Enrique Lozano Amaral. In memoriam.

viernes, 19 de octubre de 2018 0 comentarios


@jhcastelano

La noticia.


Gracias a una foto-cartel publicada por el amigo Erik Lara Estrada en el grupo de WhatsApp que tenemos los ex-seminaristas, fue que me enteré de la muerte, de la partida del tan ilustre e insigne Hermano Marista, don Enrique Lozano Amaral.
No pude evitar la pena y los recuerdos que en abundancia se agolpan en mi mente. Apenas el buen amigo Roberto Gallegos Pérez habíase retratado con él, aprovechando el regreso o el trabajo de don Enrique en Querétaro. Ya en la imagen se notaba un tanto senil, aunque todavía sonriente y de mirada muy viva. Dijo Roberto que aún guardaba gratos recuerdos de las múltiples generaciones de estudiantes, principalmente seminaristas, que acompañó desde su función como director de la Escuela Normal Queretana en el ya legendario molino de la ciudad. Recuerdos en él dispersos, dadas las generaciones de alumnos.



En su momento muchos de los alumnos hacían bromas y reían o hablaban de él, no sin prodigarle o repetir el apodo que entre nosotros siempre se le decía, pues cuando mostraba enfado por algo, se le contraían los nervios o los músculos del rostro, provocándole ese extraño tic que dio origen al mote de “El Muecas”.




«Ya córtese esa barba, joven, mire nada más, ya parece náufrago».


No sé cuáles eran los postulados pedagógicos del hermano Enrique. Nunca hablaba de eso. Estoy seguro también que ahora lo comprendo un poco más que en esos tiempos cuando fue mi director. La razón es que ahora yo mismo soy director. Lo entiendo más.

Me parece que enseñaba muy bien las Ciencias de la Comunicación y la Cristología. Esas fueron las materias que nos compartió. Me parece, empero, que enseñaba más con el ejemplo. Siempre procuraba un impecable porte personal, ataviado con su traje y su corbata. Daba a notar una extremada pulcritud. Nunca gritaba. Siempre hablaba con suavidad, incluso cuando corregía con dureza. Siempre preparaba sus mensajes en los actos cívicos o celebraciones especiales. Exigía también buena presentación. Nos decía de nuestra ropa y nuestros peinados y de paso la limpieza y el aseo personal. Se le podía ver caminar con mucha suavidad. Un poco desacompasado su andar, ciertamente, y hasta ligeramente encorvado, pero con mucho tacto y mucho tiento, como si no quisiera lastimar el suelo con sus pasos. Ya de cerca se apreciaban las facciones de su rostro, su escaso cabello, aunque bien alineado hacia atrás y los lentes de fondo de botella. Ninguno de esos detalles podía pasar desapercibido. Era todo un personaje. Ignoro lo que pensarán de él los maestros a su cargo, pero se notaba el respeto que le tenían.

Juzgo, pues, que no tenía muy a la mano ninguna teoría pedagógica sofisticada como ahora se estila. No haría falta si el sistema de los hermanos maristas cuenta o contaba ya con una inmensidad de textos con la editorial progreso. No haría falta tampoco si uno podía captar lo esencial: la autoexigencia y el ejemplo del hermano Enrique.


«Lo vi que venía usted cabizbundo y meditabajo».


No parecía que conociera a detalle al total de los alumnos. Casi no se enrolaba con nadie ni en los recesos. Difícilmente lo llegué a ver entrevistándose con alguien. Dejaba libre el tiempo y el espacio de todos. Apelaba a que cada uno de nosotros se reportaba con sus formadores, prefectos de disciplina o directores espirituales en nuestras respectivas casas de formación o seminarios. Lo llegué a ver, eso sí, platicando con los sacerdotes o quienes estuvieran a nuestro cargo seguramente para revisar es status académico o conductual de nosotros, los alumnos.

Gustaba de repetir esa frase: “cabizbundo y meditabajo”. Lo hacía con un cierto tono irónico o sarcástico; pero siempre para tratar de estimular un buen ánimo. Aunque nos sentíamos cohibidos por su presencia, a él se le podía distinguir una sonrisa satisfecha cuando manifestábamos alegría, como en aquella fiesta del entonces beato Marcelino Champagnat cuando el ya también finado y simpático hermano Charly, Carlos Villalobos se puso a cantar en francés el «Alouette, Gentille Alouette» y le hicimos coros improvisados.



Sobra decir que nunca tomó medidas extremas para forzarnos a quienes por alguna razón desertamos de nuestras casas de formación para ajustar las colegiaturas, pues nos correspondía un sustancioso aumento al convertirnos en “externos”. No fue así. Nos respetó y aceptó así con nuestras inconsistencias.


«No me gusta mucho ver los programas de televisión porque me interrumpen los anuncios comerciales».


La agudeza de sus observaciones sobre lo que acontecía alrededor era admirable, amén de la socarronería espontánea que ostentaba. Un muy agudo sentido de ironía y mordacidad cuando de exaltar las contrariedades y paradojas de la naciente era de las comunicaciones se trataba. Diría yo que trataba de dotarnos de ese mismo espíritu crítico y fijarnos en detalles como ese de que nos podría dar el “síndrome del domingo por la tarde”, o lo que es lo mismo, del tedio y esa suerte de crisis existencial dado en el límite del regocijo del descanso de fin de semana y el pavor de enfrentarnos a las pesadas cargas de la rutina en cuanto llegase el lunes.

En lo personal, cuando tiempo después me dediqué a leer a Miguel de Unamuno no podía dejar de acordarme del hermano Enrique Lozano Amaral con aquella máxima unamuniana del «perseguid con paradojas» ante la ramplonería del mundo actual.


«Cuando veo el fútbol me pongo a leer un libro y sólo cuando el sujeto que narra levanta la voz, me asomo por un lado del libro para ver qué pasó. Si no hubo gol, vuelvo la vista para seguir leyendo».


El también hermano Jaime Sánchez Basurto nos colmaba de anécdotas interesantes. Una vez nos contó que él mismo fue maestro del hermano Enrique y agradecía haberlo tratado bien cuando fue su alumno, pues ahora era su director. Lo aceptaba con diversión sincera y desde luego con admiración por éste. Otra ocasión nos dijo también que el hermano Enrique era muy estudioso y hasta un prólogo o introducción de una determinada edición o estudios sobre la biblia había escrito. Nunca lo comprobé; pero no lo dudo. Y aun si no hubiese sido así, nadie cuestionaba ni ponía en duda su capacidad intelectual.

Un hombre atento y despierto, pues, ante el mundo, no dejaría de estudiar, prepararse y acrecentar su propia cultura, allende los libros y los cambios del entorno. No dejó pendiente la tarea de actualizar ciertos hábitos de adaptación al mundo de hoy, incluso en las redes sociales. Pude ver algunas de sus publicaciones en Facebook como siempre muy acertadas y mordaces. Un hijo de nuestro tiempo que dejó huella y cuyo brillo nos dejó disfrutar mientras fuimos sus alumnos.


Emaús. 


Una ocasión en sus clases de Cristología tomo el pasaje de San Lucas posterior a la resurrección de Jesús, ese de los discípulos que volvían a su pueblo después de haber presenciado la pasión y muerte del Galileo y lo equiparó con nuestra situación de seminaristas y de ex seminaristas, diciéndonos que si bien ya habíamos recibido como esos discípulos las enseñanzas de las Escrituras o para nuestro caso la Buena Nueva, no podríamos menos que dejarnos emparejar por mismo Jesús durante nuestro ocaso vocacional, nuestro atardecer, nuestras incipientes tinieblas, y dejar que nos volviese explicar las Escrituras y que ardiese nuestro corazón durante ese camino, que lo reconociéramos en la Fracción del Pan y volviésemos para dar testimonio de Él. Muy bonito mensaje, desde luego y la lucha le hizo, aunque la mayoría ya no volvimos al seminario; sin embargo en lo particular ese mensaje sigue resonando en mi interior y se ha vuelto mi pasaje favorito de los cuatro evangelios.

Recuerdo, pues, al hombre sin una devoción manifiesta de forma desmedida; pero en las pocas ocasiones en las que tuvo oportunidad de desplegar esa misma devoción frente a nosotros, no escatimó recursos como aquella del aniversario de profesión religiosa de Jaime Sánchez Basurto, pues el hermano Enrique tomó la batuta y nos dirigió ese hermoso canto de «lo prometí, soy hijo de María. Hermano soy del mismo Salvador». Allí nos mostró sus dotes de tenor y con enjundia nos motivaba para cantar y cantar.

He deseado pagar esta deuda que le tengo y a nombre de quienes fueron sus alumnos y sus dirigidos, para que puedan rendirle tributo y loor a un gran hombre. Con su historia me recuerda a los setenta y dos discípulos que regresaban de la predicación y le decían a Jesús: «Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre» a lo que Jesús les dirigía unas enigmáticas palabras: «Sí, yo vi a Satán caer del cielo como el relámpago. Miren, les he dado poder para curar y someter espíritus inmundos; pero no se alegren por eso, alégrense más bien porque sus nombres estarán escritos en el cielo» (Cfr. Lucas 10, 18 ss). Eso deseo de todo corazón para el Hermano Enrique Lozano Amaral: que su nombre esté escrito en el cielo y que eso sea fuente de júbilo, de ejemplo y de hermosos recuerdos como estos…


Julián Hernández Castelano.
19 de octubre de 2018.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.


El valle de las moscas

miércoles, 10 de octubre de 2018 0 comentarios

@jhcastelano

En repetidas ocasiones he contado a generaciones y generaciones de alumnos sobre un mítico lugar solamente bautizado por mí como el valle de las moscas. Conocido por múltiples personas sin saber el nombre otorgado por el que escribe. Siempre causa admiración y curiosidad a quienes me escuchan y no pocos me han recordado a la postre cuando de este lugar de fantasía les conté. Hoy quiero pagar la deuda de escribir sobre él.

Cuando me vi en la necesidad de buscar trabajo después de mi salida de la preparatoria incursioné en varias actividades laborales. Después de varios intentos por fin me dieron el trabajo como ayudante de eléctrico en reconocida trasnacional, aunque dependía en un inicio no de la fábrica directamente, es decir, no de la planta, sino de una compañía contratista que se llamaba FGR Ingenieros. Ellos le hacían trabajos de construcción a los nuevos proyectos de la planta, a veces incluso de reparación. 

Eran tiempos difíciles por la crisis económica de los noventa, así que al inicio iba caminando de mi casa al trabajo y para ello debía seguir la línea trazada por las vías férreas de la bestia de hierro. Durmiente tras durmiente pisaba y avanzaba. A veces, si el tiempo me lo permitía, me daba el lujo de caminar sobre los rieles. Si el tren se aproximaba, sólo me apartaba un poco y ya estaba.

No me quedaba mucha capacidad de atención para percibir el ambiente alrededor de las vías. Tenía que concentrarme en el camino y poner mis ojos sobre los pasos que daba. La curiosidad me hacía mirar de cualquier manera el paisaje de manera furtiva. Así podía ver a cierta distancia algunos corrales de vacas, uno que otro árbol, mucho terreno de cultivo con alfalfa, por lo regular, y más cerca, al lado de la vía, un canal de residuos pluviales, por lo que se dejaban ver algunos juncos, carrizos y plantas flotantes, así como algunos animales como renacuajos, tepocatas, muchos insectos y alguna que otra ardilla o animales rastreros.

Poca gente transitaba por ahí. Sólo los trabajadores del rancho cercano, propiedad de los Rubín. Alguna vez me encontré con un migrante y lo interrogué. Era de Honduras y me dijo que era la tercera ocasión que intentaba cruzar el país para tratar de llegar a la Unión Americana. También me dijo que reconocía la región y le parecía llegar a los límites en los cuales la gente le podía apoyar, porque después de San Luis Potosí era muy difícil pedir un poco de comida o agua.

En cuanto pude y tuve un poco de recursos me compré mi bicicleta de montaña. Recuerdo haber ido al mercado Escobedo y en una de las tiendas grandes de este tipo de rústico transporte haberla escogido cuidadosamente. Era negra y la quise no tan ligera ni tan pesada, que no se viera tan frágil; pero tampoco tan estorbosa ni llena de aditamentos. La consideré sencilla y a la vez potente. Vi que tenía las dos estrellas para cambios de velocidades en buenas condiciones y que los frenos estuvieran bien ajustados. Incluso cuando la compré decidí trasladarme en ella desde el centro de la ciudad hasta los arrabales de mi pueblo, cosa de veinte kilómetros, aproximadamente.

Ya con mi bicicleta tuve que cambiar la ruta del traslado de la casa al trabajo. Ahora tenía que despegarme de la vía y pasar justo del otro lado del canal en paralela a la misma vía para salir a la carretera y transitar por ella unos quinientos metros para llegar a la vigilancia de la empresa, registrarme, colgar mi bicicleta en un lugar especial y ponerme a los servicios de los ingenieros y trabajadores de la construcción.

Me la pasé en mi bicicleta hasta que mi papá compró el viejo Tsuru II, 88, color rojo con el que después me beneficié para ir al trabajo. Ya para entonces era trabajador de planta y una línea de empaque estaba a mi cargo. Todo ese tiempo de la bicicleta fue el de mi evolución como trabajador exitoso en ese lugar de mis sueños fortuitos. La experiencia del viaje así, me dotó de otras capacidades: la de ir pensando mucho mientras pedaleaba, la de ir contemplando cada detalle del camino a la velocidad de las ruedas, la de percibir los olores y sentir las piedras y mirar la gente y darme cuenta de la distancia, en suma, la de soñar, imaginar con más profundidad y aventurar en mi mente un montón de fantasías. Yo tenía veinte, veintiuno y veintidós años.

Podía percibir cada metro o cada centímetro del camino y sus particularidades y sus diferencias. Fue así como me di cuenta que había un buen trecho del mismo en el que se juntaban varios factores muy peculiares: el agua del canal, el ruido de los grillos y las ranas, el olor a la humedad, la tierra mojada cuando eran épocas de lluvia y los escasos espacios por los que se podía circular para no meterse en el fango o de plano en los charcos larguísimos o el pasto y hierba escabrosa; también era la zona de los terrenos de cultivo y, como había dicho antes, llenos de alfalfa, aunque de vez en cuando también maíz y hasta cebollas. A estos campos los fertilizaban muy bien con estiércol. 

Todos esos factores propiciaban la sobreabundancia de las moscas. Aprendí a transitar entre los enjambres molestos y perniciosos de estos insectos. Nunca dejé de acordarme del poema de las moscas, de Antonio Machado y más de alguna vez, llevando mi walkman y audífonos escuchaba un casete con las canciones del poeta en la voz de Serrat, con ese disco tributo que le hizo el catalán al poeta en 1968. Y me gustaba escuchar y repetir la canción «oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril. / Viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil… / Yo sé que os habéis posado / sobre el librote cerrado, / sobre la carta de amor…»

En mis fantasías del camino pensaba en las etapas del mismo: el pueblo y sus casas y habitantes eran la aldea cuasi medieval con columnas de humo de las tortillas y ladridos de perros en los patios; el paso de la bestia de hierro, donde me jugaba el pellejo cuando el tren estaba parado y había que pasar entre los vagones ante el miedo de que se moviera la bestia; el pueblo vecino inhóspito y semi habitado, lleno de jaurías de perros; luego la fábrica en ruinas, propiedad también de los Rubín, donde alguna vez supe que producían mermelada de fresa y que ahora sólo tenía un viejo velador, muy amigable por cierto y muy cotorro, con quien de vez en cuando me quedaba a platicar un rato; y por penúltimo, antes de la carretera el extenso valle de las moscas, cuya primera parte era vereda y la segunda empedrado; era toda una aventura pasar a toda velocidad en la bici sin que ninguna mosca entrara en la boca, por lo que no podía darme el lujo de cantar ni abrir para nada la cavidad bucal; algunas veces hice caso omiso al cuidado y me tuve que tragar algunas moscas, no sin tratar de regurgitar para sacar sin éxito los pegajosos insectos. Para mis ojos me vinieron bien aquellas gafas de regalo por un récord de producción y especiales para cuando salíamos de trabajar en el turno nocturno. 

El olor a estiércol no me producía dificultades, no tanto como el lidiar con esos interminables enjambres de moscas. Consideraba una especie de odisea pasar por ahí y por eso mi fantasía de valeroso caballero se excitaba sobremanera. Ya era un poco grandecito para esa imaginación; aunque la ocasión en la que tuve que matar una víbora que encontré en camino y que se levantó para enseñarme las fauces y la lengua viperina no es ninguna fantasía. De un salto que di me agaché, tomé una roca de buen tamaño y en menos de lo que lo cuento la arrojé y le di en la mera cabeza. Repito: eso no fue fantasía. Fue real. 

En fin, tenía yo unas dos décadas de vida y relativamente buena pureza e inocencia, así que no me importa mucho el juicio de quienes quisieran etiquetarme de puerilidad. Hoy mismo, cuando ha pasado otro tanto de la edad que entonces tenía, encuentro fascinante esos recuerdos. Será por eso que cuando lo cuento a mis alumnos si no constato por sus palabras que igualmente les llena de curiosidad y entusiasmo mi relato, por lo menos sí me lo dicen sus caras con sus expresiones vivas, atentas y divertidas, amén de que no falte alguno que me lo recuerde, aun siendo ya exalumnos.

Este recuerdo me viene a la luz de mi anhelo por servir a Dios y por darle gracias por mis experiencias de la vida; pero más aún por la hermosa memoria con la que me favoreció y dotó. Una de las mejores virtudes y más preciadas: la capacidad de memoria, una de las potencias del alma, por cierto. 

Ad maiorem Dei gloriam.


Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlax.
22 de septiembre de 2018.

Mes de la Biblia

martes, 25 de septiembre de 2018 0 comentarios

@jhcastelano

Bien lo sabemos ya los cristianos: septiembre es el mes de la Biblia. Lo es por la figura de San Jerónimo, a quien el día último del mes se le festeja. Fue este gran santo quien hizo el esfuerzo por traducir el corpus bíblico del griego al latín. Autor de la versión clásica llamada «La Vulgata», versión oficial bíblica de la Iglesia hasta la llegada de las traducciones a las lenguas vernáculas en el mundo católico después del Concilio Vaticano. Ahora existen varias versiones adaptadas en el lenguaje a ciertas regiones y destinatarios concretos. Para la lengua española sigue siendo un referente la versión llamada «Biblia de Jerusalén», por su aparato crítico y su fidelidad a la traducción apegada a la versión de San Jerónimo.

Sería una tarea no titánica, sino imposible consignar todo o lo más importante que se haya dicho en torno a la Biblia, a sus libros, a sus palabras, a sus enseñanzas. Toda la literatura religiosa o espiritual, catequética, exegética, etc., es resultado de la lectura de las Sagradas Escrituras.

Quienes hemos tenido el privilegio de haber escuchado desde la niñez en las lecturas de la misa o en las catequesis una serie de lecturas emanadas, ya sea del Evangelio, el resto del nuevo o del antiguo testamento, podemos aventurar siempre o acometer una lectura actualizada sin tanta dificultad y encontramos en los comentarios y expresiones del Magisterio de la Iglesia las guías pertinentes para alimentar nuestra vida de fe. La gran interrogante o cuestión será para los cristianos hacer vida esa palabra, responder con el testimonio y el compromiso a los retos de haber sido destinatarios del mensaje de la Buena Nueva. Es toda una tarea que debe renovarse día con día.

Hay, sin embargo, quienes suspiran por poder encontrar una manera de acercarse a las Sagradas Escrituras y suelen ser víctimas de la confusión por la sobreabundancia de «estudios» al margen de la Tradición y del Magisterio eclesial. No faltan las agencias de noticias o las academias seculares que tratan de dar su propia versión de lo que consideran que representa la Biblia. Siembran dudas, tratan de ejercer una visión escéptica y provocadora de lo que se encuentran en los libros contenidos en la Biblia.

Si ya de por sí es todo un reto lograr que el cristiano común logre manifestar con sus obras el mensaje que recibe del Evangelio y la Biblia, pues resulta aún más complicado lograr que el cristiano desorientado vea cómo acercarse a la lectura bíblica. Hay varias fuentes muy a la mano y algunas consideraciones necesarias para estos casos:

Prácticamente todos los santos, sabios, pastores y hombres de Iglesia que han escrito algo, lo hacen inspirados en la Biblia. Así San Agustín, por ejemplo, de quien se dice guardaba memoria de todos los textos bíblicos y era partidario de la lectura al azar de las mismas Sagradas Escrituras. Dicho método no puede resultar tan eficaz —si es que de verdad lo utilizaba— para cualquier persona que se acerque a la Biblia, pues se habrá de necesitar la agudeza y la fineza de espíritu como la del obispo de Hipona.

Un documento imprescindible para sopesar el valor de la Sagrada Escritura en nuestro tiempo es la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, precisamente por cuanto abunda en explicaciones sobre la Revelación del Verbo Encarnado. Llama la atención el trabajoso proceso por el cual se llegó a una redacción definitiva mientras se celebraba el Concilio, tal como se expone en la introducción a la edición de 1965 para la lengua española a cargo de la Biblioteca de Autores Cristianos . Ahí se afirma entre muchas otras importantes cuestiones que: «Tradición y escritura constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia y, adhiriéndose a ese depósito el Pueblo de Dios persevera en la enseñanza de los Apóstoles. El oficio de interpretar la Palabra de Dios, escrita o transmitida, está confiado al Magisterio de la Iglesia, el cual no es superior a la Palabra de Dios, sino que sirve a ésta, enseñando solamente aquello que ha sido transmitido. Sagrada Escritura. Tradición y Magisterio están así unidos de tal forma, que no pueden subsistir independientemente, y todos ellos juntos contribuyen a la salvación de las almas». 

Otra guía importante puede ser también la obra de un santo varón que vive aún en nuestros días y que fue Papa Benedicto XVI. Mucha de su obra, pero en especial esa Exhortación Apostólica postsinodal llamada Verbum Domini, de 2010, ha de ser una excelente introducción para entender la importancia de la Sagrada Escritura en nuestra vida. No recuerdo que en su momento se le haya dado difusión como sí la hubo para sus encíclicas y algunos de sus mensajes polémicos como el Discurso de Ratisbona en 2006; ni mucho menos por sus posturas de gestión interna de la Iglesia y, por supuesto, por su renuncia; pero este documento es de vital importancia por la luz que arroja para orientar y para guiar tanto el contexto de la Revelación Divina, como las fuentes de la Palabra y la manera como podemos acercarnos a ella.

Sobra decir que hay otras fuentes adicionales para acercarnos con la debida orientación a la Sagrada Escritura, como es el caso del rezo de la Liturgia de las Horas, el estudio del Catecismo de la Iglesia Católica o de manera más estructurada al esquema propuesto por el método de la Lectio Divina, donde se plantea una cita bíblica y por medio de una serie de preguntas muy concretas se va guiando una meditación, no sin antes pasar por la oración de invocación al Espíritu Santo y las oraciones intercaladas para rumiar en la mente y hacer eco de lo dispuesto por el texto al que se acerca con la intención de dejarlo hablar para nosotros en nuestro corazón.

Siempre se requiere, en fin, no sólo la intención por acercarse a la lectura de la Sagrada Escritura o la curiosidad del estudioso o del exegeta, sino una capacidad de escucha y una sensibilidad interna del corazón para acoger cual la tierra buena la semilla del Verbo para hacerla vida y dar los frutos que como cristianos se espera de nosotros.

Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlax. 
23 de septiembre de 2018. 
Festividad de los Santos Mártires de Tlaxcala.

"No sólo de pan vive el hombre"

domingo, 24 de junio de 2018 0 comentarios

@jhcastelano

La frase es de Jesucristo y alude él mismo a la tradición veterotestamentaria. Está en Mateo 4, 4; Lc 4, 4 y Dt. 8,3

Una "doctora", (quien resulta ser la esposa del candidato autodenominado como "el rayito de esperanza", conocido por sus publicistas como el "yasabesquien", conocido por la plebe como el Peje), se la atribuye a Federico García Lorca para decir que el arte nos compromete y que no sólo se trata de dinero. Desde luego aparecen quienes la defienden diciendo que ella dijo que García Lorca lo dijo, más no que sea de él. Nos quieren ver la cara de tontos. Que defiendan el arte, está perfecto, que repitan la frase de Jesús para diferenciar un interés monetario de lo que tiene otro talante, está bien; pero que no le den el crédito al evangelio, ya se me hace por lo menos sospechoso.

Y aun con todo esto es necesario aclarar varios asuntos:

Si de verdad no sabe la procedencia evangélica de la frase, entonces su doctorado no le ha servido de mucho, pues es mayor su ignorancia ante algo tan simple como reconocer una fuente primaria. también de ello puede seguirse una preocupación mayúscula: ¿Qué nos espera si llega a ser primera dama y mete su cuchara en asuntos tan delicados como la educación, o peor aún, como la promoción del arte? ¿Cuál arte y con qué argumentos?

Si, por el contrario, de sobra se sabe la frase evangélica; pero no quiso citar a Jesús, sino a un poeta de dudosa calaña, ideólogo del pensamiento republicano español por encima de aquel, entonces debemos sospechar una burda perversión encaminada a la todavía más burda ideologización comunistoide secularizada y hostil frente a las fuentes bíblicas. Algo como lo que en España hacen con la administración hasta de los "sacramentos civiles". De donde se sigue un temor más crudo: la imposición de las prerrogativas de esa suerte de religión civil permeada por lo "políticamente correcto".

Si más bien no sabe o no le importa la procedencia efectiva de la frase que da pie a su propaganda, pues cree que sus destinatarios, es decir, todos los mexicanos, ignoramos también la misma fuente, pues eso ya es de espanto, pues equivale a suponer que le habla a una masa de gente bruta, a miserables mortales que ella y su marido vienen a redimir y a dar lecciones tipo catequesis de lo que debemos pensar y cómo tendremos que hacerlo.

No se trata de citar de segunda o tercera mano, sino de reconocer la fuente primigenia de lo que se afirma. Algo propio de quienes se jactan de haber estudiado hasta conseguir el nivel del doctorado. Se llama ética profesional, o por lo menos honestidad intelectual.

Sospecho que nos viene una "primera dama" soberbia, pedante y, lamentablemente, atroz.

Julián Hernández Castelano
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala

Mis hermanos mayores

lunes, 21 de mayo de 2018 0 comentarios

@jhcastelano

En la fe. En la experiencia. En la sensibilidad.

Conocí a algunos de mis hermanos mayores en la fe el pasado sábado. Algunos rostros ya los había visto antes. Algunos de ellos ya me conocían y a otros en mi vida, jamás los había visto; y sin embargo somos hermanos. Los escuché en sus testimonios tan profundos y tan impactantes. Los reconocí como en un espejo por lo que se siente al haber bebido de la misma savia, del mismo árbol de la formación en el Seminario. Ahí estaban compartiendo su experiencia y exponiendo sus ideas. Testimonios variados y muy hermosos. «El amigo fiel es un apoyo seguro —dice el libro del Eclesiástico— quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro» (Eclo. 6, 1) Y más que amigos, para mí el tesoro que representan es el de la hermandad.

Se trata del grupo Moriá —Dios provee — cuya formación responde a la necesidad de agrupar a aquellas personas que por alguna razón no pudimos o no quisimos o no quisieron que siguiéramos con nuestra formación o incluso con el ministerio sacerdotal en la diócesis de Querétaro. En camino de constituirse como Asociación Civil y lograr la personalidad jurídica, el grupo pretende dar un espacio no sólo para la expresión y el testimonio, sino también para la promoción y la actividad de carácter social o de beneficio para el bien común; en otras palabras y en el fondo: continuar con la labor evangelizadora a través de acciones concretas y a pesar de no haber seguido con la vocación sacerdotal.



La personalidad jurídica será fuente de certeza legal; pero la personalidad efectiva ya la tenemos, pues el grupo se conforma con maestros, psicólogos, filósofos, médicos, constructores, etc., amén de la jovialidad, la alegría, el respeto y el aprecio que nos manifestamos y que son unas de las tantas características de quienes nos sabemos hermanos de la experiencia de Seminario y hermanos en la fe.

Ha sido verdaderamente providencial que un grupo de personas otrora dispersas se reúna para hacer algo, para emprender una misión y acciones en común. Es hermoso reconciliarse con su pasado y saber que hay otros en similares circunstancias. La riqueza que podemos encontrar en nuestras experiencias y en nuestras capacidades no se deja esperar ni se regatea.

Por si nos aguarda la nada o por si no hubiera un más allá que trascienda el tiempo y se proyecte hasta la eternidad, yo no me quedé con las ganas de hablarles y decirles lo que siento, así como de admirar y de apreciar cuánta belleza hay en el poder compartir y reconocernos. Nuestros corazones laten al mismo ritmo y al consagrar nuestras acciones y la existencia de nuestro grupo al Señor e invocar su Santo Espíritu, también nos damos cuenta de que compartimos eso, precisamente: un mismo espíritu.

Ya sabrán de nosotros.

Julián Hernández Castelano
Santa Ana Chiautempan, Tlax.

Roberto Gallegos

jueves, 3 de mayo de 2018 0 comentarios

La verdad es que compré un regalo para Roberto por su cumpleaños 40. Mi esposa me insistió tanto porque no le gusta que asista yo a una celebración de esa índole con las manos vacías y con la gorrita puesta. El problema es que la fiesta no se armó y me quedé con el regalo. Pensaba además en esa fiesta improvisar unos versos que en realidad ya había escrito. Y todo se quedó en ascuas. Sin ánimo de resultar cursi, sino más bien con la plena conciencia de que también a mí se me llegan los 40 este año, decidí componer estos ovillejos glosados para Roberto, quien definitivamente se los merece y a quien además tenia yo años, muchos, de no ver, ni a él ni a la palomilla. Compuestos que fueron entre el 26 y el 27 de abril. Van:

Llora el cielo de alegría,
corre hoy la vida lenta,
memorable es este día:
Roberto llega a cuarenta.

—¿Qué sucede en esta hora?
—Llora.

—¿Qué desborda con desvelo?
—El cielo.

—¿Y así hay gozo todavía?
—De alegría.

Ya es de noche, ciertamente,
y agoniza ya este día;
mas la Gracia permanente
priva la melancolía:
es que Dios lo tiene en mente,
llora el cielo de alegría.

—¿Qué pensamiento te doy?
—Corre hoy.

—¿Es conciencia la acaecida?
—La vida.

—¿Corre, en fin, hasta noventa?
—Lenta.

La mitad de la carrera
pareciese lucha cruenta,
vana estancia, cruel quimera;
mas la gana siempre aumenta
y es deseo de primavera,
corre hoy la vida lenta.

—¿A esta edad todo es estable?
—Memorable.

—¿Y hay deseo de lo celeste?
—Es este.

—¿Hay penumbras todavía?
—Día.

No quisiera exagerar
si derrocho algarabía,
simplemente es de admirar
que la Musa todavía
a mi amigo ha de inspirar,
memorable es este día.

—¿Quién es franco, firme, abierto?
—Roberto.

—¿Siempre lucha? ¿Cede? ¿O brega?
—Llega.

—¿Y a cuánto llega la cuenta?
—A cuarenta.

Desde niño siempre ha sido
quien asiste, brilla, alienta,
y Dios le ha favorecido
con talento que hoy ostenta;
la excelencia no se ha ido,
Roberto llega a cuarenta

Llora el cielo de alegría,
corre hoy la vida lenta,
memorable es este día:
Roberto llega a cuarenta.

La Palomilla

viernes, 2 de marzo de 2018 0 comentarios


@jhcastelano


«El punto de encuentro de las paralelas está en el infinito»
Simone Weil

Cualquier persona que tenga recuerdos de su infancia, adolescencia o juventud, sabrá ponderar cuando alguien como el que escribe le consigne una experiencia formidable que emana desde los tiempos de la temprana adolescencia y florece con la juventud para venir al recuerdo unos buenos años (y kilos) después.

Nos hemos reencontrado virtualmente gracias a las redes sociales y en la realidad con alguna reunión a la que unos cuantos acudimos, un buen número de compañeros del Seminario Conciliar Diocesano de Nuestra Señora de Guadalupe, de la diócesis de Querétaro. Los que somos de la generación de 1996 de la prepa y algunos de la siguiente, la de 1997. En principio esto —se me podría decir— pues es un recuerdo muy propio de quienes somos protagonistas del mismo, si no fuera porque sostengo que es algo extraordinario, muy sui generis y empapado de la Providencia de Dios, pues no sólo por lo entrañable que representa todo, sino porque, insisto, se ve la mano del Todopoderoso en el proceso de formación de cada uno de los que hemos vivido y coincidido en este grupo. Voy a explayarme entonces:

No sé de quién fue iniciativa armar un mecanismo como el que vivimos los reclutados desde las épocas de secundaria para hacer los grupos de “seminaristas en familia”. Puedo suponer que el autor intelectual de esta modalidad pudo haber sido el entonces Obispo, Dr. Alfonso Toriz Cobián; o bien, del entonces promotor vocacional el Pbro. Domingo Díaz Martínez, hoy Arzobispo de la arquidiócesis de Tulancingo. Quien sea, tuvo la magnífica idea de explotar y excitar los deseos de la niñez para ser sacerdotes en plenos años 80’s, cuando andaba muy escasa la cosecha de nuevas vocaciones al sacerdocio. Puso a trabajar a los seminaristas de ese tiempo dando pláticas y haciendo convivencias para monaguillos a los niños como yo, valiéndose de los apostolados que funcionaban, esos sí, con cierto auge, como la orden tercera de los franciscanos, la adoración nocturna o la peregrinación al Tepeyac. 

Era yo del grupo de tarsicios cuando fui invitado al servicio del altar y acudí a la formación a la parroquia de San Francisquito. Allí tuve mi primer contacto con los otros niños monaguillos, alguno de ellos llegó al sacerdocio; y con los entonces seminaristas ya del mayor, a quienes admirábamos, idolatrábamos y tratábamos de imitar. Su ejemplo era la llave para sentirnos motivados a inscribirnos en el Seminario. Recuerdo al difunto Padre Francisco Estrella, al Padre Rogelio Martínez Martínez, por citar algunos. Eran finales de 1988 y principios de 1989, cuando fue ese curso y cuando escuché por primera vez sobre los “seminaristas en familia”. Nos invitaron a ello, a los retiros vocacionales y a ser seminaristas en casa, modalidad en la que uno vivía con sus papás o su familia y los fines de semana cada quince días vivíamos en el Seminario, bajo la guía de formadores seminaristas capacitados para acompañarnos.

Yo no hice caso a la invitación, primero porque apenas entraría al sexto de primaria en el 89 y luego porque en el 90 me faltaron agallas para ir al retiro, aunque ardía en deseos de tener la experiencia y estaba convencido de ser sacerdote. Fue hasta 1991 y motivado porque en la semana santa del año anterior y del mismo 91 viví y vi de cerca la labor misionera de los muchachos de la congregación de la Sagrada Familia que, en su apostolado, habían acudido a mi pueblo en Querétaro. Fui, entonces, la semana previa al eclipse del jueves 11 de julio de 1991 a la convivencia vocacional. Esa semana hubo un huracán, del que no recuerdo el nombre. Incluso se desbordó el río en Hércules y llegaba el agua hasta las paredes traseras del terreno que circundaba el Seminario. No dejaba de llover día y noche y teníamos que hacer el deporte, muy pesado para mí, en los pasillos techados del Seminario. Allí fui parte del equipo 1, donde conocí a los tres hermanos Arellano Rosas: Manuel, Diego y Agustín, así como al extraño Juan Carlos Corona, había otro par de hermanos, uno muy grande y de prominentes quijadas y pelo negro, muy negro, y su hermano más pequeño con iguales características; pero en tamaño mini. Los describo porque no recuerdo sus nombres. Y yo. Nuestro asesor de equipo era el ahora Sacerdote Wenceslao Ferrusquía Navarrete. Él también recuerda esto. Tiene una excelente memoria. En esa aventura de la convivencia me acompañaron mis primos Edmundo y Héctor Hernández Grijalva, así como mi buen amigo de la infancia Ángel Grijalva Castañón, alias el Ampolla, quien resulta ser primo de mi mamá, a pesar del desfase generacional.

En fin, que para septiembre del mismo año mis papás me inscribieron al grupo de semis en familia. Ya nada más yo de mi pueblo. Ya para entonces el Padre Domingo no era promotor vocacional, sino rector del Seminario. El encargado de Vocaciones era el Padre José Luis Andrade y el formador a cargo de nosotros era el ahora Padre Francisco Gavidia. En ese primer año le acompañó el ahora Padre Rogelio Cano, quien es el actual y primer rector de la Basílica de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, así como el ahora Padre Herminio Jorge Hernández Nieto, Canciller del Obispo, así como otro seminarista que no llegó a ordenarse, a saber, Tomas Gualito. En fin, ahí conocí a Roberto Gallegos Pérez, a Erik Sánchez Cervantes, ya fallecido, a Saúl, alias el Samber, a Arturo, alias el Toro, a Pacheco, al “Cobi”, al “Huesos”, a Margarito, a Lupe el de La Cañada, a mi amigo Lupillo Jiménez, alias el Pit, al “Tamal”, a quien ya había visto antes desde el curso de monaguillos; etc.

De cómo me fue o cómo se vivió ese año, ya daré detalles; pero lo que me ocupa ahora es decir que en navidad, semana santa y al final del curso nos juntábamos con los compañeros de otros centros de seminaristas en familia pertenecientes al mismo Seminario, como el de Soriano, El Capulín, San Juan del Río, Jalpan, El Pueblito y nosotros, los de Hércules. Fue de ese modo como supe de la existencia del “Árabe”, o el “Panda”, de San Juan del Río; o del Zenón, del “Súper” o del Chava, del centro de El Pueblito; o del Tolimán, mi amigo Miguel, quien venía del centro de Soriano; pero es originario de San Miguel Palmas, Peñamiller; del Meche, de Colón. De los de la sierra no me acuerdo en esos tiempos. A ellos los conocí hasta el Menor. Lo importante es que así me di cuenta del modus operandi de los promotores vocacionales: instauraron estos centros para reclutar jovencitos como yo, que queríamos ser sacerdotes y nos dieron la experiencia del Seminario desde muy niños, desde que estábamos con nuestras familias. Eso es obra de Dios. Es providencial.

Para el tercer año nos tocó estar en El Pueblito. Allí nuestros formadores fueron Luis Antonio Moreno, alias el Pollo y el ahora Padre Aquileo Osorno, Osorno, de San Pedro Escanelilla, Pinal de Amoles, Qro. Fue fantástico ese año. El Pollo era un excelente formador. Su ejemplo me motivó, entre muchos otros maestros, a ser maestro yo mismo. Siento que hablaba al corazón, más que al intelecto. En fin.

Lo mejor vino después: ya para entrar al Menor y en toda la etapa de la Prepa. Al curso propedéutico llegamos más de sesenta jóvenes y no tan jóvenes como Isidro y el Bigotes. Nos sometieron a un curso muy intenso en el que revisábamos desde caligrafía hasta historia, historia de la salvación, ortografía y gramática, etc. Nos examinaron y al final hicieron la selección para ver quiénes irían al queretano con los maristas a estudiar la prepa y quienes al Clemencia Borja con las Madres Marianas para lo mismo. En ese lapso de tiempo convivimos día y noche y vivimos múltiples experiencias para el anecdotario. También sirvió como filtro. Ya para la escuela y la integración con los grupos que nos antecedían, el número de los nuestros había bajado significativamente.

Éramos el resultado del acompañamiento de los grupos de los centros descritos anteriormente y con la suma de algunos nuevos de distintos puntos de la diócesis. Un grupo muy heterogéneo. Así entramos al Menor. Así nos distinguimos porque además éramos diferentes a los otros dos mayores que nosotros. Ya daré detalles de eso también.

Fuimos la generación de transición de la mudanza del edificio de Hércules al de Pasteur, número 36, en el Centro de la Ciudad de Querétaro. Muchas anécdotas más se podrán decir de esta etapa. Lo importante es que nos volvimos más unidos y nuestra vida, así juntos, nos dejaba grandes lecciones. El vínculo se volvió estrecho, pues de día y de noche compartimos todo tipo de inquietudes, de sueños, de esperanzas y de temores. Incluso pudimos ver la diversidad de talentos y cada uno podía ver a la familia del otro como propia, asequible, entrañable, cercana.

Pasaron los años. Muchos nos fuimos del Semillero poco a poco. Cada quien tomó su camino. Algunos se siguieron frecuentando, otros nos apartamos, ya sea por la distancia física, o ya sea por la decepción, o bien, por la confusión. Hay todo tipo de razones o sinrazones para haberse ido de ahí. Hace poco nos volvimos a ver unos cuantos —decía antes— y fue como volver a casa, a esa casa en común, nuestra casa, nuestro Seminario. Nos consideramos amigos. Somos la Palomilla. Nuestra amistad corre como las líneas paralelas: hasta el infinito. Ni aunque muertos se ha de acabar, pues quedó sellada para siempre. Es más, los puedo sentir más que como amigos, como hermanos, pues vivimos juntos, después de todo. A mucha honra.

Dios nos juntó y nos hizo capaces de sentir y de palpitar casi al mismo ritmo, de amar la Religión Católica, de orar juntos y unos por otros, de cantar juntos, de elevar nuestra misma plegaria, de avizorar el mundo y de entregarnos al servicio del Evangelio, aun si no llegamos al ministerio sacerdotal. El Seminario nos dio lo mejor y lo único con lo que le podemos pagar es con una vida buena para nosotros, para los amigos, para nuestras familias y para los demás. ¿O no, mi Palomilla?

Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.
3 de marzo, año de Gracia, 2018.


Resuena la Palabra del Señor. Reflexiones a las lecturas y el Evangelio del IV domingo ordinario

domingo, 28 de enero de 2018 0 comentarios



Introducción. Moniciones.

La primera lectura (Dt. 18, 15 – 20) se refiere a los tiempos de Moisés. En su camino de liberación el pueblo tuvo la oportunidad de presenciar alguna manifestación de la gloria de Dios a través de algún suceso de alteración natural, tal vez del clima, o tal vez algo del cosmos. En todo caso refieren estruendos y un fuego imponente. Le piden entonces a Moisés que a su vez le pida a Dios que ya no sea esa la manera como Dios les hable o les dé el mensaje. Piden que sea otra la comunicación. Dios le dice entonces a Moisés que será por medio de un profeta como él, a quien se habrá de escuchar y con ello se dejará constancia de escuchar por su medio al mismo Dios.

El salmo de responsorio es el 94, el mismo que utiliza de Invitatorio la liturgia de las horas en el oficio divino para las Laudes. Muy revelador y fundamental resulta la invitación de no tener los oídos sordos a la voz del Señor, en consonancia con la primera lectura, sino, antes bien, atender y acudir a ese mismo llamado para cumplir los preceptos que nos son indicados.

En la segunda lectura (1 Cor. 7, 32 – 35) el Apóstol San Pablo dirige un mensaje por demás controversial a los corintios, en el que hace una equivalencia entre el hombre que se consagra a Dios y a la expansión de su mensaje y el soltero, quien, libre de las ataduras del compromiso matrimonial, puede destinar todas sus energías al servicio del Evangelio.

En el Evangelio de San Marcos (Mc. 1, 21 – 28) se nos hace observar cómo hasta los espíritus inmundos reconocen la potestad y la grandeza de Cristo. Por su parte, Jesús los manda callar y salir del poseso.

1. La palabra de Dios es palabra creadora.

Lo pudimos escuchar como enseñanza del Obispo emérito de Querétaro, Monseñor Mario de Gasperín Gasperín en una de sus conferencias de cuaresma de hace unos pocos años en la catedral de la ciudad: cuando Dios habló, el universo fue creado. Las cosas son porque el Verbo de Dios, la palabra, fue pronunciada para llamar a todo a su existencia. Ese es el misterio de la creación: la unidad de la existencia de los seres y del cosmos entero con el efecto de la Palabra.

Lo repite el Presbítero Maestro Filiberto Cruz Reyes en alguno de sus mensajes que componen su libro Estoy en medio de ustedes  y que han sido originalmente dirigidos a los feligreses de la parroquia de Nuestra Señora de la Paz en la colonia obrera por antonomasia de los antiguos suburbios queretanos en El Satélite. Y lo dice, además, haciendo eco de grandes exégetas y predicadores cristianos que a través de los siglos así lo han reconocido. Hacemos eco, pues, y reconocemos en la Creación a la palabra creadora. «Dios lo dijo y existió. Él lo mando, y surgió», nos dice el Salmo 33. Por eso todos los seres y elementos creados deben alabanza al Señor, «pues Él lo ordenó y fueron creados», (Sal, 148, 5). Si nosotros somos parte de la creación, quiere decir que en nosotros está también operando la acción de su palabra. Si pudiésemos detenernos un poco para contemplar, como Dios lo hizo el séptimo día, esa misma creación, probablemente alcanzaríamos a distinguir dicha palabra hasta en el mundo físico, ya no digamos en el ámbito de la escala moral y más profunda y contundentemente en la esfera espiritual.  Dejemos, pues, hablar a Dios, para que siga creando y mostrando sus maravillas para todos.

2. Sobre la percepción de la palabra.

El pueblo de Dios puede percibir de múltiples maneras la resonancia de la Palabra de Dios: desde la manifestación en el mundo físico hasta los pronunciamientos de los profetas.

Se puede reconocer la palabra del Señor en la naturaleza, pues el mundo no está separado de la acción de Dios, como tampoco tiene una vida propia ajena a los designios de Dios. El mundo no es la deidad. El mundo no es Dios. Esa sería, o la trampa del panteísmo, o el acicate del movimiento pro ecologista que descansa sus postulados en la idea de la Gaia, o madre naturaleza como deidad. El mundo es un reflejo de Dios en cuanto es creación por efecto de la Palabra creadora. San Buenaventura nos aconseja considerar la imagen del espejo, pues estamos hechos a imagen y semejanza de Dios . El mismo doctor seráfico nos recuerda la enseñanza que hay sobre los ángeles, quienes tienen la potestad de cambiar el mundo físico y de romper incluso sus reglas si esa es la voluntad de Dios.

Cuando Dios habla, hace temblar. Así canta el salmo de David, el 29, como un himno al Señor de la tormenta: «La voz de Yahvé desgaja los cedros; desgaja Yahvé los cedros del Líbano, hace brincar como novillo al Líbano, al Sarión como cría de búfalo». Y así es, aunque suene terrible y catastrófico, la voz del Señor hace la tierra temblar. Lo constatamos apenas al haber padecido los embates de los sismos de septiembre del año pasado. Hubo muchas víctimas y cuantiosas pérdidas materiales. Allí Dios habló: desde el movimiento de la tierra hasta el movimiento de las conciencias. Escuchamos la voz del Señor y nos dimos cuenta de la fragilidad humana a expensas de la naturaleza; nos dimos cuenta de la poderosa mano del Omnipotente. También la escuchamos a través de la necesidad y el clamor de los hermanos que perdieron familiares, hogares y trabajo ante estos acontecimientos. Si Dios fue capaz de mover la tierra así, también fue capaz de mover nuestras conciencias y nuestros corazones para dolernos y conmovernos ante la tragedia; y para ayudar con algo: desde los voluntarios con sus fuerzas y presteza, hasta los que pusieron herramienta, maquinaria, mandaron comida, ropa y toda clase de víveres, así como su aportación económica. La invitación sería no olvidarnos que hay quienes siguen clamando por la ayuda porque sigue habiendo casas, trabajos y templos derrumbados.

3. El que escucha no está sordo, ni se hace.

La oración del que ha escuchado al Señor es no hacer caso omiso al mensaje recibido, no ser sordo, pues, a esa voz. Así el salmista procura asegurar la mejor actitud del que escucha. La invitación tiene que ser la de no olvidar esa voz, esa palabra que hemos escuchado, si es que llegó hasta nuestro interior. No olvidar a los hermanos que siguen necesitando nuestra ayuda, ya sea material o espiritual. No basta decir que si bien no hemos mandado nada a quienes sufrieron, por ejemplo, con los temblores, sí hacemos oración por ellos, porque lo mejor sería acompañar esa oración con obras concretas en la vida práctica. No todo el que dice «Santo, Santo, sino aquel que cumple la voluntad de Dios…», es decir, que hasta la oración es insuficiente a veces si no ponemos manos a la obra, si no lo traducimos en acciones en bien de los demás, si no perseguimos el ideal de la caridad. No nos hagamos los sordos ante la Palabra del Señor.

4. La libertad del profeta es compromiso vital.

El que se dedica de tiempo completo a hacer resonar la Palabra del Señor, no puede menos que poner todas sus energías, sus impulsos y sus deseos a ello. También por eso conviene que los consagrados prescindan de tener vínculos de familia por su cuenta.

Si bien ha sido gracias a los esfuerzos emprendidos al interior de la Iglesia para que, luego del Concilio Vaticano II, haya más espacios en la labor pastoral por parte de los laicos, sigue siendo una tarea fundamental la propagación del Evangelio para quienes se consagran, ya sean sacerdotes, religiosos y religiosas, y aun ahora surgen nuevas consagraciones por parte de los laicos. Hay más espacios para la acción de los laicos en los grupos de apostolado y en nuevas funciones de apoyo dentro de la Iglesia; sin embargo habrán de ser siempre tareas limitadas por efecto de su compromiso con su propia familia o responsabilidades laborales. Dicha acción tiene sus límites. Es urgente, empero, que quienes se han entregado ya de forma definitiva, habiendo sido consagrados, renueven constantemente el compromiso de dar toda su vida, sus fuerzas, sus ímpetus y su entrega al servicio del Evangelio. No podrían, en ese sentido, ceder ante las presiones del mundo que quiere verlos lejos de cumplir esta prerrogativa alegando que vivir en el celibato va contra natura o modas por el estilo. No pueden los agentes ministeriales consagrados ceder ni dejarse seducir por lo que el mundo estila, ni podrán contraer otro tipo de compromisos, como el de mantener y velar por una familia. Finalmente el llamado a la santidad es para todos, desde lo que puedan hacer, según la forma de vida que se haya elegido para servir al Señor por medio de los demás.

Así como la libertad del profeta era un compromiso vital, también el consagrado de nuestros días tiene un compromiso en el que van en juego las almas de quienes están a su cargo. Nadie puede servir a dos amos. La paternidad del consagrado debe ser estrictamente espiritual, al igual que la maternidad de la mujer que escucha la voz del Señor y decidió seguirlo sólo a él y entregar su vida por él.

5. La fuerza de la palabra de Jesús.

Jesús es la Luz y la Palabra. Quienes le reconocen se darán cuenta que tiene potestad al hablar hasta para expulsar y domeñar a los espíritus inmundos, mismos que también le reconocen, aunque él les manda callar.

Si hasta los espíritus inmundos lo reconocen como el Santo de Dios, ¿por qué nosotros no habríamos de hacer lo propio? Un demérito de nuestra condición humana sería el hacernos los sordos y ser omisos a la Palabra del maestro, nuestro Señor Jesús. Escuchémosle con suma atención, pues su palabra tiene tanta fuerza como para expulsar esos demonios. Nuestras malas pasiones pueden ser expulsadas por su palabra. Nuestros miedos, nuestros egoísmos, nuestra ira, nuestros impulsos violentos, incluso nuestros vicios que nos atrapan y hasta nuestras enfermedades: todo el mal que nos circunda y nos atosiga; incluso también el que nos aqueja como colectividad en esa plaga de la violencia, la impunidad y la injusticia. Todo el mal puede ser expulsado por la fuerza de la palabra de Jesús, el Santo de Dios.

6. A callar.

Es interesante que el espíritu inmundo se manifieste para increpar la autoridad de Jesús, e incluso para reconocer que es “el Santo de Dios”, es decir, reconocerle su supremacía y que Jesús le mande callar, porque quien habla o debe hablar no es el mal, sino Dios.

Dejemos, pues, hablar a Jesús en nuestra vida y en nuestra sociedad. Hagamos callar en nosotros la soberbia, la constante alteración que nos aleja de Dios. Que se calle lo que en nosotros provoca el mal. Que Jesús pueda pronunciar su buena nueva a través del reconocimiento nuestro de que es el Santo de Dios, a través de lo que nos rodea y de quienes nos rodean y están necesitados de nuestra acción caritativa. A través también de nuestros pastores, de quienes se han consagrado de cuerpo y alma para servir y proclamar esa palabra de Dios, esa Buena Nueva. Ahí está en el Evangelio, en la Biblia y en los acontecimientos de la historia y la naturaleza. Así lo podemos contemplar como Dios a la Creación en el séptimo día, para reconocer la grandeza de Dios y poner manos a la obra por nuestros hermanos.

No seamos sordos a su voz. No tenemos más que escuchar. Que resuene.


Julián Hernández Castelano.
28 de enero de 2018. IV Domingo Ordinario. Ciclo B.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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