NI RESENTIDOS NI INTEGRADOS[1]
Una reflexión sobre el sentido en nuestros días.
El sentido que le
damos a la vida no necesariamente surge de un acto personal de razón. Podemos
encontrar sentido en algo muy propio y personal, muy íntimo y entrañable. Sobre
el tipo de sentido que le damos a cada cosa, objeto, situación, persona, etc., o
al conjunto de la vida misma, no todos tenemos la misma disposición ni el mismo
resultado, es decir, no para todos es común o igual el sentido: sobre aquello
que para unos puede tenerlo, para otros no lo tiene.
En
el cierre con broche de oro del Simposio Internacional “Descartes y Nuestra
Modernidad”[2] organizado por el Cuerpo
Académico de Estudios Cruzados sobre la Modernidad de la Universidad Autónoma
de Querétaro, a través de su Facultad de Filosofía, pero más concretamente a
través del coordinador de dicho Cuerpo, el Dr. Juan Carlos Moreno Romo,
participó para cerrar el Dr. Alfredo Troncoso, y en su conferencia,
literalmente magistral, nos habló sobre el sentido en la obra de Descartes. Su
exposición nos condujo de la mano con la metáfora de la casa: aquella casa
vieja, construida por pesadas estructuras, con una larga tradición y esquemas
muy bien definidos, que era la casa de la Antigüedad , o más concretamente, la casa
medieval, con la reflexión filosófica enclaustrada en la Metafísica y la Lógica , y desarrollada casi
en su totalidad por la
Escolástica y la actividad monacal o por lo menos clerical,
esa casa envejecida para los tiempos de Descartes era necesario, si antes
posible, derrumbarla u olvidarse de ella, abandonarla. Por ello Descartes
escribió su obra más conocida precisamente para el vulgo y en una lengua no
culta como el latín, sino vernácula como el francés, es decir, para que toda
aquella persona que habitase esa nueva casa llamada Modernidad encontrara sentido
en habitarla. Así nació ésta y él es el “Padre” de la misma.
Pues
bien, hallándonos en esta circunstancia en la que se habla del proceso de
Globalización, pero al mismo tiempo de búsqueda de sentido sobre la identidad
propia de los pueblos, no ya del mundo globalizado, encontramos que tenemos en
común un sinnúmero de elementos que efectivamente ya no hacen sentido a la
moderna. Concretamente —considera Troncoso— la actividad lecto-escritora ya no
nos puede ofrecer el sentido pleno en nuestra circunstancia, llámese
filosófica, ámbito social, relación con la naturaleza, el arte, la cultura, la
vida misma, llámese interacción global, llámese interacción hombre-tecnología, etc.[3]
Podrá hacerse hermeneútica y deconstrucción sobre los dos mil quinientos años
de Historia de la Filosofía ,
o los cinco o diez mil años de la aparición de los jeroglíficos precedentes a
la escritura, pero ¿cómo hacerlo de los dos millones o menos de años en los que
se supone apareció para dominar la escena de la Naturaleza la especie humana?
Desde luego, tomando en cuenta los quince mil millones de años que el planeta
Tierra tiene de haberse formado, según los cálculos eruditos de los astrónomos,
físico, geólogos y demás estudiosos de Ciencias de la Tierra , somos no más que la
especie de moda en el planeta. ¿Cómo hacer entonces una historia sobre el
sentido que ha tenido para las distintas generaciones desde la aparición de la
especie humana? Desde luego que la respuesta no abarcará solamente el periodo
de tiempo en el que apareció la escritura y luego la lectura. Así como podremos
entender que el planeta nos rebasa ampliamente en edad, la especie humana
tendrá que entender también que la actividad lectora y escritora sólo cubre una
parte de su historia. Y esa historia está cambiando porque el sentido se
encuentra en otros ámbitos y no necesariamente en la lecto-escritura. En
consideración de Troncoso, aunque siga existiendo la lecto-escritura, ya no
tendrá un lugar central en la cultura actual.
Hoy
el vulgo puede encontrar sentido en otros ámbitos, en otras actividades. No
tanto en el cultivo de las facultades propias del pensamiento escrito. Esto
tiene implicaciones extraordinarias: toda la estructura cultural actual se ha
trastocado hasta el punto en el que el sentido no se encuentra más, necesariamente,
en la existencia de los libros, los análisis escritos, la labor educativa de
enseñar a leer y escribir, etc.
Por
una parte tenemos aquí una especie de invasión cuyos efectos pueden compararse
a la llegada de los bárbaros. Ya no están a la puerta. Ya están adentro y no
tendrán pudor al profanar los tabernáculos de la Modernidad. ¿Se llama
“postmodernidad” este nuevo estado de barbarie? ¿Es el vulgo desinteresado por
la lecto-escritura? ¿Son los medios masivos que “idiotizan” o manipulan hasta
el punto de la enajenación a las grandes masas? Lo que sea —nos dice Troncoso—
ya no se detiene. Por otra parte: ¿cómo hacer para que, a su vez, se haga
sentido para esos bárbaros? Olvidar el resentimiento nostálgico de todo aquello
que amenaza la soñadora idea del proyecto Moderno. No continuar quejándonos
constantemente de cómo la nueva especie de bárbaros menosprecia los logros de la Tradición. Así
nos lo explicó el Dr. Alfredo Troncoso aquella tarde septembrina. Tampoco nos
resulta, empero, integrarnos a ciegas a la nueva danza bárbara, sin más. Por
ello su originalísima propuesta en esa tarde era tomar la ejemplaridad
cartesiana de construirnos una casa provisional, como la moral provisional del
Padre de la Modernidad ,
para proyectar una casa nueva, un nuevo proyecto cultural. Ese es el nuevo
desafío de la labor filosófica. Ni resentidos, ni integrados, pues. Sin
embargo, la pregunta queda ahí: ¿y si los nuevos bárbaros no buscan hacer
sentido, sino sinsentido? Y más aún: ¿Y si no queda cordura y racionalidad para
que un emulador cartesiano sea capaz de erigir una casa nueva que haga sentido
e inaugure una nueva etapa cultural? El tiempo lo dirá. Por lo pronto, el mismo
Simposio fue un estupendo intento para acrecentar esa labor cultural cuya
pretensión ha sido llenar los espacios vacíos, acaso por la pasividad e
improductividad cultural de un tipo de bárbaros integrados.
Julián Hernández Castelano.
[1] El presente artículo fue
publicado en la versión impresa del Diario
de Querétaro, en el suplemento cultural Barroco,
el 2 de diciembre de 2007, pág. 13.
[3] El Dr. Troncoso hace un
cruce de ideas entre la analogía de la casa de Descartes y la obra del célebre
pensador actual y muy laicista Umberto Eco, con su ensayo de 1964 “Apocalípticos
e integrados”, sobre la cultura popular en nuestros tiempos en los que se
distingue al grupo de “fatalistas” que ven todo lo nuevo como una amenaza; y
los alegres integrados que gozan de las mieles de lo nuevo tal como se va
presentando.
