Alma dislocada

lunes, 28 de junio de 2021

 @jhcastelano


Corría el año 2010. Entonces acudí con presteza e ilusión desmedida a la máxima casa de estudios del país que, según el canon de la academia actual —no necesariamente exenta de esnobismo— es la UNAM, para presentar, en el marco del Congreso Internacional de Filosofía, convocado por la AFM, mi trabajo de investigación sobre la filosofía de Pascal. Ya estaba trazando mi plan para la tesis sobre él, Unamuno y Simone Weil. El Instituto de Investigaciones Filosóficas albergó en sus salones los trabajos de los simposios del gran congreso. Y ahí leí mi trabajo, sobre la no dicotomía entre las nociones de fe y razón en el célebre científico, matemático y filósofo francés del siglo XVII. Cuando fue la ronda de preguntas y respuestas me vi en apuros lidiando con las férreas críticas de un asistente, quien, irritado e interpelado se quejaba del rescate pascaliano para la fe católica y la incoherencia —a su juicio— de esta ambivalente relación de la fe y la razón; pero más enojado se mostró porque en mi afán de explicar la contradicción del conjunto de la filosofía para provocar la ruptura de la fe y la razón, cité a Husserl. Y ahí estaba mi oponente interpelando y defendiendo para su causa a Husserl. Casi me acusó de haberlo secuestrado para torcer su filosofía —la del judío alemán— para aprovecharme “deshonestamente de esa autoridad”. Los ánimos para la discusión se encendieron y fue menester la intervención de mi querido maestro y amigo Juan Carlos Moreno Romo, quien coordinaba el simposio, para aclarar la postura de Husserl y aminorar el ánimo belicoso de mi interlocutor. En fin, ya cuando terminó la mesa de trabajo todos los ojos de la sala estaban puestos en mi alterado oponente y un servidor, pues nos acercamos mutuamente, nos saludamos abrazándonos y poniéndonos al corriente, pues era mi buen amigo Ignacio Quepons, quien fue el presidente de la Coordinadora Nacional de Estudiantes y pasantes de Filosofía cuando yo fui delegado y encargado de la actualización jurídica del acta constitutiva de la asociación, justamente cuando éramos estudiantes de filosofía. Nuestra amistad nada tuvo que ver con el calor de la discusión. Nuestros puntos de vista no interfieren en el respeto que nos debemos.

Esta larga anécdota me sirve para presentar un punto de reflexión. Algo sobre esa extraña tendencia a la susceptibilidad famélica que muy frecuentemente sobreabunda en las redes sociales y, seguramente, en las relaciones cotidianas de la vida práctica. Nos quejamos, como adultos, de las nuevas generaciones, acusándoles de enclenques emocionales. “Generación de cristal”, les decimos. Y cuando los vemos contraerse con todo y metas para clamar por respeto a “sus” valores, decimos, incluso, que son mazapanes; pero nosotros, las generaciones “premilénicas” no sabemos distinguir entre el ataque al discurso y el ataque a las personas. Mucho menos soportamos la corrección. Pensamos que nadie tiene derecho a eso, pues —faltaba más— somos expertos, sabemos de todo, opinamos de todo, conocemos todo y desconocemos la humildad de la autocrítica; cuando no nos gusta el trato de las redes sociales, pataleamos y proyectamos nuestras puerilidades, aunque tengamos posgrados y más de cuatro décadas de experiencia en el mundo. Difícilmente aceptamos nuestros errores. No conocemos el valor de la prudencia y nos victimizamos si nos sentimos agredidos. Seguimos siendo como niños caprichosos; pero envueltos en arrugas, caras duras, gestos impávidos y voces de trueno. Nuestra esclavitud es la cárcel de la voluntad, el desprecio a la memoria y el mal uso de la inteligencia. En otras palabras, somos presa del mal manejo de las emociones, es decir, padecemos dislexia emocional, esa suerte de puerilidad lastimosa para autoflagelarnos y victimizarnos; el desprecio de nuestra situación vital, de nuestros recuerdos y de nuestra identidad, queremos ser siempre jóvenes, nos deleitamos con los “reencuentros”, añoramos el pasado, sin situarnos en el presente y sin prevenir el futuro; y, por último, somos incapaces de cuestionar los vicios de nuestra racionalidad, de identificar y aceptar nuestras falacias y nuestros sesgos cognitivos, además de despreciar la autoridad, la corrección y el afán de aprender más allá de nuestras estructuras mentales, por muy mal cimentadas que éstas puedan estar. Un alma dislocada padece de cualquiera de estas tres afecciones con sus variantes y especificidades, inclusive cuando nos hacemos partidarios de grupos o lealtades ajenas, pues lo mismo que nos duele o nos aqueja en nuestro fuero interno, lo proyectamos, lo defendemos o lo vertimos en los otros y para los otros, dificultando así, todo atisbo de verdadera comunidad.



No espere el lector que cite la supuesta frase célebre del Voltaire sobre el elogio de la libertad para que el otro exprese su opinión aunque ésta nos resultase adversa, pues si conocieran a este filósofo sectario, descubrirían que él mismo se mofaba del propio Pascal y de todos aquellos a los que detestaba, al igual que a la Iglesia, propinando no pocas dosis de ataques impropios de esa supuesta tolerancia que su frase célebre pregonaba. Tampoco me apegaré a un Locke para repetir esa ñoñería de la carta sobre la tolerancia. Creo, más bien, en que el ánimo para las discusiones que enriquecían las universidades medievales, los monasterios o conventos representativos de la escolástica y la búsqueda de escenarios donde la lógica y la razón puedan mediar para regular las discusiones sin que nadie se sienta agredido en su susceptibilidad.

En el fondo, las redes sociales suelen ser escaparates para ser aceptados, para sentirse amados, reconocidos y eventualmente aplaudidos, incluso aquellos que pasan como gandallas diciendo que no necesitan ser venerados ni seguidos para desplegar su libertad, casi casi al estilo del “sapere aude” kantiano; pero una cosa es tener simpatías y otra muy distinta señalar diferencias sin sentirse agraviados. Somos adultos. Aprendamos a distinguir para no confundir. Fortalezcamos nuestra memoria, nuestro entendimiento y nuestra voluntad. Busquemos el equilibrio, la prudencia, la razón y la convivencia. Por salud propia del cuerpo y del alma.

Es verdad que con quienes comulgamos con la mayor parte de nuestras ideas es más doloroso encontrar discordancias que con aquellos que se instalan en el lado opuesto del mar de nuestros principios, prioridades e ideas; pero las pequeñas diferencias no deben minar nuestra capacidad de autocrítica ni tampoco serán la moneda de cambio de la deslealtad, sino de la búsqueda común y legítima de la verdad y la concordia, a pesar de nuestras almas dislocadas. Hay tiempo y es propio de gente decente procurar sanarnos.

Julián Hernández Castelano
28 de junio de 2021

~ 1 comentarios: ~

Sergio Renovado says:
at: 28 de junio de 2021 a las 6:03 dijo...

La grandeza de nuestra pequeñez. Excelente texto,Julián. No cabe duda que la madurez no se da por la edad, sino por el humilde control de nuestras emociones en favor de la razón y la cordialidad para la convivencia

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