Una urgencia histórica

viernes, 8 de julio de 2016 0 comentarios

Dedicado a mis alumnos del Colegio Sor Juana Inés de la Cruz, Tlaxcala.
Dedicado a todos los alumnos que terminan sus estudios en estos días.
Dedicado a todos aquellos que no se conforman ante la mediocridad del ambiente.

Muy queridos alumnos:

Siempre hay la oportunidad de expresarles algunas ideas sobre su inminente despedida de nuestra escuela. Podría entonces limitarme a enumerar una serie de buenos deseos y congratularme mediante una acción de gracias por todo lo que ustedes han sido y representan para nuestra escuela: una generación única, sin duda, un grupo como pocos de los que hemos tenido la ocasión de apreciar y conocer. Cada uno de ustedes son poseedores de múltiples talentos y sus personalidades, más sus ganas de sobresalir y principalmente de cumplir, dan cuenta de su grandeza y genialidad. Son únicos y seguramente habrán de triunfar a donde vayan, pues esa actitud de responsabilidad y la nobleza que los caracteriza serán suficientes para sobresalir y obtener buenos frutos.

En el buen deseo del éxito no está el éxito. En el buen deseo de solamente el bien, ya está el bien. El deseo del oro no es oro. El deseo de bien, ya es un bien.  Podemos desearles entonces no el oro, ni el éxito siquiera, sino el bien. Sean buenos, ante todo. Sean buenos, pero no sólo desde el punto de vista moral. Sean buenos con los demás; pero sean buenos sobre todo en lo que hagan. Sean los mejores. Sean perfectos, como nos dice Jesús a través del Evangelio de San Mateo en el capítulo 6. Y ser perfectos implica desarrollar todas las capacidades en aras de realizar de la mejor manera lo que se haga, en hacer todo de manera que no haya nadie ni nada que pueda hacerlo mejor que nosotros. Esa es la urgencia de nuestros tiempos.

En buscar la perfección estriba el secreto de la mejor defensa contra todos los males y las injusticias que cunden por doquier en un mundo tan enredado, tan confuso y tan tormentoso como el que nos ha tocado habitar en estos tiempos de zozobra y dificultad. No aspiren a ser los líderes o las lideresas que se estilan en nuestros días: gente sin escrúpulos o sin un mínimo de preparación que llegan a ocupar cargos de servicio público o de representación popular sin ningún mérito propio que el clientelismo y el engaño. Así es como llegamos a la corrupción y las injusticias vividas. Así es como nos estancamos y perdemos la oportunidad de procurar lo mejor para todos, es decir, la verdadera justicia colectiva.

En la medida en que te prepares para ser el mejor médico, arquitecto, ingeniero, administrador o administradora, en suma, en la medida en la que sean mejores profesionistas, será como logremos un status de mayor y mejor justicia para todos.

Decía José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Salvarme significa salvar mis circunstancias y salvar mis circunstancias significa darme con lo mejor que tengo para mejorar lo que hay a mi alrededor, así salvo mi entorno, así salvo a mi familia, como aspiraba Santa Paula Montal y así salvo a mis semejantes, amigos y enemigos, en el duro combate de la relación cotidiana con el otro, pues a pesar de ser distintos y opinar distinto y procurar distintas cosas, ya el hecho de compartir la circunstancia nos obliga a vivir con nobleza y ejercer con profesionalismo lo que cada uno de nosotros está llamado a ser.

Tal es la urgencia histórica de estos días: vivir en plenitud entregando lo que somos y lo que podemos hacer para salvar nuestras circunstancias. Así podremos perpetuarnos. Así no se olvidarán de nosotros por mucho tiempo cuando ya no estemos aquí. Se podrá decir que aquí vivimos, que por aquí pasamos y que nuestra vida no fue en vano. Se acordarán de nosotros así: por haber dado todo para ser perfectos.

No se den el lujo de la mediocridad y de la pérdida de tiempo. De funcionarios y profesionistas mediocres ya estamos hartos. De padecer torpezas y advertir corruptelas ya hemos sufrido bastante. Sean exigentes consigo mismos y con los demás. No toleren la pasividad de las instituciones prisioneras de instrumentos legaloides; antes bien denle la vuelta a la desesperanza y brillen ustedes mismos y muestren mejores caminos, pues sus intenciones no están viciadas y sus corazones permanecen inmunes a los bombardeos de las suspicacias y las mezquindades de quienes se han sumido en el egoísmo.

Los grandes personajes de nuestra historia tuvieron la virtud de ganarle al tiempo su marcha implacable mediante las acciones que los inmortalizaron. Busquen ustedes mismos ser inmortales con sus acciones, de tal manera que no encuentren otra razón de lograrlo que la libertad de la aspiración a la trascendencia vital, de la perpetuación por la vía de la más transparente honestidad intelectual y espiritual. No se dejen llevar entonces por la ramplonería y el vacío propios de las generaciones huecas que dominan el espectro histórico de nuestros tiempos.

Marquen ustedes la diferencia. No rompan con su pasado, es decir, con sus raíces, es decir, con sus familias, pues en la familia encontramos la savia que nos nutre de elementos para subsistir ante la posible hostilidad del entorno.

En ustedes está la posibilidad de comprometerse dentro de la sociedad para hacerla mejor y no para perjudicarla tomando partido por tal o cual ideología. Analicen, estudien, comprométanse con algo que les ayude a sentirse útiles y a sentirse vivos.

No se olviden de esta su escuela que les habrá de esperar con los brazos abiertos siempre que así lo busquen o lo necesiten. Incluso si los embates del descrédito hacia lo que represente el sustento espiritual sean verdaderamente insoportables, no renieguen de su fe. Recuerden los momentos de oración y de retiro. Recuerden que aún en medio de la más tremenda dificultad, siempre hay una esperanza para quienes nos concebimos como creyentes y en medio de nuestras oraciones buscamos el remanso necesario en medio también de la tormenta o simplemente agradecemos el don de la vida por considerar esta una oportunidad para seguir hasta la eternidad.

Bien nos lo recuerda, por último, la filósofa profundísima y mística Simone Weil cuando dice que «No hay más fuerza ascendente que Dios, y Dios viene cuando se le mira. Mirarle quiere decir amarle. No hay más relación entre el hombre y Dios que el amor. Pero nuestro amor a Dios debe ser como el amor de la mujer a un hombre, que no osa expresarse por iniciativa propia, que es tan sólo espera. Dios es el esposo, y como tal debe venir hacia la que él ha elegido, para hablarle y llevarla consigo. La futura esposa debe únicamente esperar. El hombre no tiene que buscar, ni siquiera tiene que creer en Dios. Debe solamente negar su amor a todo cuanto es distinto de Dios. Esta negativa no supone ninguna creencia. Basta constatar lo que es una evidencia para el espíritu: que todos los bienes de este mundo, pasados, presentes  futuros, reales o imaginarios, son finitos y limitados, radicalmente incapaces de satisfacer el deseo de bien infinito y perfecto que arde perpetuamente en nosotros.»[1]

Julián Hernández Castelano.
Tlaxcala de Xicohténcatl, Tlax.
8 de julio de 2016.




[1] Weil, Simone, Escritos esenciales, (Colección «El pozo de Siquem», número 109), Santander, Editorial Sal Terrae, 2000, introducción y edición de Eric O. Springsted, pp. 104 – 105.

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

Sample text

Sample Text

Text Widget

Social Icons

Followers

Featured Posts

Social Icons

Blogger templates

Unordered List

Sample Text