ni la luz de un tesoro refulgente,
ni la talla moral del que es clemente,
ni el portento de lluvia estrepitosa.
ni la mano vivaz y hasta eficiente,
ni la voz gutural y convincente,
ni algún vuelo feliz de mariposa.
nada altera la paz de tu sigilo,
nada suple tu ejemplo que alimenta.
todo es tierno, es cariño, es luz que emana
bendición que Dios da por tus setenta.
Si bien subsiste la idea —una
de tantas por el estilo— respecto de la prohibición eclesial, histórica, sobre
la condenación de los sentidos corporales «por ser ellos las puertas de la
condenación y la consecuente esclavización del cuerpo, cárcel del alma»[1]
y, en especial, en lo referente al pecado de la gula, también es de vero la
clarificación hecha gracias a la distinción propuesta desde la «Deus caritas
est», de Benedicto XVI sobre los tipos de amor y con ello una suerte de
reivindicación acerca del deleite de los sentidos. La misma tónica podríamos
distinguir en San Agustín o en Simone Weil, quienes asientan la finalidad de
todo placer como la corteza más externa o superficial del verdadero deseo de la
divinidad, del absoluto.
De entre los sentidos
corporales, el del gusto ha sido, tal vez, poco estudiado a profundidad desde
el ámbito de la estética. Es más fácil encontrar críticos literarios,
analistas, correctores de estilo, lingüistas, que teóricos del gusto, del sabor
o de la alimentación. Es más sencillo encontrarse con especialistas en el
análisis de las sinfonías, de los sonidos y hasta ingenieros de audio.
Asimismo, es ya no tan simple; pero sí frecuente, saber de la acción médica de
los otorrinolaringólogos y los oftalmólogos; aunque en este aspecto sí hay
bastantes críticos de obras de arte pictóricas; no vemos tampoco estetas del
aroma, salvo por los usos pretendidos de curación por la vía de la aromaterapia
y las no pocas ofertas en el mercado para la utilización de aromas para
engalanar el ambiente de las casas, disipando los hedores o repeliéndolos, al
menos, de tal manera que se puede hablar de la acción de los sentidos, tanto
desde el punto de vista clínico o médico, como desde el punto de vista
intelectual o estético; pero de ellos, sobre el gusto, ni lo uno ni lo otro.
A lo más, nos podemos topar
con la explicación fisiológica de la existencia y función de las papilas
gustativas, esas terminales sensoriales y nerviosas ubicadas en la cavidad
bucal, en nuestra lengua, para poder distinguir los distintos sabores de lo que
fagocitamos; pero no abunda mucho la cuestión estética de la experiencia de la
deglución, salvo por algunos artículos más bien un tanto ñoños y más bien
propagandísticos de quienes reseñan sus visitas a los restaurantes, describen
los platillos que comen y terminan informándonos de cuánto se gastaron por cada
uno de esos platillos durante una comida completa.
He de confesar que la primera
vez que escuché la idea de explorar la «estética del antojito» me pareció
risible, pues era un maestro mío de la Facultad de Filosofía quien la trataba
de desarrollar. Respeto mucho al maestro Toño Arvizu; pero cuando supe que esos
eran sus terrenos de cavilación filosófica, me pareció poco menos que ridículo.
No soportaba la idea. Pensaba yo que era un abaratamiento de los objetos de
estudio para la filosofía. Ahora pienso distinto. Y no es que, por ejemplo,
haya sido convertido por ver escenas como la del crítico de comida de la
película Ratatouille, o porque haya identificado en el suplemento “Buena
mesa”, del Reforma a los comensales que publican los precios de lo que
comen, sino que empecé a descubrir analogías que, sobre lo que se come, sobre
la digestión, sobre los hábitos, sobre el tipo de gastronomía de cada país y
región, sobre la comparación hecha de los platillos de origen, sobre la
diversidad y la diferencia del tipo de comida que se prepara, se vende y se
consume, tan sólo de mi estado de origen y mi estado de adopción, me di cuenta
de una riqueza jamás antes experimentada y del valor que tiene la comida de mi
tierra y por cuánto la extraño sin dejar de disfrutar la que conozco ahora;
además, de cómo esas analogías nos ayudan a entender el mundo, las ideas y a
expresarlas. Incluso sobre lo que nos alimenta en el alma.
También debo confesar que
nunca he leído aquello que el maestro Toño Arvizu haya escrito sobre el asunto,
por cierto, solamente recuerdo sus ponencias en la misma Facultad y sus dichos
entre pasillos cuando hablábamos de los canapés que se daban fuera de las mesas
de trabajo en los eventos, o bien, cuando junto con los otros sinodales y mi
esposa, luego de mi examen de grado de licenciatura, fuimos a disfrutar en la
cenaduría “Blas”, justo en la calle 5 de mayo, en el centro de Querétaro, donde
el maestro no se cansó de elogiar los antojitos que ahí deglutimos.
El placer del manjar ha tenido
una simbiosis histórica con el de reunirse. La experiencia del encuentro con
los afines suele ser lo máximo en la mancuerna con el tipo de comida que se
comparte mientras se da la reunión. Entre más importante sea el motivo, reviste
igualmente importancia la selección de los platillos y la consecuente búsqueda
de la satisfacción plena al fagocitar de los comensales. Así, nos llegan
ejemplos de comilonas históricas y trascendentales, como lo fue El Simposio,
de Platón, por ejemplo, donde se discute amplia y profundamente sobre el tema
del amor. Lo mismo podemos decir de los evangelios: especialmente el de Juan,
donde se describen fiestas, comidas, manjares, eventos donde asistía Jesús con
sus amigos, sin mencionar por encima en importancia a la “última cena”, tal vez
la más célebre de toda la historia y de todas las civilizaciones. San Agustín,
por su parte, celebró una comilona con sus más allegados, entre amigos y
familia, ya siendo Obispo de Hipona, un 13 de noviembre, para celebrar alguno
de sus cumpleaños, donde refieren el sentido, el uso, el provecho y hasta la
analogía de la comida para alimentar el cuerpo, así como él pretendió darles
unas lecciones para alimentar el intelecto o el alma, lecciones que conocemos
con el nombre de “De beata vita”, es decir, “Acerca de la vida feliz”.
Hay una escena casi inicial en
la película El último de los mohicanos, donde los dos hijos indígenas
(uno legítimo y otro por adopción) van con el padre tras un siervo entre la
maleza de los bosques de Norteamérica y, cuando logran cazarlo, el padre hace
una especie de bendición, pide perdón por el sacrificio del animal y explica un
poco el ciclo vital de la cadena alimenticia. Esa dimensión de acción de
gracias es la que, en general, como especie humana hemos perdido de vista
cuando de consumir la comida se trata, pues siendo ésta reducida a la mera
funcionalidad de la nutrición, de una especie de combustible para que el cuerpo
humano consiga las calorías necesarias para continuar bregando por la vida, se
ha omitido el valor de la procedencia de los alimentos, ya no digamos ese
sacrificio del que pueden ser objetos tanto las plantas, como los animales,
sino incluso el mismo proceso, el rito, el momento y el deleite para el sentido
del gusto. Se ha despojado, pues, una acción tan importante, como lo es el
comer, del elemento estético para favorecer el elemento funcional, mecánico y
hasta poco provechoso del deglutir.
Poco a poco se tendrá que
rescatar el sentido de la preparación hasta el consumo del alimento. Hay muchos
factores alrededor para considerar y llevarlos a la explicación de la
experiencia estética, misma que no se reduce al disfrute, sino que contempla
una serie adicional de experiencias y enseñanzas.
Tan sólo de recordar cómo
hacía mi madre cuando vendía el menudo de res o las gorditas queretanas; ya no
digamos desde su preparación, sino en el momento en el que, con gusto y
generosidad despachaba cada plato vendido; muchas ocasiones daba de más para que
se compartiera con los familiares enfermos de quien iba a comprar. Esa
generosidad aumenta el impacto estético de la experiencia del gusto al momento
de fagocitar. Me puedo imaginar el gusto y la emoción de esas personas; pero
más aún la manera como pudieron haber disfrutado el caldo caliente, picoso y
bien condimentado, además de los trozos suaves de carne suculenta, mientras
sentían la saciedad de sus entrañas y podían platicar en compañía de sus seres
queridos en medio de la dificultad por la que estuviesen pasando. Vemos aquí
una dimensión incluso moral y una relación del hombre con la comida, un
pretexto, si se quiere sentir así, para acortar distancias y sentir juntos el
mundo y la vida a través de la comida, del antojito, de la gastronomía. Hay una
dimensión de belleza en este cuadro descrito. Quien no lo vea, no ha abierto su
capacidad de asombro, ni su órgano para ser propenso a la experiencia estética.
No podrá ver el arte en ello todavía.
Julián Hernández
Castelano.
2 de julio de 2021.
[1]
Idea que, más bien, es platónica, luego neoplatónica, aderezada con una buena
dosis de estoicismo y, finalmente, propagada de manera intensa, tanto por los
gnósticos, como por los maniqueos y, ya últimamente, por ciertas corrientes de
la New Age y, sin el elemento trascendente, sino inmanente, por los
movimientos del veganismo y hasta del yoga, por ejemplo; pero nunca plenamente
cristiana, pues lo más cercano su condenación, digamos, desde la cristiandad,
es la idea de la continencia como dominio de sí y la identificación de la gula
como un exceso de la ingesta nutricional.

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