@jhcastelano
Cunde hoy la idea del cientificismo. Todo
lo ajeno a los criterios científicos es automáticamente descalificado en su
afán de certidumbre. Incluso hay quienes pretenden encumbrar a la “ciencia”
como criterio axiológico. De ahí proviene la pretendida justificación de la idea que propicia la embestida contra
la vida en el seno materno, pues, según ciertas corrientes cientificistas, no
se podría determinar el momento exacto del inicio de la vida en el feto. Otro
tanto de ambigüedad y pretendida autoridad sucede con la controversia del “gen”
del homosexualismo: no faltan esfuerzos desde el mismo cientificismo para tratar
de respaldarlo y fundamentarlo para bien de una ideología. Y es precisamente la
entrega a la ideología lo que ha orillado a cierto quehacer científico a caer
de esa manera. Podríamos, incluso, decir que la teoría de la evolución es
cientificista. Y es que, para decirlo ya, el cientificismo no es la Ciencia;
pero para hacerlo entender es preciso
explicar el origen de la ciencia moderna.
El problema con la Ciencia en la
actualidad es que parece estar monopolizada por una suerte de casta específica;
por una serie de “profesionales”, formados en las más variadas universidades o
en centros de investigación. Para ser científico en la actualidad, de la rama
que sea, es necesario “tener los papeles en regla”, es decir, pasar por una
institución que avale la pertenencia al selecto grupo. Y, a veces, ni siquiera
eso es suficiente, pues hace falta no pocas veces respaldar los títulos con un
quehacer determinado, es decir, un rol de investigación científica, misma que
puede ser investigación práctica, en laboratorios o campos específicos, o bien,
teórica o de divulgación, es decir, de promoción del conocimiento. «Para
nosotros, gente de Occidente —decía la filósofa Simone Weil—, pasó algo
bastante extraño con el cambio de siglo (ella hablaba del XIX al XX); hemos
perdido la Ciencia sin darnos cuenta de ello, o por lo menos lo que desde hace
cuatro siglos llamábamos con ese nombre».[1] Lo
cierto es que, como hemos asentado antes, la ciencia contemporánea no tiene necesariamente
una línea directa efectiva con la ciencia de antaño. La transformación que ha
experimentado no implica, ni un demérito, ni un engrandecimiento, salvo por
haberse vendido a la ideología y ser el instrumento de los embates de las
minorías adoctrinadas del llamado “nuevo orden mundial”, por lo menos.
Como todo lo concebido como «moderno», el
caso del desarrollo de la ciencia con esta categorización debe distinguir lo
«no moderno», es decir, lo pasado, habida cuenta del significado de la palabra
«moderno», pues denota ésta lo nuevo, lo novedoso, lo último, lo actual, en
contraposición a lo anterior, por no decir lo antiguo o lo medieval, más
específicamente.
Ya tendremos oportunidad de revisar cómo,
incluso en otras épocas, ya se dibujaban o esbozaban ideas precientíficas,
verdaderamente dignas de tomarse en cuenta, de examinarse y acaso discutirlas;
pero, por lo pronto, nos habremos de concentrar en distinguir algunos rasgos de
la ciencia moderna en cuanto a su nacimiento.
Ubiquemos, pues, la temporalidad: hablamos
de los siglos XIII, XIV y XV, principalmente; y en Europa, más específicamente.
Ahí es donde podemos encontrar los orígenes de la Ciencia Moderna. Para ubicar
un poco más, es menester agregar que el ámbito científico (lo mismo que el
filosófico y el histórico) moderno surgió, según los clichés, después del
llamado periodo medieval.
Transcribo acá las conclusiones a las que
llega en su primera parte Carlos Valverde en el libro Génesis, estructura y
crisis de la Modernidad:
1.° Entre la mitad del siglo XIV y
la mitad del siglo XVI se despierta en Italia una creciente y apasionada
curiosidad e interés por las culturas clásicas latina y griega.
2.° La recuperación de innumerables
componentes de aquellas culturas perfila progresivamente un modelo
antropológico nuevo y distinto del medieval. Este modelo es el del hombre del
gusto por las formas bellas en el lenguaje y en las artes plásticas: el
humanista.
3.° El humanista desprecia y
critica, con ironía, la Teología y la Filosofía medieval porque se expresa en
un latín inelegante y decadente y porque tales disciplinas han derivado a
verdaderas logomaquias atormentadoras y esterilizantes.
4.° Por no haber distinguido
debidamente entre forma y fondo decae el estudio de la Metafísica.
5.° La sociedad europea sigue
siendo católica pero en ella aparecen dos clases cultas que se ignoran: la de
los teólogos y filósofos, en el ámbito universitario, la de los humanistas, en
ámbitos parauniversitarios.
6.° El humanismo renacentista
introduce en la sociedad europea numerosos gérmenes de racionalismo,
naturalismo y paganismo que al desarrollarse acentuarán y ampliarán el proceso
de secularización iniciado con los nominalistas.
7.° Introduce también los gérmenes
de la autonomía del arte, de la literatura, de la política, de la ciencia, en
suma, de los valores humanos.
Podemos ver entonces que, entre las siete
dimensiones en las que se operó el cambio de la Edad Media a la Modernidad, a
saber, en la séptima, se reconoce la autonomía de la ciencia, empero, ¿a qué se
refiere esa autonomía o de quién se vuelve autónoma la ciencia, exactamente?
Podemos considerar, primeramente, que la
autonomía referida es llamada proceso de secularización, es decir, de la
separación de las instancias eclesiales. «Secular» se refiere a lo no «regular»
al clero no consagrado, pues hasta la ciencia estaba en manos o bajo la tutela
de la Iglesia o de la Cristiandad. Esto no implicaba un demérito, pues hasta
nuestros días no son pocos los ministros del clero regular que siguen
cultivando la ciencia, incluso la llamada «ciencia dura», donde hay biólogos,
matemáticos, ingenieros, arquitectos, epidemiólogos, botánicos, químicos,
médicos de todo tipo, etc. Lo verdaderamente importante, podemos decir, es la
no apelación a las instancias clericales para desarrollar las investigaciones y
la labor propia del despliegue del conocimiento.
Así pues, la primera gran muestra de esta
separación y de esta aportación al ámbito de la ciencia es la llamada «Revolución
galileana».
En los distintos ámbitos de la vida
humana, del saber y hasta del arte hubo cambios importantes. Todos ellos
interrelacionados, pues de cierta manera la vida misma en lo colectivo se va
fraguando con los distintos modos de ser y de pensar. Si hablásemos solamente
de la producción de las ideas, podríamos encontrar señales de obras que
marcaron la diferencia. Tenemos el caso de Descartes, por ejemplo, aunque ya
pertenece al siglo XVII; pero antes hubo manifestaciones como la de Michel de
Montaigne, por ejemplo, o por Francis Bacon. Si hablamos de política, podríamos
evocar a Hobbes o a Maquiavelo; si hablásemos de arquitectura o de pintura,
tendríamos que asomarnos a la obra de los renacentistas y al concepto de
humanismo; pero si hablamos estrictamente del tipo de saber propiciado por la
ciencia, no podríamos omitir ni ignorar a Galileo y su revolución del saber.
La revolución galileana es, pues, aquella
implementación, imposición o toma de criterio para que toda la ciencia pueda
apelar siempre a los conocimientos del orden exacto. Es el estudio de las
realidades matemáticas, más allá de las realidades del ser. Por eso se dice que
esta revolución es la del establecimiento de una ciencia matemática que busca
el conocimiento de los fenómenos en cuanto a su susceptibilidad de medición, de
proporción y de manifestación práctica en la realidad. Ya queda atrás con esto
cualquier búsqueda de las entidades del mundo sobrenatural o de los conceptos
que denotan o apelan a lo que no tiene un referente en la realidad experimental
o de los sentidos.

Sus investigaciones e inventos fueron lo
necesario para cambiar el paradigma de la ciencia física en cuanto a la
astronomía, pues se dio el paso de la astrología a ésta y desde entonces las
observaciones al Universo físico o al espacio exterior están regidas por las
leyes de la ciencia exacta. Sobra decir que a esto contribuyó la invención
galileana del telescopio y el descubrimiento de la ley del movimiento
uniformemente acelerado.
Su legado fue continuado por Kepler,
principalmente, aunque con el mismo Galileo ya podemos distinguir y afirmar el
inicio de la ciencia moderna, máxime porque estableció de manera definitiva las
bases del método científico experimental.
Podríamos decir, con Carlos Valverde, que:
Se perdía el temor reverencial a
«lo alto», la epistemología medieval, tan influida por el platonismo, que veía
en los astros y sus esferas el arquetipo de la armonía, la belleza, la
perfección, la verdad y el bien se quedaba sin fundamento; el cosmos entero
perdía su sacralidad, pues todo él era homogéneo. Todo era como en el bajo
suelo. Galileo establecía la unidad física del mundo y, con ella, la unidad de
la ciencia sobre el mundo; una única ciencia podría explicar el cielo y la Tierra; esa ciencia, en
adelante, no tendría directamente nada que ver con lo religioso, sería una
ciencia autónoma, apoyada en la observación y en el cálculo matemático. Los
teólogos perdían su primacía omnipotente. El cosmos empezaba a aparecer como
una gran máquina.
Con Galileo y su revolución, triunfa, pues
el desarrollo de las ciencias experimentales bajo la aplicación del método
científico, asimismo, se le da mayor importancia al método inductivo, pues el
valor de la observación de los fenómenos particulares les permite a las
ciencias la búsqueda de leyes derivadas de la experimentación. El criterio de
autoridad estará dictado por la matemática o la física, amén de la Química y
las subsecuentes o derivadas disciplinas que nutren el campo del conocimiento
científico.
En entregas posteriores nos habremos de
asomar al recorrido que hace Alexandre Koyre, la clarificación necesaria de Thomas
S. Kuhn, el cúmulo de ideas que, en su tratado sobre La Sabiduría del mundo nos
trae esa suerte de Aristóteles moderno, quien es Rémi Brague y algunos otros
autores para poner en tensión las relaciones entre la Ciencia y la Filosofía.