Si pudiéramos imaginar un esquema como tipo árbol, pondríamos, según la concepción de algunos pensadores de la Edad Media en la raíz, entre la tierra fértil a la fe y a la esperanza, que son llamadas virtudes teologales. El caso de la caridad podría ser el tronco, pues es visible y se destina para los demás. La caridad es el amor. Lo que hacemos para los demás, deberá tener como fundamento el amor. Si somos justos, es porque en el fondo amamos a los demás. Si somos prudentes, es porque procuramos el bien de los otros (un acto de prudencia sería, por ejemplo, no usar el celular en clase cuando no se debe). Si tenemos fortaleza es porque ayudamos con ello a los demás, los apoyamos y somos solidarios con ellos. Inclusive cuando practicamos las virtudes de la templanza, porque en la medida en que controlamos nuestros impulsos, es que damos o queremos un bien para los demás. Todas las virtudes dependen entonces del amor, de la caridad. Y en esa misma figura imaginaria del árbol, las cuatro grandes ramas serían las virtudes cardinales y de cada una de ellas los frutos serían las demás virtudes que dependen de ellas.
La práctica educativa y sus dimensiones: política, económica, valoral, histórica y social. Parte 2.
Si pudiéramos imaginar un esquema como tipo árbol, pondríamos, según la concepción de algunos pensadores de la Edad Media en la raíz, entre la tierra fértil a la fe y a la esperanza, que son llamadas virtudes teologales. El caso de la caridad podría ser el tronco, pues es visible y se destina para los demás. La caridad es el amor. Lo que hacemos para los demás, deberá tener como fundamento el amor. Si somos justos, es porque en el fondo amamos a los demás. Si somos prudentes, es porque procuramos el bien de los otros (un acto de prudencia sería, por ejemplo, no usar el celular en clase cuando no se debe). Si tenemos fortaleza es porque ayudamos con ello a los demás, los apoyamos y somos solidarios con ellos. Inclusive cuando practicamos las virtudes de la templanza, porque en la medida en que controlamos nuestros impulsos, es que damos o queremos un bien para los demás. Todas las virtudes dependen entonces del amor, de la caridad. Y en esa misma figura imaginaria del árbol, las cuatro grandes ramas serían las virtudes cardinales y de cada una de ellas los frutos serían las demás virtudes que dependen de ellas.
La práctica educativa y sus dimensiones: política, económica, valoral, histórica y social. Parte 1.
La práctica educativa implica
el roce con distintas dimensiones de la vida pública. No es un ejercicio
personal, íntimo o aislado. Siempre se desarrolla de cara a los demás. Ya no
podemos poner en tela de juicio si es un hecho comunitario o no. El aprendizaje,
como tal, el conocimiento personal y el acervo propio, sí son de cierto modo
intrapersonales; pero el hecho educativo, en general, no lo es. La escuela es
un espacio comunitario y colectivo.
Se distingue a la política y
se le concibe, tal vez erróneamente, como el afán del poder público. A eso se
le reduce; pero tiene otras implicaciones, raíces y cometidos que no solamente
el logro del poder: Uno de ellos es el del servicio público. Quienes se dedican
a ejercer una función del orden operativo en los múltiples servicios que
dependen del gobierno o de otras entidades en el orden público, buscan desde
sus encomiendas ofrecer un bien a los demás desde su quehacer burocrático. Otro
cometido de la política es el arte de la discusión en torno de tópicos cuyo interés
es o debería ser general o de la búsqueda del mismo orden público. Así, se
pueden discutir temas que benefician o perjudican a la población. Otro cometido
sería el de la construcción de la ciudadanía bajo normas que regulan y buscan
armonizar la vida colectiva. La pretendida búsqueda del consenso y los acuerdos
emanados de los distintos ejercicios o mecanismos, sean de parlamento, de
elección o de mandato, dan cuenta de este propósito. El ascenso al poder
debería ser el resultado de todo lo anterior.
Hay una antigua clasificación y concepción de la política dentro del ámbito de la Filosofía por parte de pensadores de talante cristiano, como lo es San Buenaventura, quien explica que la Filosofía se divide en Natural, Racional y Moral. La primera incluye a las Ciencias de la Naturaleza, como la Física, la Matemática y la Metafísica. La segunda incluye a las de cuño intelectual, como la Gramática, la Lógica y la Retórica. La tercera implica las de la praxis, como la Monástica, la Económica (o Doméstica) y la Política.[1] Con la Filosofía Natural se conoce el mundo y sus esencias, con la Racional se domina el discurso, el argumento y la persuasión y con la Moral, se apropia uno del orden personal, del dominio de sí y del acrecentamiento de las potencias personales; la económica o doméstica procura el orden de los elementos externos en la familia y la política apunta a la liberalidad y el arte de constituir la colectividad en torno de una idea de común unión o comunidad como tal. De ahí que el bien común sea una premisa sine qua non existe la armonía de la civitas, de la ciudad o ciudadanía.
Una educación en su dimensión
política no debería ser rehén de ideologías, ni de planes de acción; mucho
menos de agendas para el establecimiento de regímenes totalitarios, enajenantes
o esclavizantes, sino liberadora, autónoma y fuente de un bienestar colectivo,
centrándose en la idea de la construcción de una ciudadanía libre de
ideologías. Bien común, sin más. La educación construye, moldea y prepara las
personas para que sean referentes de virtud, desde lo personal, lo social y
hasta lo trascendente. El legado no debe pensarse para la generación actual,
sino para las futuras generaciones. Por ello debe ir más allá del consenso
presente, enclavada en la búsqueda de una verdad objetiva que trascienda esta
generación de quienes estamos vivos. Se siembra para el futuro, aunque no lo
veamos.
Si la educación es botín
político y laboratorio de ideologías, también es una suerte de bono, banco o
herramienta de lucro, tanto para justificar el gasto, como para proveer o
suministrar la mano de obra en la maquinaria de la producción mundial y el
engranaje del entramado económico en todos los órdenes de la vida.
No ha faltado la controversia
de si la educación debe tener como finalidad la capacitación para el trabajo y
en ese sentido la formación de habilidades prácticas para afrontar el mundo; o
bien, si la educación debe apuntar a las ciencias del espíritu, es decir, a
todo ese tipo de conocimientos ajenos a la construcción de la vida económica,
sin dejar de lado que puede haber una reserva de población que se dedique a
esas tareas de sostenimiento material.
A finales del siglo XIX y
principios del XX surgió una pedagogía práctica, a saber, la de John Dewey.
Influyó sobre un sinnúmero de pensadores y pedagogos que se alinearon a sus postulados
y que siguen hasta nuestros días justificando que la educación tenga como
resultado el dominio de lo material para adaptar al infante al mundo,
resolviendo problemas prácticos y haciendo crecer el orden económico mundial bajo
la idea del progreso y del dominio de la técnica y la ciencia. Sus raíces estarían
no sólo en la revolución industrial, sino en la ciencia galileana, por un lado
y el positivismo, la fenomenología y el liberalismo, por otro. En esa misma
lógica, como crítica intestina de un mismo modo de pensar se encuentra todo el
sistema marxista, porque apunta al arrebatamiento de los medios de producción.
Max Weber y la escuela de Frankfurt con su teoría crítica identifican el origen
del orden económico del capitalismo en la idea de la secularización. Weber, en
específico, tiene un célebre estudio que establece o ubica una simbiosis entre
la ética protestante y el espíritu del capitalismo.[2]
A toda esa corriente pedagógica utilitarista de Dewey se le opuso desde su misma época nuestro prócer y apóstol de la educación en el primer tercio del siglo XX José Vasconcelos. «El método de la improvisación ocasional —dice el filósofo y pedagogo mexicano— se acomoda mejor a temperamento empírico de los anglosajones; tradicionalmente su filosofía es inductiva y su ciencia es acumulativa más bien que generalizante. El hombre latino, en cambio, más avanzado en desarrollo espiritual, procede siempre de lo general a lo particular, su lógica es deductiva y su ciencia un sistema que ha de abarcar al menor de los detalles o derrumbarse».[3] Compara el tipo de hombre producido por la pedagogía de cuño anglosajón y el del alma latina. El primero de ellos es bien representado por el personaje de Robinson Crusoe, de la célebre novela de Daniel Defoe; el segundo, por su parte, tiene como prototipo el héroe por antonomasia de la antigüedad griega, a saber, Odiseo, quien surca los mares, enfrenta sirenas, monstruos, cíclopes y enemigos por igual, mientras es capaz de contemplar el horizonte y fundar sus ideales en las musas, los dioses y su deseo de llegar con su esposa Penélope y sus hijos en Ítaca.
El filósofo español José
Ortega y Gasset nos previene en La rebelión de las masas contra la “barbarie
del especialismo”,[4]
esa pretensión pedagógica de impulsar la especialización de los profesionales
en áreas tan específicas, que terminan siendo ignorantes en el conjunto del
saber, por dedicarse mediante la técnica a un solo campo del conocimiento. El tipo
de hombre que se produce es el hombre-masa, ejemplo vivo de quien
termina siendo un engrane más en la gran maquinaria de la producción
industrial, por decir algo. Y es el mismo autor quien opone una ética del
caballero a la ética del industrial. El afán de la producción no tiene más
altos ideales que quien entiende los intríngulis del honor, de la entrega y de
la búsqueda de la nobleza, concebida ésta en su origen griego de la arethé.[5]
Es de vero que la educación no
podría ostentarse en sus dos extremos en lo económico: ni puede ser ajena, ni
puede ser esclava de este ámbito. Si bien la revolución industrial, el progreso
de la técnica y la ciencia; además del afán de lucro y de crecimiento industrial
propiciados por el capitalismo primero y después por el neoliberalismo sugieren
una faz poco ética de la educación y, por ende, una multiplicidad de programas
educativos que buscan entresacar la dotación de obreros que se requieren en las
fábricas por el mundo, tampoco podemos pensar en el extremo de la existencia única
y asimismo exclusiva de agentes de las artes liberales y las humanidades, sin
que podamos ocuparnos de las tareas necesarias para nuestra subsistencia y el
desarrollo de la economía para el bien de todos. Lo que haría falta en el punto
medio es el de propiciar y detectar los talentos, sin menoscabo de las
preferencias vocacionales de los estudiantes en todas las áreas y niveles de
los sistemas educativos. Asimismo la existencia de centros de estudio, tanto
para las artes y humanidades, como para las ciencias de la naturaleza, no
deberán excluir de sus planes una buena base de conocimientos comunes que
puedan dar soporte al sustrato con el cual puedan tratar con el mundo y luego
especializarse en aquello que es ya la vocación específica del alumnado.
En ningún caso podemos pensar
que sólo la cuestión económica rige, llama y fundamenta el hecho educativo, ni
que sea el deseo de un mejor estatus la única motivación de una educación
solvente y completa. Tampoco, como en el caso del ámbito político, debería ser
rehén la educación de posturas de índole económica para justificar su existencia.
Si bien hace falta mucha cultura financiera, por ejemplo, no podemos pensar ni
seguir amparados en la idea de que se educa para la riqueza material, sino para
la espiritual en su equilibrio con la idea de un bienestar mínimo en la carrera
de la vida.
[1]
Cfr. Fraile, Guillermo, Historia de la Filosofía, T. II, (2°), BAC,
Madrid, 2005, p. 184. Y también, de preferencia, Buenaventura, San, Itinerario
del alma a Dios, en Obras Completas, T. I., BAC, Madrid, 2005, p. 508.
[2]
Cfr. Weber, Max, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, XVIII
edición, Barcelona, Península, 2001, traducción de Luís Legaz Lacambra.
[3]
Vasconcelos, José, De Robinson a Odiseo. Pedagogía estructurativa, («Biblioteca
José Vasconcelos, número 18»), México, Trillas, 2018, p. 27.
[4]
Cfr. Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, en Obras
Completas, T. IV., Alianza Editorial – Revista de Occidente, Madrid, 1994. pp.
215 – 220.
[5]
Puede verse también mi tesis de Licenciatura Sine nobilitate: reflexiones en
torno a la dimensión moral del mundo masificado, en el repositorio de la
Universidad Autónoma de Querétaro, que puede recuperarse en la web en: https://drive.google.com/file/d/1vwmOz02yXnIWonfIXJSPqdee1qeSdaXy/view?usp=sharing
Allende la muerte: Algunas ideas sobre el anhelo de inmortalidad
Hablar
sobre la muerte desde la filosofía es casi como hablar de una gota de agua del
mar: hay tantas fuentes, ideas, posturas, corrientes y pareceres que
difícilmente puede uno arrancar o sustraer una síntesis por demás adecuada o
esperada. Y sin embargo, tal como la gota del Océano, respecto del todo se
reconoce que es agua, así lo que se pueda elucubrar sobre la muerte en
filosofía es sobre el mismo objeto o sobre la misma esencia; pero más
exactamente, sobre un mismo acontecimiento.
No
pudiendo examinar todas y cada una de las ideas sobre la muerte, haremos una
selección de ellas, emanadas de algunos filósofos o civilizaciones, sin el
ánimo de ignorar las demás posturas. Luego consideraremos algunas ideas de las
que corresponden al ámbito de lo mexicano, no sin advertir que también en este
caso estamos frente a otro mar de diversidad y de riqueza tradicional y
conceptual. En este sentido nos veremos obligados a exponer, tanto la versión
prehispánica muy someramente, como la versión cristiana por cuanto ha permeado
con su influjo aquello que llamamos “tradición mexicana” sobre la muerte.
Habremos
de enunciar también unas pocas de las ideas de Rulfo, principalmente dentro de
la obra Pedro Páramo, sin una
erudición o pericia de auténtico lingüista o literato, sino con una cierta capacidad
de asombro cual filósofo interesado y curioso.
Nuestro
cierre tendrá que ver con Miguel de Unamuno y sus ideas sobre el anhelo de
inmortalidad, pues es con él que podremos asentar esa desgarradora esperanza de
la vida allende la muerte.
1.
El
hecho de la muerte.
Pocas
certezas hay en la vida sin necesidad de la prueba. Una de ellas es la muerte.
Podremos negarnos a saber o a reconocer cualquier asunto; pero no podremos
negar la inminente, misteriosa, inefable y espantosa realidad de la muerte. Y
aun aventuramos un juego de palabras respecto de que si no podemos negar que
habremos de morir es porque aceptamos que estamos vivos. Si de hechos se trata,
entonces, hay que aceptar el único inminente: que algún día llegará el fin con
eso que llamamos muerte.
Ya
el imaginarnos el fin de esta secuencia de nuestros acontecimientos que
llamamos vida nos puede producir por lo menos un temblor interno y en algunos
casos una angustia indecible o ya en un extremo hasta un ataque al borde del
colapso. Se nos tiende a hacer insoportable la idea de morir, si de verdad lo
asumimos hasta sus últimas consecuencias. No cabe el consuelo ante la certeza
del fin que algún día habrá de llegar para cada quien.
2.
Ecos.
a)
Mnemosine.
Es
Ángel María Garibay quien nos hace un resumen muy escueto sobre la creencia que
en general se tenía en la mitología griega acerca de la muerte. Nos repite lo
que en su momento asienta Hesíodo, Homero y Esquilo: que las almas cruzan el
río del Tártaro y que Caronte pide la moneda que bajo sus lenguas esconden los
que descienden al Hades; que no hay quien pueda escapar a ello, pues quien así
lo intentare será presa del Can Cerbero; que espera el mal o los Campos Elíseos
para los buenos y que el cortejo va acompañado de las diosas Euménides
ataviadas de color púrpura hasta el destino inevitable del más allá. Hay varias
regiones en los Campos Elíseos y entre ellas las almas pueden eventualmente
trasladarse por la fuente de Mnemosine, es decir, de la Memoria. La importancia
de esta fuente nos evoca definitivamente el anhelo de la inmortalidad, de la
permanencia de la memoria a pesar de las penurias o de las regiones donde se
mueva en esa suerte de inframundo. No puede dejar de inquietarnos el pensar que
para los griegos es muy importante guardar memoria, que el recuerdo o la
huella, entonces, de nuestro paso por la vida se perpetúe.
Si
bien Werner Jaeger, por su parte, duda que los antiguos griegos realmente
creyeran en la inmortalidad del alma, los textos platónicos lo desmienten al
menos por el anhelo presente también en ellos acerca de la inmortalidad. Ya
desde la Apología de Sócrates se advierte la pretensión de la permanencia de la
vida allende la muerte; mas se especifica, empero, en el diálogo de El Fedón, donde se dan las pruebas de la
inmortalidad del alma por parte de Platón, a saber, la de los contrarios, la
reminiscencia, la simplicidad y la del principio vital; o incluso en otros
diálogos en los que abunda sobre visiones alegóricas del alma después de la
muerte, como la del Auriga o incluso una interpretación de la Caverna sugiere
esa liberación del mundo de los sentidos en aras de la contemplación en la
eternidad.
Según
el mito del origen de Zeus y de todos los dioses del Olimpo, se sabe y se dice
que uno de los titanes, acaso el más poderoso, Cronos, devoraba a los hijos que
engendró con Rea, hasta que ésta le oculta a Zeus y cuando crece el dios del
Rayo apresa a Cronos, le hace vomitar a sus hermanos los otros dioses con los
que después conformará el Olimpo y ata a su padre, lo encadena al curso de los
Astros, en los dominios de otro titán llamado Urano. Así Zeus se escapa del
tiempo y se proyecta a la eternidad, convirtiéndose en el patriarca de los
dioses del Olimpo. Extraño mito que, si lo interpretamos de otra manera, nos
damos cuenta que —mortales como somos— a la vez nos asumimos como vástagos del
tiempo, cuando no sus esclavos y que la única manera de huir de él es anhelando
y logrando la eternidad para ser ajenos a su paso devorador.
b)
Los
rituales y los sacrificios.
Antes
mencionábamos la fuente de Mnemosine. Omitimos un dato importante: había alguna
posibilidad de salir del Tártaro o del Averno, y era la de que las almas se
pudieran sentir libres gracias a la sangre que en el mundo de los vivos le
pudieran tributar mediante sacrificios quienes dedicaran en honor de ellos las
llamadas hecatombes. La figura del sacrificio entonces tiene un antecedente
relacionado con la redención de la muerte, con el anhelo de la eternidad y con
el sueño de la vida perenne.
Es
René Girard quien hace una completa síntesis del significado antropológico del
sacrificio; pero para llegar a su sentido primigenio o fundamental enclavado en
la conciencia religiosa de lo divino. La
Violencia y lo Sagrado, es una de sus obras, El Chivo Expiatorio o Veo a
Satán caer como el Relámpago, son estudios que el mismo Girard hace para
develarnos el mecanismo de la violencia mimética operada en los sacrificios.
Con este mismo autor encontramos que en repetidas ocasiones y en distintas
civilizaciones suele creerse que al ofrecer un sacrificio, es decir, al matar a
alguien se crea nueva vida: son los llamados sacrificios fundacionales o
fundadores de civilizaciones. En ese sentido la víctima suele convertirse en la
divinidad. Así la muerte de algo es origen de la vida de otros seres. La muerte
da vida, pues, en la conciencia de los sacrificios rituales de las antiguas
civilizaciones.
La
novedad de la Biblia, nos hace observar Girard, es que el esquema de los
sacrificios rituales es un proceso malogrado porque no cesa de romper el ciclo
la acción divina, la acción del Dios Yahvé para los textos veterotestamentarios
y luego la increíble, inverosímil y penosa realidad de la cruz con el Cristo
colgado y sacrificado para la redención definitiva ante la posibilidad de la
nada o del mal. El sacrificio de Jesús sería entonces el definitivo y se podrá
aspirar por la vía, por el camino de su seguimiento al ser siempre, al ser sin
tener fin. Mirar y tender a la eternidad parece ser la única esperanza
entonces, para no ser devorados por Cronos, es decir, imitar a Zeus; es decir,
imitar a los dioses, a la divinidad, a lo sagrado. En el ámbito cristiano no
hay más que ser los seguidores de aquel que operó el sacrificio por
antonomasia.
3.
El
caso “mexicano”.
El
Fraile Bernardino de Sahagún hace una recapitulación de las creencias
prehispánicas en torno de la muerte.[1]
No será la única fuente; pero sí una muy explícita para nuestro cometido. Los
muertos pueden ir a tres lugares distintos a su partida: al infierno, donde
estaba el diablo llamado Mictlantecutli, al paraíso terrenal o Tlalocan; o
bien, al cielo, casa del sol.
Ante
el Mictlantecutli iban las almas de los que habían muerto por enfermedad. A
estos sus parientes y conocidos les tributaban larguísimas exequias u
obsequias: desde palabras con las cuales les expresaban de diversas maneras las
enumeraciones de las penurias por las que hubieron pasado en vida; quemaban sus
pertenencias y los hacían acompañar de unos perros que en vida les pertenecían,
para que éstos les ayudasen nadando a cruzar el río y le daban algo para
llevarle al señor Mictlantecutli, de quien se dice ser el diablo, para dejarle
en ofrenda lo necesario. Este lugar era igualmente de penas y de zozobra. Si el
difunto era noble o amo, sacrificaban también a sus esclavos y esclavas para
acompañarlo.
El
segundo destino de las almas podría ser el paraíso terrenal, o Tlalocan, donde
iban las almas que morían partidos por el rayo o por enfermedades terribles
como la lepra, la sarna u otra así de grotesca. Este lugar no contiene pena
alguna, sino refrigerio y regocijos, así como abundancia de la tierra. Las
exequias al parecer se asemejaban a la despedida dada para quienes comparecían
ante el Mictlantecutli.
Un
último destino posible para las almas es la casa del sol. Allí arribaban las
almas de los guerreros poderosos muertos en las guerras, cautivos, asesinados a
cuchillo, aporreados o vejados en general. Estas almas podían alzar sus voces
con la alborada mientras el sol reverbera sus rayos en el mundo. Lugar de
arboledas, bosques y las ofrendas de quienes les tributaban desde este mundo,
las cuales recibían con agrado y favores a cambio para los mortales. Luego de
un tiempo estas almas se transforman en diversos géneros de aves de plumajes
extraordinarios y cantos celestiales, chupando las flores del cielo y las de
este mundo.
A lo
largo de los siglos posteriores a lo que pudo haber observado el fraile, la
tradición sigue viva. No siempre se le ha estimado sobremanera, empero, pues no
ha faltado el sinsentido propiciado por el desinterés o la ignorancia de las
generaciones nuevas. Ya poco se puede encontrar a quien sepa por qué se
utilizan tales o cuales materiales o elementos en las llamadas ofrendas que se
les ponen a los difuntos por los primeros días de noviembre. La riqueza de la
fusión de las ideas prehispánicas con la teología católica ha resultado en una
amalgama, un crisol de simbolismos y creencias sobre la posibilidad de la vida
eterna, sobre el anhelo de inmortalidad, pues ha sido la cristiandad el campo
fértil para dar continuidad al sueño de la perpetuidad de la conciencia o del
alma. Incluso por la Solemnidad de Todos los Santos, en cuya celebración se
pretende rendir tributo a los campeones de la fe, es decir, a la llamada
Iglesia triunfante en la eternidad; luego a los Fieles Difuntos, que esperan la
llamada de la redención para poder entrar en el Paraíso; por eso, decíamos, la
riqueza ha rebasado el mero simbolismo de las ofrendas y se traslada al ámbito
de la belleza del rito litúrgico y la oración oportuna ante el misterio de la
muerte para esperar la vida eterna.
4.
«Yo
también soy hijo de Pedro Páramo».
La
edad de trece años tenía el que esto escribe cuando tuvo la catártica
experiencia de leer su primer libro sin contar, desde luego, esos ambiguos y
coloridos libros de texto de los años ochenta. Ahora se trataba de hacer un
ejercicio de lectura más libre, consistente, formal y a la vez relajado, fuera
de todo compromiso inherente a la escuela. Se trataba de El llano en llamas, de Juan Rulfo. Unos cuatro años después
retomamos el autor para descubrir o elucubrar con Pedro Páramo una divertida hipótesis sobre nuestro origen en esas
tierras ejidales del bajío queretano. No pudo haber mejor manera de comenzar
una carrera de simbiosis con los libros que leer a Juan Rulfo. El triunfo de
las letras y del espíritu estaba garantizado, pues esa sencillez aparente y la
soltura en la expresión más la combinación del lenguaje coloquial con la
pericia en el ritmo de sus expresiones, ya no digamos de la ficción retratada y
el realismo entresacado de sus obras fundamentales, terminaron por atraer este
espíritu inquieto al maravilloso mundo de los libros.
Nos
hemos dado cuenta de esa realidad que hace retorcer las entrañas cuando se le
piensa: todos están muertos en el Pedro
Páramo de Rulfo. Muchas son las observaciones y muchos los análisis que se
pueden hacer a la obra. Yo me quedo con la manera en la que hace “vivir” a los
muertos, cómo cobran vida mientras se relata y se yuxtaponen los pasajes de las
vidas de esos muertos. Me quedo con la descripción de la personalidad de cada
uno de ellos, con el silencio y el repentino tumulto bullicioso, con los ecos de
una realidad mexicana en el campo, en sus supersticiones y sus mitos; en sus
creencias y sus tradiciones; en sus convicciones y sus temores; en suma, en la
manera como Rulfo nos evoca la continuidad de la tradición mexicana que suele
extasiarse con la idea de la muerte porque le desafía y con ello anhela la
eternidad mientras le rinde culto y honor a los que ya partieron. Me quedo con
esa imagen tipo “El Padrino” a la mexicana que proyectaba el cacique Pedro
Páramo, con la idea no resentida de que nuestro origen en más de algún caso estuvo
en el modo como los patrones disponían de las mujeres, engendraban hijos y
poblaban asimismo los caseríos del peonaje que dependía a su vez de los
vaivenes de la vida y la riqueza poseída y administrada por los patrones de las
grandes haciendas. De ese modo podemos ser hijos de Pedro Páramo y nuestro reto
es mirar la realidad sin negarla ni renegar de ella, ni por nuestra cultura, ni
por nuestra fe que nos da verdadera identidad.
Las
voces de los muertos llenan el espectro de la realidad que atestigua Juan
Preciado, quien buscaba a su padre el célebre Pedro Páramo. Todas las vidas y
las historias que se entrelazan en la trama nos hablan de esa suerte de pesadumbre
y de angustia ante la nada. Al final podemos identificarnos con la sed de ser
para siempre, como lo expresa Damiana Cisneros a Juan Preciado refiriéndose al
anuncio que le hizo la madre de éste, doña Dolores Preciado, cuando su hijo
habría de ir a Comala: el deseo de encontrarse allende la muerte «por los
caminos de la eternidad».[2]
5.
Por
si nos aguarda la nada.
A
Don Miguel de Unamuno se le murió un hijo de dos años en 1902. Fue entonces que
su filosofía, ya de por sí excelsa, se tornó puntillosa y verdaderamente
existencial; pero además deseosa de eternidad:
«¡Oh,
quién pudiera prolongar este dulce momento y dormirse en él y en él
eternizarse! ¡Ahora y aquí, a esta luz discreta y difusa, en este remanso de
quietud, cuando está aplacada la tormenta del corazón y no me llegan los ecos
del mundo! Duerme el deseo insaciable y ni aun sueña; el hábito, el santo
hábito reina en mi eternidad; han muerto con los recuerdos los desengaños, y
con las esperanzas los temores.» Como un eco de lo que San Agustín decía del
tiempo y la eternidad, don Miguel nos hace contemplar el momento presente y la
certeza de sabernos vivos en el aquí y en el ahora y de sustraernos a la
posibilidad del fin de esto, anhelando así la eternidad. Así podemos estar, si
tomamos conciencia de que hay lo contrario al estar aquí y al estar vivos y
sentir la ausencia de quien ya no está con nosotros. Asimismo se duele por la
latente evidencia de que algún día dejará de ser carne y pasar la vida así:
«Tiemblo ante la idea de tener que desgarrarme de mi carne; tiemblo más aún
ante la idea de tener que desgarrarme de todo lo sensible y material, de toda
sustancia. Si acaso esto merece el nombre de materialismo, y si a Dios me
agarro con mis potencias y mis sentidos todos, es para que Él me lleve en sus
brazos allende la muerte, mirándome con su cielo a los ojos cuando se me vayan
estos a apagar para siempre.»
Dice
Unamuno que Kant se preocupó del problema más apremiante e importante de la
vida humana, a saber, la inmortalidad del alma; la perpetuación eterna, o no,
de la vida más allá de la muerte carnal.
«Kant reconstruyó —nos dice— con el corazón lo que
con la cabeza había abatido. Era un hombre muy preocupado del problema, del
único verdadero problema vital, del que más a las entrañas nos llega, del
problema de nuestro destino individual y personal, de la inmortalidad del
alma. El hombre Kant no se resignaba a morir del todo. Y porque no se resignaba
a morir del todo, dio el salto aquel, el salto inmortal de una a otra crítica.»[3]
El
papel de la memoria es muy importante para poder sentirse a uno mismo a través
de los recuerdos, por el anhelo y el afán de lograr que los recuerdos perduren
para siempre, porque perseveren y tiendan al porvenir al lado de la propia
conciencia.
En
sintonía con el pensamiento pascaliano, quien no entiende como pudiese haber
personas en el mundo que jamás se hayan planteado la posibilidad de la
persistencia del alma allende el tiempo vital en este mundo, Unamuno dice que
no podemos concebirnos a nosotros mismos como no existentes; no le es posible a
nuestra conciencia la nada de sí misma, la no existencia. El anhelo de
eternidad, es, como última consecuencia, el amor, pues el que ama algo o a
alguien es porque quiere en ello eternizarse.
«¡Todo pasa! —nos dice— Tal es el estribillo de los
que han bebido de la fuente de la vida, boca al chorro, de los que han gustado
del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. ¡Ser, ser siempre, ser
sin término, sed de ser, sed de ser más!, ¡hambre de Dios!, ¡sed de amor
eternizante y eterno!, ¡ser siempre!, ¡ser Dios!, y toda religión arranca
históricamente del culto a los muertos, es decir, a la inmortalidad.»[4]
No
podemos dejar de preguntarnos si estas manifestaciones del deseo de la
eternidad no son otra cosa que el tremendo deseo que podría tener don Miguel
para acercarse a los terrenos de la mística, de la experiencia fundamental de
contacto con Dios.
El
afán de las civilizaciones por sepultar a sus muertos y preservar sus restos,
concentrándolos y realizando ritos diversos, es, para Unamuno, una señal de lo
que realmente se ha buscado siempre, es el anhelo de inmortalidad. El culto a
los muertos no es un culto a la muerte, sino un culto a la perpetuación y a la
inmortalidad.
Y nos propone nuestro autor un ejercicio para
imaginarnos la nada que nos esperaría si no anhelamos la inmortalidad: «Recójete,
(sic) lector, en ti mismo, y figúrate un lento deshacerte de ti mismo, en que
la luz se te apague, se te enmudezcan las cosas y no te den sonido,
envolviéndote en silencio, se te derritan de entre las manos los objetos
asideros, se te escurra de bajo los pies el piso, se te desvanezcan como en
desmayo los recuerdos, se te vaya disipando todo en nada y disipándote también
tú, y ni aun la conciencia de la nada te quede siquiera como fantástico
agarradero de una sombra.»[5]
En efecto, un pensamiento así, llevado hasta sus últimas consecuencias,
asumiéndolo con viva imaginación, no puede resultar menos que perturbador. No
podemos concebirnos como una nada así, como no existiendo. Terrible el temor
que manifiesta Unamuno.
Mas todas esas pruebas existentes acerca de la
inmortalidad del alma tampoco dejan satisfecho a nuestro autor, pues no son más
que raciocinios y lo que él pide es saciar la sed vital que tiene de no morirse
nunca: «Fue el sereno Platón, el que, en su diálogo sobre la inmortalidad del
alma, dejó escapar de la suya, hablando de lo dudoso de nuestro ensueño de ser
inmortales, y del riesgo de que no sea vano aquel profundo dicho:
¡hermoso es el riesgo! hermosa es la suerte que podemos correr de que no se nos
muera el alma nunca, germen esta sentencia del argumento famoso de la apuesta
de Pascal. Frente a este
riesgo, y para suprimirlo, me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es
la creencia en la inmortalidad del alma; pero esos raciocinios no me hacen
mella, pues son razones y nada más que razones, y no es de ellas de lo que se
apacienta el corazón.»[6]
El anhelo de inmortalidad no es para Unamuno
solamente el anhelo de la perpetuación del alma personal, ni la mística unidad
del alma con Dios, sino el deseo, la voluntad de no morirse nunca: «con razón,
sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera,
si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino
que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o
mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida; se me destituirá
de ella.»[7]
Nuestro autor suscribe la idea de quienes piensan
que para darle sentido a nuestra vida, a nuestra existencia es necesario que se
tenga que creer en la vida allende la muerte. También en ello se fundamenta el anhelo
de inmortalidad: «Hay que creer en la otra vida, en la vida eterna de más allá
de la tumba, y en una vida individual y personal, en una vida en que cada uno
de nosotros sienta su conciencia y la sienta unirse, sin confundirse con las
demás conciencias todas en la Conciencia Suprema, en Dios; hay que creer en esa
otra vida para poder vivir esta y soportarla y darle sentido y finalidad. Y
hay que creer acaso en esa otra vida para merecerla, para conseguirla, o tal
vez ni la merece ni la consigue el que no la anhela sobre la razón y, si fuere
menester, hasta contra ella.»[8]
¿Cuál es nuestra verdad cordial y antirracional? La
inmortalidad del alma humana, la de la persistencia sin término alguno de
nuestra conciencia, la de la finalidad humana del Universo. ¿Y cuál su prueba
moral? Podemos formularla así: obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a
juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas
morir. O tal vez así: obra como si hubieses de morirte mañana, pero para
sobrevivir y eternizarte. El fin de la moral es dar finalidad humana, personal,
al Universo; descubrir la que tenga -si es que la tiene- y descubrirla obrando.[10]
[1]
Cfr. Fray Bernardino de Sahagún, Historia
general de las cosas de Nueva España, («Colección “Sepan cuántos…, número 300»),
México, Porrúa, 2013.
[2]
Cfr. Rulfo, Juan, Pedro Páramo,
(«Colección popular, número 58»), IX reimpresión, México, FCE, 1993, p. 17.
[3]
Cfr. Del sentimiento trágico, op.
cit., p. 100.
[4] Op. cit., p. 146.
[5]
Del sentimiento trágico, op. cit., p.
149.
[6] Op. cit., p. 153.
[7] Op. cit., p. 267.
[8] Op. cit., p. 428.
[9] Op. cit., p. 432.
[10] Cfr. Op. cit., pp. 432 – 433.




