@jhcastelano
Por lo regular cada dos de enero no parece tener mayor relevancia para la vida de las personas. La resaca de las celebraciones de fin de año y de año nuevo no dejan lugar para una conciencia clara de cómo se vive el segundo día de todo el año. Los propósitos se guardan para los siguientes días, mientras se contempla un poco el inicio del año. Parece intrascendente, pues y pocas cosas se pueden encontrar.
Pasadas las fiestas y celebraciones en los barrios, pueblos, colonias y ciudades enteras, a propósito de la Navidad, la Sagrada Familia, las posadas, las acostaditas y de más motivos para el júbilo y la algarabía, se siente ya un descanso que es más bien un remanso antes de festejar la Epifanía y la tradición de los Santos Reyes.
En esta suerte de intermedio la Iglesia celebra la memoria de dos grandes santos, cuyas vidas corren parejas como las líneas paralelas. Dos lumbreras del pensamiento y del testimonio cristiano del siglo IV. Uno de ellos, del que se decía que era el teólogo más brillante de ese siglo es San Basilio Magno. La recopilación de la vida de los santos que se llama “Vivieron el Evangelio” dice de él lo siguiente:
San Basilio Magno vivió del año 330 al año 379. En el año 356, a los 26 años de edad, fue bautizado y se encargó de la cátedra de su padre fallecido. Los oyentes acudieron en masa y la provincia del Ponto le hizo ofrecimientos lisonjeros; parecía seguro que iba a destacar rápida y brillantemente. Pero al año abandonó Cesarea para pedir un consejo a los maestros de la vida interior: los monjes de Egipto
Sin titubear le ofrecieron una celda y participó en su comunidad como si quisiera quedarse para siempre. Al regresar a casa, se llevó consigo el fruto de su estancia entre los monjes: su autodisciplina, su alegría y su firmeza en profesar la fe. Cuando, a fines del año 359 instaló una ermita en las montañas, pronto acudieron algunos discípulos.
Entre ellos llegó Gregorio de Nacianzo, el cual, en años posteriores recordaría con añoranza “las horas doradas y felices” pasadas allí: “¡Qué grata era la paz que unía a los hermanos, su empeño serio y sagrado la peregrinación constante del espíritu hacia Dios, el canto nocturno de los salmos y meditación callada, el estudio de la Revelación y los trabajos corporales realizados con ese espíritu: cargar leña, acarrear material de construcción, cuidar el jardín, plantar árboles, regar la siembra!”.
Como vemos, Basilio no quería conventos gigantescos como en otros lugares. Su comunidad conventual alternaba armoniosamente el trabajo corporal, el estudio y la oración.
En una obra legal, amplia, de 55 reglas principales y 313 prescripciones menores, creó una constitución conventual que se ha conservado hasta nuestros días en el Oriente. Pero sus conventos no sólo debían cuidar la obra difícil de la santificación propia, sino tenían que irradiar también la santidad en el apostolado. Por eso incluyó la educación de la juventud en la jornada de la vida conventual.
Basilio se ganó la confianza del pueblo por la rectitud de su vida, por su actitud impávida frente a los numerosos abusos de los funcionarios romanos militares y aduanales, por su lucha contra la heterodoxia arriana y por su acción decisiva durante el periodo de hambre de los años 367 – 368.
Al morir el arzobispo de Eusebio el año 370, unánimemente fue elegido Basilio para sucederle, aunque los arrianos echaron mano de todos los medios para evitar su elevación. Sabían lo que estaba en juego: al arzobispado de Cesarea le estaban supeditados cincuenta obispados. Ya antes, con su palabra y publicaciones, había luchado por la unidad de la fe y el vigor moral del Evangelio.
Durante los nueve años de su cargo, Basilio se convirtió en el gran orador y escritor a cuya influencia nadie se pudo sustraer. De nuevo, como en los tiempos del hambre, creó una obra magnífica de ayuda a pobres y enfermos. Cuando, a sus instancias, cada comunidad estaba provista de un hospital y de un asilo, como punto central de todos los esfuerzos caritativos fundó una ciudad de beneficencia con amplias construcciones, escuelas, hospitales y empresas económicas propias. Él mismo radicaba allí, en su obra preferida, para estar cerca de todos los que sufrían. Allí lo visitaban sus numerosos amigos del mundo oriental. Allí lo alcanzó la muerte el primero de enero del año 379
Aún se conservan sus discursos, cartas y poemas. Nos dicen, en forma más llamativa que una lápida ostentosa, la magnitud excelsa de un ser humano que nunca perdió de vista la meta eterna y la honra de Dios.
«El pan que no necesitas es el pan que le falta al pobre. El vestido que cuelga en tu armario es la ropa que necesita el desnudo. Los zapatos que no llevas son los zapatos de los que andan descalzos. El dinero que tienes encerrado y guardado es el que falta a los más indigentes…»
Pensamientos de San Basilio Magno
Ojalá podamos no solamente tomar ejemplo del testimonio de este gran santo, sino aprender de él su autodisciplina, su ortodoxia y fidelidad a la fe cristiana, su elocuencia y claridad para pensar y plantear la manera de ganar las almas para Dios, amén de su coherencia y su caridad.
Julián Hernández Castelano
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