Un Papa al contentillo.

jueves, 11 de febrero de 2016

Y resulta que ahora todos son vaticanólogos otra vez, igual que cuando renunció Benedicto XVI. Todos son expertos en geopolítica internacional, relaciones entre la Iglesia y el Estado y más aún, en la figura papal, en los signos de los tiempos y hasta en Derecho Canónico. Todos los que escriben, los expertos de la pluma y de la opinión, los que salen en los noticieros adoptando poses de erudición y sapiencia espectacular. Todos pontifican y piden un Papa al contentillo.

“Tu me defendas gladio, ego te defendam calamo”, decían los primeros “intelectuales” al servicio del poder en turno. Hoy los opinócratas no necesariamente sirven al poder del partido político o grupo que lo detenta en su forma jurídica, sino al poder de lo políticamente correcto, a esta corriente (incluso en el sentido peyorativo del término) de pensamiento que se deja llevar por las formas y el fondo de la moda, de lo actual, de lo pasajero. En política o sociedad, es lo políticamente correcto. Ese es al poder al que sirven y desde el púlpito donde reclaman un Papa a la medida de sus gustos, de sus intereses, o de los intereses del poder temporal.

Que el Papa diga esto. Que el Papa diga aquello. Que reciba a los familiares (y compinches y servidores y jilgueros y pegotes) de los 43 de Ayotzinapa. Que reciba a las víctimas de la pederastia eclesial. Que hable de Marcial Maciel y de una vez por todas lo condene y sacuda el vetusto parecer de los jerarcas eclesiales de México. Que revolucione la Iglesia en México para que deje de ser prohibicionista y dé testimonio de amor para que se legalice el consumo y el tráfico de mariguana porque sólo así acabará la violencia y las muertes en México. Que el Papa abra la posibilidad de los “gaymonios” y cambie la estructura anquilosada y retrógrada de la Iglesia que él mismo representa. Que cargue contra Peña Nieto, su falso matrimonio, la casa blanca, la violencia desmedida, la corrupción, etc.

Son algunas de las (im) posturas de nuestros preclaros “intelectuales” y “expertos”. Quieren un Papa al contentillo. Todavía no llega y ya tienen expectativas de todo tipo. Se relamen los bigotes pensando que hablará pestes contra la jerarquía católica.

Pueden llevarse una decepción y cargar contra el Papa cuando por fin diga lo que vendrá a decir. O pueden interpretar todo de modo que con sus dotes hermenéuticas decidan lo que el Papa dijo, según sus propias expectativas.

Anticipo el futuro y le hago al clarividente sin ánimos de quitarles la primicia del profetismo en el que se han erigido estos opinócratas: 

El Papa hablará muy bien y lo hará acorde con la fe cristiana. Y si escucharan a los obispos de México o leyeran los documentos que se van generando en el trabajo pastoral de la Conferencia del Episcopado Mexicano, encontrarían ya un anticipo, una armonía y una concordancia con el mensaje que nos traerá el Papa. O si leyeran acaso las innumerables encíclicas de los predecesores de Francisco o la vasta y extensa obra de Benedicto XVI, aún Papa, aunque emérito, o por lo menos las ya existentes cartas, exhortaciones, encíclicas y mensajes del propio Francisco, verían más allá de sus chatas expectativas y transformarían ipso facto sus actitudes mercenarias. 

Lo nuevo serán los gestos del Papa entre nosotros, su presencia y la actualización del mismo discurso de amor que desde Jesucristo encontramos en los Evangelios.

Lo demás es ruido.

Julián Hernández Castelano.
11 de febrero. Año Santo de la Misericordia 2016.
@jhcastelano

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