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domingo, 12 de noviembre de 2023

La práctica educativa y sus dimensiones: política, económica, valoral, histórica y social. Parte 1.

 @jhcastelano

La práctica educativa implica el roce con distintas dimensiones de la vida pública. No es un ejercicio personal, íntimo o aislado. Siempre se desarrolla de cara a los demás. Ya no podemos poner en tela de juicio si es un hecho comunitario o no. El aprendizaje, como tal, el conocimiento personal y el acervo propio, sí son de cierto modo intrapersonales; pero el hecho educativo, en general, no lo es. La escuela es un espacio comunitario y colectivo.

 

Se distingue a la política y se le concibe, tal vez erróneamente, como el afán del poder público. A eso se le reduce; pero tiene otras implicaciones, raíces y cometidos que no solamente el logro del poder: Uno de ellos es el del servicio público. Quienes se dedican a ejercer una función del orden operativo en los múltiples servicios que dependen del gobierno o de otras entidades en el orden público, buscan desde sus encomiendas ofrecer un bien a los demás desde su quehacer burocrático. Otro cometido de la política es el arte de la discusión en torno de tópicos cuyo interés es o debería ser general o de la búsqueda del mismo orden público. Así, se pueden discutir temas que benefician o perjudican a la población. Otro cometido sería el de la construcción de la ciudadanía bajo normas que regulan y buscan armonizar la vida colectiva. La pretendida búsqueda del consenso y los acuerdos emanados de los distintos ejercicios o mecanismos, sean de parlamento, de elección o de mandato, dan cuenta de este propósito. El ascenso al poder debería ser el resultado de todo lo anterior.

 


Hay una antigua clasificación y concepción de la política dentro del ámbito de la Filosofía por parte de pensadores de talante cristiano, como lo es San Buenaventura, quien explica que la Filosofía se divide en Natural, Racional y Moral. La primera incluye a las Ciencias de la Naturaleza, como la Física, la Matemática y la Metafísica. La segunda incluye a las de cuño intelectual, como la Gramática, la Lógica y la Retórica. La tercera implica las de la praxis, como la Monástica, la Económica (o Doméstica) y la Política.[1] Con la Filosofía Natural se conoce el mundo y sus esencias, con la Racional se domina el discurso, el argumento y la persuasión y con la Moral, se apropia uno del orden personal, del dominio de sí y del acrecentamiento de las potencias personales; la económica o doméstica procura el orden de los elementos externos en la familia y la política apunta a la liberalidad y el arte de constituir la colectividad en torno de una idea de común unión o comunidad como tal. De ahí que el bien común sea una premisa sine qua non existe la armonía de la civitas, de la ciudad o ciudadanía.

 

Una educación en su dimensión política no debería ser rehén de ideologías, ni de planes de acción; mucho menos de agendas para el establecimiento de regímenes totalitarios, enajenantes o esclavizantes, sino liberadora, autónoma y fuente de un bienestar colectivo, centrándose en la idea de la construcción de una ciudadanía libre de ideologías. Bien común, sin más. La educación construye, moldea y prepara las personas para que sean referentes de virtud, desde lo personal, lo social y hasta lo trascendente. El legado no debe pensarse para la generación actual, sino para las futuras generaciones. Por ello debe ir más allá del consenso presente, enclavada en la búsqueda de una verdad objetiva que trascienda esta generación de quienes estamos vivos. Se siembra para el futuro, aunque no lo veamos.

 

Si la educación es botín político y laboratorio de ideologías, también es una suerte de bono, banco o herramienta de lucro, tanto para justificar el gasto, como para proveer o suministrar la mano de obra en la maquinaria de la producción mundial y el engranaje del entramado económico en todos los órdenes de la vida.

 

No ha faltado la controversia de si la educación debe tener como finalidad la capacitación para el trabajo y en ese sentido la formación de habilidades prácticas para afrontar el mundo; o bien, si la educación debe apuntar a las ciencias del espíritu, es decir, a todo ese tipo de conocimientos ajenos a la construcción de la vida económica, sin dejar de lado que puede haber una reserva de población que se dedique a esas tareas de sostenimiento material.

 

A finales del siglo XIX y principios del XX surgió una pedagogía práctica, a saber, la de John Dewey. Influyó sobre un sinnúmero de pensadores y pedagogos que se alinearon a sus postulados y que siguen hasta nuestros días justificando que la educación tenga como resultado el dominio de lo material para adaptar al infante al mundo, resolviendo problemas prácticos y haciendo crecer el orden económico mundial bajo la idea del progreso y del dominio de la técnica y la ciencia. Sus raíces estarían no sólo en la revolución industrial, sino en la ciencia galileana, por un lado y el positivismo, la fenomenología y el liberalismo, por otro. En esa misma lógica, como crítica intestina de un mismo modo de pensar se encuentra todo el sistema marxista, porque apunta al arrebatamiento de los medios de producción. Max Weber y la escuela de Frankfurt con su teoría crítica identifican el origen del orden económico del capitalismo en la idea de la secularización. Weber, en específico, tiene un célebre estudio que establece o ubica una simbiosis entre la ética protestante y el espíritu del capitalismo.[2]

 


A toda esa corriente pedagógica utilitarista de Dewey se le opuso desde su misma época nuestro prócer y apóstol de la educación en el primer tercio del siglo XX José Vasconcelos. «El método de la improvisación ocasional —dice el filósofo y pedagogo mexicano— se acomoda mejor a temperamento empírico de los anglosajones; tradicionalmente su filosofía es inductiva y su ciencia es acumulativa más bien que generalizante. El hombre latino, en cambio, más avanzado en desarrollo espiritual, procede siempre de lo general a lo particular, su lógica es deductiva y su ciencia un sistema que ha de abarcar al menor de los detalles o derrumbarse».[3] Compara el tipo de hombre producido por la pedagogía de cuño anglosajón y el del alma latina. El primero de ellos es bien representado por el personaje de Robinson Crusoe, de la célebre novela de Daniel Defoe; el segundo, por su parte, tiene como prototipo el héroe por antonomasia de la antigüedad griega, a saber, Odiseo, quien surca los mares, enfrenta sirenas, monstruos, cíclopes y enemigos por igual, mientras es capaz de contemplar el horizonte y fundar sus ideales en las musas, los dioses y su deseo de llegar con su esposa Penélope y sus hijos en Ítaca.

 

El filósofo español José Ortega y Gasset nos previene en La rebelión de las masas contra la “barbarie del especialismo”,[4] esa pretensión pedagógica de impulsar la especialización de los profesionales en áreas tan específicas, que terminan siendo ignorantes en el conjunto del saber, por dedicarse mediante la técnica a un solo campo del conocimiento. El tipo de hombre que se produce es el hombre-masa, ejemplo vivo de quien termina siendo un engrane más en la gran maquinaria de la producción industrial, por decir algo. Y es el mismo autor quien opone una ética del caballero a la ética del industrial. El afán de la producción no tiene más altos ideales que quien entiende los intríngulis del honor, de la entrega y de la búsqueda de la nobleza, concebida ésta en su origen griego de la arethé.[5]

 

Es de vero que la educación no podría ostentarse en sus dos extremos en lo económico: ni puede ser ajena, ni puede ser esclava de este ámbito. Si bien la revolución industrial, el progreso de la técnica y la ciencia; además del afán de lucro y de crecimiento industrial propiciados por el capitalismo primero y después por el neoliberalismo sugieren una faz poco ética de la educación y, por ende, una multiplicidad de programas educativos que buscan entresacar la dotación de obreros que se requieren en las fábricas por el mundo, tampoco podemos pensar en el extremo de la existencia única y asimismo exclusiva de agentes de las artes liberales y las humanidades, sin que podamos ocuparnos de las tareas necesarias para nuestra subsistencia y el desarrollo de la economía para el bien de todos. Lo que haría falta en el punto medio es el de propiciar y detectar los talentos, sin menoscabo de las preferencias vocacionales de los estudiantes en todas las áreas y niveles de los sistemas educativos. Asimismo la existencia de centros de estudio, tanto para las artes y humanidades, como para las ciencias de la naturaleza, no deberán excluir de sus planes una buena base de conocimientos comunes que puedan dar soporte al sustrato con el cual puedan tratar con el mundo y luego especializarse en aquello que es ya la vocación específica del alumnado.



 

En ningún caso podemos pensar que sólo la cuestión económica rige, llama y fundamenta el hecho educativo, ni que sea el deseo de un mejor estatus la única motivación de una educación solvente y completa. Tampoco, como en el caso del ámbito político, debería ser rehén la educación de posturas de índole económica para justificar su existencia. Si bien hace falta mucha cultura financiera, por ejemplo, no podemos pensar ni seguir amparados en la idea de que se educa para la riqueza material, sino para la espiritual en su equilibrio con la idea de un bienestar mínimo en la carrera de la vida.



[1] Cfr. Fraile, Guillermo, Historia de la Filosofía, T. II, (2°), BAC, Madrid, 2005, p. 184. Y también, de preferencia, Buenaventura, San, Itinerario del alma a Dios, en Obras Completas, T. I., BAC, Madrid, 2005, p. 508.

[2] Cfr. Weber, Max, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, XVIII edición, Barcelona, Península, 2001, traducción de Luís Legaz Lacambra.

[3] Vasconcelos, José, De Robinson a Odiseo. Pedagogía estructurativa, («Biblioteca José Vasconcelos, número 18»), México, Trillas, 2018, p. 27.

[4] Cfr. Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, en Obras Completas, T. IV., Alianza Editorial – Revista de Occidente, Madrid, 1994. pp. 215 – 220.

[5] Puede verse también mi tesis de Licenciatura Sine nobilitate: reflexiones en torno a la dimensión moral del mundo masificado, en el repositorio de la Universidad Autónoma de Querétaro, que puede recuperarse en la web en: https://drive.google.com/file/d/1vwmOz02yXnIWonfIXJSPqdee1qeSdaXy/view?usp=sharing

 


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