Tensión entre derechos y deberes

sábado, 19 de julio de 2014



Por: Julián Hernández Castelano.
@jhcastelano

Estamos viviendo en un ámbito cuyos rasgos morales y jurídicos se fundamentan en el reclamo insistente y exagerado de derechos. Los parámetros jurídicos de la vida colectiva giran en torno de la observancia y la exigencia de múltiples derechos. Se aspira y se anhela establecer un “estado de Derecho” para todas las sociedades que quieran asumirse u ostentarse como democráticas y, por ende, modernas.
«En muchos de nuestros países —refiere Hans Küng— es ya casi imposible construir una casa o una carretera, emanar una ley o una orden, sin que inmediatamente se interpongan reivindicaciones de derechos en contra».[1] Y aun sin Hans Küng podríamos enumerar nosotros un sinnúmero de ejemplos para exponer las situaciones en las que sobreviene el reclamo incesante de derechos ante cualquier disposición ajena.
Antiguamente y hasta antes de finales del siglo XVIII el lenguaje utilizado para la observancia de los marcos legales y del cumplimiento de cierto orden y organización en la convivencia, todo ello tenía un tinte del deber. Así, se exigía el cumplimiento de cierta obligación para obtener el mérito y el privilegio, el reconocimiento y la aceptación. En nuestros días, en cambio, parece emplearse el lenguaje jurídico, legal y moral, exclusivamente en torno a los derechos.
Los hombres del mundo actual exigen derechos como si naturalmente éstos fuesen ya parte de su humanidad, pero no atienden a sus deberes, ni se dan cuenta de lo que en un inicio —hacia 1789— les costó a quienes pugnaron porque se reconocieran tales derechos. Ya José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas distingue claramente el momento histórico en el cual la sociedad comenzó a reclamar incesantemente sus derechos y a no hacer caso o no reconocer que también tiene obligaciones o deberes:

En el siglo XVIII ciertas minorías descubrieron que todo individuo humano, por el mero hecho de nacer, y sin necesidad de calificación especial alguna, poseía ciertos derechos políticos fundamentales, los llamados derechos del hombre y del ciudadano, y que, en rigor, estos derechos comunes a todos son los únicos existentes. Todo otro derecho afecto a dotes especiales quedaba condenado como privilegio.[2]
           
No es lo mismo, entonces, hablar de los derechos del hombre y del ciudadano, proclamados en aquellos acontecimientos que circundaron el inicio de la Revolución francesa, que de los derechos exigidos ferozmente, a veces, por las personas y los grupos, sean de choque, o sean las llamadas ONG’s; porque aquellos fueron proclamados al mismo tiempo que se derrumbaban las grandes monarquías y comenzaban las grandes revoluciones y las ideas de la Ilustración dominaban ya el espectro intelectual de la época, por lo que las minorías a las que alude Ortega encontraron que había una serie de derechos fundamentales, inherentes, si se quiere; y que todo lo demás, todo otro derecho obtenido debía verse como privilegio.

Hoy aquel ideal se ha convertido en una realidad —nos recuerda Ortega—, no ya en las legislaciones, que son esquemas externos de la vida pública, sino en el corazón de todo individuo, cualesquiera que sean sus ideas, inclusive cuando sus ideas son reaccionarias; es decir, inclusive cuando machaca y tritura las instituciones donde aquellos derechos se sancionan. La soberanía del individuo no cualificado, del individuo humano genérico y como tal, ha pasado, de idea o ideal jurídico que era, a ser un estado psicológico constitutivo del hombre medio. Los derechos niveladores de la generosa inspiración democrática se han convertido, de aspiraciones e ideales, en apetitos y supuestos inconscientes.[3]

            Hoy los hombres no distinguen la diferencia entre el ideal jurídico del respeto a los derechos humanos y su efectiva implicación en la vida de cada persona. Un gobierno autodenominado “democrático” puede, por ejemplo, permitir la libre manifestación de un grupo para cualquier tipo de reclamo; y este mismo gobierno puede no controlar a dicho grupo cuando éste comienza a quebrantar todas o algunas de las otras leyes que salvaguardan una cierta armonía en la sociedad. Si los controla para que no se le escape de las manos la gobernabilidad, entonces es un represor sanguinario y despiadado, es un bárbaro y cruel, es antidemocrático, inconsistente, retrógrada y tantos otros adjetivos propios de la tiranía y la maldad absoluta. De todo eso se habla en tal caso, pero nunca de la incongruencia e inmadurez del grupo que reclama algo violentando el orden público, por poner un ejemplo. Y es que efectivamente se reflexiona tan poquísimo en el hecho de que al mismo tiempo que se reclaman los derechos, se deben observar los deberes, pues es un equilibrio necesario para la convivencia social. Es más sano además darse cuenta que aquello que más cuesta conseguir implica disciplina. En el orden social, implica deberes crecer como sociedad, progresar, convivir pacíficamente y reclamar —entonces sí— lo que bien se merece, no lo que se cree merecer por el solo hecho de pertenecer a esta sociedad que cobija lo mismo al perezoso que al trabajador, al holgazán, al parásito espiritual, que al virtuoso y esforzado, mediante esas disposiciones de “igualdad” y derechos humanos. Por otra parte, cuando no se reflexiona en lo que algo ha costado logarse y de lo cual puede uno servirse, lo más probable es que no se valore: el niño mimado que todo posee porque se lo suministran gratuita y automáticamente sus padres y sirvientes llega hasta el punto de exigir de manera caprichosa y pueril lo que cree que le deben, por ejemplo. Así nosotros: herederos y depositarios de aquellos logros revolucionarios, difícilmente nos daremos cuenta del costo de los derechos y de la dificultad para ganarnos los privilegios.
            La raíz y la consecuencia tanto de los derechos privados como de los derechos comunes son distintas. Ortega identifica plenamente que los derechos privados o particulares son resultado precisamente del esfuerzo, de la nobleza natural que empuja a quien la posee o la cultiva a ser mucho mejor y por ello el hecho de que tenga esos derechos particulares no constituye privilegio desmerecido alguno, no son simple goce, sino consecuencia del mucho esfuerzo que se empleó para conseguirlo. En cambio, los llamados derechos comunes son por decreto y concepción, una posesión pasiva, beneficio sin el costo de haberlos merecido:

Los derechos privados o privilegios no son, pues, pasiva posesión y simple goce, sino que representan el perfil adonde llega el esfuerzo de la persona. En cambio, los derechos comunes, como son los «del hombre» y del ciudadano, son propiedad pasiva, puro usufructo y beneficio, don generoso del destino con que todo hombre se encuentra, y que no responde a esfuerzo ninguno, como no sea el respirar y evitar la demencia. Yo diría, pues, que el derecho impersonal se tiene, y el personal se sostiene.[4] (Ortega, 1994: 181)

            En ese mismo tenor, José Ingenieros identifica perfectamente que la proclamación de los derechos del hombre por sí mismos no constituye la garantía de que haya también una superación en las relaciones entre los hombres, pues se corta o se olvida la otra parte que es también fundamental: la de los deberes:

La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron tan domésticos como los esclavos; la revolución francesa dio libertad política a sus descendientes, mas no supo darles esa libertad moral que es el resorte de la dignidad. El esclavo y el siervo siguen existiendo, por temperamento o por falta de carácter. No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena, como van a la querencia los animales extraviados. Su psicología gregaria no se transmutó, declarando los derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son ficciones que los halagan, sin redimirlos.[5]

Es fundamental para Ingenieros considerar que los derechos humanos halagan a las personas igualando políticamente y desde el marco legal la concepción que se tiene del respeto y la observancia de las propias leyes; pero de ninguna manera se procura la libertad moral, ya no sólo la libertad política. La libertad moral será entonces una vida digna, pero no dignificada por la ley y por los defensores de los derechos humanos, sino una dignidad merecida, fortalecida, henchida por el esfuerzo propio de cada hombre para dar todo de sí en la tarea a la que se sienta llamado a realizar. Por ello Ortega e Ingenieros se quejan constantemente de estar viendo cómo hay una creciente mediocracia.
«Desde que se inventaron los derechos del hombre todo imbécil los sabe de memoria para explotarlos, como si la igualdad ante la ley implicara la equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir a expensas del Estado rebaja la dignidad».[6] Y es que en nuestros días los grupos humanos, los analistas políticos, los dueños de los medios de comunicación masiva y hasta en las escuelas se le da una tremenda propaganda a la lucha por el respeto a los derechos humanos. Se toma un papel que llega a ser de decidida compasión a las supuestas víctimas de las mayorías, sin reparar en lo más mínimo en la observancia de los deberes. No es entonces condenable la defensa de los Derechos Humanos en sí misma, sino la extrema ignorancia e incoherencia de quienes abanderan las causas de las presuntas víctimas. Por otra parte, como la propaganda es aplastante, abundante y apartada de la crítica y el análisis, cualquiera se sabe ya sus derechos, los reclama y los exige, pero no se sabe ni toma en cuenta ni le interesan sus deberes, mismos que son sinónimo de la responsabilidad, la disciplina y la exigencia por dar, más que por recibir. Y la consecuencia lógica de que haya más promoción para la defensa de los derechos que para el cumplimiento de los deberes es que surgen los demagogos, manipuladores y las singulares amenazas de nacientes totalitarismos. No olvidemos que los movimientos totalitarios suelen acompañarse de la adulación al pueblo mediante la demagogia: en nuestros días es mal visto quien no es “libertario”. Es más sencillo uniformar y homogeneizar a las personas para que exijan y velen con los organismos pertinentes por la observancia de los derechos humanos. Otra vez Ingenieros nos señala que «también se adula al pueblo. Hay miserables afanes de popularidad. Para obtener el favor cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas disfrazadas de ideal; más cobardes porque se dirigen a plebes que no saben descubrir el embuste. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento a la propia dignidad».[7]
La igualdad que jurídicamente se promueve también pone en jaque la distinción. Por una parte se promueve una conciencia de igualdad, pero por otra se empieza ya a hablar de un respeto de las diferencias. Lamentablemente el último reclamo pretende fundarse también desde el respeto al marco jurídico, más no por lo que en la práctica haya de búsqueda de la perfección por parte de los individuos. Hemos de dejar claro en este punto nuestra convicción de que la distinción no la otorga el derecho ni organismo defensor de los derechos alguno, sino el merecimiento, el trabajo por lograr con el esfuerzo en la vida dicha distinción. He ahí el origen de la verdadera nobleza.
Los promotores de la defensa de los derechos han venido a tratar de cubrir con la ley lo que en la práctica se es incapaz de buscar: el merecimiento de la distinción y el despliegue pleno del talento personal para realizar cualquier empresa. Se pretende igualar por decreto lo que por naturaleza es distinto y con la práctica se puede hacer distinto también y luego se pretende distinguir por decreto lo que no ha hecho los méritos suficientes para que se le reconozca dicha distinción.
Hoy más que nunca, en este mundo dominado por el afán de nivelar todo, puesto que se parte de una concepción igualitaria con la democracia, todos creen tener razón en lo que dicen y en lo que hacen y es por ello que las masas actuales no obedecen a los verdaderos líderes. Clamar por la igualdad a rajatabla derrumba la distinción entre quienes han hecho los méritos suficientes para ser reconocidos como distintos. Es por eso que el ignorante de nuestros días puede estar al frente de los micrófonos y las cámaras de televisión hablando incoherencias ante el beneplácito de los espectadores; por eso también se hacen más comunes los filmes en los que otrora villanos, tiranos o dictadores son considerados como víctimas inocentes de sus circunstancias, eran “humanos” como cualquier persona. Atrás quedó la idea de que cometieron atrocidades. Ya no se distingue, pues, que por sus obras son considerados tiranos, villanos o dictadores, y no por sus personas. He ahí el problema: se confunde lo que se es con lo que se hace. Todo se quiere meter en el concepto de “igualdad humana” como si no importara el esfuerzo, las obras, el afán de perpetuarse y dar sentido a lo que se hace, ennobleciéndolo y ennobleciéndose con ello. «El progresivo advenimiento de la democracia —dice Ingenieros—, permitiendo la igualdad de los demás, ¿ha dificultado la culminación de los mejores? El siglo XIX comenzó a unificar la esencia de los regímenes políticos, nivelando todos los sistemas, aburguesándolos.»[8]
Siguiendo la pista de la intromisión del Estado en las esferas más recónditas de la vida humana en nuestros tiempos, el Dr. Juan Carlos Moreno distingue una especie de tarea asumida ilegítimamente por parte de lo que denomina “el Imperio del Bien”, que no es otra cosa que el Estado entrometido; pero oculto bajo la máscara hipócrita del Estado Laico cuya misión es preservar los derechos sagrados de la humanidad, los derechos humanos:

El Imperio del Bien —nos dice— quiere arreglar males que no comprende y no puede comprender (por ejemplo, la violencia intrafamiliar), o acaso simplemente quiere extender su imperio a todos los ámbitos de la existencia. Es —si extrapolamos la brillante calificación que Vargas Llosa hiciera en su momento de nuestra vieja “dictablanda” mexicana— un totalitarismo blando que nos aplasta con nuestro consentimiento, y delicada, y virtuosa y seductoramente, por nuestro propio bien y el de los nuestros.[9]

Y enseguida el mismo Dr. Moreno cita a Maritain para identificar también la exaltación contemporánea o actual con la que la sociedad ha proclamado los derechos fundamentales, so pena de pagar, paradójicamente, su derecho de autorregularse desde el ámbito de la conciencia ante el exceso de regulaciones jurídicas del Estado entrometido:

Vean con qué solemnidad religiosa el mundo moderno ha proclamado los derechos sagrados del individuo, y a qué precio ha pagado esta proclamación. Y entretanto el individuo, ¿alguna vez ha estado más completamente dominado, más fácilmente modelado por las grandes potencias anónimas del Estado, del Dinero, de la Opinión? En el orden social, la sociedad moderna sacrifica la persona al individuo; le da al individuo el sufragio universal, la igualdad de derechos, la libertad de opinión, y entrega la persona, aislada, desnuda, sin ninguna armadura social que la sostenga y la proteja, a todas las potencias devoradoras que amenazan la vida del alma. [10]

Por su parte, Hans Küng, quien ha participado en diversos foros mundiales sobre el tema de la necesidad de una ética mundial para la economía y la política, nos acerca a una reflexión similar a las aludidas por Ortega, Ingenieros y Maritain:

En nuestro repaso histórico hemos visto que los deberes han sido formulados miles de años antes que los derechos. Sin embargo, 200 años después de la Revolución de 1789 vivimos en una sociedad en la que individuos y grupos reivindican constantemente sus derechos frente a otros, sin reconocer para sí mismos ninguna clase de deberes. En nuestros días pueden ser numerosas las reclamaciones de derechos presentadas particularmente frente al Estado. Vivimos de hecho en una sociedad de  reivindicación que se presenta con frecuencia como “sociedad procesal” o “sociedad querellante”. ¿Acaso en nuestros superdesarrolllados Estados de derecho, con su sin duda justificada insistencia en los derechos, no sería conveniente una nueva concentración en los deberes?[11]

            Siguiendo el hilo de la propuesta de Hans Küng hemos también de considerar que él mismo declara que:

De los solos derechos humanos, por fundamentales que sean para el hombre, no puede derivarse ninguna ética global de la humanidad extensible a los deberes prejurídicos del hombre. Previamente a toda fijación jurídica y a la legislación del Estado, existe la autonomía moral y la responsabilidad consciente de la persona, a la que no sólo se hallan ligados derechos, sino también deberes fundamentales.[12]

            Y con ello hacemos notar, pues, que el solo reclamo de los derechos sin contemplar los deberes es otra de las notas características del tipo de hombre de la masificación. Acorde a lo que Ortega considera e identifica plenamente ya en los albores del siglo XX, Hans Küng por su cuenta lo señala como algo que comúnmente se da en nuestra actual sociedad mundial, en el estudio y la propuesta global que él hace porque sabe que son tiempos de globalización o de masificación.
Las ideas de Küng para promover su idea de una ética mundial que agrupe las consideraciones más importantes del tipo moral, para preservar en el mundo globalizado la observancia de ciertos preceptos que permitan una armonía en la convivencia humana, se encuentra en clara sintonía con la identificación del equilibrio que debe haber, para la Iglesia Católica, en la sociedad:

Al derecho de todo hombre a la existencia, por ejemplo, corresponde el deber de conservar la vida; al derecho a un nivel de vida digno, el deber de vivir dignamente, y, al derecho a la libertad en la búsqueda de la verdad, el deber de buscarla más amplia y profundamente. Así pues, aquellos que al reivindicar sus derechos se olvidan de sus deberes o no les dan la conveniente importancia, se asemejan a los que deshacen con una mano lo que hacen con la otra.[13]

También es válido levantar la objeción ante la inercia de las demandas por la observancia de los derechos humanos para advertir que solamente poniéndolos en tensión frente a los deberes podremos darnos cuenta del equívoco moral de nuestra circunstancia, porque al que pueda jactarse de pensar los problemas del entorno —como la misma identidad y la diferencia que propone nuestro congreso—, también a éstos  les toca advertirlo, aún a contracorriente. Aquellos que se atreven a denunciar el escándalo, la sinvergüenza, los excesos viciosos, la trasgresión, los abusos, el clientelismo, la corrupción, la hipocresía, la falta de rigor intelectual, el desorden en los quehaceres, la desfachatez de los indignos dirigentes, la condición errática de múltiples tareas, las anomalías mentales de quienes defienden lo indefendible, la errática promoción del respeto a la diversidad y a las diferencias, y más que nada ahora, la contraposición o la tensión entre los derechos y los deberes etc., son tachados en nuestra modernidad de intolerantes, totalitarios, reaccionarios, herejes contemporáneos, son los demonios de nuestros días, son los bichos raros, los fenómenos, los incómodos.

¿Quién habla hoy de desconectarse? —nos dice Alain Finkielkraut— ¿Quién levanta la cabeza? ¿Quién se sacude la inercia del activismo? ¿Quién tiene en cuenta el hecho de que los hombres tienen ya acceso a toda la información que necesitan? En la era de las nuevas tecnologías de la comunicación y del ser vivo, ¿quién dice, con Walter Benjamin, que la revolución no es la locomotora de la historia, sino la mano de la especie humana «haciendo sonar la señal de alarma» a bordo del tren de la historia descarrilado en mala dirección? Ni en el campo de la informática ni en el de las biotecnologías se emplea ahora la palabra revolución más que para designar nuestro destino. Y lo que, a fin de cuentas, caracteriza la entrada en el siglo XXI es el conservadurismo del movimiento.[14]



[1] Küng, Hans, Una ética mundial para la economía y la política, México, Fondo de Cultura Económica, 2002, p. 141.
[2] Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, en Obras completas (O. C.), tomo IV, 2ª Reimpresión, Madrid, Alianza Editorial, Revista de Occidente, 1994, la primera edición fue publicada como libro en 1930, pp. 151-152.
[3] Ibid.
[4] Ibid. p. 181.
[5] Ingenieros, José. El hombre mediocre. («Colección “Sepan cuántos…” número 270»), XVII edición, México, Ed. Porrúa, 2004, p. 96.
[6] Idem.
[7] Op. cit., p. 142.
[8] Op. cit., p. 194.
[9] Moreno Romo Juan C. (Coord.), Descartes vivo. Ejercicios de hermenéutica cartesiana. («Autores, textos y temas. Filosofía, núm. 63»),  Barcelona, ed. Anthropos-Universidad Autónoma de Querétaro, 2007, p. 33.
[10] Citado en Moreno Romo Juan C. (Coord.), Descartes vivo. Ejercicios de hermenéutica cartesiana. («Autores, textos y temas. Filosofía, núm. 63»),  Barcelona, ed. Anthropos-Universidad Autónoma de Querétaro, 2007, p. 33.
[11] Cfr. op. cit., Küng, p. 141.
[12] Op. cit Küng, p. 144.
[13] Juan XXIII, en A.A.V.V., Doctrina social de la Iglesia. Doctrina actual de la Iglesia, Encíclica “Pacem in terris”, VI edición, México, Ediciones paulinas, 2002, Edición preparada por Heriberto Jacobo M. pp. 268-269
[14] Finkielkraut, Alain, Nosotros, los modernos. («Ensayos 282»),  Madrid, Ed. Encuentro, 2006, traducción de Miguel Montes. p. 242.

~ 0 comentarios: ~

~ Publicar un comentario ~

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

Sample text

Sample Text

Text Widget

Social Icons

Followers

Featured Posts

Social Icons

Blogger templates

Unordered List

Sample Text