@jhcastelano
Ha
causado alto grado de efervescencia en la diócesis de Querétaro el nombramiento publicado apenas para que el hasta ahora obispo del lugar, su Eminencia Don
Faustino Armendáriz Jiménez haya sido nombrado arzobispo de la provincia
eclesiástica de Durango, ya en la zona norte de la república mejicana.
Ya
volveremos sobre los juicios sobre su trabajo. Antes quiero atosigar a los
lectores que se dejen con unas cuantas experiencias personales sobre la figura
del obispo, con la idea de espejear, como siempre, algo válido para la
circunstancia colectiva y, desde luego, una buena dosis de reflexión sobre la
misión episcopal.
Después
se han favorecido los trabajos por regiones episcopales para interpretar y
actualizar el mensaje evangélico con las conferencias llevadas a cabo y los
sínodos en los continentes, de tal manera que los obispos han tenido una
relevancia suma para continuar la misión encomendada desde los tiempos apostólicos.
Cualquier
hermano ex seminarista, sacerdote o los fieles laicos que han conocido a don
Faustino podrían abundar en anécdotas sobre él y su acción como obispo. No
pretendo abundar o ganar la primicia de tener mayores experiencias sobre él.
Sólo quiero consignar algunas muy personales y no de don Faustino o con él,
sino con los anteriores obispos de la diócesis queretana.
La
primera vez que me lo topé fue en el mes de propedéutico que nos acompañaron en
agosto de 1993 para el ingreso al menor. Ahí en el pasillo interno del
seminario, ese que corría desde el comedor del lado de lo que era el menor, hasta
la base del edificio de lo que era el mayor, por la parte de adentro del
seminario, allí apareció caminando con el entonces padre rector don Domingo
Díaz Martínez, no recuerdo con quiénes caminaba yo, todos nos asustamos y el
padre Domingo nos dijo con su voz de mando: “¿No van a saludar a su señor
Obispo?”, a lo que no tuvimos más remedio que acercarnos para besar su mano,
todos tembeleques y sin saber qué decir.
Al
año siguiente en la casa de Pasteur 36 norte, en el Centro de la ciudad de
Querétaro, donde provisionalmente estuvo el menor un tiempo, voy a subir las
escaleras para la hora del estudio por la tarde a los salones, silbando una
melodía de José Luis Perales y en el recodo de la escalera veo de frente a don
Mario acompañado del padre Felipe Mandujano, me detengo y Felipe nos dice: “No
te espantes, Julián. Esos pelos ya los traía parados, don Mario, no crea que es
porque se asustó”, saludé ambos con el gesto, besé la mano del obispo y me subí
a lo que iba. No hablé palabra alguna.
Después
ya lo encontré en otras circunstancias menos difíciles para mí, presté el
servicio del altar con los colegas, tanto en catedral, como en otros lugares,
presidiendo el obispo las celebraciones. Incluso alguna vez, mientras el padre
Saúl Ragoitia era asistente del obispo, fui a su casa y conviví un poco más de
cerca, sin ser nunca realmente cercanos. Yo creo que nunca me identificó
plenamente. Eso no lo sé.
Lo
que sí sé es que su imagen de elitista se fue borrando un poco, no del todo;
pero emergió más la imagen del gran comunicador que fue en mancuerna con el
señor Jaime Septién, para la creación del periódico de la diócesis y después EL
Observador. Luego también se hizo de la imagen de quien procuró una formación
más exigente, diversificada y especializada de su presbiterio.
Y
ya ahora con don Faustino, pues todos lo saben: su talante fervoroso, peregrino
y en constante movimiento, amén de su imagen un tanto juvenil y de fortaleza lo
hacen tener imagen de un buen pastor, justo como el Papa los pide: con olor a oveja.
No sólo ha visitado la mayoría de las comunidades y parroquias de la diócesis,
tomándose fotos y saludando a la feligresía, sino que además se ha hecho
partícipe como peregrino al Tepeyac y a la Basílica de Soriano. Ha coordinado
igualmente los trabajos de revisión del trabajo pastoral en los decanatos y se
le percibe activo en general. Ha continuado, además, impulsando la formación
del presbiterio, enviándolos a estudiar a Roma o favoreciendo que aquí mismo en
el país o en el estado sigan con su formación en ciertas universidades. Su
papel ha sido el de un pastor que parece poner al día los trabajos de la
diócesis en el contexto del crecimiento industrial de la zona metropolitana de
la capital, así como en el desarrollo al interior de los municipios y hasta de
la zona serrana de la diócesis. Parece impulsar el fervor religioso y pone a la
vanguardia el trabajo pastoral. No es poca cosa.
Y
como nadie es perfecto, también habremos de señalar y aportar algún juicio
—simple percepción, tal vez— sobre el desempeño de nuestro señor obispo.
Trataremos de expresarlo lejos de cualquier pasión que nos haga perder
objetividad, desde la caridad y la pretensión de la corrección fraterna, pues
como cristianos debemos madurar esta posibilidad de señalar lo que se podrá
mejorar: he notado que no han sido pocos los sacerdotes suspendidos. Sólo ellos
y seguramente el pastor saben las razones; pero detrás de la estadística parece
haber una constante conducta: la falta de diálogo; y quizás algo que podría ser
harto más grave: la falta de acompañamiento, especialmente espiritual, de
orientación y de paciencia para estos sacerdotes. Desde luego a todos nos toca
la oración por ellos y por el obispo.
Cuando
se han celebrado las evaluaciones o reuniones para escudriñar los avances al
plan de pastoral en las parroquias y decanatos, de repente parece haber una
actitud más bien fiscalizadora y no tanto de escucha, diálogo y corrección
fraterna. Simple percepción puede ser también; pero no se debe caer en la
inercia de clasificar o calificar todo bajo la perspectiva de la moral
industrial, esa que busca los estándares de calidad por la vía de las
certificaciones. Ni el trabajo eclesial puede reducirse al modo de un esquema
laboral, por mucho que los gobiernos en turno sean hostiles a la Iglesia, ni se
puede tampoco extirpar la entraña espiritual en aras del cumplimiento de
objetivos. Dudo que esto lo lea algún día don Faustino; pero ojalá Dios le
ilumine para que a donde vaya esté preparado para estas u otras contingencias o
amenazas en lo referente al trabajo de su importante misión.
El
Papa Francisco ha dado buenos pasos en cuanto a la selección de los obispos,
privilegiando el talante misionero en ellos. Ojalá que tenga para Querétaro un
digno sucesor de don Faustino, de don Mario, de don Alfonso y de los anteriores
obispos que ya no nos tocó conocer. Mientras se da la sucesión deberá haber un
administrador episcopal, que por canon parecería corresponder al Vicario
General. No está ajena la posibilidad de que inclusive pudiera ser nombrado un
miembro del presbiterio diocesano. Hay gente con la capacidad intelectual y el
liderazgo que se requiere; pero eso no depende de los deseos propios, sino de
quien a juicio del Vaticano tenga los elementos para ser nombrado obispo de
esta ilustre diócesis.
Nuestra
oración por ello.
Julián
Hernández Castelano
22
de septiembre de 2019
Santa
Ana Chiautempan, Tlaxcala.


