Si de etiquetas se trata

lunes, 17 de julio de 2017 0 comentarios


@jhcastelano

Si ya de por sí el mundo es muy propenso a poner etiquetas a todo y a todos, ahora está muy de moda entre los estudiosos de la sociología y la psicología y de los que interpretan, como en la Caverna de Platón, toda sombra de la realidad proyectada en el fondo de la cueva, etiquetar a la generación que florece con ustedes y los que tienen hasta 37 años, es decir, los que nacieron entre 1980 y, no sé por qué razón, los que nacieron en 2004. Les llaman Millenials y los describen de una manera muy peculiar. Hay quienes cierran el espectro de pertenencia y excluyen a quienes nacieron en la década de los 80’s; pero aun con eso, a ustedes les toca entrar en la etiqueta de Millenials. Y entonces esos estudiosos a los que aludo comienzan a evocar las más sesudas y minuciosas investigaciones de tal o cual Universidad prestigiada que levanta encuestas y se acerca a casos específicos para luego aventurar las hipótesis que terminan siendo las etiquetas de toda una generación en el mundo, como ésta.

Dicen que los millenials son o tienden a ser ególatras, pues lo más importante para ellos es el bienestar personal, que no ven la necesidad de estar con otros y mucho menos de pensar en ellos para apoyarles o complacerles. Dicen que los millenials tienden a perderse en la realidad virtual, pues la relación de ellos con los demás en mayor medida es una relación no presencial, sino a distancia por la vía de las comunicaciones o las redes sociales. Dicen, por ejemplo, que sus prioridades en la vida, si es que las llegan a identificar, tienen que ver con el deseo de ser ricos a toda costa o de tener cierto grado de confort, y no es prioritario ayudar a los demás o valorar lo colectivo. En fin, hay muchas características más con las que los etiquetan y atribuyen las más variadas causas para determinar por qué son así los millenials. 

Una de ellas, de la Real Politik, es la de que ya no les tocó vivir la encarnizada lucha de ideologías del siglo pasado con los dos bloques igualmente extremosos del capitalismo con el comunismo en la llamada Guerra Fría. Dicen que al no verse amenazado el mundo más que por la idea de un calentamiento global que no acaba de matarnos a todos y no vemos alarmante en la práctica o en la vida cotidiana, le da a nuestros jóvenes una sensación de comodidad.

Dicen que realmente viven en la comodidad, pues la historia, la sociedad y las pasadas generaciones a ustedes les han provisto de lo necesario para que no sufran carestías. Son los jugos de la civilización y cada familia se ha esforzado porque los millenials no sufran lo que sus progenitores o antepasados sufrieron. Dicen que por ello no valoran la cultura del esfuerzo y del mérito, sino lo furtivo, lo efímero, lo banal, lo que se escurre y se va, lo que no parece merecer la pena tener.

Eso nos dicen los gurús de nuestro tiempo. No es nada alentador para el mundo. Son etiquetas muy severas y lapidarias. Y sin embargo me resisto a aceptarlas para ustedes en especial. No sólo porque me considero enemigo de las etiquetas, sino porque en el fondo del asunto se les describe a esta generación como la mayor amenaza para la civilización y su permanencia en el mundo. Quizás así sí tenga sentido la idea hegeliana-nietzscheana-heideggeriana de la muerte de Dios, de la historia y del hombre o de la humanidad. Es terrible y me resisto a creer que así sea, así que, si de etiquetas se trata, yo propongo otras:

Propongo que ustedes lleven la etiqueta de jóvenes que marcan la diferencia en el mundo por su entrega, su esfuerzo y su entusiasmo por el bien no sólo propio, sino de los demás.

Propongo que su etiqueta, su carta de presentación sea la del cuidado de sí mismos y del mundo que nos rodea.

Propongo que la imagen proyectada por ustedes y respaldada por sus obras, sea la de personas piadosas, es decir, capaces de la compasión, cum, que significa con, y passio, passionis, que viene de pathos, lo que se padece, es decir, padecer con los demás, pero no sólo se padece lo negativo o lo doloroso, sino lo positivo, lo que nos pasa. Lo compasivo entonces es compartir lo que al otro le pasa, bueno o malo. Ese compartir es la base de lo que llamamos respeto, solidaridad y aceptación de lo otro, de lo diferente, en términos ultramodernos, y que antes simplemente se llamaba compasión o caridad, de cáritas, amor. Propongo que a ustedes se les distinga entonces por tener esa capacidad de amar, de compadecerse, de practicar la entrega y el apoyo a los necesitados por medio de la piedad y las letras.

Si han de tener una etiqueta, propongo que sea la que han mostrado ante nosotros, ante su escuela que tanto los quiere, la de ser personas íntegras, solventes en sus emociones, sentimientos y acciones. La etiqueta que nosotros conocemos de ustedes y por la cual nos identificamos es la de ser un grupo y personas excelentes, vivas y capaces de dar, de ser leales y esforzados.

Les reconocemos todo ello y deseamos que esa sea su etiqueta en el mundo, contra todo diagnóstico erudito por el tiempo que les ha tocado vivir.

Mi deseo para ustedes es que Cronos no los devore con la etiqueta de lo banal, sino que se escapen de él y se proyecten a la eternidad, más allá del tiempo, con esta etiqueta que les reconocemos, que su memoria perdure en nuestra escuela, en su familia y en el mundo desde lo trascendente, que sean capaces de buscar la perfección, como bien lo dijo el mismo Jesús y de dar todo lo que tienen, como el joven de los peces y los panes, pues es Dios quien lo multiplica para todos.

Dios los bendiga. Nosotros los queremos, los admiramos y los apreciamos.


Julián Hernández Castelano
Tlaxcala, Tlax. 14 de julio de 2017

Hay de grados a grados

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@jhcastelano

Es el tiempo en el que despedimos a nuestras generaciones de adolescentes y jóvenes de nuestra escuela. Provistos o desprovistos de un mínimo de herramientas intelectuales, afectivas y hasta espirituales se lanzan a nuevas etapas.

En el caso de nuestros alumnos de tercero de secundaria creí pertinente hablarles o aludir a los grados del amor, con tal de que recuerden su vocación, aun en estos tiempos de convulsión para ellos y para el mundo. Acá mis palabras del pasado 14 de julio:

Hoy culmina para ustedes una etapa, un grado. Pasan de un grado último de secundaria y se perfilan para un grado más avanzado al que le llamamos “Bachillerato”, palabra de origen incierto; pero asociada a la etapa previa a los estudios de Universidad; palabra entonces que puede tener su origen en el latín baccalaureus, de baculum, que significa fuerza, y laureus, que hace referencia a lo alabado, es decir, a lo “laureado”. El Bachillerato entonces en su origen etimológico vendría a ser una apología de la fuerza, de la intensidad, del frenesí de la juventud. En un sentido positivo, tendría que ser la etapa del libre fluir de las capacidades. Ese es el grado al que ahora se enfrentarán.

Hay de grados a grados, empero, y si nos apegamos a ello, podemos encontrar otra escala de grados que va más allá del academicismo, es decir, del mero formalismo de la escuela.

Se trata de los grados de asimilación vital del mundo, de apropiación del entorno que nos rodea por parte de la conciencia particular de ser, de estar en él. Cada uno de estos grados a los que me refiero representa un logro en la conquista de nuestro fuero interno, un logro del espíritu. Lo deben recordar bien, pues los vivieron en su retiro grupal. Uno de ellos es la valoración propia, pues por sobre todas las cosas y ante todos los embates de una cultura que nos empuja a no querernos a nosotros mismos, este grado, este triunfo del espíritu nos dota del suficiente cariño por nosotros mismos y entonces procuramos cuidarnos y apapacharnos.

Ya saben que estoy hablando de los grados del amor. No necesito repetir todo el retiro. Sólo quiero que lo recuerden y lo lleven como el verdadero logro, como los verdaderos grados que avanzan a donde quiera que vayan, sigan o no con nosotros en el Bachillerato. Ese elogio de la fuerza de su juventud tendrá que ser un elogio, un canto a la vida que fluye en ustedes, pues el carisma de este grupo y de cada uno de sus integrantes es de tal magnitud que en todos fluye potencialmente esa vida, es decir, esa capacidad de amar por grados y sin condiciones. 

La verdadera conquista, entonces, que ustedes deben lograr, es la de ganarse a sí mismos, como advierte el evangelio, y no ganarse al mundo. El verdadero triunfo es el amor y ustedes pueden lograrlo. Dios bendiga su camino, su familia y su fuerza, es decir, su talento, es decir, su persona, su pensamiento, sus palabras, sus acciones.

Muchas felicidades.

Julián Hernández Castelano
Tlaxcala, Tlax.

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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