@jhcastelano
El 18 de octubre se cumplió un año más del fallecimiento de uno de los más célebres
filósofos del siglo XX, no sólo en España, ni en el mundo de habla hispana,
sino en y para todo el mundo: José Ortega y Gasset, quien desarrolló una larga
trayectoria como referente en la construcción, no nada más de la filosofía de
su tiempo, sino incluso de buena parte de la opinión pública, pues en el ámbito
periodístico hubo también una muy prolífera participación de su parte.
Su
pluma inquieta dio origen a un sinnúmero de artículos, ensayos, conferencias y
estudios durante unos cincuenta años, a saber, desde 1906 hasta el año de su
muerte en 1955. Se puede encontrar casi de todo tipo de temas en sus Obras
Completas: desde reflexiones sobre la caza y los toros hasta teoría política;
desde un simple modo de apreciación del arte hasta una teoría sobre la
democracia y la europeización, por mencionar algunos temas. Los más importantes
tal vez sean aquellos que se refieren a sus propios intentos por definir su
filosofía, como las Meditaciones del
Quijote, ¿Qué es filosofía?, Unas
lecciones de metafísica, En torno a Galileo, La Rebelión de las Masas, España
Invertebrada, Europa y la idea de nación, El hombre y la gente, etc.
Un
saber casi enciclopédico manifiesta en sus múltiples obras; sin embargo
mantiene un estilo fresco y hasta elegante en su expresión literaria. No ha
faltado quien lo catalogue como el digno sucesor de Montaigne en el cultivo del
género ensayístico.
No
pocos intelectuales considerados “de vanguardia” en nuestros días suelen
citarlo. Sus máximas son citables, es verdad, y la manera como expresaba sus
ideas atrapa y tienta al intelectual de nuestra época a invocarlo de vez en
cuando para opinar sobre casi cualquier cosa como el fundador de la escuela de
Madrid lo hacía. Muchas de sus citas citables resultan fuera de contexto, sin
embargo, porque no se reduce a eso su producción, sino a no tan cortas
discusiones y argumentaciones sobre los temas que abordaba. No es un Pascal y
sus Pensamientos como para citarlo
sin más y el reducto del pensamiento enunciado tenga la fuerza que le imprimía
el autor de las Provinciales. Ni
siquiera en eso se parece al mismo Montaigne, quien sí gustaba de citar él
mismo a los clásicos latinos, principalmente. Ortega es más bien un experto
sintetizador del conocimiento: allí donde hacía falta tener claridad sobre
algún asunto, estaba él para clarificarlo. No por ello era un “opinador” de
ocasión, sino casi un erudito y, sobre todo, alguien que dictaba las ideas y
señalaba los senderos a seguir en el pensamiento y la opinión pública. Era un
referente, ciertamente, pero como él mismo lo advertía siempre, sólo trataba de
llegar a un público muy específico y muchas veces a sus congéneres españoles.
Eso no quiere decir tampoco que no deba tomársele para interpretar nuestro
tiempo y, como él mismo hubiera dicho, nuestra circunstancia. Lo cierto es que
no podrían soltarse sus frases célebres a diestra y siniestra sin antes
pasarlas por el escrutinio del contexto en el que las pronunciaba.
Puede
identificarse en una primera etapa aquello llamado “germanocentrismo” de
Ortega, su admiración por la civilización germana, derivada de sus estudios con
los neo kantianos Cohen y Natorp. Luego por sus lecturas de Nietzsche. Por
estas mismas fechas —entre 1905 y 1910— se habla de una cierta preocupación
naciente por el tema de España y de la Modernidad.
Su
primera obra filosófica en forma fue Las
meditaciones del Quijote, en 1914, después de haber conseguido por oposición
dos importantes cátedras en la Universidad de Madrid. Vino el cambio de El Imparcial a El Sol, dos periódicos de la época y sus entregas de la España Invertebrada y La Rebelión de las masas. Para el que
esto escribe las dos grandes obras de la entrada a la madurez por parte del
pensador español. Quizá las dos fundamentales y de las cuales lo anterior y lo
posterior no son más que preparaciones o glosas, respectivamente. Discutible,
si es preciso, pero lo cierto es la fuerza y la importancia de ambas en la
totalidad de sus obras.
Casi
paralelamente a la producción de estas obras fue que fundó la Revista de Occidente, importante órgano
de difusión de las ideas que permearon el espectro filosófico durante décadas.
Una
de sus ideas originales es la de la teoría de las generaciones. Muy sui
géneris, porque supone una especie de “ciclicidad” en el ánimo vital de los
grupos pertenecientes o nacidos en un mismo año o conjunto de años. Después de
lo dicho por él, pensadores como Julián Marías en España, o como Enrique
Krauze, en México, le han sacado jugo para explicar a su manera y persiguiendo
sus propios objetivos, un poco de la realidad de allá y de acá.
En
algún punto de su vida incursionó en la política como diputado de las Cortes
Constituyentes de la II República. Tal vez fracasó en esa área. Tuvo que
exiliarse desde 1936 a Francia y visitar otros países. Por un lado su exilio da
cuenta o responde a una falsa acusación que ignorantemente se la ha hecho, a
saber, su franquismo; por otra parte ese exilio nos dejó un Ortega pleno, claro
y vigoroso hasta el punto de dejar escuela, tanto en Europa, como en América,
tal como lo expone Tzvi Medin en un importante libro.[1]
Su
legado sigue más que vivo. En España hay una fundación que lleva su nombre y
promueve su obra. Los tentáculos del alcance de su pensamiento y su influencia
se prestan para tener incluso una Revista
de estudios orteguianos. En México y Latinoamérica no han sido pocos sus
seguidores y los libros que se han escrito sobre su obra o influenciados por
ella: desde un Leopoldo Zea, un Samuel Ramos y las celebraciones por el
centenario de su nacimiento en 1983 y un libro publicado en 1985 por parte del
compilador Manuel Durán, de la Universidad Veracruzana. Ya en nuestros días se
acaba de publicar por parte de la Universidad Autónoma de Querétaro con la
editorial Fontamara el Ortega Pensador,
coordinado por Juan Carlos Moreno Romo, primero de tres volúmenes dedicados al
pensador español y antes habiendo sido presentados los trabajos en distintos
coloquios dedicados al mismo, por citar claros ejemplos.
A
pesar de haber estudiado buena parte de su formación con los jesuitas en Málaga
y en Bilbao, no profesaba abiertamente la religión católica. Se han hecho
estudios sobre su aversión a la religión o a la fe; pero, ¿no será muy
cristiano el ideal profundo de salvar las circunstancias con su máxima conocida
de “Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”?
Digo,
pregunto y propongo esa reflexión. Déjese reposar en la mente, medítese y no se
precipite en contestar sin el debido análisis, pues lo contrario da pie a las
citas citables fuera de contexto, como al principio decíamos…
Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.
[1]Medin,
Tzvi, Ortega y Gasset en la cultura hispanoamericana, México, Fondo de
Cultura Económica, 1994.
