@jhcastelano
Tuve en la Prepa un maestro de biología
muy exigente. Ya desde antes de darnos clases los compañeros de generaciones
pasadas nos lo anticipaban: muy difícil sería pasar con él la materia. Y tenían
razón. Sus clases eran complicadas porque nunca apuntaba nada en el pizarrón,
sino que todo lo explicaba así sentado y desde el escritorio mirándonos
fijamente y hablando todos los temas propios de la materia. Nadie se podía
distraer si no era a veces hasta ridiculizado por él.
El hombre tenía un amplio y vasto
conocimiento de los contenidos que nos compartía. De hecho era muy bueno para
explicar. El problema para nosotros era lo rápido que avanzaba y el desafío
para captar la de términos especializados y la idea que desarrollaba para poder
apuntar todo. Lo único que ponía de apuntes en el pizarrón era cuando nos
explicaba el proceso de la fotosíntesis. Lo demás era así, sin ninguna letra o
imagen de por medio plasmada por él. Quienes no tenían la capacidad suficiente
para esquematizar o anotar las palabras adecuadas, desde luego fracasaban en el
momento del examen, mismo que valía el 100% de la calificación. Nunca dejaba
tareas, pero en el examen preguntaba cualquier cosa de todo lo que había
explicado. Estudiar y aprender en su materia resultaba un reto mayúsculo y la
fama del maestro estaba garantizada por esa dificultad.
No siempre, empero, dedicaba su tiempo a
explicarnos la clase. Había ocasiones en las que nos deleitaba con sus pláticas
de otros temas. Nos contaba, por ejemplo, cuando se fue a Las Vegas a
presenciar la pelea de Julio César Chávez contra Héctor “El Macho” Camacho y
nos explicaba con lujo de detalle cómo le hizo para ir y cómo vio la pelea. Tan
minucioso era en la descripción que casi parecía que nos contaba golpe por
golpe cómo era dado, con cuánto impulso, cuál era la expresión de los
peleadores, cuál la del público, el ambiente, el clima, el griterío, la luz,
etc. Era muy elocuente y nos embelesaba con su narración. Y es que no sólo lo
decía con sus palabras, sino que sus gestos acompañaban el mensaje. Actuaba.
Había estado, no sé si como actor o sólo como administrador en el grupo de “los
cómicos de la legua”, de la Universidad Autónoma de Querétaro.
Siendo un hombre de ciencia, de política,
un funcionario, administrador y trabajador de la Universidad, fumador
empedernido, médico de profesión y secretario particular un tiempo de la
primera mujer rectora de la propia casa de estudios, era también ateo, a decir
de él mismo, aunque un día nos contó que más bien lo que tenía era rechazo por
todo lo religioso y por lo católico en particular. A pesar de trabajar en el
colegio con los hermanos maristas, donde fue mi maestro, sentía desprecio por
la religión y por las celebraciones, aunque también decía admirar a ciertos
ministros, como a los hermanos maristas o algún sacerdote que llegó a dar
clases allí. De hecho nos contó que no se había confesado más que previo a su
matrimonio por penúltima vez y unos años después tan sólo con el Padre Tomás,
de la Congregación de la Sagrada Familia, hombre culto, sabio y santo, según la
percepción de todos los que le conocemos. Confesarse con él ya era mucho para
este maestro y no se callaba el respeto profesado a este sacerdote.
Si ya de por sí su experiencia en torno de
lo religioso me parecía desconcertante, me resulta más paradójico lo que nos
contaba sobre política. En una primera fase se dedicaba con todas sus fuerzas a
descalificar frente a nosotros a las fuerzas de la oposición previa la elección
de 1994, pues fue la época en que lo tuve como maestro. Le fascinaba contarnos
los vericuetos con los que había llegado el Dr. Ernesto Zedillo a la
candidatura por el PRI, abundaba en detalles de las intrigas de poder y nos
ofrecía su propio análisis del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta. Su
fascinación por el PRI se veía exaltada por el éxtasis de este acontecimiento,
de tal modo que, como buen priísta, siempre se refería a Colosio como un mártir
o un caudillo de proyecto frustrado, por lo que procedía evidentemente un apoyo
incondicional al nuevo candidato el muy ambiguo Dr. Zedillo.
Por una parte entonces, explicaba la
supremacía del PRI a lo largo de la historia como si se tratara de una
asociación respetable y que hubo configurado la mayor grandeza de nuestro país,
de tal manera que todas las historias de corrupción, engaños, acarreos,
triquiñuelas y quebranto de las finanzas del país no eran más que anécdotas de
esa socarrona forma de ser del mexicano ante la posibilidad de que lo pongan donde hay y lo que puede hacer
con picardía y talante de sinvergüenza. Por el contrario le resultaba
deleznable la seriedad del PAN, e imperdonable su plataforma política y su
ideología de gente mocha y mojigata, amén de la ingenuidad en la eficacia del
posible desempeño en el poder por parte de esa gente elitista y bien portada.
No era una opción para él y por poco y nos convencía a todos de opinar lo
mismo. De Cuauhtémoc Cárdenas y la llamada “izquierda” de entonces le resultaba
repugnante por haber renegado de su vocación priísta. Era más importante
señalar la traición antes que aceptar la posibilidad del gobierno neo
izquierdista del PRD de entonces. Estaba claro: había que votar por el PRI y no
sólo por convicción racional, como tanto se empeñaba en argumentar, sino con el
corazón, atendiendo al llamado histórico de darle continuidad a las glorias del
tricolor.
Por poco y nos convencía a todos, dije, y
esa era la causa por la que algunos de nosotros estigmatizaba y ridiculizaba al
pobre de Isidro Cano, declarado y militante panista, o al no menos noble Juan
Carlos Chamorro, simpatizante perredista veracruzano estudiante de los
maristas. Todos, o la mayoría, éramos seminaristas, de tal modo que
discurríamos en demasía sobre estos temas y sobre la religión, sin que las
discusiones fueran insostenibles o incómodas, de ahí que tampoco nadie se
atreviese nunca a interpelar contradecir al maestro. Suponíamos que nos podría
ir peor de lo que resultaba la dificultad de su asignatura.
En una segunda etapa, ya habiendo
resultado electo el Dr. Zedillo, ungido como presidente y desatada la terrible
crisis económica del famoso “error de diciembre” de 1994, del 20, para más
exactitud y disparada la inflación, el desempleo, las tasas de interés y todo
lo que ya sabemos que pasó, a este profesor se le ocurrió explicarnos con pelos
y señales en qué había consistido ese error económico, mucho antes de que el ex
Presidente Salinas se atreviera a escribir su voluminoso libro sobre el asunto,
por cierto. Y nos lo explicó como quien cuenta una historia maravillosa, como
un rapsoda cantaría los versos de la Ilíada, con tanta pasión; pero en ningún
momento en tono de reproche, decepción o frustración, mucho menos de resentimiento
contra el sistema y contra el PRI, más bien como una especie de heroísmo, de
epopeya. Nos dijo la causa del aumento de las tasas de interés, el déficit de
la balanza comercial y de la balanza de pagos, el acierto de Salinas con los
tesobonos y el desacierto de Zedillo para quitar la injerencia del gobierno en
las políticas de la paridad monetaria de las divisas, la fuga de capitales,
etc. Todo se lo sabía; pero ni aun así le reprochaba nada al presidente
Zedillo, menos a Salinas y menos al PRI.
Desde entonces hasta la fecha he vivido
con ese recuerdo esperando y soñando que algún día el priísmo pida perdón por
sus errores, enmiende sus estatutos, su plataforma política y su base
ideológica; que muy dignamente se retiren del espectro político y de la
búsqueda del poder; o que por lo menos se atrevan a reconocer todo el cúmulo de
tropelías que históricamente han perpetrado; pero creo que nunca lo harán
porque de hecho su convicción es casi religiosa para defenderse entre ellos por
muy pillos que sean y siempre, sin falta, habrá candidatos suyos que siempre
pugnen porque se reconozca que no hay nadie mejor que ellos y que siempre ha
sido así desde que existen como partido, así que será inútil escudriñar entre
las raíces familiares de ese grupo en el poder, explicar cómo amasaron sus
fortunas, cómo han tejido sus redes de poder y cómo una vez tras otra, han
quebrantado la economía nacional y propiciado una desigualdad y una corrupción
incalculable, sin mencionar cómo propiciaron por décadas la proliferación de
los grupos criminales del narcotráfico y otras aberraciones y cómo se han
adaptado para acusar de todos esos males a los otros, porque además apelan a la
amnesia de los desmemoriados y a la inocencia de los imberbes y nóveles
votantes, o bien, a los ejércitos de burócratas o a los innumerables parásitos
que algún día tuvieron el gozo de las mieles, ya sea del poder o de los
beneficios de los programas sociales, aunque sea con una despensa como para que
se lo reprochen diciéndole que al traicionar al PRI, se traiciona a la patria,
a la historia, a la identidad del mexicano y se patea el pesebre del que alguna vez, cual animales o bestias, se
ha comido.
No va a pasar nada y así seguiremos en
busca de las huellas del sueño de esa pretendida democracia a la que tanto se
apela como a una diosa, y que es un mito.
Y aun con toda la amargura que me producen
estos recuerdos, no puedo dejar de sentir la necesidad de esperar que el
destino de mi maestro de biología sea bueno; que tanto Isidro, como Chamorro,
hayan encontrado y logrado ya sus propósitos; que el Padre Tomás siga
entregando su vida al servicio pastoral desde su ministerio y, para decirlo ya,
que los políticos se vean iluminados por Dios para que su actuar no sea el de
la mezquindad y la sed de poder a toda costa, sino que emprendan acciones encaminadas
a construir una verdadera paz y la armonía que se requiere para la polis.
Julián Hernández
Castelano.
Santa Ana
Chiautempan, Tlaxcala.
10 de diciembre de
2017.

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