HAY ESPERANZA EN LA EDUCACIÓN...
Cuando los alumnos
adolescentes son capaces de participar fuera de la escuela en un concurso y se
distinguen entre los participantes por alentar a todos por igual y sin
distinción.
Cuando por iniciativa propia son capaces de hacer una oración para
pedir por ellos y por todos los participantes.
Cuando dejan pasar las agresiones y la hostilidad del lugar al que
acuden, para concentrarse en lo que habrían de hacer.
Cuando humildemente le solicitan al que escribe un consejo para
eliminar la tensión, la preocupación y el temor ante la inminente exposición en
público.
Cuando son capaces de ejecutar a la perfección sus movimientos en
grupo, con total sincronía y gracia.
Cuando han sabido demostrar que ellos mismos, sin necesidad de la
participación remolona de los adultos, pueden organizarse, unirse,
cohesionarse, entusiasmarse y defender lo que es propio para presentar su
trabajo ante los demás, con un solo sentimiento de unidad.
Cuando todo eso sucede, debo decirlo ya, la educación funciona,
enorgullece, ilusiona, nos presta la sensación de que vale la pena.
Observar algo así, constatarlo, vivirlo, experimentarlo, testificarlo,
es hermoso. Es un oasis en el desierto para el profesor cansado de ver que el
sistema educativo, las circunstancias, los medios de comunicación, etc., todo
se confabula para impedir ver buenos frutos, de repente aparece algo así como
esto para enseñarnos que hay esperanza.
Sucedió con unos alumnos de mi escuela: los de segundo de secundaria:
ganaron. Ganaron en unidad, en una ejecución perfecta de una rutina de
movimientos. Ganaron en la conciencia de ser un grupo, de ser adolescentes y de
ser cristianos. Y aunque eso no fue lo que calificaron los jueces, es motivo de
orgullo para quienes trabajamos con ellos. Los jueces premiaron el uso de
materiales gimnásticos y deportivos como cuerdas, pelotas y discos, la rutina
con esos mismos materiales, y no tanto la sincronía, el ritmo, la gracia, la
novedosidad, el estilo, la interpretación de un concepto, la uniformidad y la
música.
Queda, en fin, la sensación de que se hizo lo mejor y de la mejor
manera. La autocrítica vendrá después. Por ahora vale la pena reconocer que el
esfuerzo, la unidad, el entusiasmo y, sobre todo, la oración, inflaman y
engrandecen el espíritu.
Definitivamente lo que vi en estos jóvenes me motiva y me da la
certeza de la esperanza en la educación. Una vez más.
Gracias, jóvenes.
Julián Hernández Castelano.
16 de febrero de 2014.
Santa Ana Chiautempan,
Tlaxcala.

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