Sine nobilitate. Introducción 2.

martes, 17 de marzo de 2015

Es la segunda parte de la introducción de mi tesis de licenciatura.

Reflexiones en torno a la dimensión moral del mundo masificado.

 

Julián Hernández Castelano

El camino abierto por José Ortega y Gasset.


Nuestro principal guía en el recorrido que pretendemos hacer es el filósofo español José Ortega y Gasset, quien hacia las primeras tres décadas del siglo XX hizo un diagnóstico importante sobre la situación de su tiempo.[1] Su diagnóstico —principalmente en La rebelión de las masas— gira en torno a la toma del poder por parte de las masas, es decir, la rebelión y posterior dominio de las mayorías, situación que considera problemática porque muchos aspectos de la vida tienden a masificarse y en un ambiente masificado no se distinguen las diferencias y no se aceptan seres distintos, superiores, notables y más selectos, lo cual suprime y rechaza la posibilidad de que sean realmente los mejores los que dirijan a las grandes masas. Seguramente esto puede suscitar debates pertinentes y reclamos legítimos sobre las formas de gobierno y de vida de los pueblos. No es el caso ahora detenernos en ello, pues nos interesa concentrarnos en el análisis de la ocasional propuesta de Ortega y su idea acerca de lo que representa el hecho de que sean los mejores quienes rijan. Una obra como La rebelión de las masas suscita siempre una serie de análisis cuyo enfoque suele ser de índole política; se le estudia tratando de encontrar una propuesta o un programa de acción. No hay tal. Hay, eso sí una preocupación por señalar lo que ocurre en la circunstancia europea —y con ella, occidental, por cuanto tiene de vigente el problema de cara a los distintos pueblos cuyas formas de vida se emparientan con el Occidente europeo—, concretamente la española. Es, en su mayoría, una preocupación antropológica, por el nuevo tipo de hombre que emerge, el hombre-masa y como consecuencia, la sociedad-masa, con deseos ilimitados, sin rumbo real como pueblo, etc.
La rebelión de las masas también es la pérdida de autoridad que Europa padece ante el resto del mundo; lo es también el proceso de desmoralización al que se llega desde hace ya por lo menos dos siglos —o quizás antes todavía— (tomando en cuenta lo que había ya transcurrido hasta el tiempo de Ortega); lo es también la posibilidad del fin de la Modernidad, o al menos su transformación. Hay, por otra parte, según observa nuestro autor, una creencia de que se ha llegado al culmen de los tiempos, es decir, que los tiempos actuales son los tiempos mejores y todo tiempo pasado fue un proceso o un antecedente para llegar a la pretendida plenitud del tiempo actual; y, por lo mismo, hay también una especie de conciencia carente de tradición e historia, esto es, una especie de desdén por todo lo que representa la tradición y el legado de los grandes hombres y las culturas de tiempos pasados, así como un desconocimiento voluntario o involuntario de la historia; y, además, una actitud de satisfacción ante aquello de lo que se hace uso sin considerar el esfuerzo realizado por otros. Cabe sin embargo hacer notar que pudiera haber estudiosos y personas conscientes de lo que representan los tiempos pasados y que, aún así, deriven de sus estudios una convicción ajena a lo que podría considerarse como grandeza de otros tiempos. Evidentemente nos referimos aquí a esos muchos otros que, voluntaria o involuntariamente se ven alejados de todo reconocimiento por lo logrado en generaciones pasadas.
Aborda Ortega también el hecho de las aglomeraciones. Hace una reflexión acerca del crecimiento demográfico ya crítico en su época y en su continente. Aquello ocurrido en Europa hace un siglo, en la “periferia” hoy lo padecemos nosotros y sería pertinente la reflexión al respecto. El lleno en todas partes es una de las características de la rebelión y ahora de la hegemonía de las masas. Las ciudades —nos comenta Ortega para ilustrar este hecho— están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las salas de los médicos famosos, llenas de enfermos. Los espectáculos, como no sean muy extemporáneos, llenos de espectadores. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio.[2] Hay un lleno en todas partes y las gentes se sirven de los utensilios y se alimentan de los jugos de la civilización.[3]
La subida del nivel histórico y el crecimiento de la vida son también caracteres de la rebelión de las masas. Desde el momento en que las grandes masas han tenido acceso a toda clase de actividades o cosas de las que sólo podían gozar antaño las minorías, al hacerse más fácil el acceso al confort o al acomodo de ciertas cosas, es como si el nivel histórico se hubiese elevado, pues «el hombre medio —dice Ortega— representa el área sobre que se mueve la historia de cada época; es en la historia lo que el nivel del mar en la geografía. Si, pues, el nivel medio se halla hoy donde antes sólo tocaban las aristocracias, quiere decirse lisa y llanamente que el nivel de la historia ha subido de pronto — tras de largas y subterráneas preparaciones, pero en su manifestación, de pronto —, de un salto, en una generación. La vida humana, en totalidad, ha ascendido.»[4] Por su parte, el crecimiento de la vida tiene que ver con un mayor ramillete de posibilidades para realizar tareas o actividades ante la facilidad con la que se dan las cosas. En ese sentido los avances científicos y tecnológicos, aunados a la producción masificada, al mercado, a la publicidad y la llamada “cultura del consumo”, nutren hoy los voraces deseos de las grandes masas.
Otra de las causas que Ortega encuentra de la rebelión de las masas es la inconveniencia de la adaptación que la educación pretende hacer para dominar las nuevas técnicas en la modernización, pues considera que:

En las escuelas, que tanto enorgullecían al pasado siglo, no ha podido hacerse otra cosa que enseñar a las masas las técnicas de la vida moderna, pero no se ha logrado educarlas. Se les han dado instrumentos para vivir intensamente, pero no sensibilidad para los grandes deberes históricos; se les han inoculado atropelladamente el orgullo y el poder de los medios modernos, pero no el espíritu. Por eso no quieren nada con el espíritu, y las nuevas generaciones se disponen a tomar el mando del mundo como si el mundo fuese un paraíso sin huellas antiguas, sin problemas tradicionales y complejos. Y rebosando toda posible sofisticación, nos encontramos con la experiencia de que al someter la simiente humana al tratamiento de estos dos principios, democracia liberal y técnica, en un solo siglo se triplica la especie europea.[5]

El dato estadístico queda ahí manifestado y refiere el problema educativo ante los cambios suscitados dentro del crecimiento demográfico y de la vida.
Luego comienza Ortega a realizar lo que él mismo llama la disección del hombre-masa, cuyo diagrama consiste en la libre expansión de sus deseos vitales y la ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia, como si fuese un niño mimado. Es por ello que «la perfección misma con que el siglo XIX ha dado una organización a ciertos órdenes de la vida, es origen de que las masas beneficiarias no la consideren como organización, sino como naturaleza».[6] Sobre el cómo es esto posible y sobre la delimitación definitiva de estos dos grupos mencionados, se procurará tratar en este trabajo.
Ante todo ello, la hipótesis de Ortega es que la ausencia de la auténtica nobleza ha sido el efecto de la descomposición derivada de la masificación, pues no sólo considera a ésta última como el aglutinamiento desmedido, sino también como el poder en manos de las mayorías carentes de nobleza, de esfuerzo, de exigencia por ser y hacer más de lo que se puede ser y hacer. Y es preciso hacer notar que no se habla solamente de la masificación cuantitativamente, sino también cualitativamente. Este análisis de Ortega puede emparentarse solamente en algunos aspectos con el fenómeno de la globalización que estamos padeciendo en nuestros días, en otras palabras, podemos decir que hay una coincidencia entre ciertas situaciones que él señalaba a propósito de la masificación con determinadas características dentro de lo que puede entenderse como globalización; sin embargo, es preciso deslindar y delimitar qué características de nuestros tiempos de globalización son las que coinciden con su análisis, pues no todas ellas son comunes a lo señalado por Ortega y, por otra parte, es preciso adelantar que en gran parte es un equívoco tomar por cierto todo lo que supuestamente trae consigo la globalización, pues no es válido, decisivo, ni aplicable a todo lo que hay en nuestro entorno lo que de ella se pregona. Por ello, una caracterización sobre algunos aspectos de la globalización aclarará hasta qué punto ésta es la continuación de la rebelión de las masas.
Si consideramos que la rebelión de las masas ha inundado hasta abarcar en nuestros días los múltiples aspectos de la vida de la sociedad, habremos de analizar cómo es que se ha llegado a un punto en el que hasta las propias disciplinas o ciencias padecen este desorden. Es así como reconoceremos hasta qué punto la filosofía se ve envuelta en esta problemática situación. Así pues, un diagnóstico acerca de la globalización, de la rebelión de las masas y de cómo la filosofía padece y participa de todo esto, habrá de aclarar los límites y las actualizaciones pertinentes del discurso y el análisis de Ortega.
Puede identificarse, entonces, que en la obra de Ortega es la falta de nobleza, como él la entiende y como pretendemos explicarla, el efecto de la rebelión de las masas. La falta de nobleza también cunde en nuestros tiempos, por ello retomamos el problema para aplicar el diagnóstico a nuestra circunstancia. Si aceptamos que en nuestros tiempos hay esa misma rebelión de las masas y, de una forma exagerada, el mismo fenómeno convertido en algunas características de la globalización, y que la actitud de nobleza se ha ausentado ante la indiferencia o hasta el desconocimiento por parte de las masas actuales, lo que cabría preguntarnos y es el punto central del problema, es lo siguiente: ¿Cómo es que se ha llegado en la actualidad a un punto así, de falta de nobleza, de rebelión exagerada o hegemonía de las masas? ¿Por qué se han dado las condiciones para que florezcan las ideas propias y la formas de vida de los hombres-masa? Y aún más concretamente: ¿Hay esta actitud propia del hombre-masa dentro del ejercicio intelectual? Y si así fuere: ¿Cómo es que se ha pasado del intelectual noble al intelectual masa?

El itinerario.


Por todo ello, el itinerario a seguir en el presente trabajo será el de lograr describir, primeramente, la rebelión de las masas, tomando como base la obra de Ortega, ayudándonos de su diagnóstico, para comenzar a hacer el diagnóstico de nuestros propios días. Para ello habremos de analizar algunas propiedades de la masificación en el tiempo actual, a la luz de estudios contemporáneos, procurando mediante esbozos dar cuenta de dichas propiedades y su relación con el problema que nos ocupa, tales como el proceso demográfico para formarse una situación de masificación, el paralelismo y el mimetismo de los problemas globales con los regionales —o viceversa, según sea el caso—, el proceso de homogeneización que estamos viviendo, es decir, la creciente uniformidad que trae consigo la forma de ser de la masificación, la influencia de los medios masivos de comunicación sobre las masas, el problema de la identidad, la moralidad —o inmoralidad— de la sociedad masificada, el problema de la mutación de valores en nuestros días, la problemática que implica la democracia contemporánea, el problema de la autoridad y la indocilidad en la sociedad contemporánea, la caracterización del mundo globalizado con sus limitaciones y equívocos, etc., todo ello para dar cuenta del cambio sociológico que se ha operado hasta llegar al estado de cosas principalmente desde el ámbito moral. El acercamiento al problema que nos ocupa será entonces en la primera parte desde el punto de vista sociológico.
En la siguiente parte —tratando de seguir un esquema deductivo, es decir, de lo general o externo, hasta lo particular o personal— nos acercaremos al mismo problema, pero ahora desde el análisis antropológico del mismo, pues tomaremos en cuenta aspectos o actitudes anómalas, propias de la nueva forma de ser del mundo masificado, tales como: la mediocridad imperante en muchas de las tareas que ejerce el hombre actual; la indiferencia con la que se conduce de cara a las situaciones que se le presentan, dejando con ello una estela de problemas y anomalías para su propia vida y para la de los demás, impidiendo la mínima convivencia; la ignorancia característica del hombre contemporáneo, lejos de todo rigor racional elemental; la actitud pueril asumida hasta el punto de restarle seriedad a los asuntos que lo merecen y trivializando la formalidad hasta caricaturizarlo todo; la exigencia de derechos sin aportar la corresponsabilidad de sus deberes; la nueva postura que el hombre tipo de la masificación guarda ante las instituciones otrora rectoras y hoy rechazadas u olvidadas como la familia, el poder civil, la tradición y la religión, entre otras; todo ello para tratar de contraponerlo con la vocación esencial del noble, para hacer notar la diferencia y la necesidad de observar cómo es que, precisamente, la pérdida de nobleza y la ausencia del sentido humano para las consideraciones morales, es decir, de la auto observancia de sus actitudes y su conducta y sobre todo, el anhelo por lograr la excelencia, han cambiado el orden antropológico y social de nuestro mundo, de nuestros tiempos, en un proceso de declive, precisamente moral, tal como trataremos de explicarlo.
Y la última parte del trabajo será la de aplicar el problema moral de la pérdida de la nobleza en el ámbito de la labor intelectual, para tratar de responder a las preguntas antes planteadas, es decir, si el hombre de la masificación puede ser educado, entendiendo que la educación como tal exige el esfuerzo para lograr la excelencia, que para ser este tipo de hombre no se requiere la educación, sino el acomodo y que el esfuerzo y la excelencia en la educación forman al noble. También, si dicho hombre puede llegar a ser un auténtico intelectual, puesto que podríamos identificar ciertas virtudes similares y compañeras de la nobleza en los grandes pensadores conocidos. Nos acercaremos al problema de cómo se ha perdido la nobleza en la labor intelectual. Asimismo, se intentará responder a la pregunta de qué tipo de filosofía o de labor intelectual puede hacer este hombre tipo de la masificación, para identificar brevemente la situación de la práctica intelectual actual en nuestro ámbito y emitir algunas notas acerca del porvenir de la misma. Será importante tener en cuenta cómo es que el equívoco de la palabra “cultura” ha hecho degenerar la labor intelectiva de nuestros días, entre otras cosas que históricamente —desde el punto de vista del pensamiento, de las ideas, y de la propia historia “política”, “social” o “civil”— han contribuido al cambio de esquemas conceptuales para suplantar e implantar el enfoque nuevo sobre muchas cuestiones actuales, provocando una especie de miopía intelectual —sino es que una paralización— del mismo ámbito. Se ofrecerá como contrapunto la otrora función de los clérigos —a los que debiera considerárseles como los verdaderos intelectuales— para establecer los retos de quienes pudiesen pretender convertirse en verdaderos intelectuales o clérigos y, desde luego, para deducir retos de la labor intelectual.






[1] El diagnóstico de su tiempo, así como la exposición de sus hipótesis para dar cuenta de cómo se llegó hasta ese punto que identifica como problemático, lo expuso a lo largo de toda su obra; pero principalmente en obras como La rebelión de las masas, España invertebrada, Meditaciones del Quijote, El espectador, La deshumanización del arte, y algunos de los prólogos escritos para obras de otros autores.
[2] Ortega, op. cit. p. 144.
[3] Concretamente en nuestra circunstancia periférica podríamos oponer la prueba clara de que no sufrimos del espacio como en Europa, o como en España, que es lo que primeramente ve Ortega; sin embargo, tomemos en cuenta la creciente migración y éxodo que se ha producido para abandonar las grandes extensiones de terreno en el campo para concentrarse en las ciudades, para aglomerarse en los centros comerciales, para llenar con automóviles los espacios y las vías, etc., emulando hasta cierto punto infantil o irracionalmente la vida europea, como si no hubiese ese espacio al que antes nos referimos para vivir más desahogadamente. No es, pues, una condición similar la nuestra a la europea de los años de Ortega, ¡pero nuestra circunstancia o nuestro tiempo, o los hombres de nuestro tiempo pareciera que nos hemos esforzado porque así sea, o sufrimos de manera análoga, si no idéntica, del mismo fenómeno demográfico-cultural!
[4] Ortega. op. cit. La rebelión de las masas.  p. 153.
[5] op. cit. p. 173.
[6] op. cit. p. 138.


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