«La vida no vale nada», decía el muy célebre José Alfredo Jiménez en su canción de los Caminos de Guanajuato, y así suele cantar cualquier bohemio melancólico en un arranque de inspiración y proyección personal entre el mosto y el desfiguro en cualquier festín. Así lo suele decir también el mexicano común, amante de lo vernáculo y consciente de sus "raíces" y del folclor. ¿Realmente la vida no vale nada? ¿En qué sentido?
Si se trata de decir, muy a lo Pascal, que somos tan frágiles o estamos tan a expensas de ver terminada nuestra vida por nuestra debilidad o una muerte repentina, etc., pues sí, estamos vivos tal vez de milagro. Y eso nos hace afortunados también: Si somos o estamos aquí por azares del destino y ello nos da la impresión de contingencia, pues también por ello podríamos sentirnos afortunados y reconocer la grandeza del mismo hecho.
No es el caso, empero, de quienes actualmente buscan devaluar el valor de la vida en otro sentido: en considerar que, por ejemplo, un organismo en el vientre materno (al que llaman "producto") puede simplemente matarse o prescindir de él. Esta civilización parece despreciar la vida.
¿Cuándo se habrá vuelto más importante defender el supuesto derecho de las mujeres, por ejemplo, a decidir matar el "producto", el ser humano que llevan dentro? ¿Cuándo perdimos la conciencia del valor de la vida? ¿En qué punto de la historia se habrá operado la idea de que se puede vivir privando de la vida a los indefensos en aras de lo políticamente (e hipócritamente, diría yo) correcto? Y lo peor: ¿desde cuándo las instituciones, como las que dicen defender los derechos humanos, o las escuelas, o las secretarías de educación pública de los estados, o la "línea" oficial de gobierno, desde cuándo esos armatostes diseñados para darle forma al hecho social se han hecho a la idea, no sólo de la corrección política y la falsa promoción de los derechos, sino del más atroz desprecio por la vida? ¿Por qué siembran en las mentes de nuestros jóvenes la idea de que simple y sencillamente se puede matar, incluso para conservar (válgame por la incongruencia metafísica) "un proyecto de vida (¡de vida!) personal"?
Denuncio aquí que ante la posibilidad de que la escuela que dirijo acudiera como institución a manifestarse contra la posible resolución de la Suprema Corte de Justicia en pro del aborto, recibí la visita de altos funcionarios de la SEP estatal para "prevenirme" que no nos identificáramos como escuela en la marcha ni que "obligásemos" a los miembros de la comunidad escolar a acudir. No me aclararon por qué ni qué significaba "prevenirme". Sorprende que me hicieran esta visita que no fue supervisión ni tuvo otra finalidad inherente a mi trabajo. ¿Qué intereses se moverán en las altas esferas de la política para este amedrentamiento? ¿Que no se supone que una autoridad educativa debe velar, ya ni siquiera por la libertad de expresión (derecho fundamental cacaraqueado por lo políticamente correcto), sino por el más preciado, básico y fundamental de los derechos, que es la vida? ¿Que no debería una autoridad educativa estatal además promover el valor de la vida como punto de partida de la verdadera entraña de su trabajo, que es la educación? ¿En manos de quiénes estamos entonces, de quienes defienden la vida o de quienes promueven la muerte? De cualquier manera la invitación que hicimos para participar no tuvo eco entre mis estudiantes, profesores, padres de familia... No sé si haya esta banalidad entre mis prójimos, y quizás ello me tenga un poco desilusionado todo esto; pero así fue.
La vida no vale nada para algunos, para quienes ven en ella una banalidad. Aunque si estamos vivos eso parece un contrasentido. Parece ridículo. Es la banalidad de la vida.
Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.
