@jhcastelano
En la fe. En la experiencia. En la sensibilidad.
Conocí a algunos de mis hermanos mayores en la fe el pasado sábado. Algunos rostros ya los había visto antes. Algunos de ellos ya me conocían y a otros en mi vida, jamás los había visto; y sin embargo somos hermanos. Los escuché en sus testimonios tan profundos y tan impactantes. Los reconocí como en un espejo por lo que se siente al haber bebido de la misma savia, del mismo árbol de la formación en el Seminario. Ahí estaban compartiendo su experiencia y exponiendo sus ideas. Testimonios variados y muy hermosos. «El amigo fiel es un apoyo seguro —dice el libro del Eclesiástico— quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro» (Eclo. 6, 1) Y más que amigos, para mí el tesoro que representan es el de la hermandad.
Se trata del grupo Moriá —Dios provee — cuya formación responde a la necesidad de agrupar a aquellas personas que por alguna razón no pudimos o no quisimos o no quisieron que siguiéramos con nuestra formación o incluso con el ministerio sacerdotal en la diócesis de Querétaro. En camino de constituirse como Asociación Civil y lograr la personalidad jurídica, el grupo pretende dar un espacio no sólo para la expresión y el testimonio, sino también para la promoción y la actividad de carácter social o de beneficio para el bien común; en otras palabras y en el fondo: continuar con la labor evangelizadora a través de acciones concretas y a pesar de no haber seguido con la vocación sacerdotal.
La personalidad jurídica será fuente de certeza legal; pero la personalidad efectiva ya la tenemos, pues el grupo se conforma con maestros, psicólogos, filósofos, médicos, constructores, etc., amén de la jovialidad, la alegría, el respeto y el aprecio que nos manifestamos y que son unas de las tantas características de quienes nos sabemos hermanos de la experiencia de Seminario y hermanos en la fe.
Ha sido verdaderamente providencial que un grupo de personas otrora dispersas se reúna para hacer algo, para emprender una misión y acciones en común. Es hermoso reconciliarse con su pasado y saber que hay otros en similares circunstancias. La riqueza que podemos encontrar en nuestras experiencias y en nuestras capacidades no se deja esperar ni se regatea.
Por si nos aguarda la nada o por si no hubiera un más allá que trascienda el tiempo y se proyecte hasta la eternidad, yo no me quedé con las ganas de hablarles y decirles lo que siento, así como de admirar y de apreciar cuánta belleza hay en el poder compartir y reconocernos. Nuestros corazones laten al mismo ritmo y al consagrar nuestras acciones y la existencia de nuestro grupo al Señor e invocar su Santo Espíritu, también nos damos cuenta de que compartimos eso, precisamente: un mismo espíritu.
Ya sabrán de nosotros.
Julián Hernández Castelano
Santa Ana Chiautempan, Tlax.

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