@jhcastelano
Carta para mi amigo Rafael.
Sobre los intríngulis de la fe
Estimado amigo:
Un tuit no basta. Una respuesta breve, aunque sea en un medio electrónico cuyas proporciones puedan contener mayor número de palabras, tampoco. Hace falta una carta como ésta para expresar algunas consideraciones sobre el asunto de la fe. Si has de tenerme paciencia, no podemos quedarnos con unas cuantas afirmaciones, sino con algo un poco más profundo; por eso es menester abundar de cierta manera en una entrada de blog como la de ahora para remitirnos a ligas externas y a la vez alcanzables desde la red del Internet y para asentar nuestra postura. Cierto que la inquietud me fue manifestada en un mensaje privado, sin embargo, las implicaciones de la respuesta parecen ameritar un tratamiento abierto.
He notado que en varios mensajes de tuiter expresas unas genuinas dudas sobre cuestiones de fe. No me asusta pensar en tus reticencias o tus posibles contraposiciones al hecho religioso o a las posturas que, generalmente en el terreno de lo moral, parecen extraerse como consecuencia de la fe religiosa. Te considero una persona muy analítica, profunda, nada banal, de un juicio muy agudo y, sobre todo, sediento de ir en pos de la verdad. En especial veo con buen agrado tu combatividad y la búsqueda de argumentos certeros, contundentes y propicios para cada cuestión a la que te acercas. Todas estas virtudes no se encuentran a la vuelta de la esquina. Amén de tu inteligencia y la inquietud de tu espíritu.
Debo agregar que esas tus dudas y esos tus cuestionamientos en el terreno de la fe son para mí un desafío interno, pues con lo que encuentro en ti puedo espejear mis posturas y puedo revisar los pilares de mis propias creencias, para ver si están bien cimentados o para yo mismo cuestionarlo. La verdad es que siempre he sido así: siempre he cuestionado incluso mi propia fe, mi sistema de creencias y lo que creo que son mis convicciones. Por eso no puedo ser indiferente a lo que tú mismo expresas siempre con esa agudeza y me apresto a contestar y atender tu petición, sobre todo porque creo que al contestarte a ti, estoy también atendiendo a una serie de preocupaciones comunes a ciertos espíritus como el tuyo: inquietos y hasta cierto punto sedientos; sé, además, que son tiempos en los que es preciso ofrecer ciertas aclaraciones, y más en el terreno de la fe, así que aquí vamos.
Todo esto nace, pues, de la petición que me haces para compartirte algunas fuentes o links sobre mi afirmación esa de que "toda fe precisa de la experiencia del encuentro", y ahora debo agregar que se trata del encuentro con lo divino, con lo trascendente, con el absoluto, como quieran decirle. Con Dios, pues.
La verdad es que las fuentes son numerosas, por lo que no resulta tan sencillo arrojar por ahí algunas referencias, sino hasta cierto punto las selectas para mí. Comenzaría por decirte que precisamente sobre este tema fue mi tesis de Maestría en Filosofía, sobre el problema de lo sagrado, que incluye o implica el asunto de la fe como encuentro y no como denominación. Ya tan solo con ello podríamos invertir un buen rato para su lectura. Acá te la dejo con gusto.
Desde luego en la misma tesis hago referencia a ciertos autores, de los cuales tengo que decir algo ahora; pero antes quisiera manifestar que los mismos evangelios tienen todos ellos una multiplicidad de ejemplos sobre la experiencia del encuentro, en este caso con Jesús. Yo resaltaría uno de los más paradigmáticos, que es el pasaje de los peregrinos de Emaús, en Lucas 24, del 13 al 35. Sobre todo puede calar hasta el tuétano cuando lo reconocen y dicen: "¿Acaso no sentíamos arder nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?", en el versículo 32, pues en ese momento reconocieron que se había dado el encuentro y no lo habían notado.
Sobre la idea del encuentro como tal en la experiencia de la cristiandad hay ideas abundantes en la obra del filósofo español Juan Martín Velasco. Puedes leer acá "La experiencia cristiana de Dios". En lo personal tengo en mi poder, además, "El encuentro con Dios" (ver imagen). También puedes no sólo leer, sino meditar el Memorial, de Pascal, y en general algunas de sus obras, como los célebres Pensamientos.
Para los místicos cristianos o de talante cristiano (es decir, todos los que de algún modo, aunque no profesen directamente la fe de los bautizados, pero que saben o han oído hablar de la revelación cristiana, o en otras palabras: los que culturalmente están bajo el cobijo de la cristiandad), lo místicos, pues, reconocen que los espíritus inquietos y ávidos de la experiencia de Dios son aquellos que han notado la ausencia total del mismo Dios. La no presencia de Dios. Su sed de la experiencia de Dios, su hambre de Dios los lleva a disponerse interiormente y a darse cuenta de la indigencia propia espiritual y cuando eso sucede... ¡pueden darse cuenta del encuentro! Es como la tierra reseca, sin agua, que fue removida y en donde se deposita la semilla, que en cuanto cae la lluvia y en conjunción con el factor solar produce el milagro de la germinación de esa semilla para dar fruto: ¡la tierra otrora reseca produce el fruto! Esta analogía la he tomado de Simone Weil, precisamente una mujer, una muchacha de espíritu inquieto y no profesa de la religión, que tuvo sendas experiencias místicas y que escribe pensamientos muy profundos sobre Dios. En su obra La Gravedad y la Gracia, expone esta y otras analogías. Allí también habla de la ausencia de Dios, del silencio. Dice que la armonía sólo es posible gracias al silencio entre las notas musicales. Dice también que Dios debe estar ausente porque no resistiríamos sentir su presencia todo el tiempo. San Juan de la Cruz lo expresaba de esta manera:

La verdad es que las fuentes son numerosas, por lo que no resulta tan sencillo arrojar por ahí algunas referencias, sino hasta cierto punto las selectas para mí. Comenzaría por decirte que precisamente sobre este tema fue mi tesis de Maestría en Filosofía, sobre el problema de lo sagrado, que incluye o implica el asunto de la fe como encuentro y no como denominación. Ya tan solo con ello podríamos invertir un buen rato para su lectura. Acá te la dejo con gusto.
Desde luego en la misma tesis hago referencia a ciertos autores, de los cuales tengo que decir algo ahora; pero antes quisiera manifestar que los mismos evangelios tienen todos ellos una multiplicidad de ejemplos sobre la experiencia del encuentro, en este caso con Jesús. Yo resaltaría uno de los más paradigmáticos, que es el pasaje de los peregrinos de Emaús, en Lucas 24, del 13 al 35. Sobre todo puede calar hasta el tuétano cuando lo reconocen y dicen: "¿Acaso no sentíamos arder nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?", en el versículo 32, pues en ese momento reconocieron que se había dado el encuentro y no lo habían notado.
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| Importante obra sobre la experiencia del encuentro |
Para los místicos cristianos o de talante cristiano (es decir, todos los que de algún modo, aunque no profesen directamente la fe de los bautizados, pero que saben o han oído hablar de la revelación cristiana, o en otras palabras: los que culturalmente están bajo el cobijo de la cristiandad), lo místicos, pues, reconocen que los espíritus inquietos y ávidos de la experiencia de Dios son aquellos que han notado la ausencia total del mismo Dios. La no presencia de Dios. Su sed de la experiencia de Dios, su hambre de Dios los lleva a disponerse interiormente y a darse cuenta de la indigencia propia espiritual y cuando eso sucede... ¡pueden darse cuenta del encuentro! Es como la tierra reseca, sin agua, que fue removida y en donde se deposita la semilla, que en cuanto cae la lluvia y en conjunción con el factor solar produce el milagro de la germinación de esa semilla para dar fruto: ¡la tierra otrora reseca produce el fruto! Esta analogía la he tomado de Simone Weil, precisamente una mujer, una muchacha de espíritu inquieto y no profesa de la religión, que tuvo sendas experiencias místicas y que escribe pensamientos muy profundos sobre Dios. En su obra La Gravedad y la Gracia, expone esta y otras analogías. Allí también habla de la ausencia de Dios, del silencio. Dice que la armonía sólo es posible gracias al silencio entre las notas musicales. Dice también que Dios debe estar ausente porque no resistiríamos sentir su presencia todo el tiempo. San Juan de la Cruz lo expresaba de esta manera:

¿A dónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?,
como el ciervo huíste
habiéndome herido,
salí tras ti, clamando y eras ido.
Sólo cuando el alma se da cuenta de su indigencia, de su vacío, de su nada, es cuando está lista para ser preñada por el Todo. Lo entendía el maestro Eckhart cuando hablaba del "vaciamiento" de sí.
Otra experiencia importante es la de Manuel García Morente, que relata cómo fue ese encuentro que él tuvo con lo divino en el exilio, durante la guerra civil española.
Sobre la idea del hambre de Dios hay un buen libro también de mi maestro y amigo el filósofo Juan Carlos Moreno Romo, donde explora la situación de las relaciones entre la razón y la filosofía en nuestros días y en nuestra circunstancia, sin perder de vista el asunto de la necesidad del encuentro con Dios en el terreno de la fe.
En fin. Podríamos extendernos largas horas escribiendo sobre el particular asunto. No pretendo atosigarte, sino darte sólo algunas ideas, algunas fuentes a donde acudir. Ya habrá tiempo para la retroalimentación, el intercambio y la conversación.
Te mando un saludo muy cordial.
Tu amigo:
Julián Hernández Castelano.


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