@jhcastelano
Podrá desmentirme y corregirme cualquier economista certificado o aficionado si me equivoco; pero creo que de repente se crean tantas expectativas por los hechos que tienen que ver precisamente con esos asuntos de las finanzas y en el fondo del bienestar pretendido para todos.
Siempre me ha parecido exagerado y hasta risible el que se mezcle el lenguaje de las emociones para explicar los tropiezos, principalmente, y los aciertos en el “comportamiento” de los mercados y de la economía. Así, por ejemplo, nos dicen que hay zozobra en los mercados por el triunfo de Trump y por eso el peso cae. Luego también que la renuncia de Carstens ya provocó volatilidad en los mercados y el peso cae. Si hay un anuncio de índole política nos llegan a decir que hay nerviosismo en los mercados y el peso cae. Si no logran explicarnos cómo es que la economía mexicana nunca crece según las expectativas que el mismo gobierno nos hace tener, apelan a eso, a las emociones —todas malas— de los inversionistas o de los mercados, o de los factores externos que obstruyen u obstaculizan el «perfecto andar de nuestra economía», si es que algún día eso sea posible.
Nunca he escuchado decir a político alguno en el poder —y a lo mejor tampoco a algún empresario— que están haciendo las cosas muy mal en lo que hace a la economía. No dirán jamás algo como “perdón, nos equivocamos, no era mejor aumentar los impuestos”, o “es que de verdad nuestra política de control de precios no le ayuda a los productores”, o bien “hemos implementado una errónea campaña de abaratamiento de los insumos y nuestros productos son caros sólo por la marca y no por la calidad de los mismos”, por decir algo. En asuntos macroeconómicos no cabe la autocrítica.
En asuntos de microeconomía o finanzas personales o familiares, sin embargo, sí pudiera darse la queja: “ya gastamos más de la cuenta”, “no estamos ahorrando nada y todo se nos va en gastos superfluos”. Eso si hubiese el hipotético caso de una buena formación o cultura financiera. La realidad es que no la hay, ni en lo micro, ni en lo macro. Aceptar un mal uso de los recursos daría cuenta de un estado ideal de cosas; pero sabemos que no es así y que más bien el despilfarro, la falta del cuidado de los recursos, la falta de planeación y programación y el mal empleo de lo monetario, o sea, el consumo sin ton ni son, dan cuenta de las causas más probables de la debacle económica a todos niveles. Sin contar, claro está, a la tan trillada idea de la causa de esa debacle enraizada en la corrupción y la clandestinidad de las mafias con sus recursos ilícitos.
Mucho se ha dicho también que nuestra generación nunca ha conocido otro estado de cosas más que la de la crisis económica. En efecto, quienes nacimos desde los 70’s del siglo pasado hasta la fecha no hemos visto más que una tras otra de las crisis que se suceden sin cesar, así que podemos tranquilamente permanecer inmunes ante los temores de otra turbulencia económica, mientras los pillos de siempre, o los que se supone que saben mucho de economía y operan desde los grandes consorcios financieros, empresas y gobiernos, no parece que tengan en sus grados de sofisticación, la fórmula para detener cualquier eventual caída de la economía mundial. Por lo tanto, nos siguen diciendo que todo se debe a causas oscuras, indeterminadas o misteriosas y que todo se entreteje e influye para que nada esté como deba estar, amén del nerviosismo de los mercados y la volatilidad e interdependencia de un montón de factores. El monstruo sigue allí y nadie puede explicar nada. La economía es un desastre y depende de las emociones de los inversionistas.
Así caricaturizando nos podemos imaginar a los magnates dueños de tantas empresas o a los corredores de bolsa, o bien en las islas Caimán o en sus mansiones de incalculable valor descansando en sus camastros flotantes de las albercas y tomando bebidas exóticas, rodeados de los más indecibles placeres y dirigiéndole la palabra al mundo atormentado para pedirle no molestar porque se puede poner de malas y cambiar unos cuantos bonos para que cierren diez empresas, provoquen diez mil desempleos directos, unos cien mil indirectos y un tropezón en tal o cual economía con consecuencias en otras de otros países emergentes o que dependen de los tratados de libre comercio y son interdependientes cual simbiosis celular; o a los corredores de bolsa salir en un mal día, desconcentrados porque estaban nerviosos por cualquier disputa íntima con quien sea y, entonces sí, causar pérdidas en las acciones de las empresas con la consecuente cadena de anomalías ya descrita. Es el miedo que tal vez quieren infundirnos a quienes ignoramos las complicadas tramas de los movimientos financieros o económicos.
Los temores se acrecientan pues, ante los signos de la “enfermedad”: el efecto Trump y sus restricciones comerciales, además de la amenaza de la renegociación del TLC y la no menos riesgosa deuda externa creciente que ha alcanzado niveles nunca antes vistos, entre otros muchos factores. Hay periodistas, analistas y “expertos” que no dejan de advertirnos sobre el límite peligroso que estamos viviendo entre una relativa estabilidad y el colapso financiero.
¿Se cumplirán los más catastróficos presagios en materia económica? Probablemente. ¿Deberíamos estar asustados? Como siempre. ¿Qué podremos hacer? Para paliar la crisis internacional y las finanzas públicas subsanar, nada; eso le toca a los políticos, economistas y funcionarios, si es que pueden. Para cuidar nuestras finanzas personales o familiares, mucho. Podríamos, por ejemplo, planear bien nuestros gastos por período, cuidando lo más posible despilfarrar en bienes de consumo superfluos y dando prioridad a lo ineludible, además de comparar precios y elegir adecuadamente. Suena trillado, pero el ahorro, aunque sea en pequeñas cantidades es importante. Requiere una disciplina diaria y continua de control de gastos, pero es posible y a la larga da mayores satisfacciones.
En lo referente a los temores macroeconómicos también se requiere para hacerles frente mayor audacia de nuestras autoridades políticas. Ahora que Trump amenaza con la revisión del TLC quiero recordar que el discurso de no pocos políticos izquierdosos ha sido en México el mismo que el de Trump: que el TLC no nos beneficia y que pretender competir comercialmente con Estados Unidos sólo les beneficia a ellos y que habría que revisar ese acuerdo comercial. Si Trump es coherente con su discurso, le va a cumplir los sueños a esos grillos de ocasión. La audacia se habrá de aplicar anticipándose a la revisión y buscando con ello desahogar otros acuerdos u otros socios comerciales allende los Estados Unidos. Se me dirá que no es fácil y que implica mucho tiempo, afinar estrategias, etc; y yo diría que precisamente por eso implica mucha audacia.
Otra de las amenazas de Trump es la de impedir a empresas de su país para invertir en el nuestro. Ahí aplica y procede lo del fortalecimiento del mercado interno y lo del aumento de la planta productiva local. ¿Cuántos jóvenes de nuestro país estarán ideando ahora mismo poner ellos su propia empresa antes de depender o emplearse gracias a las inversiones extranjeras o las corporaciones ajenas? En las escuelas no sólo no enseñamos a que tengan autonomía y busquen innovar y proponer, sino que los hacemos dependientes y serviles; a lo más que aspiran es a ser empleados y tener buenos puestos, es decir, que les paguen otros; pero nunca les inculcamos que busquen ser ellos mismos los patrones y que puedan presumir de ser lo agentes activos de la economía y que por sus acciones muchas familias tengan el sustento mediante el trabajo y el salario. Es verdad que ante estas posibilidades están siempre los obstáculos de las trabas burocráticas para iniciar o emprender negocios por parte del gobierno, amén de los impuestos y la corrupción en las dependencias públicas y aun así creo que es necesario luchar y pugnar porque la mentalidad cambie y haya más iniciativas para los emprendedores.
Por algo hay que comenzar.
Julián Hernández Castelano
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.
6 de diciembre de 2016.


