Sine nobilitate.
Reflexiones en torno a la dimensión moral del mundo masificado.
La nobleza que se pierde.
«Yahvé revela honduras y secretos,
conoce lo que ocultan las tinieblas,
y la luz le acompaña»
Dn.
2, 22
Julián Hernández Castelano
Se está suscitando un proceso de
desmoralización en el mundo. Las jerarquías y los sistemas de valores se están
trastocando. Se acrecienta la relativización de los valores en la sociedad
actual. Ya no se le da una importancia crucial a la búsqueda de la excelencia,
ni de la virtud. La verdadera nobleza, la que obliga, la que conduce por la
disciplina a la excelencia se está perdiendo. La condición preclara del noble,
la excelencia, la autoexigencia, la entrega para lograr el mérito, en pocas
palabras, la disciplina encaminada al logro de lo que tradicional y
primordialmente se conoce como virtud, esa es la nobleza que se está perdiendo
en nuestros tiempos. «La mediocridad moral —decía Ingenieros— es impotencia
para la virtud y cobardía para el vicio. El hombre honesto puede temer el
crimen sin admirar la santidad: es incapaz de iniciativa para entrambos. Las
mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren
al honesto y lo encumbran como ejemplo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco
sea vicio». [1] No basta con ser honesto, pues la
honestidad está situada en un punto intermedio entre la virtud y el vicio. El
virtuoso es activo. El noble obviamente es activo también. El vicioso es activo
negativamente: actúa en contra de lo que puede llevarle a la virtud. El
honesto, bien valorado en nuestros tiempos es pasivo, nunca se mete con nadie y
exhibe sus dotes de buena persona ante la sociedad, por ello es encumbrado y
estimado. Lo que se pierde en nuestros tiempos es, pues, la gana de salir
adelante, de luchar por lo que se quiere, y no sólo por ello, sino por lograr
ser excelente. Por ello José Ingenieros hacía ya esta distinción, porque es
preciso sustraer la idea de que basta con ser honesto, con no ser vicioso. No
solamente no hay que dejar de ser vicioso, sino superar el grado de la
honestidad: exigirse. No pretendemos dictar cátedra ni ilustrar sobre buenos
modales o algo por el estilo, sino tocar el punto en el que los estudios
contemporáneos ya no penetran: la situación moral, el cómo es el hombre actual
moralmente hablando, no para dar cuenta desde una óptica tradicionalista, sino
para reconocer el grado de estupidez con el que se pretende hacer caso omiso
del verdadero problema de nuestro tiempo: la falta de virtud. A eso se refería
Ortega cuando describe nuestra época de decadencia como un proceso de
desmoralización. A eso se refería Ingenieros cuando escribe sobre las
características de las mediocracias: «La virtud eleva sobre la moral corriente:
implica cierta aristocracia del corazón, propia del talento moral; el virtuoso
se anticipa a alguna forma de perfección futura y le sacrifica los automatismos
consolidados por el hábito. El hombre superior practica la virtud tal como la
juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan a la masa honesta».[2]
Podemos considerar la época de
Ingenieros y Ortega como “nuestra época”, en el sentido de la vigencia,
actualidad o aplicabilidad de sus cavilaciones para nuestra circunstancia. Si
abrimos un poco el espectro o el lente de revisión de los tiempos modernos,
podremos darnos cuenta que lo establecido por ellos tiene vigencia y
actualidad, pese a haber sido enunciado hace casi un siglo, pues la
contemporaneidad a la que nos referimos tuvo su génesis precisamente en las
épocas concretas de ellos.
La nobleza que se pierde en
nuestros tiempos no es aquella de los títulos hereditarios, del abolengo y el
refinamiento, sino la actitud de entrega por parte de las personas. No estamos
tratando, pues, un tema meramente político, sino un problema moral y en ese
sentido filosófico, antropológico y sociológico, cuanto más. «La nobleza que no
está en nuestro afán de perfección es inútil que perdure en ridículos abolengos
y pergaminos; noble es el que revela en sus actos un respeto por su rango y no
el que alega su alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca
por la honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral».[3]
Por su parte, en el capítulo titulado: “Vida noble y vida vulgar, o esfuerzo e
inercia”, de La rebelión de las masas[4], Ortega nos conduce y nos aclara desde más profundamente esta
cuestión, al explicarnos que vivir significa o implica solamente tratar con el
mundo o ser solamente lo que el mundo o la circunstancia nos invita a ser. Por
ello el mundo en torno que ofrece la hegemonía de las masas produce también las
formas de vida, los usos, los hábitos y las prácticas propias del hombre-masa.
Si en épocas anteriores alguna persona se encontraba con dificultades y sentía
la necesidad del esfuerzo para sobresalir o hasta simplemente para subsistir,
lo que obtenía era siempre fruto de aquel esfuerzo, y podía ejercer más
plenamente la actitud de nobleza, mas en nuestros tiempos, en los que domina el
poder de las masas, sólo se encuentra uno, por lo regular, con comodidades,
mismas que impiden ver más allá, anhelar algo supremo o diferente. El conformismo
y la indiferencia hace suya a la persona y el imperio de las masas se
acrecienta, se acentúa y se perfila para mantenerse como dominante, principalmente
ahora, en un mundo globalizado. El hombre-masa[5] difícilmente habrá de sentirse interpelado por las circunstancias,
mientras nada le obligue a ello, y en ese sentido, no apelará tampoco a
instancias ajenas o superiores a él, simplemente porque no considera que haya
nada ajeno o superior a él y haga que sea digno de ser considerado o tomado en
cuenta para regir su vida.
El verdadero noble, en cambio, es el que vive
en esencial servidumbre. Sí, servidumbre, no sólo servicio sin más, sino
entrega a algo determinado, en lo cual se hace egregio. Le toma sabor a su vida
solamente si la hace consistir en un servicio a algo trascendente o superior y
por ello no toma la necesidad de servir como una opresión. No quiere decir ello
que todo siervo haya sido en la práctica un noble de actitud, sino que la
nobleza exige por sí misma el servicio, no que el sometimiento de una clase de
personas signifique que le están confiriendo la oportunidad a los sometidos
para que sean nobles, sino que el noble se siente satisfecho en cuanto sabe que
su servicio es producto de la necesidad por darse, por contagiar, transmitir y
compartir esa especie de energía que lo impulsa a ser lo que es. La nobleza,
pues, se define por las obligaciones, no por los derechos. Por ello las concesiones
y los privilegios de los nobles no son regalías, sino conquistas y
merecimientos por su servicio.
El punto preciso donde Ortega ofrece en
breves palabras lo que él piensa y concibe como el hombre noble, o bien, la
significación que le otorga a la noción de nobleza es el siguiente:
Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta
siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya es hacia lo que se
propone como deber y exigencia. De esta manera, la vida noble queda
contrapuesta a la vida vulgar o inerte, que, estáticamente, se recluye en sí
misma, condenada a perpetua inmanencia, como una fuerza exterior no la obligue
a salir de sí. De aquí que llamemos masa a este modo de ser hombre, no tanto
porque sea multitudinario, cuanto porque es inerte.
Conforme se avanza por la existencia,
va uno hartándose de advertir que la mayor parte de los hombres — y de las
mujeres — son incapaces de otro esfuerzo que el estrictamente impuesto como
reacción a una necesidad externa. Por lo mismo, quedan más aislados y como
monumentalizados en nuestra experiencia los poquísimos seres que hemos conocido
capaces de un esfuerzo espontáneo y lujoso. Son los hombres selectos, los
nobles, los únicos activos, y no sólo reactivos, para quienes vivir es una
perpetua tensión, un incesante entrenamiento. Entrenamiento = áskesis.
Son los ascetas.[6]
En este mundo globalizado en el que no se distinguen las diferencias y el
hombre tipo de la masificación, común y corriente, se cree capaz de asumir el
poder y decidir hasta en la moralidad de los demás, o bien, ni siquiera le
interesa, argumentando falta de méritos por parte de la autoridad que
recomiende o exija tal distinción, en el que cualquiera puede opinar y se forma
parte de un estándar o una homogeneidad, es donde existe el reto para
sobresalir por parte del noble y valiente con su actitud de esfuerzo. No por
error ha habido autoridad en el mundo, y no precisamente se gana ésta con
corrupción. La autoridad verdadera y también el respeto pueden ganarse con una
actitud de nobleza.
La nobleza que propone Ortega, entonces, no
es la de los títulos otorgados, no es la que se hereda y ostenta siempre
elegancia y glamour. La nobleza propuesta por Ortega es más bien una necesidad
ante el inminente imperio de las masas, cuyo mandato y hegemonía ha sido ya brevemente
descrito y que será abundantemente tratado en lo sucesivo. La identificación de
los problemas que atañen a la vida colectiva y la degeneración de ciertos
valores son también elementos a considerar para entender cabalmente la diferencia
entre el hombre-masa y el hombre noble.
Ya el mismo hecho de esforzarse
por imitar a quien verdaderamente es alguien sobresaliente y distinguido en
cualquier ámbito, es para el snob una posibilidad de engrandecerse, para ser
también egregio, aunque equivoque el camino fijándose solamente en la
superficie, en la apariencia y mimetizándose igualmente en lo superficial.
Mientras no haya como respaldo una nobleza interna, no podrá llegar a ser tan
distinguido, original y egregio como aquella o aquellas figuras a las que
imita. Sin embargo, el snob tiene una ligera ventaja sobre el hombre-masa: sus
deseos por ser mejor, aunque se equivoque al creer que lo logrará tan sólo a
fuerza de aparentarlo.
El problema concreto que nos
proponemos examinar es el de la génesis y desarrollo del estado de cosas en las
que creemos que existe carencia de nobleza en el mundo masificado, marcada por
un proceso circunscrito y contagiado, caracterizado por un declive moral en su
totalidad. Sine nobilitate es la ausencia de nobleza, situación que se da con
mayor énfasis por las condiciones que el mundo masificado presenta. Esa es la
tesis que queremos exponer.
Las masas, la burguesía, los nobles, los esnobs. Ubicación histórica y conceptual.
Cuando nos referimos a las masas no lo
hacemos en el sentido marxista del proletariado, es decir, no con el argot
propio de los discursos marxistas para referirse a las mayorías desprotegidas, ni
a la categoría dada simple y llanamente para las multitudes. Es cierto que las
características de las masas tendrán que ver en nuestro análisis con el
crecimiento demográfico; pero no les consideraremos su condición cuantitativa,
sino cualitativa o moral, del tal modo que al referirnos a las masas, tomamos
en cuenta una forma de ser, no el número de personas que históricamente
surgieron como el proletariado. Recordemos que las multitudes de los otrora
Burgos convertidos en ciudades en los tiempos de explosión o extensión de la
llamada revolución industrial, o eran los obreros descendientes de los siervos
en la época feudal, o eran los trabajadores de los gremios que no lograron
consolidarse y tuvieron que emigrar a los Burgos, o eran personas que no
lograron insertarse en el mercado laboral como obreros en los tiempos en los
que comenzó el surgimiento de las máquinas cuyas tareas poco a poco sustituían
la manufactura hecha por personas; o bien, por último, los propios obreros que
antaño eran ocupados en los talleres y las fábricas, pero que, ante el surgimiento
de las nuevas máquinas, quedaban desempleados, provocando así las crisis
económicas recurrentes que dieron origen, entre otras cosas a las ideas
revolucionarias y al socialismo utópico, así como al marxismo y a los movimientos
sindicales para pretender trastocar la naciente hegemonía de la burguesía.
Por su parte, la burguesía nos
sirve aquí para diferenciar y aclarar la génesis de la problemática en torno a
la cual Ortega y Gasset explica La
rebelión de las masas. Tampoco Ortega entiende por separado a las masas y a
la burguesía, porque para él las masas son la burguesía, la misma clase social
que prevaleció en el cambio político operado frente a las monarquías europeas y
que dio origen a las naciones modernas, la clase social dominante luego de las
grandes revoluciones y la proclamación de los llamados derechos del hombre y
del ciudadano, la misma clase social que impulsó las democracias modernas. Otra
vez manifestamos el carácter cualitativo de tal consideración: los burgueses,
más que un número determinado de personas, eran para Ortega una categoría de
hombres cuya prerrogativa asumida fue la de reaccionar en contra de las
monarquías europeas. La explicación histórica nos auxilia en este punto para
recordar la pirámide social en la época feudal: a la cabeza estaba el rey,
dueño y señor de todas las tierras del reino; después estaban los nobles, los
de títulos —estos sí— cuya función era la de administrar y disfrutar los
privilegios ganados muchas veces en combate y demostrando lealtad y valentía a
la monarquía. Los Burgos fueron formados gracias a la creciente independencia
económica, tecnológica y social de los artesanos con respecto de los señores
feudales; luego, cuando la técnica fue perfeccionándose y los nuevos inventos
científicos más los avances tecnológicos aportaron las primeras máquinas el
trabajo artesanal se convirtió en industrial, por lo que los burgueses se
convirtieron, en cierto sentido, en industriales.
En cuanto a los nobles debemos
decir que como clase social fueron las personas que históricamente se
beneficiaron del sistema feudal: tanto económica, como política y socialmente.
En su génesis obtenían el reconocimiento de los monarcas[7] gracias a su desempeño principalmente
militar. Eran nombrados caballeros o se inventaron diversos rangos y
denominaciones para agruparlos y darles cierto poder, por lo regular éstos
llegaron a poseer algunos castillos, tierras, siervos, etc. Los herederos de
los primeros notables ya no necesariamente demostraban el valor en la pelea, ni
se sometían a las pruebas que sorteaban sus padres o antepasados, por lo que
los privilegios que tenían ya no dependían del mérito, sino simplemente de sus
lazos sanguíneos con los valientes de antaño. Hasta aquí los nobles desde el
punto de vista político. Cabe referirnos a ellos para diferenciarlos de la
nobleza de la que estaremos haciendo reflexión, que no es esta, sino aquella
otra que tiene que ver con la conducta humana, es decir, la actitud moral, la
virtud moral de la nobleza. Otra vez consideramos, no el elemento material,
histórico-político-social, sino la característica moral de la notabilidad
mediante la entrega y exigencia como actitudes.
El título del presente trabajo
alude al texto y a la nota al pie de página que agrega Ortega en La rebelión de las masas para explicar
el origen de la palabra “snob”. En el texto del mismo libro se lee: «Tiene sólo
apetitos (el hombre-masa), cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene
obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga -sine nobilitate-, snob.»[8] Y en la nota al pie de página encontramos
la siguiente explicación: «en Inglaterra las listas de vecinos indicaban junto
a cada nombre el oficio y rango de la persona. Por eso, junto al nombre de los
simples burgueses aparecía la abreviatura
s. nob., es decir, sin nobleza. Este es el origen de la palabra snob».[9]
Snob, desde el punto de vista de
su raíz como palabra, es aquel que no tiene ningún título de nobleza. Los
simples burgueses, como Ortega bien los distingue.
La palabra “snob” ha mutado en
su uso. Ya no denomina a alguien sin título alguno. Se aplica más bien a las
personas que se ven afectadas hasta el punto del mimetismo por quienes
consideran distinguidas. Los que imitan las modas y las formas de quienes
materialmente son poderosos u ostentan algún tipo de excelencia, sea cual sea
el ámbito donde se desenvuelven, esos son los snobs de nuestros días. También
—y estos son aún más peligrosos— aquellos que tratan en general de aparentar lo
que en realidad no son y que además lo hagan ostentosamente para tratar de
engrandecerse o ser reconocidos. Así, puede acontecer que alguien se ostente
como un personaje distinguido por la naturaleza de la actividad que realiza,
pero que realmente no tenga los méritos necesarios para respaldar la imagen que
presenta. Hay engaño para quienes le tienen por alguien distinguido, y en sí
mismo carece de la verdadera nobleza, de ahí su condición de snob.
En los tiempos de Ortega no
había tal distinción; si bien nuestro autor no la hace, cuando aclara el
surgimiento del término “snob”, lo clasifica a la par del nuevo hombre del cual
hace su diagnóstico, es decir, del hombre-masa; pero los tiempos y los
acontecimientos hasta nuestros días han provocado la diferencia que antes se
explicó. Por ello es preciso que rescatemos, con sus debidos matices el sentido
originario del término. Ese es uno de los propósitos del presente trabajo:
reflexionar sobre la carencia de nobleza y asumiendo que el snob y el
hombre-masa tienen esa misma carencia, pero asumiendo y distinguiendo también
que hay quienes tratan de aparentar lo que no son y por ello imitan, y quienes
ni siquiera tienen esa sed, ni nada les mueve a ser y hacer algo, mucho menos a
poseer algo de nobleza.
El mismo Ortega prevenía a sus
lectores del posible equívoco que consiste en etiquetar el diagnóstico moral,
religioso, económico, etc., en el frasco parcial de lo político o lo social: «conviene
que se evite dar desde luego a las palabras “rebelión”, “masas”, “poderío
social”, etc., un significado exclusiva o primariamente político. La vida
pública no es sólo política, sino, a la par y aun antes, intelectual, moral,
económica, religiosa; comprende los usos todos colectivos e incluye el modo de
vestir y el modo de gozar».[10]
El punto de partida.
Este trabajo pretende ser una reflexión filosófica acerca de un problema
antropológico. No olvidemos que una de las muchas preocupaciones de los
filósofos y pensadores ha sido el tema del Hombre. Como humano, me interesa a
mí también todo lo que tiene que ver con lo humano.[11]
Si se logra el cometido de suscitar la reflexión sobre un aspecto de lo humano,
no deberá ser ajeno o pasar desapercibido ante los demás. Ortega y Gasset problematiza
con una cierta universalidad de la reflexión, o por lo menos la justificación
sobre tal preocupación cuando encuentra y expone en La rebelión de las masas que «el asunto de que trata (el libro) es
demasiado humano para que no le afecte demasiado el tiempo»[12] y el asunto es ocasional, por lo que
ubica sus textos y sus reflexiones en una circunstancia a la que
correspondieron, y es que el tiempo ha pasado desde que fue escrito dicho libro
y ahora nosotros retomamos el asunto en otro espacio y consideramos que en
efecto el tema que le ocupa sigue siendo vigente en nuestro mundo masificado o
globalizado. Parece ser que la rebelión identificada por nuestro autor ahora es
hegemonía de las masas. Rebelión de las masas puede ser también hoy dominio de
las mayorías. De alguna manera el orden —o desorden— global imperante en nuestros tiempos ya había
sido previsto o proyectado por la visión de nuestro autor.
El proceso de transformación de la sociedad y de la condición humana para
llegar a un estado de cosas como el que pretendemos demostrar que padecemos, ha
sido largo; se han involucrado en dicho proceso muchas situaciones, muchos
acontecimientos en diversos ámbitos: en las ideas representativas de las
generaciones, de los pueblos y de los hombres en distintas latitudes de nuestro
mundo, también en los hábitos, en las costumbres, en la nueva organización, en
el nuevo orden mundial, en la opinión pública, etc. El propósito de nuestro
trabajo es, utilizando los términos orteguianos, reflexionar en torno al
proceso por el que se ha pasado de una “rebelión de las masas” a una “hegemonía
de las masas”, y cómo en esa hegemonía se ha perdido en gran medida la práctica
de una virtud, de una práctica moral que es la nobleza.[13]
No haremos un diagnóstico exhaustivo sobre la situación moral de nuestro
tiempo, o incluso de la virtud por excelencia, pues ocuparía mucho más de lo
que modestamente podemos ofrecer en el presente trabajo, pero sí ensayaremos y
reseñaremos concretamente la situación moral de nuestro tiempo en lo que tiene
que ver con este asunto que consideramos central, de la pérdida de la nobleza.
Dicha hegemonía tiene que ver también con la sociedad, con la relación
entre los miembros de los grupos humanos, y más concretamente dentro de este
gran grupo humano que alcanza magnitudes globales —la llamada “aldea global”—
gracias a los medios de comunicación. Todo esto lo convierte entonces también
en un problema moral. Más en el fondo es un problema de la Modernidad o de cómo
ésta ha mutado en algo distinto, no necesariamente hacia la llamada “posmodernidad”,
sino en masificación invertebrada, sin moral, sin rumbo ni planeación, sin
verdaderos líderes ni valores que ofrezcan el soporte de toda vida en sociedad
tolerable. Es también en el fondo el problema del cambio histórico de la
humanidad, del abandono de ciertos valores de antaño y de un cierto desdén por
la tradición.
* * *
Permítame el lector retomar aquí una consideración que ya tuve antes
oportunidad de exponer, pues la pertinencia de lo dicho cabe aquí para lo que
pretendemos asentar: «Algo se opera en el hombre que sobresale con su hacer
respecto de los demás. Algo se opera también en aquellos que rara vez se
entregan a sus quehaceres para dar más de lo que pueden dar de manera
“estandarizada”. Hay hombres que se distinguen por su genialidad, sus
aportaciones a la vida colectiva, a los avances científicos, a una mejor
organización social o para determinadas y muy variadas situaciones. Los hay que
viven y hablan y sienten y piensan tan profunda y extraordinariamente hasta el
punto de parecer extraños y hasta molestos a los demás».[14]
Más allá de las contextualizaciones, las delimitaciones, los deslindes y
los cabos que se atan para identificar el problema entre bloques de pensamiento
o distintas épocas de la historia, tenemos que adelantarnos a señalar que el
verdadero problema está en el ámbito próximo de cada persona; pero debemos
decir que es también un problema que envuelve a la sociedad, que se manifiesta
en terrenos globales, y afecta a pueblos enteros. Es el problema de la pérdida
de nobleza en el mundo masificado.
¿Y dónde podremos encontrar y verificar concretamente la pérdida de la
nobleza como problema moral en nuestros tiempos? En muchas de las actividades
realizadas por el ser humano, pues puede distinguirse siempre una mayor o menor
entrega de quien las hace para lograr lo mejor en cada una de ellas. Asimismo,
tenemos una tendencia a asomarnos a las situaciones donde podemos distinguir,
si es de nuestra incumbencia, ya sea porque nos afecte o nos beneficie en algo,
la conducta, el proceder y la mayor o menor entrega también de quienes están a
cargo de las actividades de carácter colectivo, público, no necesariamente
político, sino de cualquier índole institucional o colectiva en la que exista
la distinción entre el grupo y el dirigente. Tanto en la relación entre los
miembros de un grupo con su dirigencia, como en la relación entre los propios
miembros del grupo, en cuanto tales, se tensan y se identifican estos rasgos de
entrega, esfuerzo y exigencia, contrastados con la desidia, el poco esfuerzo,
la indiferencia, la desgana y, por ende, los errores, las frustraciones y todas
las fallas y anomalías de la sociedad. Así, por ejemplo, el obrero puede darse
cuenta, según su entrega al trabajo, acerca de la diferencia entre aquel que se
exige a sí mismo y cualquiera otro que vive en una especie de monotonía y no da
frutos evidentes y notables en su actividad [15];
de la misma manera, es decir, distinguiendo los buenos frutos, los del
esfuerzo, de aquellos otros que evidentemente resultan inservibles e indignos
de mérito alguno, el estudiante, el profesor, el carpintero, el servidor
público, o cualquier agente que lleve a cabo tareas en las que tenga relaciones
de trabajo en aras de lograr ciertos fines que habrán de ser el objetivo de
todo grupo, en cuanto grupo, por la naturaleza propia de la actividad a la que
cada uno se dedique, puede identificar hasta qué punto se ha entregado y hasta
qué punto otros no son más que personas desubicadas, intrascendentes,
conformistas, indiferentes, etc. Y también resulta lógico pensar que si se
tiene la facultad de erigir a quien habrá de conducir de una u otra manera
algún grupo, institución o pueblo, será siempre alguien a quien comúnmente
identificamos como honorable o digno para tal tarea. Sin embargo, no siempre ha
sido así, pues no siempre existe —solamente por aportar un ejemplo— en el
ámbito laboral una clara distinción entre quien se sacrifica, rinde y se
fortalece mediante la superación en su actividad, y quien inmerecidamente pasa
su vida ocupando un sitio del cual bien podría considerársele indigno por no
saciar o buscar definitivamente la necesidad de perfección que requiere su
actividad; ni entre los estudiantes esforzados y talentosos, por no decir que
seguros de estar donde están y pretender hacer crecer y perfeccionar la labor
que buscan desempeñar al prepararse en lo que estudian, con aquellos otros que,
por azares del destino o por una mala orientación no saben aún por qué estudian
eso que eventualmente han elegido, o que, aun sabiéndolo, no tienen la más
mínima intención de hacer más perfecta la labor que habrán de desempeñar como
profesionales; ni entre los profesores que verdaderamente enseñan, los que
profesan, los que producen y proponen, los que constantemente se capacitan y
forman, los que buscan hacer más noble su labor, con los que no lo hacen; ni
los servidores públicos que se entregan en el más puro sentido del servicio,
con los que se sirven a sí mismos y satisfacen sus propios intereses a costa de
quienes, en este sistema democrático, los han favorecido. Sé que es inevitable
la intromisión en el ámbito al que algunos podrían considerar y defender como
muy particular, propio de quienes harán su tarea con ahínco o sin afán de
notabilidad, pero, dado que muchas circunstancias nos son comunes a todos y la
mayor o menor entrega se ve reflejada en la vida de comunidad o sociedad, ya da
para una revisión y diagnóstico de la situación, por ello es pertinente revisar
o reflexionar sobre dicho ámbito, para tratar de identificar el por qué de esa
aparente falta de distinción entre los notables y los que no lo son. Y para tal
efecto habremos de revisar la obra de quien ya hizo antes una tarea así, no simplemente
para emular, reproducir o repetir el recorrido que hizo para darse cuenta de
todo ello, sino, sobre todo, para tratar de actualizar su discurso, por una
parte, y aportar los elementos en los que pudiera haber resultado errático el
diagnóstico de tal autor, por otra parte, así como enunciar las posibles causas
del cómo se ha cumplido lo identificado por él hasta nuestros días.
[1] Cfr.
Ingenieros, José, El hombre mediocre, («Colección
“Sepan cuántos…” número 270»), XVII edición, México, Ed. Porrúa, 2004, p. 70.
La primera edición se hizo en Madrid, en el año de 1913.
[2]
Ibidem.
[3] Op.
cit. p. 73.
[4]
Ortega y Gasset, José, La rebelión de las
masas, En Obras completas (O. C.)
Tomo IV, 2ª Reimpresión, Madrid, Alianza Editorial-Revista de Occidente, 1994.
pp. 180-185. La primera edición fue publicada como libro en 1930. Los artículos
que componen la obra comenzaron a aparecer en el periódico madrileño El
Imparcial, en el año de 1926, hasta que Ortega decidió agruparlos, editarlos y
publicarlos como libro. La edición de la que me sirvo para el presente trabajo
es, pues, la de las Obras Completas que Alianza Editorial y la Revista de Occidente
produjeron por primera vez en 1983 precisamente en el centenario del natalicio
de nuestro autor— aunque debemos hacer notar que las Obras Completas se han
estado editando en diversas versiones y actualizaciones desde 1934, aunque
aparecieron como un primer corpus a partir de 1946. Cfr. La presentación de
Paulino Garagorri en las Obras Completas que retomamos.
[5]
Hombre-masa es el término que Ortega utiliza para referirse al hombre tipo, al
representante, al protagonista de la rebelión de las masas que denuncia en su
obra. Nosotros lo tomamos aquí como el hombre tipo de la masificación, como el
representante por sus características y su condición moral de este nuevo orden
de vida al que nos referimos.
[6] op.
cit. La rebelión de las masas, p. 183.
[7] Cfr. Von
Ranke, Leopold. Pueblos y estados en la
historia moderna. Sobre el origen germano de los títulos nobiliarios
europeos.
[8] Op.
cit. p. 121.
[9] Ibidem.
[10] Ortega, op. cit. p. 143.
[11] Como
bien nos lo recuerda Unamuno, tomando como guía a Terencio, con respecto de la
concreción o destinatario de nuestras cavilaciones en Del sentimiento
trágico de la vida en los hombres y en los pueblos: “nullum hominem a me
alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño (...) El hombre
de carne y hueso, el que nace, sufre y muere, el que come y bebe y piensa y
quiere: el hombre quien se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero
hermano”. Ed. Porrúa. Colección “Sepan cuantos...” Número 402. Pág. 3.
[13] Más
adelante aclararemos cómo es que en nuestros tiempos la búsqueda de la
excelencia está ligada a una cierta productividad, más que a una superación o
trascendencia en el ámbito moral. Ortega lo esquematiza oponiendo la ética
industrial, nueva desde sus tiempos y desde los tiempos en que se dio la
revolución industrial, ampliamente conocida y experimentada en nuestros tiempos
(entre más produces mercancía y reditúas ganancias al bolsillo de los grandes o
medianos capitalistas, más vales, y hasta te sientes mejor contigo mismo), a la
ética del guerrero, del que lucha por el honor, del que se entrega sin esperar
beneficio material o económico a una causa que le hace trascender, actitud más
próxima a la nobleza sobre la que queremos abundar.
[14]
Hernández Castelano, Julián, «Vida de lucha y vida noble. Similitudes de la
moral de la entrega de sí en Unamuno con las autoexigencias de la nobleza en
Ortega», Diario de Querétaro, Año
XLIV, 16478, 24 de diciembre de 2006.
Página 4 del suplemento cultural Barroco.
[15] No
nos referimos simplemente a la productividad material, sino a la entrega física
y el esfuerzo de todas las facultades necesarias para lograr algo más que la
productividad: la realización misma de cada persona mediante el trabajo; que
sea el trabajo bien hecho lo que le haga sentir mejor, así, podrá acontecer que
desde el punto de vista material la productividad sea mínima, pero es que aun
lo poco que se produzca tendrá la gracia de ser un producto excelente. Otra vez
podemos decir aquí que nos referimos a la calidad, a la cualidad del trabajo,
no a la cantidad ni a las luchas por los medios de producción o cosas por el
estilo. Capitalismo o no, queremos dejar claro que primero está lo cualitativo
en cuanto proporciona esa realización como personas, más que lo cuantitativo o
la controversia política de las luchas de clases.

~ 0 comentarios: ~
~ Publicar un comentario ~