El éxtasis abaratado de las finales futboleras en México

miércoles, 13 de diciembre de 2017 0 comentarios


@jhcastelano

Me ha dado por escribir algo sobre el tan apasionante acontecimiento del fútbol. Si los comentaristas de la tele, que se arrebatan la palabra y a veces no saben qué hacer con ella opinan y escriben sobre este asunto tan banal, ¿por qué no habremos de aventurar ideas para tratar de que no lo sea tanto? Veamos.

Cada seis meses se vive el éxtasis de llegar a una final de fútbol en México y ganarla. La sucesión de campeones y de imágenes de un grupo de jugadores levantando el tan ansiado trofeo se ha vuelto una imagen repetitiva. Ya no da tiempo como para identificar cuándo ganó quién, ni siquiera para los que repiten los triunfos porque la confusión resulta en identificar cuál de esos triunfos fue cuándo. Encima de todo se dan cualquier clase de celebraciones cuando se logra el objetivo y a veces hasta extrañamente paradójicas como las de un Gustavo Matosas rompiendo esquemas y congregando con ello a sus jugadores aquella ocasión en la que quedó campeón con el León para rezar en voz alta y de rodillas el padrenuestro y luego, a los seis meses en cancha del Pachuca sacar, frente a la imagen captada por la cámara de la Televisión y en cadena nacional y en horario estelar, de su bolsillo del pantalón un buen puño de sal para derramarla en la cancha del anfitrión en una clara provocación de ritos supersticiosos en aras del triunfo.
                                            
Muchos campeones, muchos juegos de liguilla, muchas finales en tan poco tiempo, sumándoles incluso las de la copa. Y sin embargo esos momentos de felicidad no dejan de ser éxtasis para quienes ganan y amargura para quienes pierden al final; o incluso de frustración para quienes perdieron antes o de plano echaron a perder seis meses de competencia no llegando a la fase final.

Lejos estamos de esos torneos largos que ocupaban toda una temporada de juegos desde septiembre hasta junio o julio. Los dueños del balón prefirieron darle paso a los torneos cortos siempre en aras de aumentar las emociones y, desde luego, el dinero vía las promociones, la publicidad y la asistencia a los estadios. No importa el esfuerzo, el talento y la vida de los jugadores, sino que rindan aceleradamente y den todo en menos tiempo.

Decía Alain Finkielkraut que el deporte actual ya parece lejano a lo que humanamente se puede realizar con las fuerzas corporales naturales; y no pocos escándalos se han suscitado respecto del uso de sustancias que alteran el metabolismo de los atletas, siempre con el afán de superar las mismas fuerzas, la velocidad, la resistencia y fortalecer la musculatura del cuerpo para lograr los propósitos deseados. Incluso cuando se hizo público el escándalo de dopaje de jugadores como Maradona, su reclamo era el uso selectivo y discrecional o excluyente y tramposo de las reglas para detectar esas anomalías a quienes les resulta incómodo a las autoridades del deporte, por lo que estaría sugiriendo que hay una práctica común para el consumo de sustancias que alteran y constituyen el dopaje. Versión que algún amigo o pariente cercano al que escribe pudo constatar durante su paso por ciertos equipos de nivel profesional en México.

Lo lúdico se ha vuelto espectáculo susceptible de consumo, pues, y esa voracidad termina por engullir las posibilidades del deleite estético en la práctica de cualquier deporte, si se piensa en que las posibilidades para lograr lo que se aprecia ya rebasan lo concebible sin la ayuda de tónicos o sustancias que alteren el organismo de los atletas. No deja de ser una hipótesis provocativa.

Para el caso de nuestro país ha resultado ya casi normal que apreciemos finales disputadas con planteles plagados de jugadores de varias nacionalidades. En principio para la práctica del fútbol ello no tiene nada de anómalo, puesto que no debería importar la procedencia de los jugadores para el despliegue de un juego de excelencia. Solamente que, acostumbrados como estamos a soñar con glorias de nuestro balompié, resulta complicado constatar que las plazas de los equipos no las ocupen las jóvenes promesas o los jugadores consagrados, sino los extranjeros. Así se ve difícil un superávit de los bonos futboleros nacionales. Así seguiremos dependiendo del talento ajeno en medio de la mediocridad, la mezquindad de los dueños y la sucesión de finales que dejan muy barato el éxtasis semestral de ganar el campeonato…


Julián Hernández Castelano
Santa Ana Chiuatempan, Tlaxcala.
13 de diciembre de 2017

Las clases del biólogo y la política en ciernes

domingo, 10 de diciembre de 2017 0 comentarios

@jhcastelano

Tuve en la Prepa un maestro de biología muy exigente. Ya desde antes de darnos clases los compañeros de generaciones pasadas nos lo anticipaban: muy difícil sería pasar con él la materia. Y tenían razón. Sus clases eran complicadas porque nunca apuntaba nada en el pizarrón, sino que todo lo explicaba así sentado y desde el escritorio mirándonos fijamente y hablando todos los temas propios de la materia. Nadie se podía distraer si no era a veces hasta ridiculizado por él.

El hombre tenía un amplio y vasto conocimiento de los contenidos que nos compartía. De hecho era muy bueno para explicar. El problema para nosotros era lo rápido que avanzaba y el desafío para captar la de términos especializados y la idea que desarrollaba para poder apuntar todo. Lo único que ponía de apuntes en el pizarrón era cuando nos explicaba el proceso de la fotosíntesis. Lo demás era así, sin ninguna letra o imagen de por medio plasmada por él. Quienes no tenían la capacidad suficiente para esquematizar o anotar las palabras adecuadas, desde luego fracasaban en el momento del examen, mismo que valía el 100% de la calificación. Nunca dejaba tareas, pero en el examen preguntaba cualquier cosa de todo lo que había explicado. Estudiar y aprender en su materia resultaba un reto mayúsculo y la fama del maestro estaba garantizada por esa dificultad.

No siempre, empero, dedicaba su tiempo a explicarnos la clase. Había ocasiones en las que nos deleitaba con sus pláticas de otros temas. Nos contaba, por ejemplo, cuando se fue a Las Vegas a presenciar la pelea de Julio César Chávez contra Héctor “El Macho” Camacho y nos explicaba con lujo de detalle cómo le hizo para ir y cómo vio la pelea. Tan minucioso era en la descripción que casi parecía que nos contaba golpe por golpe cómo era dado, con cuánto impulso, cuál era la expresión de los peleadores, cuál la del público, el ambiente, el clima, el griterío, la luz, etc. Era muy elocuente y nos embelesaba con su narración. Y es que no sólo lo decía con sus palabras, sino que sus gestos acompañaban el mensaje. Actuaba. Había estado, no sé si como actor o sólo como administrador en el grupo de “los cómicos de la legua”, de la Universidad Autónoma de Querétaro.

Siendo un hombre de ciencia, de política, un funcionario, administrador y trabajador de la Universidad, fumador empedernido, médico de profesión y secretario particular un tiempo de la primera mujer rectora de la propia casa de estudios, era también ateo, a decir de él mismo, aunque un día nos contó que más bien lo que tenía era rechazo por todo lo religioso y por lo católico en particular. A pesar de trabajar en el colegio con los hermanos maristas, donde fue mi maestro, sentía desprecio por la religión y por las celebraciones, aunque también decía admirar a ciertos ministros, como a los hermanos maristas o algún sacerdote que llegó a dar clases allí. De hecho nos contó que no se había confesado más que previo a su matrimonio por penúltima vez y unos años después tan sólo con el Padre Tomás, de la Congregación de la Sagrada Familia, hombre culto, sabio y santo, según la percepción de todos los que le conocemos. Confesarse con él ya era mucho para este maestro y no se callaba el respeto profesado a este sacerdote.

Si ya de por sí su experiencia en torno de lo religioso me parecía desconcertante, me resulta más paradójico lo que nos contaba sobre política. En una primera fase se dedicaba con todas sus fuerzas a descalificar frente a nosotros a las fuerzas de la oposición previa la elección de 1994, pues fue la época en que lo tuve como maestro. Le fascinaba contarnos los vericuetos con los que había llegado el Dr. Ernesto Zedillo a la candidatura por el PRI, abundaba en detalles de las intrigas de poder y nos ofrecía su propio análisis del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta. Su fascinación por el PRI se veía exaltada por el éxtasis de este acontecimiento, de tal modo que, como buen priísta, siempre se refería a Colosio como un mártir o un caudillo de proyecto frustrado, por lo que procedía evidentemente un apoyo incondicional al nuevo candidato el muy ambiguo Dr. Zedillo.

Por una parte entonces, explicaba la supremacía del PRI a lo largo de la historia como si se tratara de una asociación respetable y que hubo configurado la mayor grandeza de nuestro país, de tal manera que todas las historias de corrupción, engaños, acarreos, triquiñuelas y quebranto de las finanzas del país no eran más que anécdotas de esa socarrona forma de ser del mexicano ante la posibilidad de que lo pongan donde hay y lo que puede hacer con picardía y talante de sinvergüenza. Por el contrario le resultaba deleznable la seriedad del PAN, e imperdonable su plataforma política y su ideología de gente mocha y mojigata, amén de la ingenuidad en la eficacia del posible desempeño en el poder por parte de esa gente elitista y bien portada. No era una opción para él y por poco y nos convencía a todos de opinar lo mismo. De Cuauhtémoc Cárdenas y la llamada “izquierda” de entonces le resultaba repugnante por haber renegado de su vocación priísta. Era más importante señalar la traición antes que aceptar la posibilidad del gobierno neo izquierdista del PRD de entonces. Estaba claro: había que votar por el PRI y no sólo por convicción racional, como tanto se empeñaba en argumentar, sino con el corazón, atendiendo al llamado histórico de darle continuidad a las glorias del tricolor.

Por poco y nos convencía a todos, dije, y esa era la causa por la que algunos de nosotros estigmatizaba y ridiculizaba al pobre de Isidro Cano, declarado y militante panista, o al no menos noble Juan Carlos Chamorro, simpatizante perredista veracruzano estudiante de los maristas. Todos, o la mayoría, éramos seminaristas, de tal modo que discurríamos en demasía sobre estos temas y sobre la religión, sin que las discusiones fueran insostenibles o incómodas, de ahí que tampoco nadie se atreviese nunca a interpelar contradecir al maestro. Suponíamos que nos podría ir peor de lo que resultaba la dificultad de su asignatura.

En una segunda etapa, ya habiendo resultado electo el Dr. Zedillo, ungido como presidente y desatada la terrible crisis económica del famoso “error de diciembre” de 1994, del 20, para más exactitud y disparada la inflación, el desempleo, las tasas de interés y todo lo que ya sabemos que pasó, a este profesor se le ocurrió explicarnos con pelos y señales en qué había consistido ese error económico, mucho antes de que el ex Presidente Salinas se atreviera a escribir su voluminoso libro sobre el asunto, por cierto. Y nos lo explicó como quien cuenta una historia maravillosa, como un rapsoda cantaría los versos de la Ilíada, con tanta pasión; pero en ningún momento en tono de reproche, decepción o frustración, mucho menos de resentimiento contra el sistema y contra el PRI, más bien como una especie de heroísmo, de epopeya. Nos dijo la causa del aumento de las tasas de interés, el déficit de la balanza comercial y de la balanza de pagos, el acierto de Salinas con los tesobonos y el desacierto de Zedillo para quitar la injerencia del gobierno en las políticas de la paridad monetaria de las divisas, la fuga de capitales, etc. Todo se lo sabía; pero ni aun así le reprochaba nada al presidente Zedillo, menos a Salinas y menos al PRI.

Desde entonces hasta la fecha he vivido con ese recuerdo esperando y soñando que algún día el priísmo pida perdón por sus errores, enmiende sus estatutos, su plataforma política y su base ideológica; que muy dignamente se retiren del espectro político y de la búsqueda del poder; o que por lo menos se atrevan a reconocer todo el cúmulo de tropelías que históricamente han perpetrado; pero creo que nunca lo harán porque de hecho su convicción es casi religiosa para defenderse entre ellos por muy pillos que sean y siempre, sin falta, habrá candidatos suyos que siempre pugnen porque se reconozca que no hay nadie mejor que ellos y que siempre ha sido así desde que existen como partido, así que será inútil escudriñar entre las raíces familiares de ese grupo en el poder, explicar cómo amasaron sus fortunas, cómo han tejido sus redes de poder y cómo una vez tras otra, han quebrantado la economía nacional y propiciado una desigualdad y una corrupción incalculable, sin mencionar cómo propiciaron por décadas la proliferación de los grupos criminales del narcotráfico y otras aberraciones y cómo se han adaptado para acusar de todos esos males a los otros, porque además apelan a la amnesia de los desmemoriados y a la inocencia de los imberbes y nóveles votantes, o bien, a los ejércitos de burócratas o a los innumerables parásitos que algún día tuvieron el gozo de las mieles, ya sea del poder o de los beneficios de los programas sociales, aunque sea con una despensa como para que se lo reprochen diciéndole que al traicionar al PRI, se traiciona a la patria, a la historia, a la identidad del mexicano y se patea el pesebre del que alguna vez, cual animales o bestias, se ha comido.

No va a pasar nada y así seguiremos en busca de las huellas del sueño de esa pretendida democracia a la que tanto se apela como a una diosa, y que es un mito.

Y aun con toda la amargura que me producen estos recuerdos, no puedo dejar de sentir la necesidad de esperar que el destino de mi maestro de biología sea bueno; que tanto Isidro, como Chamorro, hayan encontrado y logrado ya sus propósitos; que el Padre Tomás siga entregando su vida al servicio pastoral desde su ministerio y, para decirlo ya, que los políticos se vean iluminados por Dios para que su actuar no sea el de la mezquindad y la sed de poder a toda costa, sino que emprendan acciones encaminadas a construir una verdadera paz y la armonía que se requiere para la polis.

Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.

10 de diciembre de 2017.

Colección Gredos Grandes Pensadores

jueves, 7 de septiembre de 2017 0 comentarios


La editorial española Gredos lleva años publicando lo más selecto de las obras clásicas del pensamiento clásico griego y latino. Son varias sus colecciones.

Con motivo de su 75 aniversario decidieron poner en el mercado una edición especial de aquella evolucionada de los Grandes Pensadores, filósofos canónicos, desde Platón hasta Wittgenstein. Son 50 tomos que en los puestos de periódicos se entregaban semanalmente a precios accesibles, comparados con los oficiales del mercado con la editorial por Internet. Usaron una estrategia de mercado que terminó por ser un éxito fuera de las librerías y, seguro, de los impuestos que éstas tienen que pagar. Ya habían lanzado antes esta colección hace como año y medio o dos; pero se quedó con los acaparadores y en las universidades. A los puestos ya no llegaba. Esta vez fue distinto, pues por fin encontraron destino entre los lectores de a pie, como el que escribe.

No faltaron los especuladores y hasta los acaparadores. Hay hasta grupos de Facebook para el intercambio y compraventa de los libros en cuestión. Afortunadamente para muchos de nosotros fue relativamente fácil conseguirlos: bastó con aliarse con un buen voceador cuya disciplina permitiera tenerlos con puntualidad.

Conseguí mi colección personal de 50 tomos. Todos los tengo ya y aunque había antes leído más de alguna de esas obras, como los Diálogos de Platón, mucho de Aristóteles, a Séneca, a Plotino, a San Agustín, a Maquiavelo, a Descartes, a Pascal, a Ortega y Gasset, a Kierkegaard, a Hegel, a Marx, a Fichte, a Schelling, a Nietszche, a Locke, a Hume, a Berkeley y a algunos más, es bueno tenerlos para empezar su estudio más minucioso.

Hasta pude publicar en uno de esos grupos este soneto con todo y la imagen del estante:

EL SONETO DE LA COLECCIÓN GREDOS

Un soneto preciso en este instante
Que exprese la alegría y el contento
Sublime, que me embarga en el momento
De ver estos tesoros en mi estante.

Es bello, delicioso, emocionante,
Que el ímpetu tenaz vaya en aumento,
Si aquestas obras son del pensamiento
Y al fin que están aquí, me es confortante.

Requieren mi lectura y mi cariño,
Y férrea disciplina, si me ciño
Al yugo de su estudio, lo sospecho.

En fin, que lo presumo y lo publico:
Logré tenerlos todos, notifico,
¡Contad si son cincuenta, y está hecho!



Sé que uno de esos grupos, del que soy parte, no es del todo un ejemplo de seriedad y de formalidad. Ni siquiera podría yo juzgarlo para nada; pero entre sus polivalencias han decidido hacer un esfuerzo por la seriedad y hasta me han mandado este diploma:


La vida es así.

Julián Hernández Castelano
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala

Si de etiquetas se trata

lunes, 17 de julio de 2017 0 comentarios


@jhcastelano

Si ya de por sí el mundo es muy propenso a poner etiquetas a todo y a todos, ahora está muy de moda entre los estudiosos de la sociología y la psicología y de los que interpretan, como en la Caverna de Platón, toda sombra de la realidad proyectada en el fondo de la cueva, etiquetar a la generación que florece con ustedes y los que tienen hasta 37 años, es decir, los que nacieron entre 1980 y, no sé por qué razón, los que nacieron en 2004. Les llaman Millenials y los describen de una manera muy peculiar. Hay quienes cierran el espectro de pertenencia y excluyen a quienes nacieron en la década de los 80’s; pero aun con eso, a ustedes les toca entrar en la etiqueta de Millenials. Y entonces esos estudiosos a los que aludo comienzan a evocar las más sesudas y minuciosas investigaciones de tal o cual Universidad prestigiada que levanta encuestas y se acerca a casos específicos para luego aventurar las hipótesis que terminan siendo las etiquetas de toda una generación en el mundo, como ésta.

Dicen que los millenials son o tienden a ser ególatras, pues lo más importante para ellos es el bienestar personal, que no ven la necesidad de estar con otros y mucho menos de pensar en ellos para apoyarles o complacerles. Dicen que los millenials tienden a perderse en la realidad virtual, pues la relación de ellos con los demás en mayor medida es una relación no presencial, sino a distancia por la vía de las comunicaciones o las redes sociales. Dicen, por ejemplo, que sus prioridades en la vida, si es que las llegan a identificar, tienen que ver con el deseo de ser ricos a toda costa o de tener cierto grado de confort, y no es prioritario ayudar a los demás o valorar lo colectivo. En fin, hay muchas características más con las que los etiquetan y atribuyen las más variadas causas para determinar por qué son así los millenials. 

Una de ellas, de la Real Politik, es la de que ya no les tocó vivir la encarnizada lucha de ideologías del siglo pasado con los dos bloques igualmente extremosos del capitalismo con el comunismo en la llamada Guerra Fría. Dicen que al no verse amenazado el mundo más que por la idea de un calentamiento global que no acaba de matarnos a todos y no vemos alarmante en la práctica o en la vida cotidiana, le da a nuestros jóvenes una sensación de comodidad.

Dicen que realmente viven en la comodidad, pues la historia, la sociedad y las pasadas generaciones a ustedes les han provisto de lo necesario para que no sufran carestías. Son los jugos de la civilización y cada familia se ha esforzado porque los millenials no sufran lo que sus progenitores o antepasados sufrieron. Dicen que por ello no valoran la cultura del esfuerzo y del mérito, sino lo furtivo, lo efímero, lo banal, lo que se escurre y se va, lo que no parece merecer la pena tener.

Eso nos dicen los gurús de nuestro tiempo. No es nada alentador para el mundo. Son etiquetas muy severas y lapidarias. Y sin embargo me resisto a aceptarlas para ustedes en especial. No sólo porque me considero enemigo de las etiquetas, sino porque en el fondo del asunto se les describe a esta generación como la mayor amenaza para la civilización y su permanencia en el mundo. Quizás así sí tenga sentido la idea hegeliana-nietzscheana-heideggeriana de la muerte de Dios, de la historia y del hombre o de la humanidad. Es terrible y me resisto a creer que así sea, así que, si de etiquetas se trata, yo propongo otras:

Propongo que ustedes lleven la etiqueta de jóvenes que marcan la diferencia en el mundo por su entrega, su esfuerzo y su entusiasmo por el bien no sólo propio, sino de los demás.

Propongo que su etiqueta, su carta de presentación sea la del cuidado de sí mismos y del mundo que nos rodea.

Propongo que la imagen proyectada por ustedes y respaldada por sus obras, sea la de personas piadosas, es decir, capaces de la compasión, cum, que significa con, y passio, passionis, que viene de pathos, lo que se padece, es decir, padecer con los demás, pero no sólo se padece lo negativo o lo doloroso, sino lo positivo, lo que nos pasa. Lo compasivo entonces es compartir lo que al otro le pasa, bueno o malo. Ese compartir es la base de lo que llamamos respeto, solidaridad y aceptación de lo otro, de lo diferente, en términos ultramodernos, y que antes simplemente se llamaba compasión o caridad, de cáritas, amor. Propongo que a ustedes se les distinga entonces por tener esa capacidad de amar, de compadecerse, de practicar la entrega y el apoyo a los necesitados por medio de la piedad y las letras.

Si han de tener una etiqueta, propongo que sea la que han mostrado ante nosotros, ante su escuela que tanto los quiere, la de ser personas íntegras, solventes en sus emociones, sentimientos y acciones. La etiqueta que nosotros conocemos de ustedes y por la cual nos identificamos es la de ser un grupo y personas excelentes, vivas y capaces de dar, de ser leales y esforzados.

Les reconocemos todo ello y deseamos que esa sea su etiqueta en el mundo, contra todo diagnóstico erudito por el tiempo que les ha tocado vivir.

Mi deseo para ustedes es que Cronos no los devore con la etiqueta de lo banal, sino que se escapen de él y se proyecten a la eternidad, más allá del tiempo, con esta etiqueta que les reconocemos, que su memoria perdure en nuestra escuela, en su familia y en el mundo desde lo trascendente, que sean capaces de buscar la perfección, como bien lo dijo el mismo Jesús y de dar todo lo que tienen, como el joven de los peces y los panes, pues es Dios quien lo multiplica para todos.

Dios los bendiga. Nosotros los queremos, los admiramos y los apreciamos.


Julián Hernández Castelano
Tlaxcala, Tlax. 14 de julio de 2017

Hay de grados a grados

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@jhcastelano

Es el tiempo en el que despedimos a nuestras generaciones de adolescentes y jóvenes de nuestra escuela. Provistos o desprovistos de un mínimo de herramientas intelectuales, afectivas y hasta espirituales se lanzan a nuevas etapas.

En el caso de nuestros alumnos de tercero de secundaria creí pertinente hablarles o aludir a los grados del amor, con tal de que recuerden su vocación, aun en estos tiempos de convulsión para ellos y para el mundo. Acá mis palabras del pasado 14 de julio:

Hoy culmina para ustedes una etapa, un grado. Pasan de un grado último de secundaria y se perfilan para un grado más avanzado al que le llamamos “Bachillerato”, palabra de origen incierto; pero asociada a la etapa previa a los estudios de Universidad; palabra entonces que puede tener su origen en el latín baccalaureus, de baculum, que significa fuerza, y laureus, que hace referencia a lo alabado, es decir, a lo “laureado”. El Bachillerato entonces en su origen etimológico vendría a ser una apología de la fuerza, de la intensidad, del frenesí de la juventud. En un sentido positivo, tendría que ser la etapa del libre fluir de las capacidades. Ese es el grado al que ahora se enfrentarán.

Hay de grados a grados, empero, y si nos apegamos a ello, podemos encontrar otra escala de grados que va más allá del academicismo, es decir, del mero formalismo de la escuela.

Se trata de los grados de asimilación vital del mundo, de apropiación del entorno que nos rodea por parte de la conciencia particular de ser, de estar en él. Cada uno de estos grados a los que me refiero representa un logro en la conquista de nuestro fuero interno, un logro del espíritu. Lo deben recordar bien, pues los vivieron en su retiro grupal. Uno de ellos es la valoración propia, pues por sobre todas las cosas y ante todos los embates de una cultura que nos empuja a no querernos a nosotros mismos, este grado, este triunfo del espíritu nos dota del suficiente cariño por nosotros mismos y entonces procuramos cuidarnos y apapacharnos.

Ya saben que estoy hablando de los grados del amor. No necesito repetir todo el retiro. Sólo quiero que lo recuerden y lo lleven como el verdadero logro, como los verdaderos grados que avanzan a donde quiera que vayan, sigan o no con nosotros en el Bachillerato. Ese elogio de la fuerza de su juventud tendrá que ser un elogio, un canto a la vida que fluye en ustedes, pues el carisma de este grupo y de cada uno de sus integrantes es de tal magnitud que en todos fluye potencialmente esa vida, es decir, esa capacidad de amar por grados y sin condiciones. 

La verdadera conquista, entonces, que ustedes deben lograr, es la de ganarse a sí mismos, como advierte el evangelio, y no ganarse al mundo. El verdadero triunfo es el amor y ustedes pueden lograrlo. Dios bendiga su camino, su familia y su fuerza, es decir, su talento, es decir, su persona, su pensamiento, sus palabras, sus acciones.

Muchas felicidades.

Julián Hernández Castelano
Tlaxcala, Tlax.

Cinco de mayo

viernes, 5 de mayo de 2017 0 comentarios



Me pidieron en mi escuela dirigir unas palabras con ocasión de esta fecha. Allá ellos y acá yo diciendo esto:

Como todas las fechas importantes que se nos ha acostumbrado a celebrar en nuestro país, ésta en particular nos interpela para reflexionar sobre eso que motiva nuestro homenaje, no sólo porque en nuestro estado vecino realizan un muy vistoso desfile y prácticamente se paraliza toda actividad para favorecer la celebración, ni tampoco porque el calendario escolar marca un día de descanso en las clases. No por ello es que existe la celebración del cinco de mayo y no debemos verlo tan fríamente como para regocijarnos de no tener que trabajar. Tampoco cabe la indiferencia ni la indolencia ante el sacrificio de tantos jóvenes y no tan jóvenes combatientes que en esa memorable batalla entregaron su vida.

Celebramos, ciertamente, una batalla ganada al que entonces era el ejército más poderoso del mundo, pues habían extendido su poderío a través de varias décadas a diversos lugares de Europa misma y algunas colonias propias en otros continentes; así, se antojaba para ellos relativamente provechoso el que pudieran invadir nuestro país para avanzar hacia los Estados Unidos, quienes se encontraban en plena guerra civil entre los ejércitos del Norte contra los del Sur y era propicio entonces aprovecharse de ello. La batalla ganada por nuestro país fue de provecho para Estados Unidos porque, eso dicen los historiadores, retrasó el avance francés, dio oportunidad a que Estados Unidos superara su guerra interna, se fortaleciera y exigiera la retirada de los franceses al menos de México, pues la guerra a la postre fue ganada por los franceses; pero ya no pudieron consumar su intención de avanzar y después del fracaso del segundo imperio mexicano, promovido por ellos y capitalizado con la presencia de Maximiliano de Habsburgo, tuvieron que irse.

La batalla, pues, fue ganada. La guerra fue perdida; pero al final, sea porque en Europa misma el poder de la dinastía napoleónica disminuyó, o sea porque la política del Imperio Mexicano, representado por un extranjero, fracasó, no se dio la invasión francesa en México ni nos convertimos en colonia, sino que seguimos siendo libres y soberanos.

¿Qué festejamos entonces o qué celebramos, si bien podríamos juzgar que al no ganar la guerra sino una simple batalla, no tendría sentido regocijarnos por esta fecha? Celebramos el heroísmo de quienes pudieron, aunque sea por única ocasión, derrotar al ejército más poderoso del mundo. Celebramos la unidad de los pueblos, de las bases, como se podría decir, pues es bien sabido que por estas zonas del Altiplano unos hombres llamados los zacapoaxtlas constituyeron la fuerza principal de esa victoria. Celebramos la capacidad de reaccionar frente a los invasores extranjeros y defender lo que nos pertenece. Celebramos la valentía, el arrojo, la entrega. 

Hoy tendríamos que responder con otras formas de entrega, de arrojo y de valentía. Hoy tendríamos que conocer lo que pasa en el mundo para saber cómo vamos a actuar ante lo que nos interpela. Hoy nuestra valentía tendría que ser la de estudiar más, prepararnos mejor, mirar al prójimo y ayudarle a ser mejor, porque sólo procurando el bien para los demás, también nosotros estaremos bien. Hoy nuestra entrega debe ser la de perfeccionar lo que hacemos, no conformarnos, no caer en el vicio de la monotonía ni ceder ante la tentación de la inconstancia. Hoy debiéramos tener la valentía de emprender nuevas cosas.

Los pequeños podrían aprender lo bueno de sus papás y de sus mayores, si es que les podemos dar ejemplo. Los mayores podríamos aprender de la pureza del corazón de los más pequeños. Los adolescentes podrían procurar el bien de sus cuerpos, de sus personas y de los demás.

Los jóvenes podrían emprender ya desde ahora un proyecto de vida y mirar qué herramientas académicas o intelectuales les han de servir para lo que pretenden hacer en el futuro.

Los maestros podríamos enseñar a nuestros alumnos a que le den sentido a este tipo de fechas y de celebraciones, pues sobra decir que deberíamos ser los primeros en saberlas y conocer lo que se celebra.

Alegrémonos, pues, por tener estos motivos de regocijarnos por los destellos de grandeza que como país hemos manifestado y trabajemos para que esa grandeza se forje en el día a día con lo que hacemos, pues por eso estamos aquí.


Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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