Enrique Lozano Amaral. In memoriam.

viernes, 19 de octubre de 2018 0 comentarios


@jhcastelano

La noticia.


Gracias a una foto-cartel publicada por el amigo Erik Lara Estrada en el grupo de WhatsApp que tenemos los ex-seminaristas, fue que me enteré de la muerte, de la partida del tan ilustre e insigne Hermano Marista, don Enrique Lozano Amaral.
No pude evitar la pena y los recuerdos que en abundancia se agolpan en mi mente. Apenas el buen amigo Roberto Gallegos Pérez habíase retratado con él, aprovechando el regreso o el trabajo de don Enrique en Querétaro. Ya en la imagen se notaba un tanto senil, aunque todavía sonriente y de mirada muy viva. Dijo Roberto que aún guardaba gratos recuerdos de las múltiples generaciones de estudiantes, principalmente seminaristas, que acompañó desde su función como director de la Escuela Normal Queretana en el ya legendario molino de la ciudad. Recuerdos en él dispersos, dadas las generaciones de alumnos.



En su momento muchos de los alumnos hacían bromas y reían o hablaban de él, no sin prodigarle o repetir el apodo que entre nosotros siempre se le decía, pues cuando mostraba enfado por algo, se le contraían los nervios o los músculos del rostro, provocándole ese extraño tic que dio origen al mote de “El Muecas”.




«Ya córtese esa barba, joven, mire nada más, ya parece náufrago».


No sé cuáles eran los postulados pedagógicos del hermano Enrique. Nunca hablaba de eso. Estoy seguro también que ahora lo comprendo un poco más que en esos tiempos cuando fue mi director. La razón es que ahora yo mismo soy director. Lo entiendo más.

Me parece que enseñaba muy bien las Ciencias de la Comunicación y la Cristología. Esas fueron las materias que nos compartió. Me parece, empero, que enseñaba más con el ejemplo. Siempre procuraba un impecable porte personal, ataviado con su traje y su corbata. Daba a notar una extremada pulcritud. Nunca gritaba. Siempre hablaba con suavidad, incluso cuando corregía con dureza. Siempre preparaba sus mensajes en los actos cívicos o celebraciones especiales. Exigía también buena presentación. Nos decía de nuestra ropa y nuestros peinados y de paso la limpieza y el aseo personal. Se le podía ver caminar con mucha suavidad. Un poco desacompasado su andar, ciertamente, y hasta ligeramente encorvado, pero con mucho tacto y mucho tiento, como si no quisiera lastimar el suelo con sus pasos. Ya de cerca se apreciaban las facciones de su rostro, su escaso cabello, aunque bien alineado hacia atrás y los lentes de fondo de botella. Ninguno de esos detalles podía pasar desapercibido. Era todo un personaje. Ignoro lo que pensarán de él los maestros a su cargo, pero se notaba el respeto que le tenían.

Juzgo, pues, que no tenía muy a la mano ninguna teoría pedagógica sofisticada como ahora se estila. No haría falta si el sistema de los hermanos maristas cuenta o contaba ya con una inmensidad de textos con la editorial progreso. No haría falta tampoco si uno podía captar lo esencial: la autoexigencia y el ejemplo del hermano Enrique.


«Lo vi que venía usted cabizbundo y meditabajo».


No parecía que conociera a detalle al total de los alumnos. Casi no se enrolaba con nadie ni en los recesos. Difícilmente lo llegué a ver entrevistándose con alguien. Dejaba libre el tiempo y el espacio de todos. Apelaba a que cada uno de nosotros se reportaba con sus formadores, prefectos de disciplina o directores espirituales en nuestras respectivas casas de formación o seminarios. Lo llegué a ver, eso sí, platicando con los sacerdotes o quienes estuvieran a nuestro cargo seguramente para revisar es status académico o conductual de nosotros, los alumnos.

Gustaba de repetir esa frase: “cabizbundo y meditabajo”. Lo hacía con un cierto tono irónico o sarcástico; pero siempre para tratar de estimular un buen ánimo. Aunque nos sentíamos cohibidos por su presencia, a él se le podía distinguir una sonrisa satisfecha cuando manifestábamos alegría, como en aquella fiesta del entonces beato Marcelino Champagnat cuando el ya también finado y simpático hermano Charly, Carlos Villalobos se puso a cantar en francés el «Alouette, Gentille Alouette» y le hicimos coros improvisados.



Sobra decir que nunca tomó medidas extremas para forzarnos a quienes por alguna razón desertamos de nuestras casas de formación para ajustar las colegiaturas, pues nos correspondía un sustancioso aumento al convertirnos en “externos”. No fue así. Nos respetó y aceptó así con nuestras inconsistencias.


«No me gusta mucho ver los programas de televisión porque me interrumpen los anuncios comerciales».


La agudeza de sus observaciones sobre lo que acontecía alrededor era admirable, amén de la socarronería espontánea que ostentaba. Un muy agudo sentido de ironía y mordacidad cuando de exaltar las contrariedades y paradojas de la naciente era de las comunicaciones se trataba. Diría yo que trataba de dotarnos de ese mismo espíritu crítico y fijarnos en detalles como ese de que nos podría dar el “síndrome del domingo por la tarde”, o lo que es lo mismo, del tedio y esa suerte de crisis existencial dado en el límite del regocijo del descanso de fin de semana y el pavor de enfrentarnos a las pesadas cargas de la rutina en cuanto llegase el lunes.

En lo personal, cuando tiempo después me dediqué a leer a Miguel de Unamuno no podía dejar de acordarme del hermano Enrique Lozano Amaral con aquella máxima unamuniana del «perseguid con paradojas» ante la ramplonería del mundo actual.


«Cuando veo el fútbol me pongo a leer un libro y sólo cuando el sujeto que narra levanta la voz, me asomo por un lado del libro para ver qué pasó. Si no hubo gol, vuelvo la vista para seguir leyendo».


El también hermano Jaime Sánchez Basurto nos colmaba de anécdotas interesantes. Una vez nos contó que él mismo fue maestro del hermano Enrique y agradecía haberlo tratado bien cuando fue su alumno, pues ahora era su director. Lo aceptaba con diversión sincera y desde luego con admiración por éste. Otra ocasión nos dijo también que el hermano Enrique era muy estudioso y hasta un prólogo o introducción de una determinada edición o estudios sobre la biblia había escrito. Nunca lo comprobé; pero no lo dudo. Y aun si no hubiese sido así, nadie cuestionaba ni ponía en duda su capacidad intelectual.

Un hombre atento y despierto, pues, ante el mundo, no dejaría de estudiar, prepararse y acrecentar su propia cultura, allende los libros y los cambios del entorno. No dejó pendiente la tarea de actualizar ciertos hábitos de adaptación al mundo de hoy, incluso en las redes sociales. Pude ver algunas de sus publicaciones en Facebook como siempre muy acertadas y mordaces. Un hijo de nuestro tiempo que dejó huella y cuyo brillo nos dejó disfrutar mientras fuimos sus alumnos.


Emaús. 


Una ocasión en sus clases de Cristología tomo el pasaje de San Lucas posterior a la resurrección de Jesús, ese de los discípulos que volvían a su pueblo después de haber presenciado la pasión y muerte del Galileo y lo equiparó con nuestra situación de seminaristas y de ex seminaristas, diciéndonos que si bien ya habíamos recibido como esos discípulos las enseñanzas de las Escrituras o para nuestro caso la Buena Nueva, no podríamos menos que dejarnos emparejar por mismo Jesús durante nuestro ocaso vocacional, nuestro atardecer, nuestras incipientes tinieblas, y dejar que nos volviese explicar las Escrituras y que ardiese nuestro corazón durante ese camino, que lo reconociéramos en la Fracción del Pan y volviésemos para dar testimonio de Él. Muy bonito mensaje, desde luego y la lucha le hizo, aunque la mayoría ya no volvimos al seminario; sin embargo en lo particular ese mensaje sigue resonando en mi interior y se ha vuelto mi pasaje favorito de los cuatro evangelios.

Recuerdo, pues, al hombre sin una devoción manifiesta de forma desmedida; pero en las pocas ocasiones en las que tuvo oportunidad de desplegar esa misma devoción frente a nosotros, no escatimó recursos como aquella del aniversario de profesión religiosa de Jaime Sánchez Basurto, pues el hermano Enrique tomó la batuta y nos dirigió ese hermoso canto de «lo prometí, soy hijo de María. Hermano soy del mismo Salvador». Allí nos mostró sus dotes de tenor y con enjundia nos motivaba para cantar y cantar.

He deseado pagar esta deuda que le tengo y a nombre de quienes fueron sus alumnos y sus dirigidos, para que puedan rendirle tributo y loor a un gran hombre. Con su historia me recuerda a los setenta y dos discípulos que regresaban de la predicación y le decían a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre» a lo que Jesús les dirigía unas enigmáticas palabras: «Sí, yo vi a Satán caer del cielo como el relámpago. Miren, les he dado poder para curar y someter espíritus inmundos; pero no se alegren por eso, alégrense más bien porque sus nombres estarán escritos en el cielo» (Cfr. Lucas 10, 18 ss). Eso deseo de todo corazón para el Hermano Enrique Lozano Amaral: que su nombre esté escrito en el cielo y que eso sea fuente de júbilo, de ejemplo y de hermosos recuerdos como estos…


Julián Hernández Castelano.
19 de octubre de 2018.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.


El valle de las moscas

miércoles, 10 de octubre de 2018 0 comentarios

@jhcastelano

En repetidas ocasiones he contado a generaciones y generaciones de alumnos sobre un mítico lugar solamente bautizado por mí como el valle de las moscas. Conocido por múltiples personas sin saber el nombre otorgado por el que escribe. Siempre causa admiración y curiosidad a quienes me escuchan y no pocos me han recordado a la postre cuando de este lugar de fantasía les conté. Hoy quiero pagar la deuda de escribir sobre él.

Cuando me vi en la necesidad de buscar trabajo después de mi salida de la preparatoria incursioné en varias actividades laborales. Después de varios intentos por fin me dieron el trabajo como ayudante de eléctrico en reconocida trasnacional, aunque dependía en un inicio no de la fábrica directamente, es decir, no de la planta, sino de una compañía contratista que se llamaba FGR Ingenieros. Ellos le hacían trabajos de construcción a los nuevos proyectos de la planta, a veces incluso de reparación. 

Eran tiempos difíciles por la crisis económica de los noventa, así que al inicio iba caminando de mi casa al trabajo y para ello debía seguir la línea trazada por las vías férreas de la bestia de hierro. Durmiente tras durmiente pisaba y avanzaba. A veces, si el tiempo me lo permitía, me daba el lujo de caminar sobre los rieles. Si el tren se aproximaba, sólo me apartaba un poco y ya estaba.

No me quedaba mucha capacidad de atención para percibir el ambiente alrededor de las vías. Tenía que concentrarme en el camino y poner mis ojos sobre los pasos que daba. La curiosidad me hacía mirar de cualquier manera el paisaje de manera furtiva. Así podía ver a cierta distancia algunos corrales de vacas, uno que otro árbol, mucho terreno de cultivo con alfalfa, por lo regular, y más cerca, al lado de la vía, un canal de residuos pluviales, por lo que se dejaban ver algunos juncos, carrizos y plantas flotantes, así como algunos animales como renacuajos, tepocatas, muchos insectos y alguna que otra ardilla o animales rastreros.

Poca gente transitaba por ahí. Sólo los trabajadores del rancho cercano, propiedad de los Rubín. Alguna vez me encontré con un migrante y lo interrogué. Era de Honduras y me dijo que era la tercera ocasión que intentaba cruzar el país para tratar de llegar a la Unión Americana. También me dijo que reconocía la región y le parecía llegar a los límites en los cuales la gente le podía apoyar, porque después de San Luis Potosí era muy difícil pedir un poco de comida o agua.

En cuanto pude y tuve un poco de recursos me compré mi bicicleta de montaña. Recuerdo haber ido al mercado Escobedo y en una de las tiendas grandes de este tipo de rústico transporte haberla escogido cuidadosamente. Era negra y la quise no tan ligera ni tan pesada, que no se viera tan frágil; pero tampoco tan estorbosa ni llena de aditamentos. La consideré sencilla y a la vez potente. Vi que tenía las dos estrellas para cambios de velocidades en buenas condiciones y que los frenos estuvieran bien ajustados. Incluso cuando la compré decidí trasladarme en ella desde el centro de la ciudad hasta los arrabales de mi pueblo, cosa de veinte kilómetros, aproximadamente.

Ya con mi bicicleta tuve que cambiar la ruta del traslado de la casa al trabajo. Ahora tenía que despegarme de la vía y pasar justo del otro lado del canal en paralela a la misma vía para salir a la carretera y transitar por ella unos quinientos metros para llegar a la vigilancia de la empresa, registrarme, colgar mi bicicleta en un lugar especial y ponerme a los servicios de los ingenieros y trabajadores de la construcción.

Me la pasé en mi bicicleta hasta que mi papá compró el viejo Tsuru II, 88, color rojo con el que después me beneficié para ir al trabajo. Ya para entonces era trabajador de planta y una línea de empaque estaba a mi cargo. Todo ese tiempo de la bicicleta fue el de mi evolución como trabajador exitoso en ese lugar de mis sueños fortuitos. La experiencia del viaje así, me dotó de otras capacidades: la de ir pensando mucho mientras pedaleaba, la de ir contemplando cada detalle del camino a la velocidad de las ruedas, la de percibir los olores y sentir las piedras y mirar la gente y darme cuenta de la distancia, en suma, la de soñar, imaginar con más profundidad y aventurar en mi mente un montón de fantasías. Yo tenía veinte, veintiuno y veintidós años.

Podía percibir cada metro o cada centímetro del camino y sus particularidades y sus diferencias. Fue así como me di cuenta que había un buen trecho del mismo en el que se juntaban varios factores muy peculiares: el agua del canal, el ruido de los grillos y las ranas, el olor a la humedad, la tierra mojada cuando eran épocas de lluvia y los escasos espacios por los que se podía circular para no meterse en el fango o de plano en los charcos larguísimos o el pasto y hierba escabrosa; también era la zona de los terrenos de cultivo y, como había dicho antes, llenos de alfalfa, aunque de vez en cuando también maíz y hasta cebollas. A estos campos los fertilizaban muy bien con estiércol. 

Todos esos factores propiciaban la sobreabundancia de las moscas. Aprendí a transitar entre los enjambres molestos y perniciosos de estos insectos. Nunca dejé de acordarme del poema de las moscas, de Antonio Machado y más de alguna vez, llevando mi walkman y audífonos escuchaba un casete con las canciones del poeta en la voz de Serrat, con ese disco tributo que le hizo el catalán al poeta en 1968. Y me gustaba escuchar y repetir la canción «oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril. / Viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil… / Yo sé que os habéis posado / sobre el librote cerrado, / sobre la carta de amor…»

En mis fantasías del camino pensaba en las etapas del mismo: el pueblo y sus casas y habitantes eran la aldea cuasi medieval con columnas de humo de las tortillas y ladridos de perros en los patios; el paso de la bestia de hierro, donde me jugaba el pellejo cuando el tren estaba parado y había que pasar entre los vagones ante el miedo de que se moviera la bestia; el pueblo vecino inhóspito y semi habitado, lleno de jaurías de perros; luego la fábrica en ruinas, propiedad también de los Rubín, donde alguna vez supe que producían mermelada de fresa y que ahora sólo tenía un viejo velador, muy amigable por cierto y muy cotorro, con quien de vez en cuando me quedaba a platicar un rato; y por penúltimo, antes de la carretera el extenso valle de las moscas, cuya primera parte era vereda y la segunda empedrado; era toda una aventura pasar a toda velocidad en la bici sin que ninguna mosca entrara en la boca, por lo que no podía darme el lujo de cantar ni abrir para nada la cavidad bucal; algunas veces hice caso omiso al cuidado y me tuve que tragar algunas moscas, no sin tratar de regurgitar para sacar sin éxito los pegajosos insectos. Para mis ojos me vinieron bien aquellas gafas de regalo por un récord de producción y especiales para cuando salíamos de trabajar en el turno nocturno. 

El olor a estiércol no me producía dificultades, no tanto como el lidiar con esos interminables enjambres de moscas. Consideraba una especie de odisea pasar por ahí y por eso mi fantasía de valeroso caballero se excitaba sobremanera. Ya era un poco grandecito para esa imaginación; aunque la ocasión en la que tuve que matar una víbora que encontré en camino y que se levantó para enseñarme las fauces y la lengua viperina no es ninguna fantasía. De un salto que di me agaché, tomé una roca de buen tamaño y en menos de lo que lo cuento la arrojé y le di en la mera cabeza. Repito: eso no fue fantasía. Fue real. 

En fin, tenía yo unas dos décadas de vida y relativamente buena pureza e inocencia, así que no me importa mucho el juicio de quienes quisieran etiquetarme de puerilidad. Hoy mismo, cuando ha pasado otro tanto de la edad que entonces tenía, encuentro fascinante esos recuerdos. Será por eso que cuando lo cuento a mis alumnos si no constato por sus palabras que igualmente les llena de curiosidad y entusiasmo mi relato, por lo menos sí me lo dicen sus caras con sus expresiones vivas, atentas y divertidas, amén de que no falte alguno que me lo recuerde, aun siendo ya exalumnos.

Este recuerdo me viene a la luz de mi anhelo por servir a Dios y por darle gracias por mis experiencias de la vida; pero más aún por la hermosa memoria con la que me favoreció y dotó. Una de las mejores virtudes y más preciadas: la capacidad de memoria, una de las potencias del alma, por cierto. 

Ad maiorem Dei gloriam.


Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlax.
22 de septiembre de 2018.

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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