"El festival de la palabra"

jueves, 1 de diciembre de 2016

@jhcastelano

Para Yitzi, por su gran esfuerzo.
Y para la maestra Yolanda, por lo mismo.

Fui testigo de un hecho bochornoso, casi impregnado de surrealismo: un concurso de oratoria de nivel de secundaria:

El ambiente era propicio para un espectáculo de finura y manifestación de las habilidades retóricas. Los ingredientes fueron puestos a placer para deleitarnos con lo que llamaron así: “el festival de la palabra”. Así lo repetían constantemente, tanto los jovencitos participantes en el certamen, como el flamante conductor del mismo. Hasta el jurado y la “autoridad” de la SEP ahí presente lo mencionaron en cuanto les dieron la oportunidad de tener el micrófono entre sus manos. La muletilla se apropió de la imaginación de los hablantes.

Había un foro extraordinario, pues, un ambiente con excelente acústica. No entendí por qué el conductor y las autoridades usaban el micrófono, si los mozalbetes podían fácilmente ser escuchados. También se congregaron los participantes: algunos con sus familiares o amigos, otros con sus maestros del área de Español, algunos personajes más, seguramente interesados en la oratoria y unos cuantos directores de las escuelas. Había buena visibilidad de los participantes y la luz, aunque intermitente, engalanaba los momentos de los discursos.

No llegué al inicio. Lo confieso. La necesidad de cumplir con ciertas tareas burocráticas inherentes a mi función directiva me lo impidió; pero vi más de la mitad de participantes en plena actuación. Muy deficientes los discursos en cuanto a la técnica y al contenido de los mismos. Es la triste realidad del nivel educativo: poca disciplina y nulo manejo de las técnicas propias en este arte de la retórica. Los jovencitos en este caso no tienen la culpa en cierto sentido, pues más bien los maestros encargados del área, o no saben exigirles, o no tienen nivel para exigir mejores resultados, o no saben nada de nada. Alumnos con gestos muy sobreactuados, sin énfasis apropiado en las partes de su discurso, sin concordancia sintáctica en lo que decían, etc. Y lo peor: discursos para nada cuidados, repitiendo ideas muy superficiales, acusando al gobierno por todos los males, muletillas intelectuales seguramente dictadas por esos mismos maestros que los prepararon, manifestaciones de ideologías de moda, alineados con lo políticamente correcto y la ideología de género. En fin. El catálogo de temas a exponer, ciertamente, así les determinaron a emitir juicios someros y sin verdaderos fundamentos sobre sus dichos. Nada convincentes, pues.

Digna ganadora
Eso no fue lo peor, empero, sino el jurado tan deficiente que premió no sabemos qué, pues aquellos que manifestaron un poco de mejor nivel en la ronda preliminar, ya no fueron seleccionados para la ronda final y los otros, los más deficientes fueron extrañamente favorecidos y de entre ellos filtraron a los “mejores”, según su muy abyecto y miope juicio. ¿Pruebas? A dos de ellos se les trabó la lengua en la ronda de improvisación. Señal de las carencias en la estructura del discurso y en el manejo de la técnica. Pudieron haber memorizado y hasta practicado los movimientos para salir avante en esa ronda; pero un buen método de selección puede darse porque se detecta muy bien cuando saben hablar sin sobreactuar, o cuando su dicción, modulación de la voz, postura, gestos y timbre son adecuados, según el discurso y el énfasis que pueden dar al momento de la participación. A dos se les trabó la lengua, pues, otros dos cantinflearon y la ganadora dijo un discurso muy pobre de ideas, lleno de muletillas y de plano hasta baladí. Su única virtud fue la imponente voz y los constantes ademanes, o sea, mostró seguridad.

Autoridades a la izquierda. Los jueces,  a la derecha
El rostro de los asistentes lo decía todo: incredulidad, desánimo y desconcierto total. Un puñado de directoras me trataba de persuadir para tomar el micrófono y protestar, pero no cedí, pues haría sentir mal a los jóvenes de la ronda final. De todos modos me pidieron una foto con sus alumnos. Y todavía de salida del lugar un prestigiado campeón nacional de oratoria me saludó y manifestó el malestar, descalificando al jurado, que por cierto eran ellos del ámbito empresarial y “coaching”, o una de esas rimbombantes pseudo técnicas. No eran oradores, ni maestros, ni expertos de la palabra. Tan mal vestidos y peor expresados, pues uno de ellos, sin mayor protocolo se atrevió a decir que ya sin “más largas”, darían los resultados y los premios (unos estorbosos y pesados arreglos florales), en lugar de decir que “sin más preámbulos”. Otro incluso aprovechó para tomarse una selfie mientras una de las alumnas finalistas se acercaba para elegir el papelito con su tema a disertar. Disertar, por cierto, y no discernir, como en una ocasión dijo desde el micrófono quien con voz de espléndido locutor dirigió el programa del evento.

No sé por qué sospecho que es una verdad de Perogrullo que estamos ante una verdadera emergencia educativa. Así es la vida.

Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.
1 de diciembre de 2016.

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