Hacia una estética del sentido del gusto a través de la reflexión sobre la gastronomía (1)

viernes, 2 de julio de 2021

Para ti, mi mamita hermosa, en tu cumpleaños 70.
Mi primer hogar fue tu vientre. 


Ni el aroma del lirio y de la rosa,
ni la luz de un tesoro refulgente,
ni la talla moral del que es clemente,
ni el portento de lluvia estrepitosa.
 
Ni el rumor de la brisa cariñosa,
ni la mano vivaz y hasta eficiente,
ni la voz gutural y convincente,
ni algún vuelo feliz de mariposa.
 
Nada tiene tu fuerza ni tu estilo,
nada altera la paz de tu sigilo,
nada suple tu ejemplo que alimenta.
 
Todo es bien de tu ser, todo engalana,
todo es tierno, es cariño, es luz que emana
bendición que Dios da por tus setenta. 

Si bien subsiste la idea —una de tantas por el estilo— respecto de la prohibición eclesial, histórica, sobre la condenación de los sentidos corporales «por ser ellos las puertas de la condenación y la consecuente esclavización del cuerpo, cárcel del alma»[1] y, en especial, en lo referente al pecado de la gula, también es de vero la clarificación hecha gracias a la distinción propuesta desde la «Deus caritas est», de Benedicto XVI sobre los tipos de amor y con ello una suerte de reivindicación acerca del deleite de los sentidos. La misma tónica podríamos distinguir en San Agustín o en Simone Weil, quienes asientan la finalidad de todo placer como la corteza más externa o superficial del verdadero deseo de la divinidad, del absoluto.

 

De entre los sentidos corporales, el del gusto ha sido, tal vez, poco estudiado a profundidad desde el ámbito de la estética. Es más fácil encontrar críticos literarios, analistas, correctores de estilo, lingüistas, que teóricos del gusto, del sabor o de la alimentación. Es más sencillo encontrarse con especialistas en el análisis de las sinfonías, de los sonidos y hasta ingenieros de audio. Asimismo, es ya no tan simple; pero sí frecuente, saber de la acción médica de los otorrinolaringólogos y los oftalmólogos; aunque en este aspecto sí hay bastantes críticos de obras de arte pictóricas; no vemos tampoco estetas del aroma, salvo por los usos pretendidos de curación por la vía de la aromaterapia y las no pocas ofertas en el mercado para la utilización de aromas para engalanar el ambiente de las casas, disipando los hedores o repeliéndolos, al menos, de tal manera que se puede hablar de la acción de los sentidos, tanto desde el punto de vista clínico o médico, como desde el punto de vista intelectual o estético; pero de ellos, sobre el gusto, ni lo uno ni lo otro.

 

A lo más, nos podemos topar con la explicación fisiológica de la existencia y función de las papilas gustativas, esas terminales sensoriales y nerviosas ubicadas en la cavidad bucal, en nuestra lengua, para poder distinguir los distintos sabores de lo que fagocitamos; pero no abunda mucho la cuestión estética de la experiencia de la deglución, salvo por algunos artículos más bien un tanto ñoños y más bien propagandísticos de quienes reseñan sus visitas a los restaurantes, describen los platillos que comen y terminan informándonos de cuánto se gastaron por cada uno de esos platillos durante una comida completa.

 

He de confesar que la primera vez que escuché la idea de explorar la «estética del antojito» me pareció risible, pues era un maestro mío de la Facultad de Filosofía quien la trataba de desarrollar. Respeto mucho al maestro Toño Arvizu; pero cuando supe que esos eran sus terrenos de cavilación filosófica, me pareció poco menos que ridículo. No soportaba la idea. Pensaba yo que era un abaratamiento de los objetos de estudio para la filosofía. Ahora pienso distinto. Y no es que, por ejemplo, haya sido convertido por ver escenas como la del crítico de comida de la película Ratatouille, o porque haya identificado en el suplemento “Buena mesa”, del Reforma a los comensales que publican los precios de lo que comen, sino que empecé a descubrir analogías que, sobre lo que se come, sobre la digestión, sobre los hábitos, sobre el tipo de gastronomía de cada país y región, sobre la comparación hecha de los platillos de origen, sobre la diversidad y la diferencia del tipo de comida que se prepara, se vende y se consume, tan sólo de mi estado de origen y mi estado de adopción, me di cuenta de una riqueza jamás antes experimentada y del valor que tiene la comida de mi tierra y por cuánto la extraño sin dejar de disfrutar la que conozco ahora; además, de cómo esas analogías nos ayudan a entender el mundo, las ideas y a expresarlas. Incluso sobre lo que nos alimenta en el alma.

 

También debo confesar que nunca he leído aquello que el maestro Toño Arvizu haya escrito sobre el asunto, por cierto, solamente recuerdo sus ponencias en la misma Facultad y sus dichos entre pasillos cuando hablábamos de los canapés que se daban fuera de las mesas de trabajo en los eventos, o bien, cuando junto con los otros sinodales y mi esposa, luego de mi examen de grado de licenciatura, fuimos a disfrutar en la cenaduría “Blas”, justo en la calle 5 de mayo, en el centro de Querétaro, donde el maestro no se cansó de elogiar los antojitos que ahí deglutimos.

 

El placer del manjar ha tenido una simbiosis histórica con el de reunirse. La experiencia del encuentro con los afines suele ser lo máximo en la mancuerna con el tipo de comida que se comparte mientras se da la reunión. Entre más importante sea el motivo, reviste igualmente importancia la selección de los platillos y la consecuente búsqueda de la satisfacción plena al fagocitar de los comensales. Así, nos llegan ejemplos de comilonas históricas y trascendentales, como lo fue El Simposio, de Platón, por ejemplo, donde se discute amplia y profundamente sobre el tema del amor. Lo mismo podemos decir de los evangelios: especialmente el de Juan, donde se describen fiestas, comidas, manjares, eventos donde asistía Jesús con sus amigos, sin mencionar por encima en importancia a la “última cena”, tal vez la más célebre de toda la historia y de todas las civilizaciones. San Agustín, por su parte, celebró una comilona con sus más allegados, entre amigos y familia, ya siendo Obispo de Hipona, un 13 de noviembre, para celebrar alguno de sus cumpleaños, donde refieren el sentido, el uso, el provecho y hasta la analogía de la comida para alimentar el cuerpo, así como él pretendió darles unas lecciones para alimentar el intelecto o el alma, lecciones que conocemos con el nombre de “De beata vita”, es decir, “Acerca de la vida feliz”.

 

Hay una escena casi inicial en la película El último de los mohicanos, donde los dos hijos indígenas (uno legítimo y otro por adopción) van con el padre tras un siervo entre la maleza de los bosques de Norteamérica y, cuando logran cazarlo, el padre hace una especie de bendición, pide perdón por el sacrificio del animal y explica un poco el ciclo vital de la cadena alimenticia. Esa dimensión de acción de gracias es la que, en general, como especie humana hemos perdido de vista cuando de consumir la comida se trata, pues siendo ésta reducida a la mera funcionalidad de la nutrición, de una especie de combustible para que el cuerpo humano consiga las calorías necesarias para continuar bregando por la vida, se ha omitido el valor de la procedencia de los alimentos, ya no digamos ese sacrificio del que pueden ser objetos tanto las plantas, como los animales, sino incluso el mismo proceso, el rito, el momento y el deleite para el sentido del gusto. Se ha despojado, pues, una acción tan importante, como lo es el comer, del elemento estético para favorecer el elemento funcional, mecánico y hasta poco provechoso del deglutir.

 

Poco a poco se tendrá que rescatar el sentido de la preparación hasta el consumo del alimento. Hay muchos factores alrededor para considerar y llevarlos a la explicación de la experiencia estética, misma que no se reduce al disfrute, sino que contempla una serie adicional de experiencias y enseñanzas.

 

Tan sólo de recordar cómo hacía mi madre cuando vendía el menudo de res o las gorditas queretanas; ya no digamos desde su preparación, sino en el momento en el que, con gusto y generosidad despachaba cada plato vendido; muchas ocasiones daba de más para que se compartiera con los familiares enfermos de quien iba a comprar. Esa generosidad aumenta el impacto estético de la experiencia del gusto al momento de fagocitar. Me puedo imaginar el gusto y la emoción de esas personas; pero más aún la manera como pudieron haber disfrutado el caldo caliente, picoso y bien condimentado, además de los trozos suaves de carne suculenta, mientras sentían la saciedad de sus entrañas y podían platicar en compañía de sus seres queridos en medio de la dificultad por la que estuviesen pasando. Vemos aquí una dimensión incluso moral y una relación del hombre con la comida, un pretexto, si se quiere sentir así, para acortar distancias y sentir juntos el mundo y la vida a través de la comida, del antojito, de la gastronomía. Hay una dimensión de belleza en este cuadro descrito. Quien no lo vea, no ha abierto su capacidad de asombro, ni su órgano para ser propenso a la experiencia estética. No podrá ver el arte en ello todavía.

 

Julián Hernández Castelano.

2 de julio de 2021.



[1] Idea que, más bien, es platónica, luego neoplatónica, aderezada con una buena dosis de estoicismo y, finalmente, propagada de manera intensa, tanto por los gnósticos, como por los maniqueos y, ya últimamente, por ciertas corrientes de la New Age y, sin el elemento trascendente, sino inmanente, por los movimientos del veganismo y hasta del yoga, por ejemplo; pero nunca plenamente cristiana, pues lo más cercano su condenación, digamos, desde la cristiandad, es la idea de la continencia como dominio de sí y la identificación de la gula como un exceso de la ingesta nutricional.

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