In partibus infidelium

domingo, 4 de julio de 2021 0 comentarios

@jhcastelano

Si la relación con Dios sólo pudiese ser racional, ya no la habría. Y eso suele pasar en nuestros tiempos: incapaces de reconocerle, de experimentarle, de concebirle, de dar cuenta de su presencia, terminamos, o negándolo, o declarándolo ignoto. Nuestra vida corre ajena, entonces, lejos de cualquier atisbo de la experiencia de lo divino. Y nos salimos de nosotros mismos, nos vamos de bruces contra la realidad, nos hacemos una cosmovisión o nos dejamos llevar por la corriente del mundo; bregamos ahí sin brújula, sin norte, sin estrella polar; pero, al mismo tiempo nos consolamos pensando, dibujando y pretendiendo crear ex nihilo el mundo para calmar nuestra conciencia de vacío.

 

Parafraseando y contradiciendo a un eminente vendedor de ideas de nuestros días —de esos inteligentísimos y capaces de realizar tremendas síntesis para explicárselas a los demás, cual sofistas embaucadores—, diremos así, sin más: es difícil aceptar la existencia de Dios, de la vida allende la muerte, de la esperanza en la eternidad, e incluso, de la resurrección. De hecho, es más fácil no creer en ello y acusar de fanatismo a quienes manifiestan esperanza; es más sencillo instalarse en el día a día, en la materialidad, en el sueño y la utopía del paraíso en la tierra, en Jauja. Así, nos queda apegarnos al instante, al ahora, a la vida patente de la conciencia del hoy, a lo puesto ahí, es decir, a lo “positivo”, al “Dasein”, al ser ahí heideggeriano, al reino del fenómeno, sin distraernos con la idea de la Parusía ni con elucubraciones escatológicas.

 

Cuán extraño e inverosímil nos resultaría escuchar a alguien como al profeta Ezequiel declarar haber sido tomado por espíritu y haberle revelado las advertencias versus la traición de los israelitas, so posibilidad de no ser escuchado, sino más bien rechazado por ese pueblo de infieles que, empero, habrían de saber la presencia de un profeta entre ellos y, seguramente, sin poder sustraerse del impacto de la denuncia en lo más profundo de sus corazones.

 

Cuán patético puede resultarle al mundo un discurso como el de San Pablo, cuando a los corintios les confiesa esa extraña relación con Dios con quien, por una parte le suplica retirar el tormento del demonio que le atosiga y la respuesta de la gracia suficiente —si lo puedo expresar con las palabras de la controversia entre jesuitas y jansenistas, en el siglo XVII— ya que el poder de Dios es manifiesto en medio de la debilidad, con lo que el control de la soberbia conlleva la posibilidad del enfrentamiento con el Malo. Cuán difíciles resultan estas palabras. Máxime si se agrega lo que el Apóstol dice: «muy a gusto presumo de mis debilidades porque en ellas se manifiesta el poder de Cristo». ¡Qué tremendo mensaje! ¿Quién se atreve a desentrañarlo, a refutarlo, a comprenderlo, a transmitirlo, ¡a asumirlo y vivirlo!? «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». ¡Vaya, pues! Ya podríamos renunciar a pensarlo siquiera; pero no. Hagamos sonar ecos más lejanos: De Sansón hay tantas leyendas y hasta caricaturas, es decir, ideas repetitivas hasta el terreno del cliché: un hombre fuerte, guerrero y asesino de filisteos que, sin embargo, sucumbió ante una mujer llamada Dalila, quien le rapó y minó la fuente de su poder físico. En realidad, su poder era su debilidad, contrario a lo que manifiesta para su caso San Pablo. Sansón gozaba de cierto éxito mundano porque su propensión era la de poseer a las mujeres de los hombres a los que derrotaba. Esa era la costumbre. Vencer al enemigo y poseer a su mujer. Era su motivación la posesión de cuantas más mujeres fuese posible. Y esa su fortaleza era también su debilidad. San Pablo acepta más bien sus debilidades, sus carencias, sus límites. No importa que haya sido arrebatado «hasta el tercer cielo donde vio cosas que no son posibles decir», pues es preciso que siempre sea consciente de su bajeza, de su finitud, de su insignificancia, fuera de la arrogancia y la soberbia, sometido a la Providencia de Dios, quien le establece la suficiencia de su gracia.




 

Cuán difícil debió ser para el mismísimo Jesús no poder realizar ningún milagro en su propia tierra, donde fue cuestionado, donde se manifestó la más extraña incredulidad. No es extraño así constatar en nuestros tiempos a los más famosos agoreros manifestar su escepticismo. Estamos a expensas de nuestras propias quimeras de fortaleza y podemos caer, como Sansón, si no entendemos que esas pequeñas contrariedades de nuestra vida, incluso nuestra ceguera espiritual, puede deberse al vendaje suministrado por aquel que impide o no quiere que reconozcamos a Dios y debemos, entonces, reconocer con la gracia que nos basta, la esperanza en el que todo o puede, así tengamos que hablar in partibus infidelium y correr el riesgo de ser rechazados. Es la causa de Cristo.


Julián Hernández Castelano

4 de julio de 2021


Hacia una estética del sentido del gusto a través de la reflexión sobre la gastronomía (1)

viernes, 2 de julio de 2021 0 comentarios

Para ti, mi mamita hermosa, en tu cumpleaños 70.
Mi primer hogar fue tu vientre. 


Ni el aroma del lirio y de la rosa,
ni la luz de un tesoro refulgente,
ni la talla moral del que es clemente,
ni el portento de lluvia estrepitosa.
 
Ni el rumor de la brisa cariñosa,
ni la mano vivaz y hasta eficiente,
ni la voz gutural y convincente,
ni algún vuelo feliz de mariposa.
 
Nada tiene tu fuerza ni tu estilo,
nada altera la paz de tu sigilo,
nada suple tu ejemplo que alimenta.
 
Todo es bien de tu ser, todo engalana,
todo es tierno, es cariño, es luz que emana
bendición que Dios da por tus setenta. 

Si bien subsiste la idea —una de tantas por el estilo— respecto de la prohibición eclesial, histórica, sobre la condenación de los sentidos corporales «por ser ellos las puertas de la condenación y la consecuente esclavización del cuerpo, cárcel del alma»[1] y, en especial, en lo referente al pecado de la gula, también es de vero la clarificación hecha gracias a la distinción propuesta desde la «Deus caritas est», de Benedicto XVI sobre los tipos de amor y con ello una suerte de reivindicación acerca del deleite de los sentidos. La misma tónica podríamos distinguir en San Agustín o en Simone Weil, quienes asientan la finalidad de todo placer como la corteza más externa o superficial del verdadero deseo de la divinidad, del absoluto.

 

De entre los sentidos corporales, el del gusto ha sido, tal vez, poco estudiado a profundidad desde el ámbito de la estética. Es más fácil encontrar críticos literarios, analistas, correctores de estilo, lingüistas, que teóricos del gusto, del sabor o de la alimentación. Es más sencillo encontrarse con especialistas en el análisis de las sinfonías, de los sonidos y hasta ingenieros de audio. Asimismo, es ya no tan simple; pero sí frecuente, saber de la acción médica de los otorrinolaringólogos y los oftalmólogos; aunque en este aspecto sí hay bastantes críticos de obras de arte pictóricas; no vemos tampoco estetas del aroma, salvo por los usos pretendidos de curación por la vía de la aromaterapia y las no pocas ofertas en el mercado para la utilización de aromas para engalanar el ambiente de las casas, disipando los hedores o repeliéndolos, al menos, de tal manera que se puede hablar de la acción de los sentidos, tanto desde el punto de vista clínico o médico, como desde el punto de vista intelectual o estético; pero de ellos, sobre el gusto, ni lo uno ni lo otro.

 

A lo más, nos podemos topar con la explicación fisiológica de la existencia y función de las papilas gustativas, esas terminales sensoriales y nerviosas ubicadas en la cavidad bucal, en nuestra lengua, para poder distinguir los distintos sabores de lo que fagocitamos; pero no abunda mucho la cuestión estética de la experiencia de la deglución, salvo por algunos artículos más bien un tanto ñoños y más bien propagandísticos de quienes reseñan sus visitas a los restaurantes, describen los platillos que comen y terminan informándonos de cuánto se gastaron por cada uno de esos platillos durante una comida completa.

 

He de confesar que la primera vez que escuché la idea de explorar la «estética del antojito» me pareció risible, pues era un maestro mío de la Facultad de Filosofía quien la trataba de desarrollar. Respeto mucho al maestro Toño Arvizu; pero cuando supe que esos eran sus terrenos de cavilación filosófica, me pareció poco menos que ridículo. No soportaba la idea. Pensaba yo que era un abaratamiento de los objetos de estudio para la filosofía. Ahora pienso distinto. Y no es que, por ejemplo, haya sido convertido por ver escenas como la del crítico de comida de la película Ratatouille, o porque haya identificado en el suplemento “Buena mesa”, del Reforma a los comensales que publican los precios de lo que comen, sino que empecé a descubrir analogías que, sobre lo que se come, sobre la digestión, sobre los hábitos, sobre el tipo de gastronomía de cada país y región, sobre la comparación hecha de los platillos de origen, sobre la diversidad y la diferencia del tipo de comida que se prepara, se vende y se consume, tan sólo de mi estado de origen y mi estado de adopción, me di cuenta de una riqueza jamás antes experimentada y del valor que tiene la comida de mi tierra y por cuánto la extraño sin dejar de disfrutar la que conozco ahora; además, de cómo esas analogías nos ayudan a entender el mundo, las ideas y a expresarlas. Incluso sobre lo que nos alimenta en el alma.

 

También debo confesar que nunca he leído aquello que el maestro Toño Arvizu haya escrito sobre el asunto, por cierto, solamente recuerdo sus ponencias en la misma Facultad y sus dichos entre pasillos cuando hablábamos de los canapés que se daban fuera de las mesas de trabajo en los eventos, o bien, cuando junto con los otros sinodales y mi esposa, luego de mi examen de grado de licenciatura, fuimos a disfrutar en la cenaduría “Blas”, justo en la calle 5 de mayo, en el centro de Querétaro, donde el maestro no se cansó de elogiar los antojitos que ahí deglutimos.

 

El placer del manjar ha tenido una simbiosis histórica con el de reunirse. La experiencia del encuentro con los afines suele ser lo máximo en la mancuerna con el tipo de comida que se comparte mientras se da la reunión. Entre más importante sea el motivo, reviste igualmente importancia la selección de los platillos y la consecuente búsqueda de la satisfacción plena al fagocitar de los comensales. Así, nos llegan ejemplos de comilonas históricas y trascendentales, como lo fue El Simposio, de Platón, por ejemplo, donde se discute amplia y profundamente sobre el tema del amor. Lo mismo podemos decir de los evangelios: especialmente el de Juan, donde se describen fiestas, comidas, manjares, eventos donde asistía Jesús con sus amigos, sin mencionar por encima en importancia a la “última cena”, tal vez la más célebre de toda la historia y de todas las civilizaciones. San Agustín, por su parte, celebró una comilona con sus más allegados, entre amigos y familia, ya siendo Obispo de Hipona, un 13 de noviembre, para celebrar alguno de sus cumpleaños, donde refieren el sentido, el uso, el provecho y hasta la analogía de la comida para alimentar el cuerpo, así como él pretendió darles unas lecciones para alimentar el intelecto o el alma, lecciones que conocemos con el nombre de “De beata vita”, es decir, “Acerca de la vida feliz”.

 

Hay una escena casi inicial en la película El último de los mohicanos, donde los dos hijos indígenas (uno legítimo y otro por adopción) van con el padre tras un siervo entre la maleza de los bosques de Norteamérica y, cuando logran cazarlo, el padre hace una especie de bendición, pide perdón por el sacrificio del animal y explica un poco el ciclo vital de la cadena alimenticia. Esa dimensión de acción de gracias es la que, en general, como especie humana hemos perdido de vista cuando de consumir la comida se trata, pues siendo ésta reducida a la mera funcionalidad de la nutrición, de una especie de combustible para que el cuerpo humano consiga las calorías necesarias para continuar bregando por la vida, se ha omitido el valor de la procedencia de los alimentos, ya no digamos ese sacrificio del que pueden ser objetos tanto las plantas, como los animales, sino incluso el mismo proceso, el rito, el momento y el deleite para el sentido del gusto. Se ha despojado, pues, una acción tan importante, como lo es el comer, del elemento estético para favorecer el elemento funcional, mecánico y hasta poco provechoso del deglutir.

 

Poco a poco se tendrá que rescatar el sentido de la preparación hasta el consumo del alimento. Hay muchos factores alrededor para considerar y llevarlos a la explicación de la experiencia estética, misma que no se reduce al disfrute, sino que contempla una serie adicional de experiencias y enseñanzas.

 

Tan sólo de recordar cómo hacía mi madre cuando vendía el menudo de res o las gorditas queretanas; ya no digamos desde su preparación, sino en el momento en el que, con gusto y generosidad despachaba cada plato vendido; muchas ocasiones daba de más para que se compartiera con los familiares enfermos de quien iba a comprar. Esa generosidad aumenta el impacto estético de la experiencia del gusto al momento de fagocitar. Me puedo imaginar el gusto y la emoción de esas personas; pero más aún la manera como pudieron haber disfrutado el caldo caliente, picoso y bien condimentado, además de los trozos suaves de carne suculenta, mientras sentían la saciedad de sus entrañas y podían platicar en compañía de sus seres queridos en medio de la dificultad por la que estuviesen pasando. Vemos aquí una dimensión incluso moral y una relación del hombre con la comida, un pretexto, si se quiere sentir así, para acortar distancias y sentir juntos el mundo y la vida a través de la comida, del antojito, de la gastronomía. Hay una dimensión de belleza en este cuadro descrito. Quien no lo vea, no ha abierto su capacidad de asombro, ni su órgano para ser propenso a la experiencia estética. No podrá ver el arte en ello todavía.

 

Julián Hernández Castelano.

2 de julio de 2021.



[1] Idea que, más bien, es platónica, luego neoplatónica, aderezada con una buena dosis de estoicismo y, finalmente, propagada de manera intensa, tanto por los gnósticos, como por los maniqueos y, ya últimamente, por ciertas corrientes de la New Age y, sin el elemento trascendente, sino inmanente, por los movimientos del veganismo y hasta del yoga, por ejemplo; pero nunca plenamente cristiana, pues lo más cercano su condenación, digamos, desde la cristiandad, es la idea de la continencia como dominio de sí y la identificación de la gula como un exceso de la ingesta nutricional.

Tópicos sobre el cuidado de sí (y de los otros) y la formación de hábitos

jueves, 1 de julio de 2021 0 comentarios

 @jhcastelano

Un frío día, hará casi dos décadas, comentaba con un estimado maestro y ahora amigo, estando en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro, mientras esperábamos para el inicio de la clase, y quejándonos un poco sobre el clima, decíamos de ello, del clima y agregué una consideración a mi queja: esas aulas viejas, coloniales, del patio y edificio barroco, así como el de los naranjos que albergan a esta Facultad, tan altas en sus techos, favorecen la sensación gélida, y me preguntaba en voz alta por qué los habrían construido así. Mi maestro me respondió con una buena hipótesis: muy probablemente, al haber sido toda esa construcción la sede del Colegio y convento de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier, de los jesuitas, tenía que ser propicio para albergar a los monjes, o a quienes se formaban para ello y, seguramente, debían procurar que, si eran dormitorios comunes, el cúmulo de humores, el aliento, los olores despedidos de sus cuerpos durante el sueño o la estancia, tuviesen la suficiente atmósfera para dispersarse. No pude evitar pensar que cada construcción tendría, efectivamente, que responder a las necesidades vitales de la habitación y de la cohabitación en su momento. Por eso es importante que reflexionemos siempre, no sólo acerca de las construcciones para habitar, con todo lo que ello implica, sino también acerca de la configuración de las ciudades y las localidades. Y fue este mismo maestro quien posteriormente escribió el libro El fin de la ciudad[1], donde abunda sobre la pérdida de sentido para el diseño de los hogares y las ciudades en esta hipermodernidad y del cual y con el cual abundaremos en su momento.


Ahora que el confinamiento nos ha pertrechado de manera descompuesta y repentina en nuestros hogares, no se puede soslayar la importancia de tener condiciones apropiadas para el cuidado de la salud, la convivencia familiar y el desarrollo de las actividades intramuros, desde el hogar. Muy frecuentemente hemos comentado en esta casa sobre la necesidad de tener lugares definidos para las diversas actividades: acá para tomar clases, allá para descansar durante el día, las recámaras exclusivas para dormir, etc. Y no podemos ser omisos ante la idea de que muchas personas, tal vez, no cuenten con espacios dignos y apropiados y han tenido la necesidad de adaptarse en sus espacios para hacerle frente al desafío de la escuela en casa, por ejemplo, o al llamado “home office”.

 

Uno de los mayores desafíos es el de considerar y ejecutar esas pequeñas acciones para adaptarse y procurar un cuidado minucioso en cada hogar: desde el lavado constante de manos con jabón, hasta la limpieza exhaustiva y desinfección de lugares, objetos y utensilios. La coyuntura pandémica dejó al descubierto no pocos vicios que en la cotidianeidad estaban, y tal vez, sigan presentes y representan descuidos terribles en la higiene y la salud. A pesar de que siempre han existido campañas promovidas o dictadas desde las autoridades sanitarias (por lo visto, harto ineficientes), incluso normas oficiales en nuestro país, pocas veces en la conciencia próxima de cada persona se acatan o se procuran hábitos de limpieza, de higiene, de cuidado.

 


Poco a poco, a lo largo de estos meses, se han dado recomendaciones respecto del cuidado de sí, desde los organismos mundiales como la OMS, hasta los locales, a través de los gobiernos y la Secretaría de Salud; pero también en la educación a distancia en las escuelas y, obviamente, al interior de las familias. Quienes han tomado verdadera conciencia de todo esto, no han vacilado en acatar y seguir las consideraciones para observar la limpieza, la pulcritud y la dotación de productos e instrumentos para cumplir con el cometido de mantener en condiciones óptimas los espacios, lo que se consume y el propio cuerpo. Ya nadie puede ignorar o ser indiferente ante las más elementales necesidades del cuidado de la limpieza, del método para tratar debidamente los objetos que vienen de la calle o incluso para evitar el contacto indebido con la posible fuente de infección a través de los más sencillos y hasta otrora insignificantes gestos.

 

Con todo y la saturación de información emanada y transmitida gracias al Internet y la propaganda, no podemos asentar que haya garantías para nunca contraer cualquier infección, ya no digamos la del virus letal. No basta ver todos los tutoriales, leer todos los manuales y disponer instrumentos y elementos para la limpieza y el cuidado si no hay la voluntad, la conciencia y la dedicación para procurarse el cuidado. Cada familia se adapta a las circunstancias como puede y como siente que cumple con ello los estándares mínimos para no caer en riesgo de enfermedad. La salud, pues, se ha convertido en el bien más preciado de estos tiempos de zozobra.

 

No es, empero, la primera vez que en la historia humana se tiene conciencia de la necesidad del cuidado de sí, pues siempre ha habido amenazas de enfermedades propiciadas por ciertos descuidos en la higiene y los hábitos de salud. Algunos de entre nosotros recordará que la generación de nuestros padres o abuelos refieren la fiebre de la década de los 40’s; o incluso ya con mayor memoria algunos restos de recuerdos de la gripe de hace cien años, por no decir de la no tan añeja, sino más bien reciente gripe porcina, políticamente correcta llamada AH1N1, en 2009. En fin, de esas lecciones se seguía el esfuerzo para procurar el cuidado en la limpieza y hasta en los hábitos para estornudar, por ejemplo. Y es, precisamente, de los hábitos, de los que conviene hablar ahora, pues nos han dicho y no sin razón, sobre la necesidad de un estornudo “de etiqueta”, es decir, adecuado, para no poner en riesgo a nuestros congéneres cercanos al momento del gesto.

 

Respecto de la procuración de buenos hábitos, ya se manejaban desde el “manual de urbanidad y buenas maneras”, de Carreño. Nada más que han sido ridiculizadas, rechazadas, olvidadas y mandadas al rincón de la risa condescendiente porque, “¿cómo habrá de ser que nosotros, los modernos o ultramodernos, los progresados y secularizados ciudadanos del mundo le podamos hacer caso a ese aberrante manual mojigato, retrógrada y arcaico para portarnos bien?” Y es que, se ha quedado en eso, en un vago recuerdo del cúmulo de disposiciones para portarnos bien, cuando no es traído a la memoria para contraponerlo a la rudeza de la resaca en la vida diaria. El problema, entonces, es que se le toma en su dimensión de moral, de manejo de la conducta; pero se suele olvidar que contenía o contiene un sinnúmero de recomendaciones para tratar en distintos escenarios la mejor manera de estar, es decir, ¡de etiqueta! Bien nos haría revisarlo y, si se puede, actualizarlo, pues también se omite la parte donde hace ver la necesidad de la virtud del orden en lo que hacemos, en todos los hábitos que tenemos y, a decir verdad, tanto a los “premillenials”, como a las generaciones actuales bien nos haría considerar esas normas para nuestra vida, siempre en aras de mejorar y optimizar la convivencia. Baste leer en su introducción esta sencilla; pero profunda consideración: «la virtud es la base de todos los bienes, y el origen más puro de los goces y conveniencias que encontramos en el comercio de la vida; la urbanidad es la virtud misma deponiendo un tanto la austeridad de su carácter, para revestirse con las gracias y atavíos que le dan entrada a presidir y legitimar las relaciones sociales y las recreaciones y placeres del mundo»[2] Sobre la necesidad del orden en los pensamientos, en los hábitos de la vida cotidiana y en los proyectos emprendidos, no hay manera de citar toda la bibliografía que puede existir. Lo importante es oponer el orden al caos y preferir el orden. Desde ahí se puede uno aventurar a controlar de manera más eficaz los riesgos inherentes al ejercicio de la vida cotidiana; tener estructura para emprender lo que sea, ser metódico, calcular, pensar, planear, ayuda mucho y va de la mano con la práctica de los hábitos “de etiqueta” para el cuidado de sí y de los demás. Ojalá pronto lo entendamos, pues va la vida en ello y se nota en estos tiempos. ¿O no?





[1] Cfr. Moreno Romo, Juan Carlos, El fin de la ciudad y otros estudios sobre nuestros atolondrados tiempos, («Biblioteca A. Conciencia, número 61»), Anthropos-UAQ-Grupo editorial Siglo XXI, 2016.

[2] Carreño, Manuel Antonio, Manual de urbanidad y buenas maneras, México, Ed. Época, s.f., p. 7.


Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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