Tópicos sobre el cuidado de sí (y de los otros) y la formación de hábitos

jueves, 1 de julio de 2021

 @jhcastelano

Un frío día, hará casi dos décadas, comentaba con un estimado maestro y ahora amigo, estando en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro, mientras esperábamos para el inicio de la clase, y quejándonos un poco sobre el clima, decíamos de ello, del clima y agregué una consideración a mi queja: esas aulas viejas, coloniales, del patio y edificio barroco, así como el de los naranjos que albergan a esta Facultad, tan altas en sus techos, favorecen la sensación gélida, y me preguntaba en voz alta por qué los habrían construido así. Mi maestro me respondió con una buena hipótesis: muy probablemente, al haber sido toda esa construcción la sede del Colegio y convento de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier, de los jesuitas, tenía que ser propicio para albergar a los monjes, o a quienes se formaban para ello y, seguramente, debían procurar que, si eran dormitorios comunes, el cúmulo de humores, el aliento, los olores despedidos de sus cuerpos durante el sueño o la estancia, tuviesen la suficiente atmósfera para dispersarse. No pude evitar pensar que cada construcción tendría, efectivamente, que responder a las necesidades vitales de la habitación y de la cohabitación en su momento. Por eso es importante que reflexionemos siempre, no sólo acerca de las construcciones para habitar, con todo lo que ello implica, sino también acerca de la configuración de las ciudades y las localidades. Y fue este mismo maestro quien posteriormente escribió el libro El fin de la ciudad[1], donde abunda sobre la pérdida de sentido para el diseño de los hogares y las ciudades en esta hipermodernidad y del cual y con el cual abundaremos en su momento.


Ahora que el confinamiento nos ha pertrechado de manera descompuesta y repentina en nuestros hogares, no se puede soslayar la importancia de tener condiciones apropiadas para el cuidado de la salud, la convivencia familiar y el desarrollo de las actividades intramuros, desde el hogar. Muy frecuentemente hemos comentado en esta casa sobre la necesidad de tener lugares definidos para las diversas actividades: acá para tomar clases, allá para descansar durante el día, las recámaras exclusivas para dormir, etc. Y no podemos ser omisos ante la idea de que muchas personas, tal vez, no cuenten con espacios dignos y apropiados y han tenido la necesidad de adaptarse en sus espacios para hacerle frente al desafío de la escuela en casa, por ejemplo, o al llamado “home office”.

 

Uno de los mayores desafíos es el de considerar y ejecutar esas pequeñas acciones para adaptarse y procurar un cuidado minucioso en cada hogar: desde el lavado constante de manos con jabón, hasta la limpieza exhaustiva y desinfección de lugares, objetos y utensilios. La coyuntura pandémica dejó al descubierto no pocos vicios que en la cotidianeidad estaban, y tal vez, sigan presentes y representan descuidos terribles en la higiene y la salud. A pesar de que siempre han existido campañas promovidas o dictadas desde las autoridades sanitarias (por lo visto, harto ineficientes), incluso normas oficiales en nuestro país, pocas veces en la conciencia próxima de cada persona se acatan o se procuran hábitos de limpieza, de higiene, de cuidado.

 


Poco a poco, a lo largo de estos meses, se han dado recomendaciones respecto del cuidado de sí, desde los organismos mundiales como la OMS, hasta los locales, a través de los gobiernos y la Secretaría de Salud; pero también en la educación a distancia en las escuelas y, obviamente, al interior de las familias. Quienes han tomado verdadera conciencia de todo esto, no han vacilado en acatar y seguir las consideraciones para observar la limpieza, la pulcritud y la dotación de productos e instrumentos para cumplir con el cometido de mantener en condiciones óptimas los espacios, lo que se consume y el propio cuerpo. Ya nadie puede ignorar o ser indiferente ante las más elementales necesidades del cuidado de la limpieza, del método para tratar debidamente los objetos que vienen de la calle o incluso para evitar el contacto indebido con la posible fuente de infección a través de los más sencillos y hasta otrora insignificantes gestos.

 

Con todo y la saturación de información emanada y transmitida gracias al Internet y la propaganda, no podemos asentar que haya garantías para nunca contraer cualquier infección, ya no digamos la del virus letal. No basta ver todos los tutoriales, leer todos los manuales y disponer instrumentos y elementos para la limpieza y el cuidado si no hay la voluntad, la conciencia y la dedicación para procurarse el cuidado. Cada familia se adapta a las circunstancias como puede y como siente que cumple con ello los estándares mínimos para no caer en riesgo de enfermedad. La salud, pues, se ha convertido en el bien más preciado de estos tiempos de zozobra.

 

No es, empero, la primera vez que en la historia humana se tiene conciencia de la necesidad del cuidado de sí, pues siempre ha habido amenazas de enfermedades propiciadas por ciertos descuidos en la higiene y los hábitos de salud. Algunos de entre nosotros recordará que la generación de nuestros padres o abuelos refieren la fiebre de la década de los 40’s; o incluso ya con mayor memoria algunos restos de recuerdos de la gripe de hace cien años, por no decir de la no tan añeja, sino más bien reciente gripe porcina, políticamente correcta llamada AH1N1, en 2009. En fin, de esas lecciones se seguía el esfuerzo para procurar el cuidado en la limpieza y hasta en los hábitos para estornudar, por ejemplo. Y es, precisamente, de los hábitos, de los que conviene hablar ahora, pues nos han dicho y no sin razón, sobre la necesidad de un estornudo “de etiqueta”, es decir, adecuado, para no poner en riesgo a nuestros congéneres cercanos al momento del gesto.

 

Respecto de la procuración de buenos hábitos, ya se manejaban desde el “manual de urbanidad y buenas maneras”, de Carreño. Nada más que han sido ridiculizadas, rechazadas, olvidadas y mandadas al rincón de la risa condescendiente porque, “¿cómo habrá de ser que nosotros, los modernos o ultramodernos, los progresados y secularizados ciudadanos del mundo le podamos hacer caso a ese aberrante manual mojigato, retrógrada y arcaico para portarnos bien?” Y es que, se ha quedado en eso, en un vago recuerdo del cúmulo de disposiciones para portarnos bien, cuando no es traído a la memoria para contraponerlo a la rudeza de la resaca en la vida diaria. El problema, entonces, es que se le toma en su dimensión de moral, de manejo de la conducta; pero se suele olvidar que contenía o contiene un sinnúmero de recomendaciones para tratar en distintos escenarios la mejor manera de estar, es decir, ¡de etiqueta! Bien nos haría revisarlo y, si se puede, actualizarlo, pues también se omite la parte donde hace ver la necesidad de la virtud del orden en lo que hacemos, en todos los hábitos que tenemos y, a decir verdad, tanto a los “premillenials”, como a las generaciones actuales bien nos haría considerar esas normas para nuestra vida, siempre en aras de mejorar y optimizar la convivencia. Baste leer en su introducción esta sencilla; pero profunda consideración: «la virtud es la base de todos los bienes, y el origen más puro de los goces y conveniencias que encontramos en el comercio de la vida; la urbanidad es la virtud misma deponiendo un tanto la austeridad de su carácter, para revestirse con las gracias y atavíos que le dan entrada a presidir y legitimar las relaciones sociales y las recreaciones y placeres del mundo»[2] Sobre la necesidad del orden en los pensamientos, en los hábitos de la vida cotidiana y en los proyectos emprendidos, no hay manera de citar toda la bibliografía que puede existir. Lo importante es oponer el orden al caos y preferir el orden. Desde ahí se puede uno aventurar a controlar de manera más eficaz los riesgos inherentes al ejercicio de la vida cotidiana; tener estructura para emprender lo que sea, ser metódico, calcular, pensar, planear, ayuda mucho y va de la mano con la práctica de los hábitos “de etiqueta” para el cuidado de sí y de los demás. Ojalá pronto lo entendamos, pues va la vida en ello y se nota en estos tiempos. ¿O no?





[1] Cfr. Moreno Romo, Juan Carlos, El fin de la ciudad y otros estudios sobre nuestros atolondrados tiempos, («Biblioteca A. Conciencia, número 61»), Anthropos-UAQ-Grupo editorial Siglo XXI, 2016.

[2] Carreño, Manuel Antonio, Manual de urbanidad y buenas maneras, México, Ed. Época, s.f., p. 7.


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