@jhcastelano
Los evangelios nos hablan de esa extraordinaria fuerza de Jesús para curar. De los milagros exentos de la llamada “desmitologización” prevalecen los referentes a la sanación. Estos no han sido atacados por las distintas corrientes pseudo teológicas que buscan despojar del elemento milagroso aquellas acciones de Jesús.
Casi no se puede concebir ningún discípulo o personaje de estos relatos que no haya experimentado la fuerza sanadora de Cristo. Si hemos de reconocer y aceptar las enseñanzas, al menos de los últimos papas, ellos han enfatizado pertinentemente que el conocimiento de Dios sólo puede darse por el hecho del encuentro; no tanto por la vía intelectual, como parece haber sido buscado a través de los siglos por diversas corrientes teológicas al interior de la Iglesia y de su Magisterio.
Y es, justamente, el encuentro buscado con Jesús, como una mujer, llamada en los evangelios “la hemorroísa”, lo que le trae la sanación al mal que le aquejaba desde años atrás. El flujo de sangre, además de ser motivo de rechazo por considerársele impuro en la cultura hebrea, le tenía sumida en medio de la enfermedad. Sólo con tocar a Jesús quedó curada; pero lo más extraordinario y curioso fue que, en medio de la multitud que buscaba y lograba tocar a Jesús, él sintió el tacto de esta mujer y la buscó y la encontró. Ella, conmocionada por ese hecho, tuvo que confesar arrodillada su “atrevimiento”.
Recordemos que, según este pasaje, en realidad Jesús iba de camino a la casa de Jairo, un jefe de la sinagoga, quien tenía su hija enferma y le había pedido a Jesús que le ayudase. Al final Jesús opera un milagro que pareciera de mayor envergadura, pues prácticamente le devolvió la vida a la jovencita hija de Jairo. Todos se quedaron maravillados, pues ya lloraban la muerte de la niña.
Son dos relatos en secuencia que siempre nos los presentan juntos en la liturgia. Ambos están en el Evangelio de San Marcos, el primero de los cuatro en ser escrito y que resalta gestos y palabras de Jesús con mucha dosis de cercanía, un Jesús muy humano, muy cálido y atento. Sabía de su compromiso con Jairo; pero no dudó en detenerse para mirar de cerca a la mujer que en ese momento lo buscaba con insistencia y que tenía toda su esperanza en tocarlo para sentirse limpia y sana. Y así fue.
Si nos ponemos en el lugar de Jairo o de su hija, ojalá no perdamos la fe porque pronto viene Jesús a sanarnos y a salvarnos. Si nos ponemos en lugar de la mujer, busquemos el encuentro con Jesús, busquemos tocarlo para que sane nuestras hemorragias. El encuentro nos espera.

~ 0 comentarios: ~
~ Publicar un comentario ~