La gente muere a la postre. Ya lo sabemos todos. Algún día llegará ese dolor para los vivos, para esta generación sabedora de su existencia. Nos queda la fe en la vida eterna y esperamos que sea siempre nuestro consuelo o nuestro anhelo. Nos resistimos a pensar que al final sólo quedará la nada. Por si nos aguarda la nada, por si la fe no fuese suficiente porque queremos la certeza de la vida eterna; por eso es menester pronunciar hoy unas palabras de fe.
La gente muere, decíamos. La gente parte. Se va. Ya no veremos a quien se va, a quien fenece. Así es la vida: llega el fin. Hay quien afirma, a la luz de la fe, que la muerte no es el final. En realidad no morimos, nos dicen, porque nuestra alma o nuestra conciencia o como quiera que se le conciba y se le llame, permanece en una suerte de vigilia. Ese es el paso, esa es nuestra Pascua particular, nuestra experiencia de encuentro definitiva con lo trascendente, con la Verdad, con Dios. Terrible paradoja, pues le podemos desear y llegar a experimentar en vida, y es con la muerte como parece que se nos permite la experiencia definitiva de Dios.
Luego está el dolor de quienes se quedan y sienten la partida de los que mueren. Sus "deudos", les llaman, aquestos seres queridos que son testigos del "Paso". Si estos tienen fe, el consuelo llega pronto, porque ofrecen el alma de quien se va, para que sea recibida por el Altísimo. No es fácil, empero, alcanzar ese consuelo. Se vuelve entonces necesario orar, no sólo por el alma de quien falleció, sino por los seres queridos en su afán por lograr el pronto consuelo. Así el creyente. Así la persona de fe en el contexto de la cristiandad.
Quedan los recuerdos y las sensaciones para quienes conocimos a quien fallece. Son sus huellas.
Ha muerto una señora de mi pueblo de origen. Una especie de tronco en el árbol genealógico tan extenso y tan lleno de vida, por ello mismo. Doña Amada Grijalva Díaz nos dejó hoy. Todo un referente para hablar del pueblo de Jesús María, El Marqués, Qro. Referente por su piadosidad, por su devoción, por su fervor religioso. Referente porque sus hijos, sus nietos, sus bisnietos y hasta tataranietos pudieron tomar ejemplo de fe, de religiosidad. Referente porque fue semilla de la fe para muchas personas en el pueblo. Referente porque no se le conoció una pizca de egoísmo o de mala fe, o de intrigas, o de odio, o de dificultad. Referente porque, como buena heredera del carácter de su madre, doña Severa Díaz, de feliz memoria, siempre fue apacible, serena, ecuánime y prudente, cuando menos. Referente porque sus descendientes son personas de bien, son inteligentes, protagonistas, participativos, amigueros, nobles, educados y muy alegres. Referente porque a ella se le debe mucho en ese pueblo, por todo lo anotado y lo no escrito aquí y que sus hijos y nietos lo sabrán mejor que quien esto escribe.
Si pudiéramos tomar como analogía el árbol, para referirnos al árbol genealógico, al árbol de la vida que es la familia Grijalva, de la cual el menda forma parte de sus ramas, aunque ya no lleve el apellido, diría que la tía Amada no era un retoño, o una simple rama, sino un tronco grande y fuerte, que transmitía su savia, su elixir, su nutriente a todo el resto de las ramas que dependían de ese tronco que era su vida y su ejemplo, para dar lo que pudo dar: el amor de madre y de mujer excelsa para bien de los demás. Hoy ese tronco queda en manos de Dios. No es poca cosa.
Dice el Evangelio de San Lucas, en el capítulo 10, que cuando Jesús mandó a sus discípulos a predicar, a los setenta y dos, que fueran de dos en dos, ellos volvieron y le contaron cómo en su nombre hacían milagros y expulsaban demonios; y en el versículo 18 Jesús les dice: "Sí, yo veía a Satán caer del cielo como el relámpago: pero no se alegren por eso, sino porque sus nombres están escritos en el cielo". No me queda duda: el nombre de Amada Grijalva Díaz está escrito en el cielo, donde ya está ella también.
Con cariño y con respeto.
Julián Hernández Castelano.
Un sobrino nieto.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala. 23 de noviembre de 2015.

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