Secciones y páginas

Pages

jueves, 1 de enero de 2026

Alimento para el alma.

@jhcastelano


En medio de la inmensidad de datos ofrecidos por ese colosal canal que es la Web, se echa de menos un remanso donde no se sienta la saturación y el golpe incesante de nuevos datos: esa suerte de avalancha que no descansa ni un solo segundo. La red nos puede atrapar a todos por igual y nos volvemos no solamente adictos, sino dependientes de lo que vemos allí, lo cual nos somete y nos predispone a vivir de tal o cual modo.

Así, en esa suerte de jungla, se agradece la presencia de ciertas guías o luces que nos orientan. Si ya de por sí es difícil procurarse una buena formación para quienes amamos aprender algo sustancioso y provechoso para nuestra alma, nos sentimos alegrados y satisfechos cuando aparecen esas guías.

“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”, decía José Ortega y Gasset cuando iniciaba su labor filosófica a través de su primera gran obra Las meditaciones del Quijote, allá por el año de 1915. Salvar nuestras circunstancias implica reconocerlas, asumirlas, meditar sobre ellas y saber cómo tratar con el mundo. Por otro lado, como bien nos lo recuerdan grandes santos, el mundo es, en sí mismo, el lugar del riesgo para la perdición de las almas y, en una especie de avalancha de lodazal, nos puede ahogar y nos podemos perder ante el tumulto de las cosas que éste representa cuando se tuercen las ideas y se nos vende la ilusión de una vida acorde a las disposiciones de la generalidad, que no resulta otra cosa que la mediocridad y la perdición.

Nuestro cometido será, entonces, acercarnos con lecturas y reflexiones en varias series o vertientes para tratar de ofrecer los contenidos que nutran el alma para su bien. Si, como decía Aristóteles, “todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”, dicho deseo, más que una necesidad hedonista de su satisfacción deberá llevarnos a engrandecernos por dentro, a fin de no perdernos en la nada, como lo temía y lo expresaba Miguel de Unamuno.

“Un pensador —como nos recuerda en nuestros tiempos el filósofo español Miguel García-Baró—, a diferencia de un sensitivo, de un hombre de acción o de quien, por desdicha, no desarrolla radicalmente ninguna de estas tres grandes posibilidades del espíritu, no puede ni debe ser otra cosa que un hombre vinculado de por vida a la verdad. Y precisamente uno de los peores rasgos de nuestros tiempos es que esta estrecha e indisoluble relación entre el pensamiento y la verdad suena a extravagancia o a antigualla” (cfr. La verdad, el dolor y el bien, p. 9). Y, sin embargo, no podríamos vivir sin aspirar a la Verdad, pues eso le dota de sentido a nuestra existencia, o al menos así debería de ser, pues no sea que pase, como temía Pascal, que no pueda concebir que exista una sola persona a la que no le preocupe su fin último, o que al menos nunca se haya hecho las preguntas fundamentales de su propia vida, de su destino y de la posibilidad de su vida eterna.

¿Por qué debemos cultivar también nosotros la filosofía y las humanidades?, se preguntaba mi buen amigo el Dr. Juan Carlos Moreno Romo, y se respondía de la siguiente manera: porque también nosotros somos hombres, y porque como nuestros semejantes, los hombres de otros tiempos y otros horizontes que las cultivaron con mayor o menor acierto, y con mayor o menor fecundidad, nosotros tampoco vivimos sólo de pan. Ni nos saciamos tampoco con el incesante circo de las fulgurantes mercancías, habría que agregar en nuestros tristes y atiborrados tiempos de tentaciones ubicuas, y del espacio y el tiempo propios o propicios para la memoria y la meditación (Cfr. ¿Doscientos años de qué?, p. 81).

A propósito del prólogo del libro intitulado “Parcelas en el tiempo” de otro excelso amigo, del Padre Filiberto Cruz Reyes, mi entrañable maestro Antonio Arvizu Valencia decía: “Pocas ocasiones nos parecen oportunas para emplear unos momentos de amable atención y sincera escucha. La paradoja que se manifiesta en el sentir que una prisa nos justifica el apurar nuestros pronunciamientos, al tiempo que adivinamos la casi nula repercusión efectiva de tan afanoso esquema (porque, sencillamente, muchos otros lo intentarán también reproducir y por su cuenta) es muy probable que ya se haya vivido en otros tiempos. Y, seguramente, fue causa de percibir como una afrenta los avatares de una serie de situaciones que aparecían como lápida de problemas y de abrumadora insensatez. Ante semejante escenario, nada resulta tan urgente como exponer las muy personales contrariedades, y nada tan exigible como satisfacción en las respuestas estructurales (cfr. Parcelas en el tiempo, p. 10). Y es que el Padre Fili ha aprovechado y explotado con relativo éxito el género literario del artículo o de esa suerte de ensayos cortos, muy al estilo de Montaigne, como vehículo para llevar el Evangelio a través de sus cavilaciones y dando respuesta a las no tan voluntarias; pero sí notorias exigencias de enterarse rápido de algo e inculcar con la misma velocidad unas ideas que den respuesta a las dificultades de nuestros tiempos.

Buscamos, entonces, atacar por varios frentes esas necesidades actuales de nutrir el alma, de tal modo que, este 2026 proponemos hacer un itinerario de formación integral para el alma. “Alimento para el alma”. Compartiremos lecturas y reflexiones en varias series o vertientes de conocimiento útil para el alma, tales como lógica para poder argumentar sin falacias; Magisterio de la Iglesia sobre problemas y controversias del mundo actual; Magisterio de los Padres de la Iglesia, sobre la espiritualidad que ha fundado la Tradición; obras de los grandes filósofos que iluminen cuestiones del mundo actual; ideas pedagógicas que también nos iluminen el camino de los problemas de nuestra contemporaneidad; producciones literarias de buen sentido que nos ayuden también a encontrar referentes para resolver o pensar problemas y soluciones de nuestro mundo y, por último, misceláneos asuntos varios.

Esperemos que no necesariamente sea del agrado de los seguidores, sino de provecho para el alma, pues, así como a veces el sentido del gusto en nuestro paladar no corre parejo con la nutrición sana, sino que, en muchas ocasiones lo que al gusto desagrada le hace bien al cuerpo y lo tenemos que consumir, así los contenidos que al alma aprovechan pueden parecer un tanto amargos, ácidos, agrios o en apariencia indeseables, para utilizar el símil.

"¿Qué pensáis —dice San Agustín—, si digo algo del concepto? ¡Cuán inferior es a la Palabra de Dios! Ved que estoy emitiendo un sonido; pero, una vez emitido, ya no puedo recuperarlo, y si quiero que me oigáis, emito otro y, cuando éste se haya apagado, vuelvo a emitir otro o sobreviene el silencio. Pero el concepto a la vez que te lo envío a ti, lo retengo también conmigo, y tú encuentras lo que oíste y yo no pierdo lo que dije. Ved cuán verdad es y alégrese el corazón de los que buscan al Señor (Sal. 104, 3). Porque Dios es la primera Verdad. El concepto, pues, aun permaneciendo en mi corazón, pasa al tuyo, sin abandonar el mío. No obstante, cuando el concepto está en mi corazón, y quiero que esté también en el tuyo, busco el sonido como vehículo por el que pase hacia ti. Y tomo el sonido y, en cierto modo, le asigno el concepto, lo emito, lo hago salir, lo enseño y no lo pierdo. Si todo esto lo pudo hacer un concepto mío con de mi voz, ¿no pudo hacerlo la Palabra de Dios con su carne? He aquí que la Palabra de Dios, Dios junto a Dios (Jn. 1, 1), sabiduría de Dios que permanece inmutablemente junto al Padre, para llegar hasta nosotros buscó la carne como si fuera el sonido, se introdujo en ella y llegó hasta nosotros sin apartarse del Padre. Entended y saboread lo que habéis escuchado; reflexionad sobre su grandeza y su categoría y, por tratarse de Dios, pensad cosas aún mayores. Él supera toda luz, todo sonido, todo concepto. Hay que desearlo, hay que suspirar por él con el amor, para que se alegre el corazón de los que buscan al Señor". (Cfr. San Agustín, Sermón 28, sobre el Salmo 104, 3).


Julián Hernández Castelano.


No hay comentarios:

Publicar un comentario