Veinte años en la docencia

sábado, 28 de enero de 2023

@jhcastelano

Cumplo hoy la cantidad de veinte años como profesor, docente o maestro, como se desee nombrar. Más allá de mi experiencia personal, de tantas historias que podría contar, anécdotas, personas, etc., debo dejar constancia de una evidencia, o al menos una percepción, una sospecha, quizás: políticas educativas van y vienen; disposiciones oficiales emergen y se sumergen; doctrinas pedagógicas tienen auge y decadencia; visiones de la educación se exponen y se ocultan; el argot pedagógico se nutre y se vacía, a veces suena espantoso, otras veces, esnob, y muchas otras, rimbombante, ambiguo y ridículo, pocas veces suena agradable, dotado de sentido, esperanzador; en fin, a pesar de todo ello, mi sospecha es que nos tienen, como docentes y como escuelas, entretenidos, distraídos de lo esencial, atorados, cuando no oprimidos; confrontados, confundidos y hasta adoctrinados.

Yo comencé a dar clases el día de la Memoria litúrgica de Santo Tomás de Aquino. Cosa curiosa. Nunca le he dado tanta importancia al dato. Algo debe tener de bueno sentir que el Santo Patrono de los filósofos, académicos y pensadores católicos haya sido mi padrino al inicio de mi travesía. Voy a profundizar más en su pensamiento y le voy a pedir a Dios que me dé un poco de la fuerza de este santo, a quien llamaban, justo por esa fuerza, aunque despectivamente, «el Buey Mudo».

Con el doctorado pude expresar un poco cómo es que la educación es rehén de pretensiones tan ajenas, aunque nos hacen creer que son del todo pertinentes, como el lenguaje administrativo y empresarial. Entonces me quejaba yo así:

«Es de vero que el argot utilizado para la planeación, prospectiva, estrategia, proyecto, metodología, innovación y evaluación en la educación, etc., es de talante administrativo y acaso mayormente industrial. Cuando José Ortega y Gasset distinguía el cambio operado con el paso de una sociedad de guerreros, o de caballeros, es decir, de corte feudal, incluso, al tipo de hombre más bien tecnificado, descendiente de los gremios de artesanos y, en suma, fundadores y habitantes de los llamados burgos, es decir, los burgueses, lo que se había operado con ello era igualmente el cambio antropológico por el cual se le concedía mayor valor a una moral de la industria, del lucro, de la tejné, de la búsqueda del confort, de la vida buena y, al final, del establecimiento del dinero y del capital como norma máxima de vida, sacrificando la nobleza, la excelencia, la ascesis enclavada en el interior de aquellos hombres que buscaban el honor, la lealtad, el valor de la palabra, la integridad y los principios caballerescos. Y no han faltado voces en nuestros tiempos que nos alertan de esta condición de desarraigo de la entraña del acrecentamiento de las facultades propias de la persona y de las comunidades del conocimiento. Hay quienes hablan de la decadencia de la escuela en las Universidades. El mismo Ortega lo hace con La misión de la Universidad, ya desde el siglo pasado. Otros, como Jean de Viguerie en nuestra actualidad insisten en que la nueva escuela o la nueva pedagogía ha desvirtuado la educación en general y le ha llevado a una especie de abismo donde no tiene sentido como tal la tarea educativa; otros más, como Juan Carlos Moreno Romo nos alertan contra el déficit de la educación a través de la decadencia universitaria, donde se acusa el robo y la invasión en las escuelas de una nueva casta de administradores, más que de eruditos; de pedagogos, más que de maestros. El mismo José Vasconcelos, ignorado y no pocas veces vilipendiado, cuando no ignorado, acusaba a los pedagogos de extracto o tradición anglosajona de arrebatar el espíritu de la educación con el sacrificio de la experiencia estética y el abandono del saber por el saber, tanto en su Antología de textos sobre educación como en su Monismo estético, y otras de sus obras, se lanza a proponer como doctrina central de su pensamiento pedagógico la experiencia del Misterio a través del conocimiento estético, de la capacidad de síntesis y el regocijo de los sentidos y de la mente cuando se experimentan conocimientos nuevos.»

Cuando fui a presentar mi propuesta de tesis para el doctorado, los tres sinodales estaban sorprendidos; pero mis colegas del doctorado aún más. Desde el momento cuando vieron y les dije que mi tema era: «Acercamiento teórico a la posibilidad de una pedagogía del misterio», dicen que les pareció desconcertante; pensaban que se trataba de algo entre esotérico, fantasioso y hasta con una buena dosis de ocultismo. No están familiarizados con ese tipo de lenguaje en lo académico. Los sinodales, por su parte, también se quejaron, porque hasta ese punto no me habían escuchado con claridad en los distintos cursos del doctorado. A quien no le pareció nada extraño el tema, sino que le entusiasmó, fue al Padre Ramón García Reynoso, maestro mío de espiritualidad, quien coordinó mi Diplomado en Teología Espiritual, y a quien le debo mucho aprendizaje de esa índole. Él supo al instante que se trata mi tema de cómo enseñar bajo la perspectiva del Misterio, es decir, de la mística. Y eso es lo que deseo: demostrar que no hay verdadera educación, o más concretamente, aprendizaje, si no se desentraña el saber de su más hondo significado, sólo dado a conocer por obra y gracia de lo divino, sí, hasta lo más aparentemente superficial y lo más externamente “científico” o “empírico”. Todo es en realidad revelado por la providencia. 

He citado antes en algún texto ya publicado, incluso, a San Buenaventura cuando dice: «Invito al gemido de la oración por medio de Cristo Crucificado, cuya sangre nos lava las manchas de los pecados, no sea que piense que le basta la lección sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la industria sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada.»  Lo dice en el contexto del alma que ha emprendido el camino hacia Dios aquí en la tierra, no allende la muerte, y en ese trayecto se hace poseedora del conocimiento, del saber, en general, pues en su aspiración a la Verdad se muestra su mismo deseo de Dios.

Seguimos, pues, en el camino.

Julián Hernández Castelano

~ 2 comentarios: ~

Cap. Nemo says:
at: 28 de enero de 2023 a las 13:28 dijo...

Andar en búsqueda de la verdad
es ser inminente por el camino,
sortear accidente y adversidad
que truecan al valiente peregrino
en un racimo rico de ansiedad,
por curiosidad, más que desatino;
es crear mística pedagogía
con la propia e ingente sabiduría.

Anónimo
at: 28 de enero de 2023 a las 21:32 dijo...

Interesante propuesta de titulación, considero que efectivamente, se debe educar desde el espíritu.
Difícil tarea, porque hemos sido adiestrados desde otra perspectiva.

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