Si la relación con Dios sólo
pudiese ser racional, ya no la habría. Y eso suele pasar en nuestros tiempos:
incapaces de reconocerle, de experimentarle, de concebirle, de dar cuenta de su
presencia, terminamos, o negándolo, o declarándolo ignoto. Nuestra vida corre
ajena, entonces, lejos de cualquier atisbo de la experiencia de lo divino. Y nos
salimos de nosotros mismos, nos vamos de bruces contra la realidad, nos hacemos
una cosmovisión o nos dejamos llevar por la corriente del mundo; bregamos ahí
sin brújula, sin norte, sin estrella polar; pero, al mismo tiempo nos
consolamos pensando, dibujando y pretendiendo crear ex nihilo el mundo para
calmar nuestra conciencia de vacío.
Parafraseando y contradiciendo
a un eminente vendedor de ideas de nuestros días —de esos inteligentísimos y
capaces de realizar tremendas síntesis para explicárselas a los demás, cual
sofistas embaucadores—, diremos así, sin más: es difícil aceptar la existencia
de Dios, de la vida allende la muerte, de la esperanza en la eternidad, e
incluso, de la resurrección. De hecho, es más fácil no creer en ello y acusar
de fanatismo a quienes manifiestan esperanza; es más sencillo instalarse en el
día a día, en la materialidad, en el sueño y la utopía del paraíso en la tierra,
en Jauja. Así, nos queda apegarnos al instante, al ahora, a la vida patente de
la conciencia del hoy, a lo puesto ahí, es decir, a lo “positivo”, al “Dasein”,
al ser ahí heideggeriano, al reino del fenómeno, sin distraernos con la idea de
la Parusía ni con elucubraciones escatológicas.
Cuán extraño e inverosímil nos
resultaría escuchar a alguien como al profeta Ezequiel declarar haber sido
tomado por espíritu y haberle revelado las advertencias versus la traición de
los israelitas, so posibilidad de no ser escuchado, sino más bien rechazado por
ese pueblo de infieles que, empero, habrían de saber la presencia de un profeta
entre ellos y, seguramente, sin poder sustraerse del impacto de la denuncia en
lo más profundo de sus corazones.
Cuán patético puede resultarle al mundo un discurso como el de San Pablo, cuando a los corintios les confiesa esa extraña relación con Dios con quien, por una parte le suplica retirar el tormento del demonio que le atosiga y la respuesta de la gracia suficiente —si lo puedo expresar con las palabras de la controversia entre jesuitas y jansenistas, en el siglo XVII— ya que el poder de Dios es manifiesto en medio de la debilidad, con lo que el control de la soberbia conlleva la posibilidad del enfrentamiento con el Malo. Cuán difíciles resultan estas palabras. Máxime si se agrega lo que el Apóstol dice: «muy a gusto presumo de mis debilidades porque en ellas se manifiesta el poder de Cristo». ¡Qué tremendo mensaje! ¿Quién se atreve a desentrañarlo, a refutarlo, a comprenderlo, a transmitirlo, ¡a asumirlo y vivirlo!? «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». ¡Vaya, pues! Ya podríamos renunciar a pensarlo siquiera; pero no. Hagamos sonar ecos más lejanos: De Sansón hay tantas leyendas y hasta caricaturas, es decir, ideas repetitivas hasta el terreno del cliché: un hombre fuerte, guerrero y asesino de filisteos que, sin embargo, sucumbió ante una mujer llamada Dalila, quien le rapó y minó la fuente de su poder físico. En realidad, su poder era su debilidad, contrario a lo que manifiesta para su caso San Pablo. Sansón gozaba de cierto éxito mundano porque su propensión era la de poseer a las mujeres de los hombres a los que derrotaba. Esa era la costumbre. Vencer al enemigo y poseer a su mujer. Era su motivación la posesión de cuantas más mujeres fuese posible. Y esa su fortaleza era también su debilidad. San Pablo acepta más bien sus debilidades, sus carencias, sus límites. No importa que haya sido arrebatado «hasta el tercer cielo donde vio cosas que no son posibles decir», pues es preciso que siempre sea consciente de su bajeza, de su finitud, de su insignificancia, fuera de la arrogancia y la soberbia, sometido a la Providencia de Dios, quien le establece la suficiencia de su gracia.
Cuán difícil debió ser para el
mismísimo Jesús no poder realizar ningún milagro en su propia tierra, donde fue
cuestionado, donde se manifestó la más extraña incredulidad. No es extraño así
constatar en nuestros tiempos a los más famosos agoreros manifestar su
escepticismo. Estamos a expensas de nuestras propias quimeras de fortaleza y
podemos caer, como Sansón, si no entendemos que esas pequeñas contrariedades de
nuestra vida, incluso nuestra ceguera espiritual, puede deberse al vendaje
suministrado por aquel que impide o no quiere que reconozcamos a Dios y debemos,
entonces, reconocer con la gracia que nos basta, la esperanza en el que todo o
puede, así tengamos que hablar in partibus infidelium y correr el riesgo
de ser rechazados. Es la causa de Cristo.
Julián Hernández Castelano
4 de julio de 2021




