Por: Julián Hernández Castelano.
@jhcastelano
Estamos viviendo en un ámbito cuyos rasgos morales y
jurídicos se fundamentan en el reclamo insistente y exagerado de derechos. Los
parámetros jurídicos de la vida colectiva giran en torno de la observancia y la
exigencia de múltiples derechos. Se aspira y se anhela establecer un “estado de
Derecho” para todas las sociedades que quieran asumirse u ostentarse como
democráticas y, por ende, modernas.
«En muchos de nuestros países —refiere Hans Küng— es ya
casi imposible construir una casa o una carretera, emanar una ley o una orden,
sin que inmediatamente se interpongan reivindicaciones de derechos en contra».
Y aun sin Hans Küng podríamos enumerar nosotros un sinnúmero de ejemplos para
exponer las situaciones en las que sobreviene el reclamo incesante de derechos
ante cualquier disposición ajena.
Antiguamente y hasta antes de finales del siglo XVIII el
lenguaje utilizado para la observancia de los marcos legales y del cumplimiento
de cierto orden y organización en la convivencia, todo ello tenía un tinte del
deber. Así, se exigía el cumplimiento de cierta obligación para obtener el
mérito y el privilegio, el reconocimiento y la aceptación. En nuestros días, en
cambio, parece emplearse el lenguaje jurídico, legal y moral, exclusivamente en
torno a los derechos.
Los
hombres del mundo actual exigen derechos como si naturalmente éstos fuesen ya
parte de su humanidad, pero no atienden a sus deberes, ni se dan cuenta de lo
que en un inicio —hacia 1789— les costó a quienes pugnaron porque se
reconocieran tales derechos. Ya José Ortega y Gasset en La rebelión de las masas distingue claramente el momento histórico
en el cual la sociedad comenzó a reclamar incesantemente sus derechos y a no
hacer caso o no reconocer que también tiene obligaciones o deberes:
En el siglo XVIII ciertas
minorías descubrieron que todo individuo humano, por el mero hecho de nacer, y
sin necesidad de calificación especial alguna, poseía ciertos derechos políticos
fundamentales, los llamados derechos del hombre y del ciudadano, y que, en
rigor, estos derechos comunes a todos son los únicos existentes. Todo otro
derecho afecto a dotes especiales quedaba condenado como privilegio.
No es lo mismo, entonces, hablar de los derechos del hombre
y del ciudadano, proclamados en aquellos acontecimientos que circundaron el
inicio de la Revolución
francesa, que de los derechos exigidos ferozmente, a veces, por las personas y
los grupos, sean de choque, o sean las llamadas ONG’s; porque aquellos fueron
proclamados al mismo tiempo que se derrumbaban las grandes monarquías y
comenzaban las grandes revoluciones y las ideas de la Ilustración dominaban
ya el espectro intelectual de la época, por lo que las minorías a las que alude
Ortega encontraron que había una serie de derechos fundamentales, inherentes,
si se quiere; y que todo lo demás, todo otro derecho obtenido debía verse como
privilegio.
Hoy aquel ideal
se ha convertido en una realidad —nos recuerda Ortega—, no ya en las
legislaciones, que son esquemas externos de la vida pública, sino en el corazón
de todo individuo, cualesquiera que sean sus ideas, inclusive cuando sus ideas
son reaccionarias; es decir, inclusive
cuando machaca y tritura las instituciones donde aquellos derechos se sancionan.
La soberanía del individuo no cualificado, del individuo humano genérico y como
tal, ha pasado, de idea o ideal jurídico que era, a ser un estado psicológico
constitutivo del hombre medio. Los derechos niveladores de la generosa
inspiración democrática se han convertido, de aspiraciones e ideales, en
apetitos y supuestos inconscientes.
Hoy los hombres no distinguen la
diferencia entre el ideal jurídico del respeto a los derechos humanos y su
efectiva implicación en la vida de cada persona. Un gobierno autodenominado
“democrático” puede, por ejemplo, permitir la libre manifestación de un grupo
para cualquier tipo de reclamo; y este mismo gobierno puede no controlar a dicho
grupo cuando éste comienza a quebrantar todas o algunas de las otras leyes que
salvaguardan una cierta armonía en la sociedad. Si los controla para que no se
le escape de las manos la gobernabilidad, entonces es un represor sanguinario y
despiadado, es un bárbaro y cruel, es antidemocrático, inconsistente,
retrógrada y tantos otros adjetivos propios de la tiranía y la maldad absoluta.
De todo eso se habla en tal caso, pero nunca de la incongruencia e inmadurez
del grupo que reclama algo violentando el orden público, por poner un ejemplo.
Y es que efectivamente se reflexiona tan poquísimo en el hecho de que al mismo
tiempo que se reclaman los derechos, se deben observar los deberes, pues es un
equilibrio necesario para la convivencia social. Es más sano además darse
cuenta que aquello que más cuesta conseguir implica disciplina. En el orden
social, implica deberes crecer como sociedad, progresar, convivir pacíficamente
y reclamar —entonces sí— lo que bien se merece, no lo que se cree merecer por
el solo hecho de pertenecer a esta sociedad que cobija lo mismo al perezoso que
al trabajador, al holgazán, al parásito espiritual, que al virtuoso y
esforzado, mediante esas disposiciones de “igualdad” y derechos humanos. Por
otra parte, cuando no se reflexiona en lo que algo ha costado logarse y de lo
cual puede uno servirse, lo más probable es que no se valore: el niño mimado
que todo posee porque se lo suministran gratuita y automáticamente sus padres y
sirvientes llega hasta el punto de exigir de manera caprichosa y pueril lo que
cree que le deben, por ejemplo. Así nosotros: herederos y depositarios de
aquellos logros revolucionarios, difícilmente nos daremos cuenta del costo de
los derechos y de la dificultad para ganarnos los privilegios.
La raíz y la consecuencia tanto de
los derechos privados como de los derechos comunes son distintas. Ortega
identifica plenamente que los derechos privados o particulares son resultado
precisamente del esfuerzo, de la nobleza natural que empuja a quien la posee o
la cultiva a ser mucho mejor y por ello el hecho de que tenga esos derechos
particulares no constituye privilegio desmerecido alguno, no son simple goce,
sino consecuencia del mucho esfuerzo que se empleó para conseguirlo. En cambio,
los llamados derechos comunes son por decreto y concepción, una posesión
pasiva, beneficio sin el costo de haberlos merecido:
Los derechos
privados o privilegios no son, pues, pasiva posesión y simple goce, sino que
representan el perfil adonde llega el esfuerzo de la persona. En cambio, los derechos
comunes, como son los «del hombre» y del ciudadano, son propiedad pasiva, puro
usufructo y beneficio, don generoso del destino con que todo hombre se
encuentra, y que no responde a esfuerzo ninguno, como no sea el respirar y
evitar la demencia. Yo diría, pues, que el derecho impersonal se tiene, y el
personal se sostiene.
(Ortega, 1994: 181)
En ese mismo tenor, José Ingenieros
identifica perfectamente que la proclamación de los derechos del hombre por sí
mismos no constituye la garantía de que haya también una superación en las
relaciones entre los hombres, pues se corta o se olvida la otra parte que es
también fundamental: la de los deberes:
La clase crea
idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron tan domésticos como los
esclavos; la revolución francesa dio libertad política a sus descendientes, mas
no supo darles esa libertad moral que es el resorte de la dignidad. El esclavo
y el siervo siguen existiendo, por temperamento o por falta de carácter. No son
propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena, como van a la querencia los
animales extraviados. Su psicología gregaria no se transmutó, declarando los
derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son ficciones
que los halagan, sin redimirlos.
Es fundamental para Ingenieros considerar que los derechos
humanos halagan a las personas igualando políticamente y desde el marco legal
la concepción que se tiene del respeto y la observancia de las propias leyes;
pero de ninguna manera se procura la libertad moral, ya no sólo la libertad
política. La libertad moral será entonces una vida digna, pero no dignificada
por la ley y por los defensores de los derechos humanos, sino una dignidad
merecida, fortalecida, henchida por el esfuerzo propio de cada hombre para dar
todo de sí en la tarea a la que se sienta llamado a realizar. Por ello Ortega e
Ingenieros se quejan constantemente de estar viendo cómo hay una creciente
mediocracia.
«Desde que se inventaron los derechos del hombre todo
imbécil los sabe de memoria para explotarlos, como si la igualdad ante la ley
implicara la equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir a expensas del Estado
rebaja la dignidad».
Y es que en nuestros días los grupos humanos, los analistas políticos, los
dueños de los medios de comunicación masiva y hasta en las escuelas se le da
una tremenda propaganda a la lucha por el respeto a los derechos humanos. Se
toma un papel que llega a ser de decidida compasión a las supuestas víctimas de
las mayorías, sin reparar en lo más mínimo en la observancia de los deberes. No
es entonces condenable la defensa de los Derechos Humanos en sí misma, sino la
extrema ignorancia e incoherencia de quienes abanderan las causas de las
presuntas víctimas. Por otra parte, como la propaganda es aplastante, abundante
y apartada de la crítica y el análisis, cualquiera se sabe ya sus derechos, los
reclama y los exige, pero no se sabe ni toma en cuenta ni le interesan sus
deberes, mismos que son sinónimo de la responsabilidad, la disciplina y la
exigencia por dar, más que por recibir. Y la consecuencia lógica de que haya
más promoción para la defensa de los derechos que para el cumplimiento de los
deberes es que surgen los demagogos, manipuladores y las singulares amenazas de
nacientes totalitarismos. No olvidemos que los movimientos totalitarios suelen
acompañarse de la adulación al pueblo mediante la demagogia: en nuestros días
es mal visto quien no es “libertario”. Es más sencillo uniformar y homogeneizar
a las personas para que exijan y velen con los organismos pertinentes por la
observancia de los derechos humanos. Otra vez Ingenieros nos señala que «también
se adula al pueblo. Hay miserables afanes de popularidad. Para obtener el favor
cuantitativo de las turbas, puede mentírseles bajas alabanzas disfrazadas de
ideal; más cobardes porque se dirigen a plebes que no saben descubrir el
embuste. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar
de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento a la propia
dignidad».
La igualdad que jurídicamente se promueve también pone en
jaque la distinción. Por una parte se promueve una conciencia de igualdad, pero
por otra se empieza ya a hablar de un respeto de las diferencias. Lamentablemente
el último reclamo pretende fundarse también desde el respeto al marco jurídico,
más no por lo que en la práctica haya de búsqueda de la perfección por parte de
los individuos. Hemos de dejar claro en este punto nuestra convicción de que la
distinción no la otorga el derecho ni organismo defensor de los derechos
alguno, sino el merecimiento, el trabajo por lograr con el esfuerzo en la vida
dicha distinción. He ahí el origen de la verdadera nobleza.
Los promotores de la defensa de los derechos han venido a
tratar de cubrir con la ley lo que en la práctica se es incapaz de buscar: el
merecimiento de la distinción y el despliegue pleno del talento personal para
realizar cualquier empresa. Se pretende igualar por decreto lo que por
naturaleza es distinto y con la práctica se puede hacer distinto también y
luego se pretende distinguir por decreto lo que no ha hecho los méritos
suficientes para que se le reconozca dicha distinción.
Hoy más que nunca, en este mundo dominado por el afán de
nivelar todo, puesto que se parte de una concepción igualitaria con la
democracia, todos creen tener razón en lo que dicen y en lo que hacen y es por
ello que las masas actuales no obedecen a los verdaderos líderes. Clamar por la
igualdad a rajatabla derrumba la distinción entre quienes han hecho los méritos
suficientes para ser reconocidos como distintos. Es por eso que el ignorante de
nuestros días puede estar al frente de los micrófonos y las cámaras de
televisión hablando incoherencias ante el beneplácito de los espectadores; por
eso también se hacen más comunes los filmes en los que otrora villanos, tiranos
o dictadores son considerados como víctimas inocentes de sus circunstancias,
eran “humanos” como cualquier persona. Atrás quedó la idea de que cometieron
atrocidades. Ya no se distingue, pues, que por sus obras son considerados
tiranos, villanos o dictadores, y no por sus personas. He ahí el problema: se
confunde lo que se es con lo que se hace. Todo se quiere meter en el concepto
de “igualdad humana” como si no importara el esfuerzo, las obras, el afán de
perpetuarse y dar sentido a lo que se hace, ennobleciéndolo y ennobleciéndose
con ello. «El progresivo advenimiento de la democracia —dice Ingenieros—,
permitiendo la igualdad de los demás, ¿ha dificultado la culminación de los
mejores? El siglo XIX comenzó a unificar la esencia de los regímenes políticos,
nivelando todos los sistemas, aburguesándolos.»
Siguiendo la pista de la intromisión del Estado en las
esferas más recónditas de la vida humana en nuestros tiempos, el Dr. Juan
Carlos Moreno distingue una especie de tarea asumida ilegítimamente por parte
de lo que denomina “el Imperio del Bien”, que no es otra cosa que el Estado
entrometido; pero oculto bajo la máscara hipócrita del Estado Laico cuya misión
es preservar los derechos sagrados de la humanidad, los derechos humanos:
El Imperio del
Bien —nos dice— quiere arreglar males que no comprende y no puede comprender
(por ejemplo, la violencia intrafamiliar), o acaso simplemente quiere extender
su imperio a todos los ámbitos de la existencia. Es —si extrapolamos la
brillante calificación que Vargas Llosa hiciera en su momento de nuestra vieja
“dictablanda” mexicana— un totalitarismo blando que nos aplasta con nuestro
consentimiento, y delicada, y virtuosa y seductoramente, por nuestro propio
bien y el de los nuestros.
Y enseguida el mismo Dr. Moreno cita a Maritain para
identificar también la exaltación contemporánea o actual con la que la sociedad
ha proclamado los derechos fundamentales, so pena de pagar, paradójicamente, su
derecho de autorregularse desde el ámbito de la conciencia ante el exceso de
regulaciones jurídicas del Estado entrometido:
Vean con qué
solemnidad religiosa el mundo moderno ha proclamado los derechos sagrados del
individuo, y a qué precio ha pagado esta proclamación. Y entretanto el
individuo, ¿alguna vez ha estado más completamente dominado, más fácilmente
modelado por las grandes potencias anónimas del Estado, del Dinero, de la Opinión? En el orden
social, la sociedad moderna sacrifica la persona al individuo; le da al
individuo el sufragio universal, la igualdad de derechos, la libertad de
opinión, y entrega la persona, aislada, desnuda, sin ninguna armadura social
que la sostenga y la proteja, a todas las potencias devoradoras que amenazan la
vida del alma.
Por su parte, Hans Küng, quien ha participado en diversos
foros mundiales sobre el tema de la necesidad de una ética mundial para la
economía y la política, nos acerca a una reflexión similar a las aludidas por
Ortega, Ingenieros y Maritain:
En nuestro repaso
histórico hemos visto que los deberes han sido formulados miles de años antes
que los derechos. Sin embargo, 200 años después de la Revolución de 1789
vivimos en una sociedad en la que individuos y grupos reivindican
constantemente sus derechos frente a otros, sin reconocer para sí
mismos ninguna clase de deberes. En
nuestros días pueden ser numerosas las reclamaciones de derechos presentadas
particularmente frente al Estado. Vivimos de hecho en una sociedad de reivindicación que se presenta con frecuencia
como “sociedad procesal” o “sociedad querellante”. ¿Acaso en nuestros
superdesarrolllados Estados de derecho, con su sin duda justificada insistencia
en los derechos, no sería conveniente una nueva concentración en los deberes?
Siguiendo el hilo de la propuesta de
Hans Küng hemos también de considerar que él mismo declara que:
De los solos derechos humanos, por fundamentales que sean
para el hombre, no puede derivarse ninguna
ética global de la humanidad extensible a los deberes prejurídicos del
hombre. Previamente a toda fijación jurídica y a la legislación del Estado,
existe la autonomía moral y la responsabilidad consciente de la persona, a la
que no sólo se hallan ligados derechos, sino también deberes fundamentales.
Y con ello hacemos notar, pues, que
el solo reclamo de los derechos sin contemplar los deberes es otra de las notas
características del tipo de hombre de la masificación. Acorde a lo que Ortega
considera e identifica plenamente ya en los albores del siglo XX, Hans Küng por
su cuenta lo señala como algo que comúnmente se da en nuestra actual sociedad
mundial, en el estudio y la propuesta global que él hace porque sabe que son
tiempos de globalización o de masificación.
Las ideas de Küng para promover su idea de una ética
mundial que agrupe las consideraciones más importantes del tipo moral, para
preservar en el mundo globalizado la observancia de ciertos preceptos que
permitan una armonía en la convivencia humana, se encuentra en clara sintonía
con la identificación del equilibrio que debe haber, para la Iglesia Católica, en la
sociedad:
Al derecho de
todo hombre a la existencia, por ejemplo, corresponde el deber de conservar la
vida; al derecho a un nivel de vida digno, el deber de vivir dignamente, y, al
derecho a la libertad en la búsqueda de la verdad, el deber de buscarla más
amplia y profundamente. Así pues, aquellos que al reivindicar sus derechos se
olvidan de sus deberes o no les dan la conveniente importancia, se asemejan a
los que deshacen con una mano lo que hacen con la otra.
También es válido levantar la objeción ante la inercia de
las demandas por la observancia de los derechos humanos para advertir que
solamente poniéndolos en tensión frente a los deberes podremos darnos cuenta
del equívoco moral de nuestra circunstancia, porque al que pueda jactarse de
pensar los problemas del entorno —como la misma identidad y la diferencia que
propone nuestro congreso—, también a éstos
les toca advertirlo, aún a contracorriente. Aquellos que se atreven a
denunciar el escándalo, la sinvergüenza, los excesos viciosos, la trasgresión,
los abusos, el clientelismo, la corrupción, la hipocresía, la falta de rigor
intelectual, el desorden en los quehaceres, la desfachatez de los indignos
dirigentes, la condición errática de múltiples tareas, las anomalías mentales
de quienes defienden lo indefendible, la errática promoción del respeto a la
diversidad y a las diferencias, y más que nada ahora, la contraposición o la
tensión entre los derechos y los deberes etc., son tachados en nuestra
modernidad de intolerantes, totalitarios, reaccionarios, herejes
contemporáneos, son los demonios de nuestros días, son los bichos raros, los
fenómenos, los incómodos.
¿Quién habla hoy
de desconectarse? —nos dice Alain Finkielkraut— ¿Quién levanta la cabeza?
¿Quién se sacude la inercia del activismo? ¿Quién tiene en cuenta el hecho de
que los hombres tienen ya acceso a toda la información que necesitan? En la era
de las nuevas tecnologías de la comunicación y del ser vivo, ¿quién dice, con
Walter Benjamin, que la revolución no es la locomotora de la historia, sino la
mano de la especie humana «haciendo sonar la señal de alarma» a bordo del tren
de la historia descarrilado en mala dirección? Ni en el campo de la informática
ni en el de las biotecnologías se emplea ahora la palabra revolución más que para designar nuestro destino. Y lo que, a fin
de cuentas, caracteriza la entrada en el siglo XXI es el conservadurismo del movimiento.