Dedicado a mis alumnos del Colegio Sor Juana Inés de la Cruz, Tlaxcala.
Dedicado a todos los alumnos que terminan sus estudios en estos días.
Dedicado a todos aquellos que no se conforman ante la mediocridad del ambiente.
Dedicado a todos aquellos que no se conforman ante la mediocridad del ambiente.
Muy
queridos alumnos:
Siempre
hay la oportunidad de expresarles algunas ideas sobre su inminente despedida de
nuestra escuela. Podría entonces limitarme a enumerar una serie de buenos
deseos y congratularme mediante una acción de gracias por todo lo que ustedes
han sido y representan para nuestra escuela: una generación única, sin duda, un
grupo como pocos de los que hemos tenido la ocasión de apreciar y conocer. Cada
uno de ustedes son poseedores de múltiples talentos y sus personalidades, más sus
ganas de sobresalir y principalmente de cumplir, dan cuenta de su grandeza y
genialidad. Son únicos y seguramente habrán de triunfar a donde vayan, pues esa
actitud de responsabilidad y la nobleza que los caracteriza serán suficientes
para sobresalir y obtener buenos frutos.
En
el buen deseo del éxito no está el éxito. En el buen deseo de solamente el
bien, ya está el bien. El deseo del oro no es oro. El deseo de bien, ya es un
bien. Podemos desearles entonces no el
oro, ni el éxito siquiera, sino el bien. Sean buenos, ante todo. Sean buenos,
pero no sólo desde el punto de vista moral. Sean buenos con los demás; pero
sean buenos sobre todo en lo que hagan. Sean los mejores. Sean perfectos, como
nos dice Jesús a través del Evangelio de San Mateo en el capítulo 6. Y ser
perfectos implica desarrollar todas las capacidades en aras de realizar de la
mejor manera lo que se haga, en hacer todo de manera que no haya nadie ni nada
que pueda hacerlo mejor que nosotros. Esa es la urgencia de nuestros tiempos.
En
buscar la perfección estriba el secreto de la mejor defensa contra todos los
males y las injusticias que cunden por doquier en un mundo tan enredado, tan
confuso y tan tormentoso como el que nos ha tocado habitar en estos tiempos de
zozobra y dificultad. No aspiren a ser los líderes o las lideresas que se
estilan en nuestros días: gente sin escrúpulos o sin un mínimo de preparación
que llegan a ocupar cargos de servicio público o de representación popular sin
ningún mérito propio que el clientelismo y el engaño. Así es como llegamos a la
corrupción y las injusticias vividas. Así es como nos estancamos y perdemos la
oportunidad de procurar lo mejor para todos, es decir, la verdadera justicia
colectiva.
En
la medida en que te prepares para ser el mejor médico, arquitecto, ingeniero,
administrador o administradora, en suma, en la medida en la que sean mejores
profesionistas, será como logremos un status de mayor y mejor justicia para
todos.
Decía
José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella,
no me salvo yo”. Salvarme significa salvar mis circunstancias y salvar mis
circunstancias significa darme con lo mejor que tengo para mejorar lo que hay a
mi alrededor, así salvo mi entorno, así salvo a mi familia, como aspiraba Santa
Paula Montal y así salvo a mis semejantes, amigos y enemigos, en el duro
combate de la relación cotidiana con el otro, pues a pesar de ser distintos y
opinar distinto y procurar distintas cosas, ya el hecho de compartir la
circunstancia nos obliga a vivir con nobleza y ejercer con profesionalismo lo
que cada uno de nosotros está llamado a ser.
Tal
es la urgencia histórica de estos días: vivir en plenitud entregando lo que
somos y lo que podemos hacer para salvar nuestras circunstancias. Así podremos
perpetuarnos. Así no se olvidarán de nosotros por mucho tiempo cuando ya no
estemos aquí. Se podrá decir que aquí vivimos, que por aquí pasamos y que
nuestra vida no fue en vano. Se acordarán de nosotros así: por haber dado todo
para ser perfectos.
No
se den el lujo de la mediocridad y de la pérdida de tiempo. De funcionarios y
profesionistas mediocres ya estamos hartos. De padecer torpezas y advertir
corruptelas ya hemos sufrido bastante. Sean exigentes consigo mismos y con los
demás. No toleren la pasividad de las instituciones prisioneras de instrumentos
legaloides; antes bien denle la vuelta a la desesperanza y brillen ustedes
mismos y muestren mejores caminos, pues sus intenciones no están viciadas y sus
corazones permanecen inmunes a los bombardeos de las suspicacias y las
mezquindades de quienes se han sumido en el egoísmo.
Los
grandes personajes de nuestra historia tuvieron la virtud de ganarle al tiempo
su marcha implacable mediante las acciones que los inmortalizaron. Busquen
ustedes mismos ser inmortales con sus acciones, de tal manera que no encuentren
otra razón de lograrlo que la libertad de la aspiración a la trascendencia
vital, de la perpetuación por la vía de la más transparente honestidad
intelectual y espiritual. No se dejen llevar entonces por la ramplonería y el
vacío propios de las generaciones huecas que dominan el espectro histórico de
nuestros tiempos.
Marquen
ustedes la diferencia. No rompan con su pasado, es decir, con sus raíces, es
decir, con sus familias, pues en la familia encontramos la savia que nos nutre
de elementos para subsistir ante la posible hostilidad del entorno.
En
ustedes está la posibilidad de comprometerse dentro de la sociedad para hacerla
mejor y no para perjudicarla tomando partido por tal o cual ideología.
Analicen, estudien, comprométanse con algo que les ayude a sentirse útiles y a
sentirse vivos.
No
se olviden de esta su escuela que les habrá de esperar con los brazos abiertos
siempre que así lo busquen o lo necesiten. Incluso si los embates del descrédito
hacia lo que represente el sustento espiritual sean verdaderamente insoportables,
no renieguen de su fe. Recuerden los momentos de oración y de retiro. Recuerden
que aún en medio de la más tremenda dificultad, siempre hay una esperanza para
quienes nos concebimos como creyentes y en medio de nuestras oraciones buscamos
el remanso necesario en medio también de la tormenta o simplemente agradecemos el don
de la vida por considerar esta una oportunidad para seguir hasta la eternidad.
Bien
nos lo recuerda, por último, la filósofa profundísima y mística Simone Weil
cuando dice que «No hay más fuerza ascendente que Dios, y Dios viene cuando se
le mira. Mirarle quiere decir amarle. No hay más relación entre el hombre y
Dios que el amor. Pero nuestro amor a Dios debe ser como el amor de la mujer a
un hombre, que no osa expresarse por iniciativa propia, que es tan sólo espera.
Dios es el esposo, y como tal debe venir hacia la que él ha elegido, para
hablarle y llevarla consigo. La futura esposa debe únicamente esperar. El
hombre no tiene que buscar, ni siquiera tiene que creer en Dios. Debe solamente
negar su amor a todo cuanto es distinto de Dios. Esta negativa no supone
ninguna creencia. Basta constatar lo que es una evidencia para el espíritu: que
todos los bienes de este mundo, pasados, presentes futuros, reales o imaginarios, son finitos y
limitados, radicalmente incapaces de satisfacer el deseo de bien infinito y
perfecto que arde perpetuamente en nosotros.»[1]
Julián Hernández Castelano.
Tlaxcala de Xicohténcatl, Tlax.
8 de julio de 2016.
[1] Weil,
Simone, Escritos esenciales, (Colección
«El pozo de Siquem», número 109), Santander, Editorial Sal Terrae, 2000,
introducción y edición de Eric O. Springsted, pp. 104 – 105.
