. «Acerquémonos —dice el mismo San Juan Crisóstomo— con un corazón sincero y una conciencia pura, para que alcancemos gracia y misericordia en el tiempo oportuno: la gracia y la misericordia del Hijo único, nuestro Señor y salvador Jesucristo, por el cual, y con el cual sea la gloria, el honor y el poder al Padre y al Espíritu dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos».
 
«Parece mi Amado una gacela, parece un ciervo» dice el Cantar de los Cantares (2, 8) y es el nombre del «Ciervo», el que le da para este día a Cristo el Padre Cabodevilla en los «365 nombres de Cristo», porque es el alma desolada y sola la que suspira por su Amado. Cabodevilla nos refiere a San Juan de la Cruz y cómo se expresa de Cristo aludiendo a que el Amado es furtivo en sus visitas. Mientras aparece otra vez, se impone ejercer la práctica de las virtudes de la esperanza y la paciencia y, mientras eso ocurra, debemos dejar el tiempo pasar mientras luchamos por vencer las dificultades inherentes al paso de ese tiempo. Esperar y seguir esperando, aunque experimentemos la sensación del desierto y el vacío. Vendrá.


1 comentario:

  1. En lo personal me pareció una gran lectura; y a su vez tiene síntesis de reflexiones hacía el ser humano desde lo que hay desde la vida hacia la muerte; así mismo la negación del echo de la inminencia, misteriosa y espantosa realidad de la muerte, y no poder negar que habremos de morir y si de hechos se trata, algún día llegará el fin con eso que llamamos muerte.

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