Hoy me plugo recordar unas reflexiones del que escribe sobre la culpa y la confesión en nuestro ámbito cristiano. Palabras publicadas en una revista diocesana de Tlaxcala tiempo ha. Veamos.
El día que el Señor Obispo, Francisco Moreno Barrón, se presentó en esa magna celebración del 28 de mayo de 2008, en el Seminario Diocesano, para tomar posesión de la diócesis tlaxcalteca, cuando ya nos aprestábamos para volver a la capital del estado, mis alumnos, las Madres escolapias y un servidor, trayendo yo un ejemplar de L’Osservatore Romano, en cuya portada aparecía el momento justo en el que un grupo de diáconos estaban postrados en su ordenación sacerdotal, una alumna se sorprendió mucho, pues nunca había visto una escena similar. Me preguntó si no sería un acto como aquel en el que ciertas sectas de hermanos separados imponen las manos y se ponen a hablar cosas extrañas e inverosímiles. Nada parecido, le indiqué, y enseguida nos hallábamos conversando sobre tales prácticas y algunas otras de la catolicidad. Me sorprendió en demasía saber que ella considera una práctica inútil y absurda la confesión. Al notar mi sorpresa pareció arrepentirse de lo que dijo y trató de disculparse por “estar mal”. Más bien me disculpé yo, diciéndole que ella no tenía toda la culpa, sino yo, sino nosotros, los educadores, los evangelizadores y hasta sus padres, al no haberle podido enseñar por qué es importante y fundamental este Sacramento. No me dio tiempo de explicárselo y siento una especie de deber aportar estas reflexiones a la luz de la Sagrada Escritura, el Catecismo y otras fuentes eclesiales, pues es un error muy común en nuestros tiempos en el que incurrimos como católicos, ya que llegamos a pensar que “es absurdo eso, y por qué habríamos de confesarle nuestros pecados a alguien que es como nosotros, o quizás hasta más pecador”. Esas fueron sus palabras. Fueron eco de muchos hermanos a los que les he escuchado semejante queja.
Así pues, examinando primeramente la culpa, diremos que es un sentimiento muy humano: cuando entendemos, según nuestra conciencia, que “algo estuvo mal” de lo que hicimos, sentimos automáticamente la carga o la culpa. Sin ánimo de adentrarnos en tremendos embrollos teológicos para el caso de la culpa del pecado original, baste asentar la pesadez sobre nuestro espíritu padecida por nosotros cuando este sentimiento se hace patente y presente en nuestra consciencia, ya no sólo en la conciencia, pues podemos saber que algo estuvo mal, pero no hacerlo racional, visible, entendible, presente en nuestro conocimiento. No somos ángeles. Somos humanos, y como tales, pecadores, propensos a los errores, a expensas de la culpa y del pecado. Es un hecho. Nos duele cuando agredimos, cuando fallamos en algo, cuando algo nos falta, cuando sin querer traicionamos o cuando hacemos el mal que no queremos, como bien lo reconoce para sí mismo el Apóstol: «Puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si no hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí. Así pues, soy yo mismo quien con la razón sirvo a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado» (Rm. 7, 19-20. 25b) Hay una desconexión entre nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Nuestra inteligencia puede indicarnos el buen camino; pero nuestra voluntad puede flaquear y traicionarnos. Así es nuestra naturaleza. No hay que espantarnos tampoco, pues como canta en la noche gloriosa de la Vigilia Pascual el Sacerdote en el Pregón de la Pascua: «Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo rescataste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!». Resaltemos lo último: Feliz la culpa que mereció tal Redentor. Sin duda hay dos declaratorias de la grandeza inefabilidad de Nuestro Señor, pues primero San Pablo nos hace pensar en nuestra humanidad pecadora lejos de la vida del Espíritu, es decir, lejos de la Gracia; y luego este hermoso fragmento del Pregón nos consuela ¡con la misma acción de la redención!
Ni más ni menos: si por algo podemos sentirnos cristianos es que a pesar de nuestra condición humana propensa a la culpa, hemos sido redimidos con la muerte del Cordero, con la entrega de Jesús, con su sacrificio. Y si hemos muerto con él, también viviremos con él. No hay carga de conciencia que no pueda ser sanada por Dios. ¿Qué necesitamos? El arrepentimiento, el santo temor de Dios y luego viene el deseo de purificarnos y con ello la confesión.
«No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado» (Catecismo de la Iglesia Católica 981). Abundantes alusiones acerca del perdón, de la misericordia, de la confesión y de todo tipo de penitencia podemos encontrar en las Sagradas Escrituras y en documentos en los que se enseña todo esto. Desde las parábolas como la del hijo pródigo, los anuncios del Reino de Dios en el perdón y la misericordia, hasta las propias acciones de Jesús como perdonar a la mujer que estaba a punto de ser lapidada y también la propia oración que nos enseñó cuando pide que Dios perdone nuestras deudas tal como nosotros perdonamos a quienes les debemos algo.
Confesar es perdonar, perdonándose a sí mismo, implorando la misericordia. Confesar es también aceptar los errores. No se puede saber si una persona ha aceptado una culpa si no la expresa, si no la hace explícita. Confesar desahoga, aligera la carga que sentimos por la culpa. Es un acto de purificación. Recordemos el Salmo 50: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad/ por tu inmensa compasión borra mi culpa/ lava del todo mi delito, limpia mi pecado…» Y habremos de agregar algo más: si creemos en Dios, la ofensa no sólo es contra nuestros hermanos, sino para con el mismo Dios. Si somos consecuentes con nuestra fe católica no debería avergonzarnos confesar cuando hemos caído de la gracia. O bien, si nos avergonzamos deberíamos asumir con valentía la penitencia. Si estamos conscientes de que algún pecado nuestro ofende a Dios y a nuestros hermanos, deberíamos aceptar pacientemente la penitencia y confesarlo sin recato, sin miedo, puesto que Dios es quien nos habrá de perdonar, a través del sacerdote.
«Si asumimos una actitud de rechazo al sacerdote y por ello nos alejamos de los sacramentos y la Iglesia, en realidad no creemos en Dios, sino en el sacerdote», decía un catequista, y si el sacerdote nos decepciona, obviamente estaremos alejándonos del mismo Dios. Es en Dios en quien verdaderamente tiene que creer un cristiano. ¿Cuántas veces en lugar de criticar a los sacerdotes hemos hecho oración por ellos?
Es curioso y extraño que en nuestros días haya hermanos que se acercan más a los psicólogos, por ejemplo, y hasta podrán abrirse y confesarles muchas intimidades, lo cual es bueno para el trabajo de estos profesionistas, empero ¿les preguntaran a ellos o les cuestionaran sobre sus “pecados”? No lo creo. ¿Por qué cuestionar infundadamente a los sacerdotes, cuando ellos han sido elegidos por Dios para esa hermosa vocación de entregar la vida al servicio de los demás mediante su ministerio? Porque no son cualesquier personas, sino elegidos por Dios para esa actividad específica dentro de la Iglesia. El poder que se les ha dado es el mismo que Cristo mismo dejó a la Iglesia: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt. 16,19). Por lo tanto «los sacerdotes deben alentar a los fieles a acceder al sacramento de la Penitencia y deben mostrarse disponibles a celebrar este sacramento cada vez que los cristianos lo pidan de manera razonable» (CIC 1464). «El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo» (CIC 1466).
Es, pues, tarea de todos: padres de familia, sacerdotes, educadores en la fe, amigos, hermanos en la fe, comunicadores, etc., formar la conciencia cristiana de la autocrítica —aptitud tan carente en nuestro país—, la valentía para confesarnos y la práctica general de los sacramentos, para que desde ese punto mejoremos como personas y, por ende, como sociedad, como cristiandad.
Ponerse en paz es necesario, urgente, siempre vigente y patente, porque somos humanos: ni ángeles ni bestias.
Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala - México, Distrito Federal.
