Sine nobilitate. Introducción 2.

martes, 17 de marzo de 2015 0 comentarios

Es la segunda parte de la introducción de mi tesis de licenciatura.

Reflexiones en torno a la dimensión moral del mundo masificado.

 

Julián Hernández Castelano

El camino abierto por José Ortega y Gasset.


Nuestro principal guía en el recorrido que pretendemos hacer es el filósofo español José Ortega y Gasset, quien hacia las primeras tres décadas del siglo XX hizo un diagnóstico importante sobre la situación de su tiempo.[1] Su diagnóstico —principalmente en La rebelión de las masas— gira en torno a la toma del poder por parte de las masas, es decir, la rebelión y posterior dominio de las mayorías, situación que considera problemática porque muchos aspectos de la vida tienden a masificarse y en un ambiente masificado no se distinguen las diferencias y no se aceptan seres distintos, superiores, notables y más selectos, lo cual suprime y rechaza la posibilidad de que sean realmente los mejores los que dirijan a las grandes masas. Seguramente esto puede suscitar debates pertinentes y reclamos legítimos sobre las formas de gobierno y de vida de los pueblos. No es el caso ahora detenernos en ello, pues nos interesa concentrarnos en el análisis de la ocasional propuesta de Ortega y su idea acerca de lo que representa el hecho de que sean los mejores quienes rijan. Una obra como La rebelión de las masas suscita siempre una serie de análisis cuyo enfoque suele ser de índole política; se le estudia tratando de encontrar una propuesta o un programa de acción. No hay tal. Hay, eso sí una preocupación por señalar lo que ocurre en la circunstancia europea —y con ella, occidental, por cuanto tiene de vigente el problema de cara a los distintos pueblos cuyas formas de vida se emparientan con el Occidente europeo—, concretamente la española. Es, en su mayoría, una preocupación antropológica, por el nuevo tipo de hombre que emerge, el hombre-masa y como consecuencia, la sociedad-masa, con deseos ilimitados, sin rumbo real como pueblo, etc.
La rebelión de las masas también es la pérdida de autoridad que Europa padece ante el resto del mundo; lo es también el proceso de desmoralización al que se llega desde hace ya por lo menos dos siglos —o quizás antes todavía— (tomando en cuenta lo que había ya transcurrido hasta el tiempo de Ortega); lo es también la posibilidad del fin de la Modernidad, o al menos su transformación. Hay, por otra parte, según observa nuestro autor, una creencia de que se ha llegado al culmen de los tiempos, es decir, que los tiempos actuales son los tiempos mejores y todo tiempo pasado fue un proceso o un antecedente para llegar a la pretendida plenitud del tiempo actual; y, por lo mismo, hay también una especie de conciencia carente de tradición e historia, esto es, una especie de desdén por todo lo que representa la tradición y el legado de los grandes hombres y las culturas de tiempos pasados, así como un desconocimiento voluntario o involuntario de la historia; y, además, una actitud de satisfacción ante aquello de lo que se hace uso sin considerar el esfuerzo realizado por otros. Cabe sin embargo hacer notar que pudiera haber estudiosos y personas conscientes de lo que representan los tiempos pasados y que, aún así, deriven de sus estudios una convicción ajena a lo que podría considerarse como grandeza de otros tiempos. Evidentemente nos referimos aquí a esos muchos otros que, voluntaria o involuntariamente se ven alejados de todo reconocimiento por lo logrado en generaciones pasadas.
Aborda Ortega también el hecho de las aglomeraciones. Hace una reflexión acerca del crecimiento demográfico ya crítico en su época y en su continente. Aquello ocurrido en Europa hace un siglo, en la “periferia” hoy lo padecemos nosotros y sería pertinente la reflexión al respecto. El lleno en todas partes es una de las características de la rebelión y ahora de la hegemonía de las masas. Las ciudades —nos comenta Ortega para ilustrar este hecho— están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio.[2] Hay un lleno en todas partes y las gentes se sirven de los utensilios y se alimentan de los jugos de la civilización.[3]
La subida del nivel histórico y el crecimiento de la vida son también caracteres de la rebelión de las masas. Desde el momento en que las grandes masas han tenido acceso a toda clase de actividades o cosas de las que sólo podían gozar antaño las minorías, al hacerse más fácil el acceso al confort o al acomodo de ciertas cosas, es como si el nivel histórico se hubiese elevado, pues «el hombre medio —dice Ortega— representa el área sobre que se mueve la historia de cada época; es en la historia lo que el nivel del mar en la geografía. Si, pues, el nivel medio se halla hoy donde antes sólo tocaban las aristocracias, quiere decirse lisa y llanamente que el nivel de la historia ha subido de pronto — tras de largas y subterráneas preparaciones, pero en su manifestación, de pronto —, de un salto, en una generación. La vida humana, en totalidad, ha ascendido.»[4] Por su parte, el crecimiento de la vida tiene que ver con un mayor ramillete de posibilidades para realizar tareas o actividades ante la facilidad con la que se dan las cosas. En ese sentido los avances científicos y tecnológicos, aunados a la producción masificada, al mercado, a la publicidad y la llamada “cultura del consumo”, nutren hoy los voraces deseos de las grandes masas.
Otra de las causas que Ortega encuentra de la rebelión de las masas es la inconveniencia de la adaptación que la educación pretende hacer para dominar las nuevas técnicas en la modernización, pues considera que:

En las escuelas, que tanto enorgullecían al pasado siglo, no ha podido hacerse otra cosa que enseñar a las masas las técnicas de la vida moderna, pero no se ha logrado educarlas. Se les han dado instrumentos para vivir intensamente, pero no sensibilidad para los grandes deberes históricos; se les han inoculado atropelladamente el orgullo y el poder de los medios modernos, pero no el espíritu. Por eso no quieren nada con el espíritu, y las nuevas generaciones se disponen a tomar el mando del mundo como si el mundo fuese un paraíso sin huellas antiguas, sin problemas tradicionales y complejos. Y rebosando toda posible sofisticación, nos encontramos con la experiencia de que al someter la simiente humana al tratamiento de estos dos principios, democracia liberal y técnica, en un solo siglo se triplica la especie europea.[5]

El dato estadístico queda ahí manifestado y refiere el problema educativo ante los cambios suscitados dentro del crecimiento demográfico y de la vida.
Luego comienza Ortega a realizar lo que él mismo llama la disección del hombre-masa, cuyo diagrama consiste en la libre expansión de sus deseos vitales y la ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia, como si fuese un niño mimado. Es por ello que «la perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza».[6] Sobre el cómo es esto posible y sobre la delimitación definitiva de estos dos grupos mencionados, se procurará tratar en este trabajo.
Ante todo ello, la hipótesis de Ortega es que la ausencia de la auténtica nobleza ha sido el efecto de la descomposición derivada de la masificación, pues no sólo considera a ésta última como el aglutinamiento desmedido, sino también como el poder en manos de las mayorías carentes de nobleza, de esfuerzo, de exigencia por ser y hacer más de lo que se puede ser y hacer. Y es preciso hacer notar que no se habla solamente de la masificación cuantitativamente, sino también cualitativamente. Este análisis de Ortega puede emparentarse solamente en algunos aspectos con el fenómeno de la globalización que estamos padeciendo en nuestros días, en otras palabras, podemos decir que hay una coincidencia entre ciertas situaciones que él señalaba a propósito de la masificación con determinadas características dentro de lo que puede entenderse como globalización; sin embargo, es preciso deslindar y delimitar qué características de nuestros tiempos de globalización son las que coinciden con su análisis, pues no todas ellas son comunes a lo señalado por Ortega y, por otra parte, es preciso adelantar que en gran parte es un equívoco tomar por cierto todo lo que supuestamente trae consigo la globalización, pues no es válido, decisivo, ni aplicable a todo lo que hay en nuestro entorno lo que de ella se pregona. Por ello, una caracterización sobre algunos aspectos de la globalización aclarará hasta qué punto ésta es la continuación de la rebelión de las masas.
Si consideramos que la rebelión de las masas ha inundado hasta abarcar en nuestros días los múltiples aspectos de la vida de la sociedad, habremos de analizar cómo es que se ha llegado a un punto en el que hasta las propias disciplinas o ciencias padecen este desorden. Es así como reconoceremos hasta qué punto la filosofía se ve envuelta en esta problemática situación. Así pues, un diagnóstico acerca de la globalización, de la rebelión de las masas y de cómo la filosofía padece y participa de todo esto, habrá de aclarar los límites y las actualizaciones pertinentes del discurso y el análisis de Ortega.
Puede identificarse, entonces, que en la obra de Ortega es la falta de nobleza, como él la entiende y como pretendemos explicarla, el efecto de la rebelión de las masas. La falta de nobleza también cunde en nuestros tiempos, por ello retomamos el problema para aplicar el diagnóstico a nuestra circunstancia. Si aceptamos que en nuestros tiempos hay esa misma rebelión de las masas y, de una forma exagerada, el mismo fenómeno convertido en algunas características de la globalización, y que la actitud de nobleza se ha ausentado ante la indiferencia o hasta el desconocimiento por parte de las masas actuales, lo que cabría preguntarnos y es el punto central del problema, es lo siguiente: ¿Cómo es que se ha llegado en la actualidad a un punto así, de falta de nobleza, de rebelión exagerada o hegemonía de las masas? ¿Por qué se han dado las condiciones para que florezcan las ideas propias y la formas de vida de los hombres-masa? Y aún más concretamente: ¿Hay esta actitud propia del hombre-masa dentro del ejercicio intelectual? Y si así fuere: ¿Cómo es que se ha pasado del intelectual noble al intelectual masa?

El itinerario.


Por todo ello, el itinerario a seguir en el presente trabajo será el de lograr describir, primeramente, la rebelión de las masas, tomando como base la obra de Ortega, ayudándonos de su diagnóstico, para comenzar a hacer el diagnóstico de nuestros propios días. Para ello habremos de analizar algunas propiedades de la masificación en el tiempo actual, a la luz de estudios contemporáneos, procurando mediante esbozos dar cuenta de dichas propiedades y su relación con el problema que nos ocupa, tales como el proceso demográfico para formarse una situación de masificación, el paralelismo y el mimetismo de los problemas globales con los regionales —o viceversa, según sea el caso—, el proceso de homogeneización que estamos viviendo, es decir, la creciente uniformidad que trae consigo la forma de ser de la masificación, la influencia de los medios masivos de comunicación sobre las masas, el problema de la identidad, la moralidad —o inmoralidad— de la sociedad masificada, el problema de la mutación de valores en nuestros días, la problemática que implica la democracia contemporánea, el problema de la autoridad y la indocilidad en la sociedad contemporánea, la caracterización del mundo globalizado con sus limitaciones y equívocos, etc., todo ello para dar cuenta del cambio sociológico que se ha operado hasta llegar al estado de cosas principalmente desde el ámbito moral. El acercamiento al problema que nos ocupa será entonces en la primera parte desde el punto de vista sociológico.
En la siguiente parte —tratando de seguir un esquema deductivo, es decir, de lo general o externo, hasta lo particular o personal— nos acercaremos al mismo problema, pero ahora desde el análisis antropológico del mismo, pues tomaremos en cuenta aspectos o actitudes anómalas, propias de la nueva forma de ser del mundo masificado, tales como: la mediocridad imperante en muchas de las tareas que ejerce el hombre actual; la indiferencia con la que se conduce de cara a las situaciones que se le presentan, dejando con ello una estela de problemas y anomalías para su propia vida y para la de los demás, impidiendo la mínima convivencia; la ignorancia característica del hombre contemporáneo, lejos de todo rigor racional elemental; la actitud pueril asumida hasta el punto de restarle seriedad a los asuntos que lo merecen y trivializando la formalidad hasta caricaturizarlo todo; la exigencia de derechos sin aportar la corresponsabilidad de sus deberes; la nueva postura que el hombre tipo de la masificación guarda ante las instituciones otrora rectoras y hoy rechazadas u olvidadas como la familia, el poder civil, la tradición y la religión, entre otras; todo ello para tratar de contraponerlo con la vocación esencial del noble, para hacer notar la diferencia y la necesidad de observar cómo es que, precisamente, la pérdida de nobleza y la ausencia del sentido humano para las consideraciones morales, es decir, de la auto observancia de sus actitudes y su conducta y sobre todo, el anhelo por lograr la excelencia, han cambiado el orden antropológico y social de nuestro mundo, de nuestros tiempos, en un proceso de declive, precisamente moral, tal como trataremos de explicarlo.
Y la última parte del trabajo será la de aplicar el problema moral de la pérdida de la nobleza en el ámbito de la labor intelectual, para tratar de responder a las preguntas antes planteadas, es decir, si el hombre de la masificación puede ser educado, entendiendo que la educación como tal exige el esfuerzo para lograr la excelencia, que para ser este tipo de hombre no se requiere la educación, sino el acomodo y que el esfuerzo y la excelencia en la educación forman al noble. También, si dicho hombre puede llegar a ser un auténtico intelectual, puesto que podríamos identificar ciertas virtudes similares y compañeras de la nobleza en los grandes pensadores conocidos. Nos acercaremos al problema de cómo se ha perdido la nobleza en la labor intelectual. Asimismo, se intentará responder a la pregunta de qué tipo de filosofía o de labor intelectual puede hacer este hombre tipo de la masificación, para identificar brevemente la situación de la práctica intelectual actual en nuestro ámbito y emitir algunas notas acerca del porvenir de la misma. Será importante tener en cuenta cómo es que el equívoco de la palabra “cultura” ha hecho degenerar la labor intelectiva de nuestros días, entre otras cosas que históricamente —desde el punto de vista del pensamiento, de las ideas, y de la propia historia “política”, “social” o “civil”— han contribuido al cambio de esquemas conceptuales para suplantar e implantar el enfoque nuevo sobre muchas cuestiones actuales, provocando una especie de miopía intelectual —sino es que una paralización— del mismo ámbito. Se ofrecerá como contrapunto la otrora función de los clérigos —a los que debiera considerárseles como los verdaderos intelectuales— para establecer los retos de quienes pudiesen pretender convertirse en verdaderos intelectuales o clérigos y, desde luego, para deducir retos de la labor intelectual.






[1] El diagnóstico de su tiempo, así como la exposición de sus hipótesis para dar cuenta de cómo se llegó hasta ese punto que identifica como problemático, lo expuso a lo largo de toda su obra; pero principalmente en obras como La rebelión de las masas, España invertebrada, Meditaciones del Quijote, El espectador, La deshumanización del arte, y algunos de los prólogos escritos para obras de otros autores.
[2] Ortega, op. cit. p. 144.
[3] Concretamente en nuestra circunstancia periférica podríamos oponer la prueba clara de que no sufrimos del espacio como en Europa, o como en España, que es lo que primeramente ve Ortega; sin embargo, tomemos en cuenta la creciente migración y éxodo que se ha producido para abandonar las grandes extensiones de terreno en el campo para concentrarse en las ciudades, para aglomerarse en los centros comerciales, para llenar con automóviles los espacios y las vías, etc., emulando hasta cierto punto infantil o irracionalmente la vida europea, como si no hubiese ese espacio al que antes nos referimos para vivir más desahogadamente. No es, pues, una condición similar la nuestra a la europea de los años de Ortega, ¡pero nuestra circunstancia o nuestro tiempo, o los hombres de nuestro tiempo pareciera que nos hemos esforzado porque así sea, o sufrimos de manera análoga, si no idéntica, del mismo fenómeno demográfico-cultural!
[4] Ortega. op. cit. La rebelión de las masas.  p. 153.
[5] op. cit. p. 173.
[6] op. cit. p. 138.


Sine Nobilitate. Introducción 1.

lunes, 2 de marzo de 2015 0 comentarios

Sine nobilitate. 

Reflexiones en torno a la dimensión moral del mundo masificado.

La nobleza que se pierde.


«Yahvé  revela honduras y secretos,
conoce lo que ocultan las tinieblas,
y la luz le acompaña»

Dn. 2, 22

Julián Hernández Castelano

Se está suscitando un proceso de desmoralización en el mundo. Las jerarquías y los sistemas de valores se están trastocando. Se acrecienta la relativización de los valores en la sociedad actual. Ya no se le da una importancia crucial a la búsqueda de la excelencia, ni de la virtud. La verdadera nobleza, la que obliga, la que conduce por la disciplina a la excelencia se está perdiendo. La condición preclara del noble, la excelencia, la autoexigencia, la entrega para lograr el mérito, en pocas palabras, la disciplina encaminada al logro de lo que tradicional y primordialmente se conoce como virtud, esa es la nobleza que se está perdiendo en nuestros tiempos. «La mediocridad moral —decía Ingenieros— es impotencia para la virtud y cobardía para el vicio. El hombre honesto puede temer el crimen sin admirar la santidad: es incapaz de iniciativa para entrambos. Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio». [1] No basta con ser honesto, pues la honestidad está situada en un punto intermedio entre la virtud y el vicio. El virtuoso es activo. El noble obviamente es activo también. El vicioso es activo negativamente: actúa en contra de lo que puede llevarle a la virtud. El honesto, bien valorado en nuestros tiempos es pasivo, nunca se mete con nadie y exhibe sus dotes de buena persona ante la sociedad, por ello es encumbrado y estimado. Lo que se pierde en nuestros tiempos es, pues, la gana de salir adelante, de luchar por lo que se quiere, y no sólo por ello, sino por lograr ser excelente. Por ello José Ingenieros hacía ya esta distinción, porque es preciso sustraer la idea de que basta con ser honesto, con no ser vicioso. No solamente no hay que dejar de ser vicioso, sino superar el grado de la honestidad: exigirse. No pretendemos dictar cátedra ni ilustrar sobre buenos modales o algo por el estilo, sino tocar el punto en el que los estudios contemporáneos ya no penetran: la situación moral, el cómo es el hombre actual moralmente hablando, no para dar cuenta desde una óptica tradicionalista, sino para reconocer el grado de estupidez con el que se pretende hacer caso omiso del verdadero problema de nuestro tiempo: la falta de virtud. A eso se refería Ortega cuando describe nuestra época de decadencia como un proceso de desmoralización. A eso se refería Ingenieros cuando escribe sobre las características de las mediocracias: «La virtud eleva sobre la moral corriente: implica cierta aristocracia del corazón, propia del talento moral; el virtuoso se anticipa a alguna forma de perfección futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan a la masa honesta».[2]
Podemos considerar la época de Ingenieros y Ortega como “nuestra época”, en el sentido de la vigencia, actualidad o aplicabilidad de sus cavilaciones para nuestra circunstancia. Si abrimos un poco el espectro o el lente de revisión de los tiempos modernos, podremos darnos cuenta que lo establecido por ellos tiene vigencia y actualidad, pese a haber sido enunciado hace casi un siglo, pues la contemporaneidad a la que nos referimos tuvo su génesis precisamente en las épocas concretas de ellos.
La nobleza que se pierde en nuestros tiempos no es aquella de los títulos hereditarios, del abolengo y el refinamiento, sino la actitud de entrega por parte de las personas. No estamos tratando, pues, un tema meramente político, sino un problema moral y en ese sentido filosófico, antropológico y sociológico, cuanto más. «La nobleza que no está en nuestro afán de perfección es inútil que perdure en ridículos abolengos y pergaminos; noble es el que revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral».[3]
Por su parte, en el capítulo titulado: “Vida noble y vida vulgar, o esfuerzo e inercia”, de La rebelión de las masas[4], Ortega nos conduce y nos aclara desde más profundamente esta cuestión, al explicarnos que vivir significa o implica solamente tratar con el mundo o ser solamente lo que el mundo o la circunstancia nos invita a ser. Por ello el mundo en torno que ofrece la hegemonía de las masas produce también las formas de vida, los usos, los hábitos y las prácticas propias del hombre-masa. Si en épocas anteriores alguna persona se encontraba con dificultades y sentía la necesidad del esfuerzo para sobresalir o hasta simplemente para subsistir, lo que obtenía era siempre fruto de aquel esfuerzo, y podía ejercer más plenamente la actitud de nobleza, mas en nuestros tiempos, en los que domina el poder de las masas, sólo se encuentra uno, por lo regular, con comodidades, mismas que impiden ver más allá, anhelar algo supremo o diferente. El conformismo y la indiferencia hace suya a la persona y el imperio de las masas se acrecienta, se acentúa y se perfila para mantenerse como dominante, principalmente ahora, en un mundo globalizado. El hombre-masa[5] difícilmente habrá de sentirse interpelado por las circunstancias, mientras nada le obligue a ello, y en ese sentido, no apelará tampoco a instancias ajenas o superiores a él, simplemente porque no considera que haya nada ajeno o superior a él y haga que sea digno de ser considerado o tomado en cuenta para regir su vida.
El verdadero noble, en cambio, es el que vive en esencial servidumbre. Sí, servidumbre, no sólo servicio sin más, sino entrega a algo determinado, en lo cual se hace egregio. Le toma sabor a su vida solamente si la hace consistir en un servicio a algo trascendente o superior y por ello no toma la necesidad de servir como una opresión. No quiere decir ello que todo siervo haya sido en la práctica un noble de actitud, sino que la nobleza exige por sí misma el servicio, no que el sometimiento de una clase de personas signifique que le están confiriendo la oportunidad a los sometidos para que sean nobles, sino que el noble se siente satisfecho en cuanto sabe que su servicio es producto de la necesidad por darse, por contagiar, transmitir y compartir esa especie de energía que lo impulsa a ser lo que es. La nobleza, pues, se define por las obligaciones, no por los derechos. Por ello las concesiones y los privilegios de los nobles no son regalías, sino conquistas y merecimientos por su servicio.
El punto preciso donde Ortega ofrece en breves palabras lo que él piensa y concibe como el hombre noble, o bien, la significación que le otorga a la noción de nobleza es el siguiente:

Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya es hacia lo que se propone como deber y exigencia. De esta manera, la vida noble queda contrapuesta a la vida vulgar o inerte, que, estáticamente, se recluye en sí misma, condenada a perpetua inmanencia, como una fuerza exterior no la obligue a salir de sí. De aquí que llamemos masa a este modo de ser hombre, no tanto porque sea multitudinario, cuanto porque es inerte.
Conforme se avanza por la existencia, va uno hartándose de advertir que la mayor parte de los hombres — y de las mujeres — son incapaces de otro esfuerzo que el estrictamente impuesto como reacción a una necesidad externa. Por lo mismo, quedan más aislados y como monumentalizados en nuestra experiencia los poquísimos seres que hemos conocido capaces de un esfuerzo espontáneo y lujoso. Son los hombres selectos, los nobles, los únicos activos, y no sólo reactivos, para quienes vivir es una perpetua tensión, un incesante entrenamiento. Entrenamiento = áskesis. Son los ascetas.[6]

En este mundo globalizado en el que no se distinguen las diferencias y el hombre tipo de la masificación, común y corriente, se cree capaz de asumir el poder y decidir hasta en la moralidad de los demás, o bien, ni siquiera le interesa, argumentando falta de méritos por parte de la autoridad que recomiende o exija tal distinción, en el que cualquiera puede opinar y se forma parte de un estándar o una homogeneidad, es donde existe el reto para sobresalir por parte del noble y valiente con su actitud de esfuerzo. No por error ha habido autoridad en el mundo, y no precisamente se gana ésta con corrupción. La autoridad verdadera y también el respeto pueden ganarse con una actitud de nobleza.
La nobleza que propone Ortega, entonces, no es la de los títulos otorgados, no es la que se hereda y ostenta siempre elegancia y glamour. La nobleza propuesta por Ortega es más bien una necesidad ante el inminente imperio de las masas, cuyo mandato y hegemonía ha sido ya brevemente descrito y que será abundantemente tratado en lo sucesivo. La identificación de los problemas que atañen a la vida colectiva y la degeneración de ciertos valores son también elementos a considerar para entender cabalmente la diferencia entre el hombre-masa y el hombre noble.
Ya el mismo hecho de esforzarse por imitar a quien verdaderamente es alguien sobresaliente y distinguido en cualquier ámbito, es para el snob una posibilidad de engrandecerse, para ser también egregio, aunque equivoque el camino fijándose solamente en la superficie, en la apariencia y mimetizándose igualmente en lo superficial. Mientras no haya como respaldo una nobleza interna, no podrá llegar a ser tan distinguido, original y egregio como aquella o aquellas figuras a las que imita. Sin embargo, el snob tiene una ligera ventaja sobre el hombre-masa: sus deseos por ser mejor, aunque se equivoque al creer que lo logrará tan sólo a fuerza de aparentarlo.
El problema concreto que nos proponemos examinar es el de la génesis y desarrollo del estado de cosas en las que creemos que existe carencia de nobleza en el mundo masificado, marcada por un proceso circunscrito y contagiado, caracterizado por un declive moral en su totalidad. Sine nobilitate es la ausencia de nobleza, situación que se da con mayor énfasis por las condiciones que el mundo masificado presenta. Esa es la tesis que queremos exponer.

Las masas, la burguesía, los nobles, los esnobs. Ubicación histórica y conceptual.

Cuando nos referimos a las masas no lo hacemos en el sentido marxista del proletariado, es decir, no con el argot propio de los discursos marxistas para referirse a las mayorías desprotegidas, ni a la categoría dada simple y llanamente para las multitudes. Es cierto que las características de las masas tendrán que ver en nuestro análisis con el crecimiento demográfico; pero no les consideraremos su condición cuantitativa, sino cualitativa o moral, del tal modo que al referirnos a las masas, tomamos en cuenta una forma de ser, no el número de personas que históricamente surgieron como el proletariado. Recordemos que las multitudes de los otrora Burgos convertidos en ciudades en los tiempos de explosión o extensión de la llamada revolución industrial, o eran los obreros descendientes de los siervos en la época feudal, o eran los trabajadores de los gremios que no lograron consolidarse y tuvieron que emigrar a los Burgos, o eran personas que no lograron insertarse en el mercado laboral como obreros en los tiempos en los que comenzó el surgimiento de las máquinas cuyas tareas poco a poco sustituían la manufactura hecha por personas; o bien, por último, los propios obreros que antaño eran ocupados en los talleres y las fábricas, pero que, ante el surgimiento de las nuevas máquinas, quedaban desempleados, provocando así las crisis económicas recurrentes que dieron origen, entre otras cosas a las ideas revolucionarias y al socialismo utópico, así como al marxismo y a los movimientos sindicales para pretender trastocar la naciente hegemonía de la burguesía.
Por su parte, la burguesía nos sirve aquí para diferenciar y aclarar la génesis de la problemática en torno a la cual Ortega y Gasset explica La rebelión de las masas. Tampoco Ortega entiende por separado a las masas y a la burguesía, porque para él las masas son la burguesía, la misma clase social que prevaleció en el cambio político operado frente a las monarquías europeas y que dio origen a las naciones modernas, la clase social dominante luego de las grandes revoluciones y la proclamación de los llamados derechos del hombre y del ciudadano, la misma clase social que impulsó las democracias modernas. Otra vez manifestamos el carácter cualitativo de tal consideración: los burgueses, más que un número determinado de personas, eran para Ortega una categoría de hombres cuya prerrogativa asumida fue la de reaccionar en contra de las monarquías europeas. La explicación histórica nos auxilia en este punto para recordar la pirámide social en la época feudal: a la cabeza estaba el rey, dueño y señor de todas las tierras del reino; después estaban los nobles, los de títulos —estos sí— cuya función era la de administrar y disfrutar los privilegios ganados muchas veces en combate y demostrando lealtad y valentía a la monarquía. Los Burgos fueron formados gracias a la creciente independencia económica, tecnológica y social de los artesanos con respecto de los señores feudales; luego, cuando la técnica fue perfeccionándose y los nuevos inventos científicos más los avances tecnológicos aportaron las primeras máquinas el trabajo artesanal se convirtió en industrial, por lo que los burgueses se convirtieron, en cierto sentido, en industriales.
En cuanto a los nobles debemos decir que como clase social fueron las personas que históricamente se beneficiaron del sistema feudal: tanto económica, como política y socialmente. En su génesis obtenían el reconocimiento de los monarcas[7] gracias a su desempeño principalmente militar. Eran nombrados caballeros o se inventaron diversos rangos y denominaciones para agruparlos y darles cierto poder, por lo regular éstos llegaron a poseer algunos castillos, tierras, siervos, etc. Los herederos de los primeros notables ya no necesariamente demostraban el valor en la pelea, ni se sometían a las pruebas que sorteaban sus padres o antepasados, por lo que los privilegios que tenían ya no dependían del mérito, sino simplemente de sus lazos sanguíneos con los valientes de antaño. Hasta aquí los nobles desde el punto de vista político. Cabe referirnos a ellos para diferenciarlos de la nobleza de la que estaremos haciendo reflexión, que no es esta, sino aquella otra que tiene que ver con la conducta humana, es decir, la actitud moral, la virtud moral de la nobleza. Otra vez consideramos, no el elemento material, histórico-político-social, sino la característica moral de la notabilidad mediante la entrega y exigencia como actitudes.
El título del presente trabajo alude al texto y a la nota al pie de página que agrega Ortega en La rebelión de las masas para explicar el origen de la palabra “snob”. En el texto del mismo libro se lee: «Tiene sólo apetitos (el hombre-masa), cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga -sine nobilitate-, snob.»[8] Y en la nota al pie de página encontramos la siguiente explicación: «en Inglaterra las listas de vecinos indicaban junto a cada nombre el oficio y rango de la persona. Por eso, junto al nombre de los simples burgueses aparecía la abreviatura s. nob., es decir, sin nobleza. Este es el origen de la palabra snob».[9]
Snob, desde el punto de vista de su raíz como palabra, es aquel que no tiene ningún título de nobleza. Los simples burgueses, como Ortega bien los distingue.
La palabra “snob” ha mutado en su uso. Ya no denomina a alguien sin título alguno. Se aplica más bien a las personas que se ven afectadas hasta el punto del mimetismo por quienes consideran distinguidas. Los que imitan las modas y las formas de quienes materialmente son poderosos u ostentan algún tipo de excelencia, sea cual sea el ámbito donde se desenvuelven, esos son los snobs de nuestros días. También —y estos son aún más peligrosos— aquellos que tratan en general de aparentar lo que en realidad no son y que además lo hagan ostentosamente para tratar de engrandecerse o ser reconocidos. Así, puede acontecer que alguien se ostente como un personaje distinguido por la naturaleza de la actividad que realiza, pero que realmente no tenga los méritos necesarios para respaldar la imagen que presenta. Hay engaño para quienes le tienen por alguien distinguido, y en sí mismo carece de la verdadera nobleza, de ahí su condición de snob.
En los tiempos de Ortega no había tal distinción; si bien nuestro autor no la hace, cuando aclara el surgimiento del término “snob”, lo clasifica a la par del nuevo hombre del cual hace su diagnóstico, es decir, del hombre-masa; pero los tiempos y los acontecimientos hasta nuestros días han provocado la diferencia que antes se explicó. Por ello es preciso que rescatemos, con sus debidos matices el sentido originario del término. Ese es uno de los propósitos del presente trabajo: reflexionar sobre la carencia de nobleza y asumiendo que el snob y el hombre-masa tienen esa misma carencia, pero asumiendo y distinguiendo también que hay quienes tratan de aparentar lo que no son y por ello imitan, y quienes ni siquiera tienen esa sed, ni nada les mueve a ser y hacer algo, mucho menos a poseer algo de nobleza.
El mismo Ortega prevenía a sus lectores del posible equívoco que consiste en etiquetar el diagnóstico moral, religioso, económico, etc., en el frasco parcial de lo político o lo social: «conviene que se evite dar desde luego a las palabras “rebelión”, “masas”, “poderío social”, etc., un significado exclusiva o primariamente político. La vida pública no es sólo política, sino, a la par y aun antes, intelectual, moral, económica, religiosa; comprende los usos todos colectivos e incluye el modo de vestir y el modo de gozar».[10]

El punto de partida.

Este trabajo pretende ser una reflexión filosófica acerca de un problema antropológico. No olvidemos que una de las muchas preocupaciones de los filósofos y pensadores ha sido el tema del Hombre. Como humano, me interesa a mí también todo lo que tiene que ver con lo humano.[11] Si se logra el cometido de suscitar la reflexión sobre un aspecto de lo humano, no deberá ser ajeno o pasar desapercibido ante los demás. Ortega y Gasset problematiza con una cierta universalidad de la reflexión, o por lo menos la justificación sobre tal preocupación cuando encuentra y expone en La rebelión de las masas que «el asunto de que trata (el libro) es demasiado humano para que no le afecte demasiado el tiempo»[12] y el asunto es ocasional, por lo que ubica sus textos y sus reflexiones en una circunstancia a la que correspondieron, y es que el tiempo ha pasado desde que fue escrito dicho libro y ahora nosotros retomamos el asunto en otro espacio y consideramos que en efecto el tema que le ocupa sigue siendo vigente en nuestro mundo masificado o globalizado. Parece ser que la rebelión identificada por nuestro autor ahora es hegemonía de las masas. Rebelión de las masas puede ser también hoy dominio de las mayorías. De alguna manera el orden —o desorden—  global imperante en nuestros tiempos ya había sido previsto o proyectado por la visión de nuestro autor.
El proceso de transformación de la sociedad y de la condición humana para llegar a un estado de cosas como el que pretendemos demostrar que padecemos, ha sido largo; se han involucrado en dicho proceso muchas situaciones, muchos acontecimientos en diversos ámbitos: en las ideas representativas de las generaciones, de los pueblos y de los hombres en distintas latitudes de nuestro mundo, también en los hábitos, en las costumbres, en la nueva organización, en el nuevo orden mundial, en la opinión pública, etc. El propósito de nuestro trabajo es, utilizando los términos orteguianos, reflexionar en torno al proceso por el que se ha pasado de una “rebelión de las masas” a una “hegemonía de las masas”, y cómo en esa hegemonía se ha perdido en gran medida la práctica de una virtud, de una práctica moral que es la nobleza.[13] No haremos un diagnóstico exhaustivo sobre la situación moral de nuestro tiempo, o incluso de la virtud por excelencia, pues ocuparía mucho más de lo que modestamente podemos ofrecer en el presente trabajo, pero sí ensayaremos y reseñaremos concretamente la situación moral de nuestro tiempo en lo que tiene que ver con este asunto que consideramos central, de la pérdida de la nobleza.
Dicha hegemonía tiene que ver también con la sociedad, con la relación entre los miembros de los grupos humanos, y más concretamente dentro de este gran grupo humano que alcanza magnitudes globales —la llamada “aldea global”— gracias a los medios de comunicación. Todo esto lo convierte entonces también en un problema moral. Más en el fondo es un problema de la Modernidad o de cómo ésta ha mutado en algo distinto, no necesariamente hacia la llamada “posmodernidad”, sino en masificación invertebrada, sin moral, sin rumbo ni planeación, sin verdaderos líderes ni valores que ofrezcan el soporte de toda vida en sociedad tolerable. Es también en el fondo el problema del cambio histórico de la humanidad, del abandono de ciertos valores de antaño y de un cierto desdén por la tradición.

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Permítame el lector retomar aquí una consideración que ya tuve antes oportunidad de exponer, pues la pertinencia de lo dicho cabe aquí para lo que pretendemos asentar: «Algo se opera en el hombre que sobresale con su hacer respecto de los demás. Algo se opera también en aquellos que rara vez se entregan a sus quehaceres para dar más de lo que pueden dar de manera “estandarizada”. Hay hombres que se distinguen por su genialidad, sus aportaciones a la vida colectiva, a los avances científicos, a una mejor organización social o para determinadas y muy variadas situaciones. Los hay que viven y hablan y sienten y piensan tan profunda y extraordinariamente hasta el punto de parecer extraños y hasta molestos a los demás».[14]
Más allá de las contextualizaciones, las delimitaciones, los deslindes y los cabos que se atan para identificar el problema entre bloques de pensamiento o distintas épocas de la historia, tenemos que adelantarnos a señalar que el verdadero problema está en el ámbito próximo de cada persona; pero debemos decir que es también un problema que envuelve a la sociedad, que se manifiesta en terrenos globales, y afecta a pueblos enteros. Es el problema de la pérdida de nobleza en el mundo masificado.
¿Y dónde podremos encontrar y verificar concretamente la pérdida de la nobleza como problema moral en nuestros tiempos? En muchas de las actividades realizadas por el ser humano, pues puede distinguirse siempre una mayor o menor entrega de quien las hace para lograr lo mejor en cada una de ellas. Asimismo, tenemos una tendencia a asomarnos a las situaciones donde podemos distinguir, si es de nuestra incumbencia, ya sea porque nos afecte o nos beneficie en algo, la conducta, el proceder y la mayor o menor entrega también de quienes están a cargo de las actividades de carácter colectivo, público, no necesariamente político, sino de cualquier índole institucional o colectiva en la que exista la distinción entre el grupo y el dirigente. Tanto en la relación entre los miembros de un grupo con su dirigencia, como en la relación entre los propios miembros del grupo, en cuanto tales, se tensan y se identifican estos rasgos de entrega, esfuerzo y exigencia, contrastados con la desidia, el poco esfuerzo, la indiferencia, la desgana y, por ende, los errores, las frustraciones y todas las fallas y anomalías de la sociedad. Así, por ejemplo, el obrero puede darse cuenta, según su entrega al trabajo, acerca de la diferencia entre aquel que se exige a sí mismo y cualquiera otro que vive en una especie de monotonía y no da frutos evidentes y notables en su actividad [15]; de la misma manera, es decir, distinguiendo los buenos frutos, los del esfuerzo, de aquellos otros que evidentemente resultan inservibles e indignos de mérito alguno, el estudiante, el profesor, el carpintero, el servidor público, o cualquier agente que lleve a cabo tareas en las que tenga relaciones de trabajo en aras de lograr ciertos fines que habrán de ser el objetivo de todo grupo, en cuanto grupo, por la naturaleza propia de la actividad a la que cada uno se dedique, puede identificar hasta qué punto se ha entregado y hasta qué punto otros no son más que personas desubicadas, intrascendentes, conformistas, indiferentes, etc. Y también resulta lógico pensar que si se tiene la facultad de erigir a quien habrá de conducir de una u otra manera algún grupo, institución o pueblo, será siempre alguien a quien comúnmente identificamos como honorable o digno para tal tarea. Sin embargo, no siempre ha sido así, pues no siempre existe —solamente por aportar un ejemplo— en el ámbito laboral una clara distinción entre quien se sacrifica, rinde y se fortalece mediante la superación en su actividad, y quien inmerecidamente pasa su vida ocupando un sitio del cual bien podría considerársele indigno por no saciar o buscar definitivamente la necesidad de perfección que requiere su actividad; ni entre los estudiantes esforzados y talentosos, por no decir que seguros de estar donde están y pretender hacer crecer y perfeccionar la labor que buscan desempeñar al prepararse en lo que estudian, con aquellos otros que, por azares del destino o por una mala orientación no saben aún por qué estudian eso que eventualmente han elegido, o que, aun sabiéndolo, no tienen la más mínima intención de hacer más perfecta la labor que habrán de desempeñar como profesionales; ni entre los profesores que verdaderamente enseñan, los que profesan, los que producen y proponen, los que constantemente se capacitan y forman, los que buscan hacer más noble su labor, con los que no lo hacen; ni los servidores públicos que se entregan en el más puro sentido del servicio, con los que se sirven a sí mismos y satisfacen sus propios intereses a costa de quienes, en este sistema democrático, los han favorecido. Sé que es inevitable la intromisión en el ámbito al que algunos podrían considerar y defender como muy particular, propio de quienes harán su tarea con ahínco o sin afán de notabilidad, pero, dado que muchas circunstancias nos son comunes a todos y la mayor o menor entrega se ve reflejada en la vida de comunidad o sociedad, ya da para una revisión y diagnóstico de la situación, por ello es pertinente revisar o reflexionar sobre dicho ámbito, para tratar de identificar el por qué de esa aparente falta de distinción entre los notables y los que no lo son. Y para tal efecto habremos de revisar la obra de quien ya hizo antes una tarea así, no simplemente para emular, reproducir o repetir el recorrido que hizo para darse cuenta de todo ello, sino, sobre todo, para tratar de actualizar su discurso, por una parte, y aportar los elementos en los que pudiera haber resultado errático el diagnóstico de tal autor, por otra parte, así como enunciar las posibles causas del cómo se ha cumplido lo identificado por él hasta nuestros días.




[1] Cfr. Ingenieros, José, El hombre mediocre, («Colección “Sepan cuántos…” número 270»), XVII edición, México, Ed. Porrúa, 2004, p. 70. La primera edición se hizo en Madrid, en el año de 1913.
[2] Ibidem.
[3] Op. cit. p. 73.
[4] Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, En Obras completas (O. C.) Tomo IV, 2ª Reimpresión, Madrid, Alianza Editorial-Revista de Occidente, 1994. pp. 180-185. La primera edición fue publicada como libro en 1930. Los artículos que componen la obra comenzaron a aparecer en el periódico madrileño El Imparcial, en el año de 1926, hasta que Ortega decidió agruparlos, editarlos y publicarlos como libro. La edición de la que me sirvo para el presente trabajo es, pues, la de las Obras Completas que Alianza Editorial y la Revista de Occidente produjeron por primera vez en 1983 precisamente en el centenario del natalicio de nuestro autor— aunque debemos hacer notar que las Obras Completas se han estado editando en diversas versiones y actualizaciones desde 1934, aunque aparecieron como un primer corpus a partir de 1946. Cfr. La presentación de Paulino Garagorri en las Obras Completas que retomamos.
[5] Hombre-masa es el término que Ortega utiliza para referirse al hombre tipo, al representante, al protagonista de la rebelión de las masas que denuncia en su obra. Nosotros lo tomamos aquí como el hombre tipo de la masificación, como el representante por sus características y su condición moral de este nuevo orden de vida al que nos referimos.
[6] op. cit. La rebelión de las masas, p. 183.
[7] Cfr. Von Ranke, Leopold. Pueblos y estados en la historia moderna. Sobre el origen germano de los títulos nobiliarios europeos.
[8] Op. cit. p. 121.
[9] Ibidem.
[10] Ortega, op. cit. p. 143.
[11] Como bien nos lo recuerda Unamuno, tomando como guía a Terencio, con respecto de la concreción o destinatario de nuestras cavilaciones en Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos: “nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño (...) El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere, el que come y bebe y piensa y quiere: el hombre quien se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano”. Ed. Porrúa. Colección “Sepan cuantos...” Número 402. Pág. 3.
[12] op. cit. La rebelión de las masas, p. 113.
[13] Más adelante aclararemos cómo es que en nuestros tiempos la búsqueda de la excelencia está ligada a una cierta productividad, más que a una superación o trascendencia en el ámbito moral. Ortega lo esquematiza oponiendo la ética industrial, nueva desde sus tiempos y desde los tiempos en que se dio la revolución industrial, ampliamente conocida y experimentada en nuestros tiempos (entre más produces mercancía y reditúas ganancias al bolsillo de los grandes o medianos capitalistas, más vales, y hasta te sientes mejor contigo mismo), a la ética del guerrero, del que lucha por el honor, del que se entrega sin esperar beneficio material o económico a una causa que le hace trascender, actitud más próxima a la nobleza sobre la que queremos abundar.
[14] Hernández Castelano, Julián, «Vida de lucha y vida noble. Similitudes de la moral de la entrega de sí en Unamuno con las autoexigencias de la nobleza en Ortega», Diario de Querétaro, Año XLIV, 16478,  24 de diciembre de 2006. Página 4 del suplemento cultural Barroco.
[15] No nos referimos simplemente a la productividad material, sino a la entrega física y el esfuerzo de todas las facultades necesarias para lograr algo más que la productividad: la realización misma de cada persona mediante el trabajo; que sea el trabajo bien hecho lo que le haga sentir mejor, así, podrá acontecer que desde el punto de vista material la productividad sea mínima, pero es que aun lo poco que se produzca tendrá la gracia de ser un producto excelente. Otra vez podemos decir aquí que nos referimos a la calidad, a la cualidad del trabajo, no a la cantidad ni a las luchas por los medios de producción o cosas por el estilo. Capitalismo o no, queremos dejar claro que primero está lo cualitativo en cuanto proporciona esa realización como personas, más que lo cuantitativo o la controversia política de las luchas de clases.

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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