Reflexión sobre el origen de la ciencia moderna

miércoles, 30 de junio de 2021 1 comentarios

 @jhcastelano


Cunde hoy la idea del cientificismo. Todo lo ajeno a los criterios científicos es automáticamente descalificado en su afán de certidumbre. Incluso hay quienes pretenden encumbrar a la “ciencia” como criterio axiológico. De ahí proviene la pretendida justificación de la idea que propicia la embestida contra la vida en el seno materno, pues, según ciertas corrientes cientificistas, no se podría determinar el momento exacto del inicio de la vida en el feto. Otro tanto de ambigüedad y pretendida autoridad sucede con la controversia del “gen” del homosexualismo: no faltan esfuerzos desde el mismo cientificismo para tratar de respaldarlo y fundamentarlo para bien de una ideología. Y es precisamente la entrega a la ideología lo que ha orillado a cierto quehacer científico a caer de esa manera. Podríamos, incluso, decir que la teoría de la evolución es cientificista. Y es que, para decirlo ya, el cientificismo no es la Ciencia; pero para  hacerlo entender es preciso explicar el origen de la ciencia moderna.

El problema con la Ciencia en la actualidad es que parece estar monopolizada por una suerte de casta específica; por una serie de “profesionales”, formados en las más variadas universidades o en centros de investigación. Para ser científico en la actualidad, de la rama que sea, es necesario “tener los papeles en regla”, es decir, pasar por una institución que avale la pertenencia al selecto grupo. Y, a veces, ni siquiera eso es suficiente, pues hace falta no pocas veces respaldar los títulos con un quehacer determinado, es decir, un rol de investigación científica, misma que puede ser investigación práctica, en laboratorios o campos específicos, o bien, teórica o de divulgación, es decir, de promoción del conocimiento. «Para nosotros, gente de Occidente —decía la filósofa Simone Weil—, pasó algo bastante extraño con el cambio de siglo (ella hablaba del XIX al XX); hemos perdido la Ciencia sin darnos cuenta de ello, o por lo menos lo que desde hace cuatro siglos llamábamos con ese nombre».[1] Lo cierto es que, como hemos asentado antes, la ciencia contemporánea no tiene necesariamente una línea directa efectiva con la ciencia de antaño. La transformación que ha experimentado no implica, ni un demérito, ni un engrandecimiento, salvo por haberse vendido a la ideología y ser el instrumento de los embates de las minorías adoctrinadas del llamado “nuevo orden mundial”, por lo menos.

Como todo lo concebido como «moderno», el caso del desarrollo de la ciencia con esta categorización debe distinguir lo «no moderno», es decir, lo pasado, habida cuenta del significado de la palabra «moderno», pues denota ésta lo nuevo, lo novedoso, lo último, lo actual, en contraposición a lo anterior, por no decir lo antiguo o lo medieval, más específicamente.

Ya tendremos oportunidad de revisar cómo, incluso en otras épocas, ya se dibujaban o esbozaban ideas precientíficas, verdaderamente dignas de tomarse en cuenta, de examinarse y acaso discutirlas; pero, por lo pronto, nos habremos de concentrar en distinguir algunos rasgos de la ciencia moderna en cuanto a su nacimiento.

Ubiquemos, pues, la temporalidad: hablamos de los siglos XIII, XIV y XV, principalmente; y en Europa, más específicamente. Ahí es donde podemos encontrar los orígenes de la Ciencia Moderna. Para ubicar un poco más, es menester agregar que el ámbito científico (lo mismo que el filosófico y el histórico) moderno surgió, según los clichés, después del llamado periodo medieval.

Transcribo acá las conclusiones a las que llega en su primera parte Carlos Valverde en el libro Génesis, estructura y crisis de la Modernidad:[2]

1.° Entre la mitad del siglo XIV y la mitad del siglo XVI se despierta en Italia una creciente y apasionada curiosidad e interés por las culturas clásicas latina y griega.

2.° La recuperación de innumerables componentes de aquellas culturas perfila progresivamente un modelo antropológico nuevo y distinto del medieval. Este modelo es el del hombre del gusto por las formas bellas en el lenguaje y en las artes plásticas: el humanista.

3.° El humanista desprecia y critica, con ironía, la Teología y la Filosofía medieval porque se expresa en un latín inelegante y decadente y porque tales disciplinas han derivado a verdaderas logomaquias atormentadoras y esterilizantes.

4.° Por no haber distinguido debidamente entre forma y fondo decae el estudio de la Metafísica.

5.° La sociedad europea sigue siendo católica pero en ella aparecen dos clases cultas que se ignoran: la de los teólogos y filósofos, en el ámbito universitario, la de los humanistas, en ámbitos parauniversitarios.

6.° El humanismo renacentista introduce en la sociedad europea numerosos gérmenes de racionalismo, naturalismo y paganismo que al desarrollarse acentuarán y ampliarán el proceso de secularización iniciado con los nominalistas.

7.° Introduce también los gérmenes de la autonomía del arte, de la literatura, de la política, de la ciencia, en suma, de los valores humanos.

Podemos ver entonces que, entre las siete dimensiones en las que se operó el cambio de la Edad Media a la Modernidad, a saber, en la séptima, se reconoce la autonomía de la ciencia, empero, ¿a qué se refiere esa autonomía o de quién se vuelve autónoma la ciencia, exactamente?

Podemos considerar, primeramente, que la autonomía referida es llamada proceso de secularización, es decir, de la separación de las instancias eclesiales. «Secular» se refiere a lo no «regular» al clero no consagrado, pues hasta la ciencia estaba en manos o bajo la tutela de la Iglesia o de la Cristiandad. Esto no implicaba un demérito, pues hasta nuestros días no son pocos los ministros del clero regular que siguen cultivando la ciencia, incluso la llamada «ciencia dura», donde hay biólogos, matemáticos, ingenieros, arquitectos, epidemiólogos, botánicos, químicos, médicos de todo tipo, etc. Lo verdaderamente importante, podemos decir, es la no apelación a las instancias clericales para desarrollar las investigaciones y la labor propia del despliegue del conocimiento.

Así pues, la primera gran muestra de esta separación y de esta aportación al ámbito de la ciencia es la llamada «Revolución galileana».

En los distintos ámbitos de la vida humana, del saber y hasta del arte hubo cambios importantes. Todos ellos interrelacionados, pues de cierta manera la vida misma en lo colectivo se va fraguando con los distintos modos de ser y de pensar. Si hablásemos solamente de la producción de las ideas, podríamos encontrar señales de obras que marcaron la diferencia. Tenemos el caso de Descartes, por ejemplo, aunque ya pertenece al siglo XVII; pero antes hubo manifestaciones como la de Michel de Montaigne, por ejemplo, o por Francis Bacon. Si hablamos de política, podríamos evocar a Hobbes o a Maquiavelo; si hablásemos de arquitectura o de pintura, tendríamos que asomarnos a la obra de los renacentistas y al concepto de humanismo; pero si hablamos estrictamente del tipo de saber propiciado por la ciencia, no podríamos omitir ni ignorar a Galileo y su revolución del saber.

La revolución galileana es, pues, aquella implementación, imposición o toma de criterio para que toda la ciencia pueda apelar siempre a los conocimientos del orden exacto. Es el estudio de las realidades matemáticas, más allá de las realidades del ser. Por eso se dice que esta revolución es la del establecimiento de una ciencia matemática que busca el conocimiento de los fenómenos en cuanto a su susceptibilidad de medición, de proporción y de manifestación práctica en la realidad. Ya queda atrás con esto cualquier búsqueda de las entidades del mundo sobrenatural o de los conceptos que denotan o apelan a lo que no tiene un referente en la realidad experimental o de los sentidos.


Sus investigaciones e inventos fueron lo necesario para cambiar el paradigma de la ciencia física en cuanto a la astronomía, pues se dio el paso de la astrología a ésta y desde entonces las observaciones al Universo físico o al espacio exterior están regidas por las leyes de la ciencia exacta. Sobra decir que a esto contribuyó la invención galileana del telescopio y el descubrimiento de la ley del movimiento uniformemente acelerado.

Su legado fue continuado por Kepler, principalmente, aunque con el mismo Galileo ya podemos distinguir y afirmar el inicio de la ciencia moderna, máxime porque estableció de manera definitiva las bases del método científico experimental.

Podríamos decir, con Carlos Valverde, que:

Se perdía el temor reverencial a «lo alto», la epistemología medieval, tan influida por el platonismo, que veía en los astros y sus esferas el arquetipo de la armonía, la belleza, la perfección, la verdad y el bien se quedaba sin fundamento; el cosmos entero perdía su sacralidad, pues todo él era homogéneo. Todo era como en el bajo suelo. Galileo establecía la unidad física del mundo y, con ella, la unidad de la ciencia sobre el mundo; una única ciencia podría explicar el cielo y la Tierra; esa ciencia, en adelante, no tendría directamente nada que ver con lo religioso, sería una ciencia autónoma, apoyada en la observación y en el cálculo matemático. Los teólogos perdían su primacía omnipotente. El cosmos empezaba a aparecer como una gran máquina.[3]

Con Galileo y su revolución, triunfa, pues el desarrollo de las ciencias experimentales bajo la aplicación del método científico, asimismo, se le da mayor importancia al método inductivo, pues el valor de la observación de los fenómenos particulares les permite a las ciencias la búsqueda de leyes derivadas de la experimentación. El criterio de autoridad estará dictado por la matemática o la física, amén de la Química y las subsecuentes o derivadas disciplinas que nutren el campo del conocimiento científico.

En entregas posteriores nos habremos de asomar al recorrido que hace Alexandre Koyre, la clarificación necesaria de Thomas S. Kuhn, el cúmulo de ideas que, en su tratado sobre La Sabiduría del mundo nos trae esa suerte de Aristóteles moderno, quien es Rémi Brague y algunos otros autores para poner en tensión las relaciones entre la Ciencia y la Filosofía.



[1] Cfr. Weil, Simone, Sobre la ciencia, Buenos Aires, El cuenco de plata, 2006, traducción de María Tabuyo y Agustín López, p. 112.

[2] Cfr. Valverde, Carlos, Génesis, estructura y crisis de la Modernidad, BAC, Madrid, MCMXCVI, p. 41.

[3] Cfr. Op. cit., pp 55 – 56


Hacia una poética legítima para nuestro tiempo 1

martes, 29 de junio de 2021 0 comentarios

 @jhcastelano

I. Introducción.


1. Afición actual por los versos.

Aristóteles desdeñaba a los poetas. Al menos eso parece cuando afirma el carácter mimético de las obras de estos seres dedicados a la lírica. Esa suerte de actividad inspirada, para los griegos, gracias a la acción de las musas, y desarrollada para cantar, ha sido muestra visible, sensible y testimonio del arte de la palabra en verso a lo largo de la historia y para distintas civilizaciones. En la lengua castellana tenemos no pocos ejemplos de creación lírica o literaria en versos. Les llamamos poemas a las composiciones y poetas a los compositores. Y los hay de lo más ingenioso hasta lo más jocoso; de lo sublime en cuanto a la manifestación de la espiritualidad hasta lo más mordaz de la sátira. El elemento común es el manejo de la lengua para crear rimas, versos y melodiosas composiciones agradables al oído, estimulantes al intelecto y reconfortantes para el deleite.


Desde hace un tiempo las redes sociales han favorecido la transmisión y el aumento de personas interesadas, tanto en consumir nuevos poemas, como en construirlos, publicarlos y hacer comunidad en torno de esto. El número de caracteres permitidos para cada tuit permite y se acomoda para poder publicar perfectamente una décima o espinela. Años atrás, cuando el número de caracteres era la mitad, eso no era posible. Lo máximo que se podía hacer era armar unas redondillas octosílabas o cuartetas. Si uno deseaba publicar algo mayor que eso, era menester enlazar a otra ubicación web, como algún blog, por ejemplo. Ahora es más fácil representar un poema decimal, por lo menos; y ya con los llamados hilos o tuits enlazados, aún más. La sobreabundancia de noticias, por su parte, han motivado la creatividad, pues al ser un campo fértil el terreno de la política, para atestiguar el cúmulo de motivos para al menos protestar, no se ha dejado esperar el flujo constante de la creación de sátira poética y política mediante los versos.


2. Necesidad de la técnica.

Esta es la realidad donde irrumpen con fuerza algunos colectivos para embestir a punta de versos jocosos lo que se considera anómalo del nuevo régimen; mas es preciso asomarse al mar de la necesidad de la técnica para que, al final, lo que se componga no rompa con los paradigmas de la estética y siga la poesía siendo un baluarte de la lengua española. No se puede navegar sin brújula, lo mismo que no se puede pensar en ganar una carrera sin entrenamiento. Así, el novel poeta no debe componer sus versos sin menoscabo de su afición por refinar con acertada técnica el producto de su ingenio.


Nos proponemos adelantar unos apuntes que sirvan de referencia rápida para quien gusta de la composición poética. Habida cuenta de la existencia de tratados sobre el verso, la rima, la métrica y el ritmo, pretendemos en este espacio dirigir unas humildes y sencillas lecciones encaminadas a detectar los elementos principales del género lírico en lo que hace a los poemas medidos. El objetivo es, pues, orientar con nociones básicas; pero suficientes a quienes pretender incursionar o lo han hecho ya; pero requieren estas herramientas para perfeccionar su técnica, de tal modo que se procure no sólo rimar para criticar, sino hacerlo lo más estéticamente posible. Bienvenidos sean, pues, estimados lectores a esta travesía cuyo plan es el siguiente sin desglosar a detalle:


3. Plan:


I. Introducción (ya vista en esta entrega)

1. Afición actual por los versos.

2. Necesidad de la Técnica.

3. Plan.


II. El verso

1. La lírica.

2. Expresión.

3. Características.


III. La rima.

1. La sonoridad del acoplamiento.

2. Reglas básicas.

3. Sugerencias combinatorias.


IV. La métrica

1. Su desprecio.

2. Longitud de las expresiones.

3. Reglas.


V. El ritmo.

1. La estética de la armonía.

2. Las sílabas tónicas.

3. Modalidades.


VI. La estética del poema.

1. Sentido y profundidad.

2. Reflejo y pulcritud.

3. Inspiración y deseo.


VII. Sistemas de versos.

1. Por su métrica.

2. Por su rimado y número de versos.

3. Por su estructura general.


VIII. Tópicos y conclusiones.

1. ¿Qué será digno de verso?

2. La búsqueda de la perfección en la poesía.

3. El alma del poeta.


No faltará —y ojalá así sea— quien se acerque y pueda objetar esta metodología, o incluso la teoría misma. De eso se trata, de discurrir y hasta de discutir, pues al fin y al cabo lo que de eso resulte sería en beneficio del arte poético. Ahí está el reto.


Julián Hernández Castelano

29 de junio de 2021


Alma dislocada

lunes, 28 de junio de 2021 1 comentarios

 @jhcastelano


Corría el año 2010. Entonces acudí con presteza e ilusión desmedida a la máxima casa de estudios del país que, según el canon de la academia actual —no necesariamente exenta de esnobismo— es la UNAM, para presentar, en el marco del Congreso Internacional de Filosofía, convocado por la AFM, mi trabajo de investigación sobre la filosofía de Pascal. Ya estaba trazando mi plan para la tesis sobre él, Unamuno y Simone Weil. El Instituto de Investigaciones Filosóficas albergó en sus salones los trabajos de los simposios del gran congreso. Y ahí leí mi trabajo, sobre la no dicotomía entre las nociones de fe y razón en el célebre científico, matemático y filósofo francés del siglo XVII. Cuando fue la ronda de preguntas y respuestas me vi en apuros lidiando con las férreas críticas de un asistente, quien, irritado e interpelado se quejaba del rescate pascaliano para la fe católica y la incoherencia —a su juicio— de esta ambivalente relación de la fe y la razón; pero más enojado se mostró porque en mi afán de explicar la contradicción del conjunto de la filosofía para provocar la ruptura de la fe y la razón, cité a Husserl. Y ahí estaba mi oponente interpelando y defendiendo para su causa a Husserl. Casi me acusó de haberlo secuestrado para torcer su filosofía —la del judío alemán— para aprovecharme “deshonestamente de esa autoridad”. Los ánimos para la discusión se encendieron y fue menester la intervención de mi querido maestro y amigo Juan Carlos Moreno Romo, quien coordinaba el simposio, para aclarar la postura de Husserl y aminorar el ánimo belicoso de mi interlocutor. En fin, ya cuando terminó la mesa de trabajo todos los ojos de la sala estaban puestos en mi alterado oponente y un servidor, pues nos acercamos mutuamente, nos saludamos abrazándonos y poniéndonos al corriente, pues era mi buen amigo Ignacio Quepons, quien fue el presidente de la Coordinadora Nacional de Estudiantes y pasantes de Filosofía cuando yo fui delegado y encargado de la actualización jurídica del acta constitutiva de la asociación, justamente cuando éramos estudiantes de filosofía. Nuestra amistad nada tuvo que ver con el calor de la discusión. Nuestros puntos de vista no interfieren en el respeto que nos debemos.

Esta larga anécdota me sirve para presentar un punto de reflexión. Algo sobre esa extraña tendencia a la susceptibilidad famélica que muy frecuentemente sobreabunda en las redes sociales y, seguramente, en las relaciones cotidianas de la vida práctica. Nos quejamos, como adultos, de las nuevas generaciones, acusándoles de enclenques emocionales. “Generación de cristal”, les decimos. Y cuando los vemos contraerse con todo y metas para clamar por respeto a “sus” valores, decimos, incluso, que son mazapanes; pero nosotros, las generaciones “premilénicas” no sabemos distinguir entre el ataque al discurso y el ataque a las personas. Mucho menos soportamos la corrección. Pensamos que nadie tiene derecho a eso, pues —faltaba más— somos expertos, sabemos de todo, opinamos de todo, conocemos todo y desconocemos la humildad de la autocrítica; cuando no nos gusta el trato de las redes sociales, pataleamos y proyectamos nuestras puerilidades, aunque tengamos posgrados y más de cuatro décadas de experiencia en el mundo. Difícilmente aceptamos nuestros errores. No conocemos el valor de la prudencia y nos victimizamos si nos sentimos agredidos. Seguimos siendo como niños caprichosos; pero envueltos en arrugas, caras duras, gestos impávidos y voces de trueno. Nuestra esclavitud es la cárcel de la voluntad, el desprecio a la memoria y el mal uso de la inteligencia. En otras palabras, somos presa del mal manejo de las emociones, es decir, padecemos dislexia emocional, esa suerte de puerilidad lastimosa para autoflagelarnos y victimizarnos; el desprecio de nuestra situación vital, de nuestros recuerdos y de nuestra identidad, queremos ser siempre jóvenes, nos deleitamos con los “reencuentros”, añoramos el pasado, sin situarnos en el presente y sin prevenir el futuro; y, por último, somos incapaces de cuestionar los vicios de nuestra racionalidad, de identificar y aceptar nuestras falacias y nuestros sesgos cognitivos, además de despreciar la autoridad, la corrección y el afán de aprender más allá de nuestras estructuras mentales, por muy mal cimentadas que éstas puedan estar. Un alma dislocada padece de cualquiera de estas tres afecciones con sus variantes y especificidades, inclusive cuando nos hacemos partidarios de grupos o lealtades ajenas, pues lo mismo que nos duele o nos aqueja en nuestro fuero interno, lo proyectamos, lo defendemos o lo vertimos en los otros y para los otros, dificultando así, todo atisbo de verdadera comunidad.



No espere el lector que cite la supuesta frase célebre del Voltaire sobre el elogio de la libertad para que el otro exprese su opinión aunque ésta nos resultase adversa, pues si conocieran a este filósofo sectario, descubrirían que él mismo se mofaba del propio Pascal y de todos aquellos a los que detestaba, al igual que a la Iglesia, propinando no pocas dosis de ataques impropios de esa supuesta tolerancia que su frase célebre pregonaba. Tampoco me apegaré a un Locke para repetir esa ñoñería de la carta sobre la tolerancia. Creo, más bien, en que el ánimo para las discusiones que enriquecían las universidades medievales, los monasterios o conventos representativos de la escolástica y la búsqueda de escenarios donde la lógica y la razón puedan mediar para regular las discusiones sin que nadie se sienta agredido en su susceptibilidad.

En el fondo, las redes sociales suelen ser escaparates para ser aceptados, para sentirse amados, reconocidos y eventualmente aplaudidos, incluso aquellos que pasan como gandallas diciendo que no necesitan ser venerados ni seguidos para desplegar su libertad, casi casi al estilo del “sapere aude” kantiano; pero una cosa es tener simpatías y otra muy distinta señalar diferencias sin sentirse agraviados. Somos adultos. Aprendamos a distinguir para no confundir. Fortalezcamos nuestra memoria, nuestro entendimiento y nuestra voluntad. Busquemos el equilibrio, la prudencia, la razón y la convivencia. Por salud propia del cuerpo y del alma.

Es verdad que con quienes comulgamos con la mayor parte de nuestras ideas es más doloroso encontrar discordancias que con aquellos que se instalan en el lado opuesto del mar de nuestros principios, prioridades e ideas; pero las pequeñas diferencias no deben minar nuestra capacidad de autocrítica ni tampoco serán la moneda de cambio de la deslealtad, sino de la búsqueda común y legítima de la verdad y la concordia, a pesar de nuestras almas dislocadas. Hay tiempo y es propio de gente decente procurar sanarnos.

Julián Hernández Castelano
28 de junio de 2021

La fuerza curativa de Jesús

sábado, 26 de junio de 2021 0 comentarios

 @jhcastelano


Los evangelios nos hablan de esa extraordinaria fuerza de Jesús para curar. De los milagros exentos de la llamada “desmitologización” prevalecen los referentes a la sanación. Estos no han sido atacados por las distintas corrientes pseudo teológicas que buscan despojar del elemento milagroso aquellas acciones de Jesús.


Casi no se puede concebir ningún discípulo o personaje de estos relatos que no haya experimentado la fuerza sanadora de Cristo. Si hemos de reconocer y aceptar las enseñanzas, al menos de los últimos papas, ellos han enfatizado pertinentemente que el conocimiento de Dios sólo puede darse por el hecho del encuentro; no tanto por la vía intelectual, como parece haber sido buscado a través de los siglos por diversas corrientes teológicas al interior de la Iglesia y de su Magisterio.


Y es, justamente, el encuentro buscado con Jesús, como una mujer, llamada en los evangelios “la hemorroísa”, lo que le trae la sanación al mal que le aquejaba desde años atrás. El flujo de sangre, además de ser motivo de rechazo por considerársele impuro en la cultura hebrea, le tenía sumida en medio de la enfermedad. Sólo con tocar a Jesús quedó curada; pero lo más extraordinario y curioso fue que, en medio de la multitud que buscaba y lograba tocar a Jesús, él sintió el tacto de esta mujer y la buscó y la encontró. Ella, conmocionada por ese hecho, tuvo que confesar arrodillada su “atrevimiento”.


Recordemos que, según este pasaje, en realidad Jesús iba de camino a la casa de Jairo, un jefe de la sinagoga, quien tenía su hija enferma y le había pedido a Jesús que le ayudase. Al final Jesús opera un milagro que pareciera de mayor envergadura, pues prácticamente le devolvió la vida a la jovencita hija de Jairo. Todos se quedaron maravillados, pues ya lloraban la muerte de la niña.


Son dos relatos en secuencia que siempre nos los presentan juntos en la liturgia. Ambos están en el Evangelio de San Marcos, el primero de los cuatro en ser escrito y que resalta gestos y palabras de Jesús con mucha dosis de cercanía, un Jesús muy humano, muy cálido y atento. Sabía de su compromiso con Jairo; pero no dudó en detenerse para mirar de cerca a la mujer que en ese momento lo buscaba con insistencia y que tenía toda su esperanza en tocarlo para sentirse limpia y sana. Y así fue.


Si nos ponemos en el lugar de Jairo o de su hija, ojalá no perdamos la fe porque pronto viene Jesús a sanarnos y a salvarnos. Si nos ponemos en lugar de la mujer, busquemos el encuentro con Jesús, busquemos tocarlo para que sane nuestras hemorragias. El encuentro nos espera.


Julián Hernández Castelano
27 de junio de 2021

Imágenes del tema: sndr. Con la tecnología de Blogger.

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