En Francia hay una emisora de radio cultural. France Culture, se llama. En México no tenemos algo así. Lo más que se le parece son las emisoras de las distintas universidades del país; pero en ellas se puede escuchar casi siempre uno que otro programa de música clásica; de vez en cuando discusiones, casi siempre sobre política local; otras veces alternan entre trova y música "del mundo"; o bien, música folklórica. No hay emisiones de análisis, de discusión filosófica, literaria o religiosa; y si las hay, son paupérrimas. Falta mucho por hacer en ese sentido. Tampoco podemos esperar mucho de la producción editorial de ideas, si no fuera por las exigencias de organismos como el CONACYT. Los investigadores procuran producir textos para hacerse acreedores a los apoyos económicos del gobierno. De eso viven los mejor calificados en nuestro país; o de las clases en las universidades.
La radio cultural de Francia puede sintonizarse acá: http://www.franceculture.fr/. Y en una de tantas emisiones conduce el autor del que quiero publicar esta entrada, me refiero a Alain Finkielkraut. La emisión se llama Rèpliques y puede verse aquí. Ahí el conductor invita a prestigiados expertos y estudiosos de los temas que trata, regularmente de filosofía, literatura, historia, antropología, política, etc.
La obra escrita de este pensador judeo-francés habla por sí sola de lo pertinente que son los temas abordados y los enfoques muy bien centrados y lo ubica como una de las voces o presencias más críticas contra las formas de la Modernidad. Escéptico, por ejemplo, de la corriente políticamente correcta de nuestros tiempos y de sus orígenes con el caso Dreyfus (lo cual desconcertaría a los intelectuales políticamente correctos), o del mismo intelectualismo ideologizado hasta el punto del adoctrinamiento laicista. En fin, presento un análisis de algunas de sus obras que hice con anterioridad y nunca vieron la luz de la publicación escrita (hasta ahora). Espero lectores verdaderamente curiosos y suficientemente críticos. Veremos.
Alain Finkielkraut
Publicado por
Julián Hernández Castelano
sábado, 5 de julio de 2014
«La humanidad,
volviendo a enlazar con el progreso, se dispone a abandonar sin pesar un siglo
de hierro cuyo extremismo suministra un desmentido aterrador a la representación
progresista y acumulativa de la temporalidad. Y es que el siglo XX no es ni el
mundo antiguo respecto al nuevo, ni la promesa cuyo cumplimiento debería ser el
siglo XXI. El siglo XX es un monstruo histórico refractario a toda introducción
en la sucesión de las épocas humanas».
Alain Finkielkraut. Nosotros, los modernos.
Difícil
resulta precisar los límites exactos de la pertenencia temporal de los
pensadores que les ha tocado vivir en los cambios de siglo, según el calendario
vigente para nuestra circunstancia. Así, puede acontecer que la obra filosófica
o intelectual de algún personaje se inicie en un cierto periodo, pero continúe
y siga fructificando en el siguiente. Es un problema de fronteras temporales,
mas no de continuidades conceptuales, ni mucho menos de realidades vinculadas
en el mundo del cual se manifiesta la teoría u observación del pensador. Tal es
el caso de nuestro autor, nacido en el siglo XX y ejerciendo su labor hasta
nuestro naciente siglo XXI. En nuestros días plagados de informaciones
numerosas gracias al Internet, podemos encontrar un sinnúmero de referencias
acerca de Finkielkraut: basta con teclear su nombre en el buscador cibernético
preferido y al instante se despliegan páginas y páginas sobre su persona y
sobre su obra; tanto para expresar su aporte al mundo intelectual, como para
denostarlo o presentarlo como un filósofo ciertamente controvertido por sus
posturas sui generis sobre diversos temas del mundo actual. Nuestro filósofo
tiene una presencia importante en las emisiones de radio en France Culture, su
programa sabatino Répliques convoca
desde escritores hasta analistas deportivos, sociólogos, psicólogos,
politólogos, funcionarios, críticos de arte, filósofos, médicos, etc., para
debatir y discutir una diversidad también de temas cuyo interés emerge para
cobrar vigencia en nuestros días. No por el impacto mediático que él mismo
podría revestir, empero, acude en sintonía de las ideas imperantes del mundo
actual, sino que, a contracorriente, se atreve a denunciar ciertas anomalías o
amenazas cobijadas por los discursos oficiales en los terrenos de la política,
en la historia actual, en la propagación de la cultura y en las secuelas de los
acontecimientos dolorosos recientes principalmente en el mundo occidental y más
concretamente en Europa. Crítico de los acontecimientos oficiales del siglo XX.
Crítico, además de las corrientes “canónicas” del pensamiento moderno y
postmoderno. Finkielkraut se ubica voluntariamente entre los pensadores que
acusan una especie de traición a la vocación esencial del pensador, del
intelectual de nuestros tiempos. Así, podemos nosotros identificar al menos
tres temas en los que se circunscribe la punzante discusión y pronunciamiento
de nuestro autor: el antisemitismo, la
cultura y la traición de los intelectuales y, por último la crítica del siglo XX.
I.
El antisemitismo.
En El judío
imaginario, En el nombre del otro: reflexiones sobre el antisemitismo que viene
y Una voz viene de la otra orilla,
aborda desde distintas reflexiones el problema en torno a la aceptación o el
rechazo de los judíos, a la luz de las experiencias históricas europeas, desde
los tiempos medievales hasta la dolorosa huella de la Shoah bajo los influjos ideológicos
hitlerianos. Para Finkielkraut, se va acrecentando un nuevo antisemitismo en
Europa, principalmente; y no necesariamente con el neonazismo o las
manifestaciones racistas en contra de los hebreos, sino con los totalitarismos
actuales —sean de izquierda o de derecha— que imponen de cualquier modo una
serie de consideraciones, políticas, ideologías, etc., en detrimento de la
existencia pacífica del sionismo; mas la alerta encendida por Finkielkraut no
se detiene en la amenaza contra los semitas, sino que se extiende y se aplica a
los grupos humanos desplazados, vejados, reprimidos o simplemente
desfavorecidos. Tal es el caso de la reflexión hecha en torno a los
acontecimientos suscitados en los Balcanes, la situación de los serbios, los
bosnios y la ex Yugoslavia, la separación pretendida de Kosovo y las disputas internas
de las etnias. Aunque, por otra parte, advierte sobre los riesgos de lo que
llama “la tiranía de las minorías”.[1]
«La Shoah
es omnipresente» declara en Una voz viene
de la otra orilla, al mismo tiempo que evoca la obra de Hanna Arendt, de
George Steiner y otros pensadores del siglo XX que con sus propias ideas claman
que no cese la memoria de la masacre judía desencadenada por los prejuicios
ideológicos y míticos nazis. La
Shoah es el nombre judío de lo que en Occidente llamamos “el
Holocausto”. Los adjetivos como genocidio o crímenes contre lesa humanidad para
nada responden al dolor y la humillación padecida por los hebreos en Europa;
pero tampoco el discurso oficial ni la pretendida defensa de los Derechos
Humanos consuelan, ni borran, ni sanan las heridas dejadas en la Shoah. Finkielkraut
advierte el riesgo de que todo quede en lo ornamental, en la anécdota, en el
archivo muerto de la historia, si no se atienden las vejaciones de nuestros
tiempos, si los discursos oficiales continúan disfrazando sus palabras para no
herir a ningún bando en estos tiempos de la hiperdemocracia y la igualdad a
ultranza. Al fin y al cabo es en esas trincheras donde nuestro autor descubre
la presencia de este nuevo antisemitismo.
II.
La cultura y la traición de los intelectuales.
Desde hace un tiempo se ha vuelto una consideración común
entender a la cultura como un conjunto de manifestaciones que dan cuenta de la
identidad de las personas y los pueblos, o bien, como «la suma total de las
actividades creadoras de un pueblo, sus métodos de producción y apropiación de
bienes materiales, su forma de organización, sus creencias y sus sufrimientos,
su trabajo y su tiempo libre, sus sueños y sus éxitos».[2]
Es por ello que encontramos manifestaciones culturales de todo tipo, pues según
este modo de ver la cultura, prácticamente se abarca todo. Tal es la tarea de la UNESCO en el mundo en los
últimos tiempos. Tarea errónea, pues según Alain Finkielkraut, este organismo
internacional ha perdido de vista la intención que tenía de promover la
solidaridad moral o intelectual de la humanidad, pues esta era la misión que
sus delegados distinguían luego de la caída del nazismo, justamente para
prevenir y vacunar al mundo del riesgo de nuevos regímenes totalitarios. La
solución sería retomar ciertos ideales de la Ilustración y procurar
que las personas del mundo se cultivasen de tal manera que se alejaran de toda
posibilidad de ser sometidos o manipulados. Era necesario asegurar para todos,
el pleno e igual acceso a la educación, la libre búsqueda de la verdad
objetiva, así como el libre intercambio de ideas y conocimientos. Estos eran
los propósitos de la UNESCO
en sus inicios. En términos generales Finkielkraut condena la idea que este
organismo internacional introdujo para velar porque la promoción cultural
gozara del beneficio legal y cuidara la autonomía de todos los pueblos,
pensando sobre todo en los más agraviados por la catástrofe de la segunda
guerra mundial. «Ninguna superioridad —afirma este pensador— distingue entonces
la vida del espíritu de las múltiples actividades humildes o triviales que
conforman la parte no intelectual de la existencia. El campo del arte y de las
ideas se integra, como cualquier actividad, a esta totalidad palpable y
distinta que constituye la cultura de una comunidad».[3]
Todo esto nos llevaría a repensar el cúmulo de actividades o manifestaciones
que elevamos al rango de cultura y a replantear nuestras prioridades para la
promoción de la misma. Asimismo —considera Finkielkraut— «la vida intelectual
no es ya ni un mundo aparte ni una actividad exclusiva: su particularidad se ha
disuelto y ya sin condecoraciones ni prerrogativas la encontramos situada en el
mismo nivel que las formas plebeyas de la actividad humana. No hay ya barrera
alguna que resista entre la materia en bruto de la experiencia y la creación
artística o la contemplación de las ideas. Temible uniformidad: la cultura que
abarca todo priva al hombre de la facultad de trascender lo dado y de llegar a
una existencia distinta al seleccionar entre la enorme cantidad de creencias,
opiniones, hábitos, rutinas, ideas recibidas y costumbres que componen la
herencia de cada individuo».[4]
El autor esboza en este punto la necesidad de separar la labor intelectual como
una parte de la cultura, y que esta se distinga y se distancie de otras muchas
actividades que nada tienen que ver con el deseo de trascendencia.
Hay, pues, un cambio anómalo en la manera de asumir y
entender la noción y la carga semántica, significante de la palabra “cultura”:
Esta
transmutación de la cultura en mi
cultura es para Benda el distintivo de la era moderna, su contribución
insustituible y fatídica a la historia
moral de la humanidad. La cultura: el ámbito en el que se desarrolla la
actividad espiritual y creadora del hombre. Mi cultura: el espíritu del pueblo
al que pertenezco y que impregna a la vez mi pensamiento más elevado y los
gestos más sencillos de mi existencia cotidiana. Este segundo significado de la
cultura es, como el propio Benda indica, un legado del romanticismo alemán.[5]
Evoca entonces la obra de Julien Benda para explicar el
cambio en la acepción del término “cultura”. Asentada tal diferencia, debemos
considerar también el cambio de postura con respecto de los llamados valores
universales. En aras del respeto a la diversidad se relativiza o se
particulariza también la comparecencia ante los valores, según nuestro autor:
Desde siempre, o
para ser más exacto desde Platón hasta Voltaire, la diversidad humana había
comparecido ante el tribunal de los valores; apareció Herder e hizo condenar
por el tribunal de la diversidad todos los valores universales. La exaltación
de la identidad colectiva compensa la derrota militar y la envilecedora
sujeción que es su precio. Con el maravillado descubrimiento de su cultura, la
nación se resarce de la humillación que está sufriendo. Para olvidar la
impotencia, se entrega a la teutomanía.[6]
Finkielkraut coincide en esta señalización, tanto con Benda
y Balmes, entre otros, como con los autores de El mito nazi[7] en el sentido del legado romántico e idealista
alemán del Volksgheist o “alma del pueblo” o “alma colectiva”. «Con el
romanticismo alemán, juristas y escritores combaten en primer lugar las ideas
de razón universal o de ley ideal. Para ellos, el término cultural ya no se
remite al intento de hacer retroceder el prejuicio y la ignorancia, sino a la
expresión, en su singularidad irreducible, del alma única del pueblo del que
son los guardianes».[8]
Los parámetros con los que se valora la supremacía o la
eminencia de las creaciones científicas, artísticas, etc., mismas que aportan
elementos de superación para los demás en lo que se refiere a la convivencia y
al cotidiano tejer de la vida misma en colectividad, se han banalizado, es
decir, los criterios han mutado y ya no es loable para la actualidad el rigor o
la razón, ni el talento, ni la inspiración propias del genio, sino la
longevidad ancestral de tales aportaciones: «El valor de las instituciones ya
no lo fija su grado de proximidad a un modelo ideal sino su antigüedad. Las
costumbres son legítimas porque son seculares. Cuanto más ancestral es un
orden, más merece ser preservado. Si una opinión común ha recorrido los siglos,
se debe a que es verdadera; ningún argumento racional puede prevalecer contra
esta pátina de edad, contra esta consagración por el tiempo. Abolida cualquier
metafísica, la verdad sólo existe en la longevidad de las cosas».[9]
El problema está en que no solamente han cambiado los
esquemas mentales por los cuales se mide o se valora lo que hoy se ha llamado
“cultura”, en detrimento del vocablo que designa a las creaciones más elevadas
de la especie humana; el problema abunda y se extiende hasta los ámbitos del
pensamiento. Por ello Finkielkraut se refiere a la derrota del pensamiento,
porque el gremio intelectual en bloque ha asumido esta tergiversada noción de
cultura, pues en cierta manera conviene a muchos aspirantes del pensamiento
igualarse con las grandes mentes. Desde ese momento la llamada “sabiduría
popular” en nada se diferencia de la búsqueda sistemática de la Verdad :
Aproximar los
filósofos al punto en que se ha quedado la sabiduría popular; llevar el
pensamiento a la escuela de la opinión; sumergir el cogito en las profundidades de la colectividad; enlazar con las
generaciones anteriores del vínculo roto; sustituir la búsqueda de la autonomía
por la autenticidad, abandonar cualquier resistencia crítica, dejarse invadir
por el calor materno de los preceptos mayoritarios e inclinarse ante su
discernimiento infalible; encadenar la razón al instinto, en suma, desertar a
favor del capullo nacional de esa «gran sociedad de los espíritus extendida por
doquier independiente» (Voltaire, citado en René Pomeau, L’Europe des limières, Slatkine, 1981, p.176.) que los pensadores
de las Luces se vanagloriaban de haber sabido establecer.[10]
Desde ese punto de vista, no sólo el rebajamiento del rigor
intelectual en los hombres de ciencia y los filósofos se convierte en una
condición natural, sino que la quimera del cultivo por parte del hombre tipo de
la masificación se vuelve constante y engañoso:
Cultivar a la
plebe significa disecarla, purgarla de su ser auténtico para rellenarla
inmediatamente con una identidad prestada, exactamente de la misma forma como
se hizo que, gracias al colonialismo, las tribus africanas se encuentren
dotadas de antepasados galos. En el lugar donde se ejerce esa “violencia
simbólica” es precisamente aquel que los filósofos de las Luces erigieron como
instrumento por excelencia de liberación de los hombres: la escuela. Bajo la
mirada igualadora de la ciencia, quedan abolidas las jerarquías y todos los
criterios de discriminación se ven obligados a confesar su arbitrariedad:
ninguna barrera separa ya las obras maestras de los recién llegados; la misma
estructura fundamental, los mismos rasgos generales y elementales se encuentran
en las “grandes” novelas y en las formas plebeyas de la actividad narrativa.[11]
La cultura ha llegado a un estado de barbarie, al
corromperse el significado de la palabra y al aplicarse el vocablo para un
sinnúmero de actividades propias de lo que más bien puede identificarse como
identidad de los pueblos:
Así pues, la
barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esa gran
palabra, crece la intolerancia, al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no
es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y,
bajo la pena de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a
la razón —a todo lo que podría sustraerle de la matriz colectiva—, es la
industria del ocio, esta creación de la era técnica que reduce a pacotilla las
obras del espíritu. Y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su
lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático y el zombie.[12]
Alain Finkielkraut,
considera que este nuevo orden mundial ha provocado también un “rebajamiento de
la cultura”. En realidad nos parece que hay un avance inusitado en cuanto a las
bondades que puede presentar la globalización, pero también nos parece que no
se le ha dado plena atención a los problemas que acarrea este proceso de
mundialización. Considera también nuestro autor que nuestra época se queja de
los privilegios, pero al mismo tiempo privilegia la forma de ser de la sociedad
parecida a la de los niños, adolescentes y jóvenes:
En nuestros días, la juventud constituye el imperativo categórico de
todas las generaciones. Los ancianos no son honrados por su sabiduría, su
seriedad o su fragilidad, sino única y exclusivamente si han sabido permanecer
juveniles de espíritu y de cuerpo. En una palabra, ya no son los adolescentes
los que, para escapar del mundo, se refugian en su identidad colectiva; el
mundo es el que corre alocadamente tras la adolescencia. El largo proceso de
conversión al hedonismo del consumo emprendido por las sociedades occidentales
culmina hoy con la idolatría de los valores juveniles. [13]
Y más adelante
afirma también que:
La batalla ha sido violenta, pero lo que hoy se denomina comunicación
demuestra que el hemisferio no verbal ha acabado por vencerla, el clip ha
dominado a la conversación. La sociedad “ha acabado por volverse adolescente”.
Y a falta de saber aliviar a las víctimas del hambre, ha encontrado, con motivo
de los conciertos para Etiopía, su himno internacional: We are the world. We are the children. Somos el mundo, somos los
niños.[14]
En el siglo de las
Luces manifestaban los intelectuales una misión por sacar de una especie de
minoría de edad a los hombres, acusando a ciertas instituciones, como la Iglesia y la Monarquía de tener una
influencia sobre los siervos, no permitiéndoles ejercer con libertad el
pensamiento. Hoy pareciera que de nada han servido los esfuerzos de los
ilustrados, o que su pretendida “obra buena” produjo la actual condición pueril
e irracional de los que no piensan: si hay esa libertad del pensamiento, y más
aún, de la expresión, salta a la vista cómo se desperdicia esa supuesta
libertad para proferir incoherencias, falacias y sandeces arropadas con la
defensa de esas “libertades”. Nada de lo que en teoría debería ser lo más serio
y exigible posible lo es realmente.
En una entrevista en la que se le cuestiona si se le puede definir como
un “conservador de las izquierdas” respondió: «Hoy la Revolución no es la
locomotora que arrastra el tren de la Historia , sino la mano que tira de la señal de
alarma porque el tren va en mala dirección. Creo en la necesidad de frenar, de
ralentizar ciertos procesos, de conservar cosas que son las que garantizan que
pueda surgir lo que es nuevo, que permiten salvar el mundo y la belleza. Para
mí esa es una perspectiva revolucionaria.»[15]
«En
su día —agrega Finkielkraut—, Tocqueville habló del peligro de la "tiranía
de las mayorías", pero ahora el peligro es de una "tiranía de las
minorías"».[16]
«La palabra
intelectual —nos dice Finkielkraut— aparece en 1821 en la pluma de Saint-Simón:
“invito a los intelectuales positivos a unirse y a combinar sus fuerzas para
proceder a un ataque general y definitivo contra los prejuicios, comenzando la
organización del sistema industrial”. Sin embargo, fue a finales del siglo XIX,
durante el caso Dreyfus, cuando la palabra intelectual se vuelve de uso
corriente».[17]
Según Finkielkraut, el caso Dreyfus hizo que un nutrido grupo de académicos,
investigadores, periodistas, etc., seguidos del «Yo acuso» de Émile Zola,[18]
publicaran sus posturas en torno al caso, pero de manera conjunta, pues el caso
de uno, justo o injusto, se convirtió así arbitrariamente en el caso de todos.
No siempre el uso del pronombre “nosotros” debe englobar un compromiso
desmedido y muchas veces irracional; si alguien pretende excluirse no es por
traición alguna, sino por la búsqueda de una razón verdadera para compartir el
sentido de pertenencia. Finkielkraut aclara que: «Nosotros:
era el pronombre de la autenticidad recuperada, ahora es el de la homogeneidad
obligatoria; era el espacio caluroso de la fraternidad combatiente, es el
glacis en que la vida pública se marchita y se estanca».[19]
Finkielkraut opone férreamente que los argumentos y las
posturas asumidas por el llamado gremio intelectual de nuestros tiempos no
necesariamente tienen el rigor adecuado para erigirse en la especie de jueces
que suponen ser, puesto que asumen la falsa imagen de liberales modernos,
inclusive rechazan, critican y señalan un supuesto conservadurismo de lo que se
aferran a ciertas formas anteriores de pensar o de medir los acontecimientos.
Este mismo autor cita a otros pensadores que señalan la misma anomalía de los
intelectuales:
Ferdinand
Brunetière fustiga la arrogancia de los intelectuales y se burla de su
ignorancia: “El sólo hecho de que se haya creado recientemente esta palabra de
intelectual para designar como a una especie de casta nobiliaria a la gente que
vive en los laboratorios y las bibliotecas, es un hecho que denuncia por sí
solo uno de los vicios más ridículos de nuestra época, me refiero a la pretensión
de elevar a los escritores, a los sabios, a los profesores al rango de
superhombres”.[20]
Acaso esta característica identificada por Brunetière y
repetida por Finkielkraut acerca de la arrogancia de los llamados intelectuales
también tiene que ver precisamente con un marcado esnobismo actual: los que
estudian creen saberlo todo como para poder opinar de todo. Desde luego que con
el hecho de analizar y estudiar tendrás más elementos que el autodidacta o
cualquier persona que quiera opinar sobre lo que sea, pero no necesariamente
quienes consiguen sus títulos académicos están respaldados por la virtud que
demuestra lo bien o lo mejor que pueden desempeñar su trabajo.
Si todos los
hombres son iguales —escribe Finlielkraut—, ¿en nombre de qué algunos de ellos
habrían de confiscar en su propio beneficio la razón o el juicio? Y si es
verdad que con el progreso del saber se vuelve arborescente la inteligencia,
¿qué es lo que habilita aún al intelectual a dar prescripciones sin cesar y a
dar lecciones desde su rama? ¿En nombre de qué se puede decir que el
conocimiento adquirido, en un campo, en una especialidad, otorga a determinados
seres una eminencia universal?[21]
Los llamados intelectuales han tratado de acreditarse la
validez de sus palabras opinando sobre todo tipo de temas, principalmente
políticos. Los líderes de opinión, la “comentocracia”[22],
los analistas y hasta los filósofos justifican su quehacer y su aparición en
los medios de comunicación no sólo para divulgar su conocimiento, sino para
intentar pontificar sobre los más variados temas, enarbolando comúnmente
ideologías, ya sea de izquierdas, derechas y demás topografías políticas.
Cuanto más se
dividen —continúa Finkielkraut— y se profesionalizan las luces, menos
garantizada está la posición del intelectual y más se arriesgan sus
indignaciones globales a caer en el ridículo: «Los intelectuales no hacen más que desatinar con autoridad
sobre las cosas que no les competen», escribía, al comienzo del siglo pasado, Brunetière;
y Régis Debray, en el umbral del nuestro: «Conozco historiadores, demógrafos,
matemáticos, lingüistas, arqueólogos. Se trata de oficios que se enseñan, se
transmiten, se mejoran. No conozco a nadie de ‘profesión: intelectual’, salvo
que bauticemos como oficio a un chillón bastante perezoso, intermedio entre el
escritor y el periodista, menos el estilo y la imaginación del primero (que
exigen un gran trabajo) y las camisas sudadas sobre el terreno del segundo (que
exigen también entrega y meticulosidad)». Conclusión de Régis Debray: «Propongo
que no se hable más del ‘intelectual’ entre los intelectuales».[23]
Julien Benda escribió precisamente La trahision des clercs, cuya tesis consiste en señalar que los
intelectuales se han olvidado de los problemas trascendentes de la filosofía
para particularizar el conocimiento y desarrollarse en un plano inmanente, ya
desde Kant y principalmente en el siglo XIX. Cuando Finkielkraut cita a Benda
en La derrota del pensamiento,
identifica inmediatamente esta situación:
En 1926, Julien Benda publica La
trahison des clercs. Su tema: “el cataclismo de los conceptos morales en quienes
educan al mundo” Benda se preocupa por el entusiasmo que la Europa pensante profesa
desde hace cierto tiempo por las profundidades misteriosas del alma colectiva.
Denuncia la alegría con la que los servidores de la actividad intelectual, en
contradicción con su vocación milenaria, desprecian el sentimiento de lo
universal y glorifican los particularismos. Con un estupor indignado, comprueba
que los eruditos de su época abandonan la preocupación por los valores
inmutables, para poner todo su talento y todo su prestigio al servicio del espíritu local, para azuzar
los exclusivismos, para exhortar a su nación a cerrarse, a adorarse a así misma,
y a enfrentarse contra las demás, en su lengua, en su arte, en su filosofía, en
su civilización, en su “cultura”.[24]
Finkielkraut sitúa también a Kant en este punto, en el
cambio promovido para que pretendidamente fuese el hombre con su razón, lo que
ofreciera sus propias luces para guiarse por la vida sin la ayuda de instancias
externas o superiores, con lo que la cultura que es llamada también mi cultura reivindica la conciencia de
la autonomía personal y el concepto de identidad propia, así como el de
diversidad y respeto a las diferencias exigido:
Kant, ha tomado
como divisa: Sapere aude, no tengas
miedo de saber, atrévete a burlar todos los conformismos, «ten valor de
servirte de tu propio entendimiento», sin la ayuda de un director espiritual o
de la muleta de las ideas recibidas. Resultado: han arrancado a los hombres de
su cultura, en el mismo momento en que se vanagloriaban de cultivarlos; han
expulsado la historia creyendo eliminar la superstición o el error; convencidos
de emancipar los espíritus, sólo han conseguido desarraigarlos. Estos
calumniadores del tópico no han liberado el entendimiento de sus cadenas, lo
han apartado de sus fuentes. El individuo que, gracias a ellos, debía salir de
su condición de minoría de edad, ha sido, en realidad, vaciado de su ser. Por
haber querido convertirse en causa de sí mismo, ha renunciado a su propio yo.
Ha perdido toda sustancia en su lucha por la independencia. Pues las promesas
de cogito son falaces: liberado del prejuicio, sustraído al influjo de las
máximas nacionales, el individuo no es libre, sino apergaminado, desvitalizado,
como un árbol carente de savia.[25]
Atendamos a Finkielkraut: «Si subsiste el conservadurismo,
no es a título de credo, sino de pecado. Un pecado que consiste, para la
izquierda, en la defensa de los privilegios; para la derecha, en la defensa de
las ventajas conseguidas; y, para el individuo hipermoderno, tanto de derechas
como de izquierdas, en el gusto de las conveniencias, de las formas o, peor
aún, de los uniformes».[26]
Y es que no sólo puede considerarse al mundo contemporáneo como el ámbito del
rechazo a todo lo pasado, sino que la inmoralidad imperante exalta y promueve,
además, la trasgresión y el caos: «No hay ahora nada más premiado que el
escándalo, nada más burgués que la vida bohemia, nada más buscado que la trasgresión.
Nuestra época ha hecho de la revuelta de todos los que son capaces de
enfrentarse con las prohibiciones y los estereotipos uno de los principales
artículos de su moral».[27]
Aquellos que se atreven a denunciar el escándalo, la sinvergüenza, los excesos
viciosos, la trasgresión, los abusos, el clientelismo, la corrupción, la
hipocresía, la falta de rigor intelectual, el desorden en los quehaceres, la
desfachatez de los indignos dirigentes, la condición errática de múltiples
tareas, las anomalías mentales de quienes defienden lo indefendible, la
errática promoción del respeto a la diversidad y a las diferencias, etc., son
tachados de intolerantes, totalitarios, reaccionarios, herejes contemporáneos,
son los demonios de nuestros días, son los bichos raros, los fenómenos, los
incómodos.
¿Quién habla hoy
de desconectarse? ¿Quién levanta la cabeza? ¿Quién se sacude la inercia del
activismo? ¿Quién tiene en cuenta el hecho de que los hombres tienen ya acceso
a toda la información que necesitan? En la era de las nuevas tecnologías de la
comunicación y del ser vivo, ¿quién dice, con Walter Benjamin, que la
revolución no es la locomotora de la historia, sino la mano de la especie
humana «haciendo sonar la señal de alarma» a bordo del tren de la historia descarrilado
en mala dirección? Ni en el campo de la informática ni en el de las
biotecnologías se emplea ahora la palabra revolución
más que para designar nuestro destino. Y lo que, a fin de cuentas,
caracteriza la entrada en el siglo XXI es el conservadurismo del movimiento.[28]
III. La crítica del
siglo XX.
Hasta ahora puede ya resultar claro que nuestro autor es
uno de esos pensadores inconformes con su tiempo, con nuestro tiempo. Si
evocamos el epígrafe del presente trabajo habremos de notar la suspicacia y la
amargura con que Finkielkraut concibe el siglo XX. Principalmente la ilusión
del progreso se contrapone a la cruda realidad que ha traído consigo el siglo
de las grandes y devastadoras guerras.
En La humanidad
perdida desarrolla en forma de ensayo un recuento paralelo entre los
cruentos acontecimientos de las guerras mundiales, así como los conflictos
marginales derivados, causados o influenciados por las dos grandes guerras, y
las tendencias de los pensamientos anómalos en los que se enmarcaron las pruebas
de los totalitarismos, los fundamentalismos y las grandes masacres.
No encuentra, empero, que el bálsamo cicatrizante de tales
acontecimientos dolorosos esté —como se opina en bloque en nuestra
circunstancia— en la búsqueda e imposición de la democracia actual, pues
también ésta trae consigo el riesgo de los totalitarismos. Finkielkraut señala
más bien como otro elemento anómalo la pérdida de las distinciones con la
abolición de las jerarquías, pues si no hay lugar para las diferencias, ¿a qué
apelar entonces para dirimir controversia alguna?: «Si todo lo que es puede
meterse en el mismo saco, si la distinción entre lo que está arriba y lo que
está abajo ya no es pertinente, eso significa que a partir de ahora nadie puede
invocar su posición. Si no hay lugar para Dios, todos los lugares están
igualmente situados en relación con Dios.»[29]
En realidad podríamos asentar y concebir el pensamiento de
Alain Finkielkraut como una articulación homogénea alrededor de la idea del
fracaso del prometido, anunciado, defendido y casi sacralizado progreso. No hay
tal, según nuestro autor. La
Modernidad y los acontecimientos que le acompañan se encargan
por completo de desmentir tamaña suposición del bloque canónico de nuestro
tiempo: Ni la Ciencia
ni los marcos jurídicos de los Estados modernos han podido hacer válida y
efectiva la idea del triunfo del progreso. Más aún: Finkielkraut encuentra el
fracaso del siglo XX en la traición de los intelectuales antes señalada en el
tratamiento del tema de la cultura.
Asentemos, pues, la noción que maneja nuestro autor con
respecto del papel de los intelectuales, pues su «traición estriba en el
abandono de los valores ideales, universales y desinteresados que deberían
honrar, en aras de la exaltación desenfrenada de los particularismos. Los
sacerdotes del espíritu faltan al deber de su cargo cuando invocan los valores
nacionales para avergonzar a los hombres “de toda aspiración a sentirse en
cuanto que hombres portadores de lo que esta cualidad tiene de general y de
trascendente de las modalidades étnicas”, y cuando, en nombre de la lucha de
clases, incitan a los obreros a despreocuparse de la “humanidad en sí” y de los
demás oropeles del idealismo».[30]
Al volver Finkielkraut sobre los señalamientos que
encuentra en la obra de Benda, asocia o enlaza un vínculo estrecho entre el
papel de los intelectuales y los fundamentos que originaron la primera guerra
mundial, al menos en lo que se refiere a los conflictos que prepararon el
camino para la lucha definitiva. Nuestro autor concibe la guerra como un
conflicto declarado entre los partidarios de la Ilustración y los
partidarios del Romanticismo.[31]
Luego, haciendo suyas las palabras de François Furet afirma
que «En el siglo XIX es cuando la Historia sustituye a Dios
en la omnipotencia sobre el destino de los hombres, pero en el siglo XX es
cuando se manifiestan los desvaríos políticos del fruto de esta sustitución».[32]
Podemos decir, a modo de conclusión, que lo que critica
Finkielkraut es a la
Modernidad ; pero no a costa o en pro de la llamada postmodernidad,
pues también ésta padece lo anómalo de lo anómalo de la Modernidad ,
principalmente en lo que se refiere a la relativización de los valores
universales. ¿Es Finkielkraut una suerte de clérigo católico, un
judío-cristiano? Él mismo no se declara así. Cuanto más podría vérsele como un
judío exhaustivamente crítico. Al distinguir claramente al siglo XVIII como el
de la Ilustración
—distinción por demás aceptada y reconocida— al XIX como el siglo de la Historia y al XX como una
mezcla de un pretendido humanismo en el que se consuman las contrariedades
propiciatorias de las guerras, los contrasentidos, las herencias que empujan al
abismo de las catástrofes, la falta del propio sentido, la traición de los
intelectuales, la propia derrota del pensamiento, etc., Finkielkraut expone
cómo la sustitución de Dios por el Hombre trajo consigo la relativización del
humanismo, al tiempo que eleva al rango universal la cultura colectiva, la
sustitución de la sensibilidad personal por el alma colectiva y en ese sentido
también la aportación del Romanticismo en el cambio operado en la Humanidad , trayendo a su
vez, una suerte de barbarie en paralela relación entre los acontecimientos
efectivos y la carencia del rigor intelectual al venderse o entregarse el
pensamiento a las ideologías particularistas.
Julián Hernández Castelano.
@jhcastelano
BIBLIOGRAFÍA:
—La
derrota del pensamiento, («Colección Argumentos, número 87»), VIII edición,
Barcelona, Editorial Anagrama, 2004, traducción de Joaquín Jordá.
— «La disolución de la
cultura», Vuelta. 133-134. Diciembre
de 1987. 37-45.
— La
humanidad perdida, («Colección Argumentos, número 203»), Barcelona, Ed.
Anagrama, 1998, traducción de Thomas Kauf.
—Nosotros, los modernos,
(«Ensayos 282»), Madrid, Ed. Encuentro, 2006, traducción de
Miguel Montes.
— «Ahora el peligro es la
tiranía de las minorías» (8 párrafos), entrevista realizada por Octavio Martí
el 18 de diciembre de 2005 en El País, disponible en http://www.elpais.es/articulo/elpdomrpj/20051218elpdmgrep_9/Tes/
— En
el nombre del otro: reflexiones sobre el antisemitismo que viene, Seix Barral, 2005,
— Bruckner, Pascal; Finkielkraut, Alain, El
nuevo desorden amoroso, Editorial
Anagrama, 2001.
—La
memoria vana: del crimen contra la humanidad, Editorial Anagrama, 1999.
— La
sabiduría del amor, Editorial
Gedisa, 1986.
— La
nueva derecha norteamericana,
Editorial Anagrama, 1982.
— El
judío imaginario, Editorial
Anagrama, 1981.
— Bruckner, Pascal; Finkielkraut, Alain, La
aventura a la vuelta de la esquina,
Editorial Anagrama, 1980.
— La ingratitud. Conversación sobre nuestro
tiempo. («Colección
Argumentos, número 260»), Barcelona, Editorial Anagrama, 2001, traducción de
Francisco Díez del Corral.
— Una voz viene de la otra orilla, Buenos Aires, Paidós, 2002, traducción de
Valeria Castelló-Joubert.
[1] Cfr. Finkielkraut, Alain, «Ahora el
peligro es la tiranía de las minorías» (8 párrafos), entrevista realizada por
Octavio Martí el 18 de diciembre de 2005 en El País, disponible en http://www.elpais.es/articulo/elpdomrpj/20051218elpdmgrep_9/Tes/
[2] Cfr. Finkielkraut Alain, «La disolución de la cultura», Vuelta, 133-134, diciembre de 1987, citado
por Lawrence S. Finkelstein, en A
Critical Assessment of U.S. Participation in UNESCO, Univeristy of south Carolina ,
1982, p. 40.
[3] Op. cit., p. 39.
[4] Ibidem.
[5] Cfr. Finkielkraut, Alain, La
derrota del pensamiento, («Colección Argumentos, núm. 87»), VIII edición, Barcelona, ed. Anagrama, 2004, traducción de Joaquín Jordá, pp.
134-135, pp. 9-10.
[6] Op. cit., p. 13.
[7] Cfr. Lacoue-Labarthe, Philippe y Jean-Luc Nancy, El mito nazi, España,
Editorial Anthropos, 2002, traducción y epílogo de Juan Carlos Moreno Romo.
[8] Op. cit., Finkielkraut, p. 14.
[9] Op. cit., p. 24.
[10] Op. cit. p. 27.
[11] Op. cit., p. 65.
[12] Op. cit., p. 139.
[15] Op. cit. Finkielkraut, «Ahora el peligro
es la tiranía de las minorías».
[16] Ibidem.
[17] Cfr. Finkielkraut, Alain, Nosotros,
los modernos, («Ensayos 282»), Madrid, ed. Encuentro, 2006, p. 211. En el
mismo texto se reseña el citado caso Dreyfus: «El 6 de octubre de 1894 cuando
el servicio de información francés atribuyó al capitán Alfred Dreyfus la
paternidad de una carta dirigida al agregado militar de la embajada de Alemania
en París; en ella le anunciaba el envío de documentos confidenciales. Diez días
más tarde, Dreyfus era detenido. El juicio tuvo lugar en el mes de diciembre de
ese mismo año. Dreyfus fue condenado a deportación perpetua en un recinto
fortificado. El 5 de enero de 1895 tuvo lugar su degradación solemne en el
patio de la Escuela
militar» (p. 208)
[18] Fue el primero de los llamados “intelectuales” modernos o
contemporáneos, ya a finales del siglo XIX, en escribir una carta al entonces
presidente francés Félix Faure, para expresarle su rechazo ante el juicio a
Dreyfus, es decir, fue el primero en convertir el caso de uno en asunto de
todos y, al mismo tiempo, inmiscuir al recién agrupado gremio intelectual para
los mismos efectos.
[19] Finkielkraut, op. cit., La
derrota del pensamiento, p. 72.
[20] Finkielkraut, op. cit. Nosotros,
los modernos, p. 212.
[21] Ibidem.
[22] Neologismo utilizado principalmente por el político, escritor y ex
Canciller mexicano Jorge G. Castañeda, con lo que se refiere a lo que se habla
“en el ambiente”, lo que se opina “en bloque” sobre algún tema particular de
relevancia para nuestro país.
[23] Ibidem.
[24] Finkielkraut, op. cit. La
derrota del
pensamiento. pp. 9-10.
[25] Finkielkraut, op. cit., La
derrota del pensamiento, p. 26.
[26] Finkielkraut, op. cit. Nosotros,
los modernos, p. 239.
[27] Ibidem.
[28] Op. cit., p. 242.
[29] Finkielkraut, Alain, La Humanidad Perdida. Ensayo sobre el siglo XX., Editoral
Anagrama, Barcelona, 1998. p. 25.
[30] Cfr. op. cit., p. 62.
[31] Ibidem.
[32] Op. cit., p. 87.
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