@jhcastelano
Ya hemos apuntado algo sobre la práctica de la educación en su dimensión política y económica. Nos toca asomarnos a la dimensión “valoral”, primeramente.
Encuentro un problema con el neologismo “valoral”. Es obvio que se refiere a los valores. Esa no es la dificultad. Cuando se habla de valores nos perdemos porque no sabemos exactamente a qué se refiere eso. Parece resultarnos evidente que se aplique al conjunto de cosas tales como el respeto, la honestidad, la sinceridad, la solidaridad, etc. Así se ha asumido sin mayor complicación por parte de las instituciones educativas por doquier, tanto públicas, como privadas. Inclusive llegan a promocionarse con el eslogan de promotoras de valores y enumeran los ya dichos o algunos otros. Es preciso, empero, desenmascarar una ambigüedad subyacente a tan simplista manera de expresarse porque ello oculta una intención de fondo que no se atreven las instituciones a confesar, a saber, una inspiración de talante religioso, o al menos de cultura religiosa. Eso no debe ser problemático, si no fuera porque se establece una distancia desde lo jurídico para no confesar el origen espiritual de la educación. Veamos bien.
Referirse a los valores en nuestros tiempos proviene del argot económico. Vale lo que cuesta tasado en moneda o por su valor intrínseco de cambio. Todo lo material vale algo, tiene un costo.
Hay otro orden de cosas que son valiosas para las personas. No tienen que ver con lo material. Así, puede ser valiosa la familia, las amistades, los amores, etc. En este sentido se transfiere el valor a la subjetividad de cada persona. Allí es donde está el problema, porque lo que puede ser valioso para algunos, puede no serlo para otros. Una educación “valoral” requiere definir cuáles son los valores que promueve y no dejarlo a la imaginación o libre arbitrio de las instituciones, sin más.
Por otro lado, el catálogo de dichos “valores” se nutre de una fuente no confesada por parte de los sistemas educativos, a saber, los de la cristiandad. Y en su origen se conocían más bien por virtudes. Incluso provienen como virtudes desde más lejos en el tiempo, se sitúan en la antigua Grecia, o en la civilización mediterránea de aquella época, sea de la antigua Hélade (Grecia), Asia Menor, Medio Oriente, Egipto y el Norte de África.
El filósofo francés Rémi Brague cita a Chesterton para denunciar el uso no reconocido de «las viejas virtudes» por los «valores» del mundo moderno: «(el mundo moderno) está lleno de viejas virtudes que se volvieron locas. Enloquecieron porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias». Con ello nos da a entender que muchos de esos pretendidos valores promovidos en nuestros días hunden sus raíces en un pasado del que nuestra civilización ultramoderna tiende a avergonzarse; pero no le reconoce la paternidad de sus propias ideas o principios, beneficiando así el enloquecimiento de aquellas.
En los Diálogos de Platón se puede uno encontrar con una serie de virtudes promovidas en su época. No sólo se privilegiaba la areté, como habíamos visto antes, es decir la excelencia. Platón nos hace ver que existen otras virtudes como la templanza, la justicia, la fortaleza y la prudencia. Ya en la llamada Edad Media, célebres santos como Santo Tomás de Aquino sistematizaron una serie de virtudes, retomando las mencionadas y haciéndolas depender o desprenderse de otras como la fe, la esperanza y la caridad; así, de éstas, que son troncales o raíces y las llaman “teologales”, afloran las otras, llamadas “cardinales”. Más aún, de las cardinales se desprenden como frutos muchas otras, dependiendo de su propia naturaleza.
La virtud como palabra es una fuerza. Proviene de “vir”, misma raíz que da origen a “virilidad”, y que es una condición de fuente de energía, de fuerza, de poder, de acometida. No hay virtud pasiva, sino agente de acción. La prudencia, por ejemplo, se entiende como la fuerza para controlar desde la razón nuestros impulsos de agresión o de interacción que pueda dañar, sea de palabra o de obra a los demás. La fortaleza, por su parte, tiene que ver con el valor, la valentía o la “gana” por emprender lo que se hace, la magnanimidad o grandeza del ánimo. La templanza tendrá que ver con el control de las pasiones, con el equilibrio y la ecuanimidad. La justicia, por su parte, será la fuerza que tenemos para dar a cada cosa o persona, o a nosotros mismos, lo que nos corresponde en orden a lo mejor, según sea cada caso. De cada una se pueden desprender muchas otras, por ejemplo, son del orden de la fortaleza la valentía, el valor, la diligencia, la constancia, la perseverancia, la disciplina, etc. Son del orden de la justicia la honestidad, el honor, la sinceridad, el consejo, la transparencia, la solidaridad, etc. Son del orden de la prudencia también la capacidad para aconsejar, el sigilo, la discreción, la lealtad, etc. Y, por último, son del orden de la templanza el pudor, el autocontrol, la mansedumbre, la castidad, etc.
A partir del siglo XVI se ha operado un proceso de secularización en el mundo occidental. Una separación de todo lo que se concibe no necesariamente espiritual; pero sí eclesial. El discurso, para referirse a las virtudes cambió. Se ha hablado desde entonces de tolerancia, de respeto, de solidaridad, etc. Ya con el siglo XVIII o de las Luces, se hablaba más bien de fraternidad, libertad, etc. Y Ya en el siglo XX se introdujo el lenguaje de los derechos humanos. Desde entonces ha cobrado fuerza hablar también de inclusión, equidad, democracia, etc.
Si pudiéramos imaginar un esquema como tipo árbol, pondríamos, según la concepción de algunos pensadores de la Edad Media en la raíz, entre la tierra fértil a la fe y a la esperanza, que son llamadas virtudes teologales. El caso de la caridad podría ser el tronco, pues es visible y se destina para los demás. La caridad es el amor. Lo que hacemos para los demás, deberá tener como fundamento el amor. Si somos justos, es porque en el fondo amamos a los demás. Si somos prudentes, es porque procuramos el bien de los otros (un acto de prudencia sería, por ejemplo, no usar el celular en clase cuando no se debe). Si tenemos fortaleza es porque ayudamos con ello a los demás, los apoyamos y somos solidarios con ellos. Inclusive cuando practicamos las virtudes de la templanza, porque en la medida en que controlamos nuestros impulsos, es que damos o queremos un bien para los demás. Todas las virtudes dependen entonces del amor, de la caridad. Y en esa misma figura imaginaria del árbol, las cuatro grandes ramas serían las virtudes cardinales y de cada una de ellas los frutos serían las demás virtudes que dependen de ellas.
Los valores que se promueven hoy no se entienden sin las virtudes viejas. El respeto, por ejemplo, no se entiende sin la justicia; la inclusión, por su parte y con sus matices, no se entendería sin la misma justicia o incluso sin la prudencia y la templanza. Valdría la pena, entonces, reconocer el origen de los pretendidos valores, incluso si se tuviera que aceptar que son de talante religioso. Eso nos ayudaría a no sentir la ambigüedad cuando de ellos se habla en el sistema educativo.
Mtro. Julián Hernández Castelano.
22 de noviembre de 2023.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.


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