Pierde México en el mundial de futbol. Por enésima ocasión se queda sin llegar siquiera a los cuartos de final. Pero la verdadera vida no se deja ahí, que sólo es un juego. El mexicano tiene que volver la mirada sobre su trabajo y sus problemas. El escaparate del juego ya se acabó. No puedo dejar pasar la oportunidad de dejar estas impresiones en verso.
Vuelve la burra al trigo,
consciente que al hacerlo le dan palos;
yo siempre se los digo,
que somos unos malos,
y ansiamos nos consientan con regalos.
Cundían optimistas
haciéndonos soñar con ser campeones,
esos comentaristas
y los villamelones
llenábanse de sueños e ilusiones.
Amén de jugadores,
sedientos de, por fin, hacer historia,
buscaron trascender con su talento;
y les quedó la gloria
a nada de saber que son mejores,
sufrientes y gozosos del momento,
y sin remordimiento
cumplieron cabalmente su encomienda,
dejaron una huella inolvidable
que pronto se refrenda,
si asumen que el proyecto es mejorable.
Ya debe darse el día
en que nuestro futbol por fin supere,
con fuerza y gallardía,
aunque con ello altere
aquel status quo que siempre hiere:
lo de “que no se puede”,
e impone en la conciencia cruel estigma,
que embiste, viene, agrede,
deviene en un enigma,
tan sólo superable en el kerigma.
En fin, se acaba el sueño,
y vuelve el mexicano a sus labores,
entiende que hay asuntos más urgentes:
las cargas, los dolores,
demandan el esfuerzo y el empeño,
precisan un talante de valientes;
estoicos y sufrientes,
los hombres y mujeres que trabajan
asumen que la vida se comparte,
por ello no rebajan
su espíritu ante el juego. Eso es arte.
Julián Hernández Castelano
Guanajuato, Gto., 30 de junio de 2014.
@jhcastelano

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