El éxtasis abaratado de las finales futboleras en México

miércoles, 13 de diciembre de 2017 0 comentarios


@jhcastelano

Me ha dado por escribir algo sobre el tan apasionante acontecimiento del fútbol. Si los comentaristas de la tele, que se arrebatan la palabra y a veces no saben qué hacer con ella opinan y escriben sobre este asunto tan banal, ¿por qué no habremos de aventurar ideas para tratar de que no lo sea tanto? Veamos.

Cada seis meses se vive el éxtasis de llegar a una final de fútbol en México y ganarla. La sucesión de campeones y de imágenes de un grupo de jugadores levantando el tan ansiado trofeo se ha vuelto una imagen repetitiva. Ya no da tiempo como para identificar cuándo ganó quién, ni siquiera para los que repiten los triunfos porque la confusión resulta en identificar cuál de esos triunfos fue cuándo. Encima de todo se dan cualquier clase de celebraciones cuando se logra el objetivo y a veces hasta extrañamente paradójicas como las de un Gustavo Matosas rompiendo esquemas y congregando con ello a sus jugadores aquella ocasión en la que quedó campeón con el León para rezar en voz alta y de rodillas el padrenuestro y luego, a los seis meses en cancha del Pachuca sacar, frente a la imagen captada por la cámara de la Televisión y en cadena nacional y en horario estelar, de su bolsillo del pantalón un buen puño de sal para derramarla en la cancha del anfitrión en una clara provocación de ritos supersticiosos en aras del triunfo.
                                            
Muchos campeones, muchos juegos de liguilla, muchas finales en tan poco tiempo, sumándoles incluso las de la copa. Y sin embargo esos momentos de felicidad no dejan de ser éxtasis para quienes ganan y amargura para quienes pierden al final; o incluso de frustración para quienes perdieron antes o de plano echaron a perder seis meses de competencia no llegando a la fase final.

Lejos estamos de esos torneos largos que ocupaban toda una temporada de juegos desde septiembre hasta junio o julio. Los dueños del balón prefirieron darle paso a los torneos cortos siempre en aras de aumentar las emociones y, desde luego, el dinero vía las promociones, la publicidad y la asistencia a los estadios. No importa el esfuerzo, el talento y la vida de los jugadores, sino que rindan aceleradamente y den todo en menos tiempo.

Decía Alain Finkielkraut que el deporte actual ya parece lejano a lo que humanamente se puede realizar con las fuerzas corporales naturales; y no pocos escándalos se han suscitado respecto del uso de sustancias que alteran el metabolismo de los atletas, siempre con el afán de superar las mismas fuerzas, la velocidad, la resistencia y fortalecer la musculatura del cuerpo para lograr los propósitos deseados. Incluso cuando se hizo público el escándalo de dopaje de jugadores como Maradona, su reclamo era el uso selectivo y discrecional o excluyente y tramposo de las reglas para detectar esas anomalías a quienes les resulta incómodo a las autoridades del deporte, por lo que estaría sugiriendo que hay una práctica común para el consumo de sustancias que alteran y constituyen el dopaje. Versión que algún amigo o pariente cercano al que escribe pudo constatar durante su paso por ciertos equipos de nivel profesional en México.

Lo lúdico se ha vuelto espectáculo susceptible de consumo, pues, y esa voracidad termina por engullir las posibilidades del deleite estético en la práctica de cualquier deporte, si se piensa en que las posibilidades para lograr lo que se aprecia ya rebasan lo concebible sin la ayuda de tónicos o sustancias que alteren el organismo de los atletas. No deja de ser una hipótesis provocativa.

Para el caso de nuestro país ha resultado ya casi normal que apreciemos finales disputadas con planteles plagados de jugadores de varias nacionalidades. En principio para la práctica del fútbol ello no tiene nada de anómalo, puesto que no debería importar la procedencia de los jugadores para el despliegue de un juego de excelencia. Solamente que, acostumbrados como estamos a soñar con glorias de nuestro balompié, resulta complicado constatar que las plazas de los equipos no las ocupen las jóvenes promesas o los jugadores consagrados, sino los extranjeros. Así se ve difícil un superávit de los bonos futboleros nacionales. Así seguiremos dependiendo del talento ajeno en medio de la mediocridad, la mezquindad de los dueños y la sucesión de finales que dejan muy barato el éxtasis semestral de ganar el campeonato…


Julián Hernández Castelano
Santa Ana Chiuatempan, Tlaxcala.
13 de diciembre de 2017

Las clases del biólogo y la política en ciernes

domingo, 10 de diciembre de 2017 0 comentarios

@jhcastelano

Tuve en la Prepa un maestro de biología muy exigente. Ya desde antes de darnos clases los compañeros de generaciones pasadas nos lo anticipaban: muy difícil sería pasar con él la materia. Y tenían razón. Sus clases eran complicadas porque nunca apuntaba nada en el pizarrón, sino que todo lo explicaba así sentado y desde el escritorio mirándonos fijamente y hablando todos los temas propios de la materia. Nadie se podía distraer si no era a veces hasta ridiculizado por él.

El hombre tenía un amplio y vasto conocimiento de los contenidos que nos compartía. De hecho era muy bueno para explicar. El problema para nosotros era lo rápido que avanzaba y el desafío para captar la de términos especializados y la idea que desarrollaba para poder apuntar todo. Lo único que ponía de apuntes en el pizarrón era cuando nos explicaba el proceso de la fotosíntesis. Lo demás era así, sin ninguna letra o imagen de por medio plasmada por él. Quienes no tenían la capacidad suficiente para esquematizar o anotar las palabras adecuadas, desde luego fracasaban en el momento del examen, mismo que valía el 100% de la calificación. Nunca dejaba tareas, pero en el examen preguntaba cualquier cosa de todo lo que había explicado. Estudiar y aprender en su materia resultaba un reto mayúsculo y la fama del maestro estaba garantizada por esa dificultad.

No siempre, empero, dedicaba su tiempo a explicarnos la clase. Había ocasiones en las que nos deleitaba con sus pláticas de otros temas. Nos contaba, por ejemplo, cuando se fue a Las Vegas a presenciar la pelea de Julio César Chávez contra Héctor “El Macho” Camacho y nos explicaba con lujo de detalle cómo le hizo para ir y cómo vio la pelea. Tan minucioso era en la descripción que casi parecía que nos contaba golpe por golpe cómo era dado, con cuánto impulso, cuál era la expresión de los peleadores, cuál la del público, el ambiente, el clima, el griterío, la luz, etc. Era muy elocuente y nos embelesaba con su narración. Y es que no sólo lo decía con sus palabras, sino que sus gestos acompañaban el mensaje. Actuaba. Había estado, no sé si como actor o sólo como administrador en el grupo de “los cómicos de la legua”, de la Universidad Autónoma de Querétaro.

Siendo un hombre de ciencia, de política, un funcionario, administrador y trabajador de la Universidad, fumador empedernido, médico de profesión y secretario particular un tiempo de la primera mujer rectora de la propia casa de estudios, era también ateo, a decir de él mismo, aunque un día nos contó que más bien lo que tenía era rechazo por todo lo religioso y por lo católico en particular. A pesar de trabajar en el colegio con los hermanos maristas, donde fue mi maestro, sentía desprecio por la religión y por las celebraciones, aunque también decía admirar a ciertos ministros, como a los hermanos maristas o algún sacerdote que llegó a dar clases allí. De hecho nos contó que no se había confesado más que previo a su matrimonio por penúltima vez y unos años después tan sólo con el Padre Tomás, de la Congregación de la Sagrada Familia, hombre culto, sabio y santo, según la percepción de todos los que le conocemos. Confesarse con él ya era mucho para este maestro y no se callaba el respeto profesado a este sacerdote.

Si ya de por sí su experiencia en torno de lo religioso me parecía desconcertante, me resulta más paradójico lo que nos contaba sobre política. En una primera fase se dedicaba con todas sus fuerzas a descalificar frente a nosotros a las fuerzas de la oposición previa la elección de 1994, pues fue la época en que lo tuve como maestro. Le fascinaba contarnos los vericuetos con los que había llegado el Dr. Ernesto Zedillo a la candidatura por el PRI, abundaba en detalles de las intrigas de poder y nos ofrecía su propio análisis del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta. Su fascinación por el PRI se veía exaltada por el éxtasis de este acontecimiento, de tal modo que, como buen priísta, siempre se refería a Colosio como un mártir o un caudillo de proyecto frustrado, por lo que procedía evidentemente un apoyo incondicional al nuevo candidato el muy ambiguo Dr. Zedillo.

Por una parte entonces, explicaba la supremacía del PRI a lo largo de la historia como si se tratara de una asociación respetable y que hubo configurado la mayor grandeza de nuestro país, de tal manera que todas las historias de corrupción, engaños, acarreos, triquiñuelas y quebranto de las finanzas del país no eran más que anécdotas de esa socarrona forma de ser del mexicano ante la posibilidad de que lo pongan donde hay y lo que puede hacer con picardía y talante de sinvergüenza. Por el contrario le resultaba deleznable la seriedad del PAN, e imperdonable su plataforma política y su ideología de gente mocha y mojigata, amén de la ingenuidad en la eficacia del posible desempeño en el poder por parte de esa gente elitista y bien portada. No era una opción para él y por poco y nos convencía a todos de opinar lo mismo. De Cuauhtémoc Cárdenas y la llamada “izquierda” de entonces le resultaba repugnante por haber renegado de su vocación priísta. Era más importante señalar la traición antes que aceptar la posibilidad del gobierno neo izquierdista del PRD de entonces. Estaba claro: había que votar por el PRI y no sólo por convicción racional, como tanto se empeñaba en argumentar, sino con el corazón, atendiendo al llamado histórico de darle continuidad a las glorias del tricolor.

Por poco y nos convencía a todos, dije, y esa era la causa por la que algunos de nosotros estigmatizaba y ridiculizaba al pobre de Isidro Cano, declarado y militante panista, o al no menos noble Juan Carlos Chamorro, simpatizante perredista veracruzano estudiante de los maristas. Todos, o la mayoría, éramos seminaristas, de tal modo que discurríamos en demasía sobre estos temas y sobre la religión, sin que las discusiones fueran insostenibles o incómodas, de ahí que tampoco nadie se atreviese nunca a interpelar contradecir al maestro. Suponíamos que nos podría ir peor de lo que resultaba la dificultad de su asignatura.

En una segunda etapa, ya habiendo resultado electo el Dr. Zedillo, ungido como presidente y desatada la terrible crisis económica del famoso “error de diciembre” de 1994, del 20, para más exactitud y disparada la inflación, el desempleo, las tasas de interés y todo lo que ya sabemos que pasó, a este profesor se le ocurrió explicarnos con pelos y señales en qué había consistido ese error económico, mucho antes de que el ex Presidente Salinas se atreviera a escribir su voluminoso libro sobre el asunto, por cierto. Y nos lo explicó como quien cuenta una historia maravillosa, como un rapsoda cantaría los versos de la Ilíada, con tanta pasión; pero en ningún momento en tono de reproche, decepción o frustración, mucho menos de resentimiento contra el sistema y contra el PRI, más bien como una especie de heroísmo, de epopeya. Nos dijo la causa del aumento de las tasas de interés, el déficit de la balanza comercial y de la balanza de pagos, el acierto de Salinas con los tesobonos y el desacierto de Zedillo para quitar la injerencia del gobierno en las políticas de la paridad monetaria de las divisas, la fuga de capitales, etc. Todo se lo sabía; pero ni aun así le reprochaba nada al presidente Zedillo, menos a Salinas y menos al PRI.

Desde entonces hasta la fecha he vivido con ese recuerdo esperando y soñando que algún día el priísmo pida perdón por sus errores, enmiende sus estatutos, su plataforma política y su base ideológica; que muy dignamente se retiren del espectro político y de la búsqueda del poder; o que por lo menos se atrevan a reconocer todo el cúmulo de tropelías que históricamente han perpetrado; pero creo que nunca lo harán porque de hecho su convicción es casi religiosa para defenderse entre ellos por muy pillos que sean y siempre, sin falta, habrá candidatos suyos que siempre pugnen porque se reconozca que no hay nadie mejor que ellos y que siempre ha sido así desde que existen como partido, así que será inútil escudriñar entre las raíces familiares de ese grupo en el poder, explicar cómo amasaron sus fortunas, cómo han tejido sus redes de poder y cómo una vez tras otra, han quebrantado la economía nacional y propiciado una desigualdad y una corrupción incalculable, sin mencionar cómo propiciaron por décadas la proliferación de los grupos criminales del narcotráfico y otras aberraciones y cómo se han adaptado para acusar de todos esos males a los otros, porque además apelan a la amnesia de los desmemoriados y a la inocencia de los imberbes y nóveles votantes, o bien, a los ejércitos de burócratas o a los innumerables parásitos que algún día tuvieron el gozo de las mieles, ya sea del poder o de los beneficios de los programas sociales, aunque sea con una despensa como para que se lo reprochen diciéndole que al traicionar al PRI, se traiciona a la patria, a la historia, a la identidad del mexicano y se patea el pesebre del que alguna vez, cual animales o bestias, se ha comido.

No va a pasar nada y así seguiremos en busca de las huellas del sueño de esa pretendida democracia a la que tanto se apela como a una diosa, y que es un mito.

Y aun con toda la amargura que me producen estos recuerdos, no puedo dejar de sentir la necesidad de esperar que el destino de mi maestro de biología sea bueno; que tanto Isidro, como Chamorro, hayan encontrado y logrado ya sus propósitos; que el Padre Tomás siga entregando su vida al servicio pastoral desde su ministerio y, para decirlo ya, que los políticos se vean iluminados por Dios para que su actuar no sea el de la mezquindad y la sed de poder a toda costa, sino que emprendan acciones encaminadas a construir una verdadera paz y la armonía que se requiere para la polis.

Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.

10 de diciembre de 2017.

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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