@jhcastelano
Un frío día, hará casi dos décadas, comentaba con un estimado maestro y ahora amigo, estando en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro, mientras esperábamos para el inicio de la clase, y quejándonos un poco sobre el clima, decíamos de ello, del clima y agregué una consideración a mi queja: esas aulas viejas, coloniales, del patio y edificio barroco, así como el de los naranjos que albergan a esta Facultad, tan altas en sus techos, favorecen la sensación gélida, y me preguntaba en voz alta por qué los habrían construido así. Mi maestro me respondió con una buena hipótesis: muy probablemente, al haber sido toda esa construcción la sede del Colegio y convento de San Ignacio de Loyola y de San Francisco Javier, de los jesuitas, tenía que ser propicio para albergar a los monjes, o a quienes se formaban para ello y, seguramente, debían procurar que, si eran dormitorios comunes, el cúmulo de humores, el aliento, los olores despedidos de sus cuerpos durante el sueño o la estancia, tuviesen la suficiente atmósfera para dispersarse. No pude evitar pensar que cada construcción tendría, efectivamente, que responder a las necesidades vitales de la habitación y de la cohabitación en su momento. Por eso es importante que reflexionemos siempre, no sólo acerca de las construcciones para habitar, con todo lo que ello implica, sino también acerca de la configuración de las ciudades y las localidades. Y fue este mismo maestro quien posteriormente escribió el libro El fin de la ciudad[1], donde abunda sobre la pérdida de sentido para el diseño de los hogares y las ciudades en esta hipermodernidad y del cual y con el cual abundaremos en su momento.
Ahora que el confinamiento nos
ha pertrechado de manera descompuesta y repentina en nuestros hogares, no se
puede soslayar la importancia de tener condiciones apropiadas para el cuidado
de la salud, la convivencia familiar y el desarrollo de las actividades
intramuros, desde el hogar. Muy frecuentemente hemos comentado en esta casa
sobre la necesidad de tener lugares definidos para las diversas actividades:
acá para tomar clases, allá para descansar durante el día, las recámaras
exclusivas para dormir, etc. Y no podemos ser omisos ante la idea de que muchas
personas, tal vez, no cuenten con espacios dignos y apropiados y han tenido la
necesidad de adaptarse en sus espacios para hacerle frente al desafío de la
escuela en casa, por ejemplo, o al llamado “home office”.
Uno de los mayores desafíos es
el de considerar y ejecutar esas pequeñas acciones para adaptarse y procurar un
cuidado minucioso en cada hogar: desde el lavado constante de manos con jabón,
hasta la limpieza exhaustiva y desinfección de lugares, objetos y utensilios.
La coyuntura pandémica dejó al descubierto no pocos vicios que en la
cotidianeidad estaban, y tal vez, sigan presentes y representan descuidos
terribles en la higiene y la salud. A pesar de que siempre han existido
campañas promovidas o dictadas desde las autoridades sanitarias (por lo visto,
harto ineficientes), incluso normas oficiales en nuestro país, pocas veces en
la conciencia próxima de cada persona se acatan o se procuran hábitos de
limpieza, de higiene, de cuidado.
Poco a poco, a lo largo de
estos meses, se han dado recomendaciones respecto del cuidado de sí, desde los
organismos mundiales como la OMS, hasta los locales, a través de los gobiernos
y la Secretaría de Salud; pero también en la educación a distancia en las
escuelas y, obviamente, al interior de las familias. Quienes han tomado
verdadera conciencia de todo esto, no han vacilado en acatar y seguir las
consideraciones para observar la limpieza, la pulcritud y la dotación de
productos e instrumentos para cumplir con el cometido de mantener en
condiciones óptimas los espacios, lo que se consume y el propio cuerpo. Ya
nadie puede ignorar o ser indiferente ante las más elementales necesidades del
cuidado de la limpieza, del método para tratar debidamente los objetos que
vienen de la calle o incluso para evitar el contacto indebido con la posible
fuente de infección a través de los más sencillos y hasta otrora insignificantes
gestos.
Con todo y la saturación de
información emanada y transmitida gracias al Internet y la propaganda, no
podemos asentar que haya garantías para nunca contraer cualquier infección, ya
no digamos la del virus letal. No basta ver todos los tutoriales, leer todos
los manuales y disponer instrumentos y elementos para la limpieza y el cuidado
si no hay la voluntad, la conciencia y la dedicación para procurarse el
cuidado. Cada familia se adapta a las circunstancias como puede y como siente
que cumple con ello los estándares mínimos para no caer en riesgo de
enfermedad. La salud, pues, se ha convertido en el bien más preciado de estos
tiempos de zozobra.
No es, empero, la primera vez
que en la historia humana se tiene conciencia de la necesidad del cuidado de
sí, pues siempre ha habido amenazas de enfermedades propiciadas por ciertos
descuidos en la higiene y los hábitos de salud. Algunos de entre nosotros
recordará que la generación de nuestros padres o abuelos refieren la fiebre de
la década de los 40’s; o incluso ya con mayor memoria algunos restos de
recuerdos de la gripe de hace cien años, por no decir de la no tan añeja, sino
más bien reciente gripe porcina, políticamente correcta llamada AH1N1, en 2009.
En fin, de esas lecciones se seguía el esfuerzo para procurar el cuidado en la
limpieza y hasta en los hábitos para estornudar, por ejemplo. Y es,
precisamente, de los hábitos, de los que conviene hablar ahora, pues nos han dicho
y no sin razón, sobre la necesidad de un estornudo “de etiqueta”, es decir,
adecuado, para no poner en riesgo a nuestros congéneres cercanos al momento del
gesto.
Respecto de la procuración de
buenos hábitos, ya se manejaban desde el “manual de urbanidad y buenas maneras”,
de Carreño. Nada más que han sido ridiculizadas, rechazadas, olvidadas y
mandadas al rincón de la risa condescendiente porque, “¿cómo habrá de ser que
nosotros, los modernos o ultramodernos, los progresados y secularizados
ciudadanos del mundo le podamos hacer caso a ese aberrante manual mojigato,
retrógrada y arcaico para portarnos bien?” Y es que, se ha quedado en eso, en
un vago recuerdo del cúmulo de disposiciones para portarnos bien, cuando no es
traído a la memoria para contraponerlo a la rudeza de la resaca en la vida
diaria. El problema, entonces, es que se le toma en su dimensión de moral, de
manejo de la conducta; pero se suele olvidar que contenía o contiene un
sinnúmero de recomendaciones para tratar en distintos escenarios la mejor
manera de estar, es decir, ¡de etiqueta! Bien nos haría revisarlo y, si se
puede, actualizarlo, pues también se omite la parte donde hace ver la necesidad
de la virtud del orden en lo que hacemos, en todos los hábitos que tenemos y, a
decir verdad, tanto a los “premillenials”, como a las generaciones actuales
bien nos haría considerar esas normas para nuestra vida, siempre en aras de
mejorar y optimizar la convivencia. Baste leer en su introducción esta sencilla;
pero profunda consideración: «la virtud es la base de todos los bienes, y el
origen más puro de los goces y conveniencias que encontramos en el comercio de
la vida; la urbanidad es la virtud misma deponiendo un tanto la austeridad de
su carácter, para revestirse con las gracias y atavíos que le dan entrada a presidir
y legitimar las relaciones sociales y las recreaciones y placeres del mundo»[2]
Sobre la necesidad del orden en los pensamientos, en los hábitos de la vida
cotidiana y en los proyectos emprendidos, no hay manera de citar toda la
bibliografía que puede existir. Lo importante es oponer el orden al caos y
preferir el orden. Desde ahí se puede uno aventurar a controlar de manera más
eficaz los riesgos inherentes al ejercicio de la vida cotidiana; tener
estructura para emprender lo que sea, ser metódico, calcular, pensar, planear,
ayuda mucho y va de la mano con la práctica de los hábitos “de etiqueta” para
el cuidado de sí y de los demás. Ojalá pronto lo entendamos, pues va la vida en
ello y se nota en estos tiempos. ¿O no?
[1]
Cfr. Moreno Romo, Juan Carlos, El fin de la ciudad y otros estudios sobre
nuestros atolondrados tiempos, («Biblioteca A. Conciencia, número 61»),
Anthropos-UAQ-Grupo editorial Siglo XXI, 2016.
[2]
Carreño, Manuel Antonio, Manual de urbanidad y buenas maneras, México,
Ed. Época, s.f., p. 7.




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