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Julián Hernández Castelanolunes, 16 de febrero de 20264
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Un accidente le provocó
amputación de su pierna derecha hasta el muslo cuando tenía treinta y cinco años.
En plena flor de su juventud y máxima fortaleza de su cuerpo. Ya para entonces
era casado y tenía cinco hijos. Fue soldado raso en los años sesenta. Los militares
le habían alterado el acta de nacimiento para decir que había nacido el
veintiocho de enero de mil novecientos cuarenta y cuatro y poder alistarse en
las filas del ejército sin problema. Estuvo con ellos en Mérida, Yucatán, cerca
del Caribe por si a Fidel Castro se le ocurría invadir la Península.
En el ejército aprendió muchas
tareas y quehaceres: desde los básicos que la disciplina exige, hasta otros que
la necesidad le trajo, como cocinar, por ejemplo.
Fue forjador de piedras de
topacio para hacer adornos en la época de los hippies. También aprendió lo
mismo con las piedras de recinto y de cantera. Sabía esculpir molcajetes y
metates.
Fue intendente en la Universidad
Autónoma de Querétaro, en la Facultad de Derecho, como trabajador eventual. Rencillas
en el sindicato terminaron por provocar su salida y allí quedó la posibilidad
de forjar una carrera de base. Su estancia en esa labor le acercó a los libros.
Tenía consigo sendos manuales y monografías de las diversas ramas del Derecho.
Le apasionaba aprender por su cuenta sobre esos temas. Tenía facilidad de
palabra y solía resolver pleitos por su cuenta en la imaginación. Incluso los
de talante investigador de crímenes y delitos.
Leía al menos un periódico al
día. Se enteraba de todo lo que acontecía. Conocía nombres de líderes,
políticos, artistas y deportistas. Seguía con atención los acontecimientos del
país. Era un hombre bien informado, además de culto y autodidacta.
Tenía mucha pasión y curiosidad
por examinar aparatos eléctricos, motores, microcircuitos, etc. A veces
arreglaba algunos porque su interés le llevaba a entender cómo funcionaban las
cosas. A veces descomponía otros porque simplemente no tenía la ciencia
suficiente para salir avante.
Acumulaba toda suerte de
herramientas, armatostes, utensilios y artilugios que el mismo creaba para las
necesidades de manipulación de materiales que encontraba o detectaba.
Sólo fue a la escuela hasta tercer
año de primaria. Le enseñó a leer su mamá, quien había aprendido de su esposo.
Fue huérfano de padre desde el
año de nacido. Nunca conoció a su papá; aunque no le falto quien le contara
sobre él. Se sentía extasiado y eclipsado por el brillo de aquel, quien fue
autoridad ejidal, sabía leer en tiempos en los que eran pocos quienes lo sabían
también y, murió por la tierra y en medio de disputas agrarias.
Fue peón de albañil. Trabajó en
diversas obras grandes de hace décadas, como el Palacio de los Deportes en la
ciudad de México.
Fue velador. Cuidaba escuelas,
pozos, haciendas, etc. Algunas de las obras que cuidó fueron los puentes vehiculares
que se construyeron en la década de los ochentas.
Mucha gente lo conocía. Era jovial
y sabía charlar con la mayoría de las personas. Sus amigos lo admiraban mucho. Incluso
algunos de ellos, temidos por la gente, con él eran mansos y sabían tratarse
mutuamente.
El accidente y la amputación
de su pierna no lo detuvieron nunca. Siguió trabajando siempre, madrugando y
esforzándose en todo para hacer lo mejor que podía en cada tarea, por minúscula
e insignificante que pareciera. Él la convertía en magnífica y admirable.
Era muy ordenado y disciplinado.
Nadie le enseñó nunca ningún método de organización; pero él por su cuenta lo
buscaba y así lo hacía cumplir. Nada estaba fuera de su lugar donde él estaba.
Amaba los perros y trataba
bien a los animales. Siempre cuidaba algo, una paloma, un periquillo, unas
gallinas, unos pollos, unos pichones, unos totoles, etc.
Sabía interpretar los cielos
para el temporal de la tierra. Observaba el comportamiento de los animales y
las señales en la naturaleza y entonces predecía: “este año será frío”; “este
será de sequía”; “este de inundaciones”, etc.
Fumaba mucho tabaco. Desde adolescente.
Nadie le advirtió los peligros. Un día se lo prohibieron y, con toda la
fortaleza y disciplina que le caracterizaban dijo: “ni uno más”. Y así fue. Así
se mantuvo.
Su tez morena, su ralo bigote,
su mirada firme, sus ojos claros, su voz grave, su fortaleza física eran
características inmarcesibles.
Era bohemio. Cantaba con sentimiento
viril. Tomaba cerveza y tequila. Se sabía canciones bravías. Era experto
tirador. No manejaba vehículos desde su accidente. Antes de eso logró hacerlo
con camiones grandes. Sin manejar maquinaria, sabía cómo hacerlo. Le gustaba
hurgar y saber todo lo que podía.
El día de su accidente logró
salvar la vida de dos personas mayores, por eso quedó atrapado. Era un héroe
sin reconocimiento como tal. Ayudó por lo menos a dos personas a solventar sus
gastos para estudiar y le favoreció el tiempo a un querido maestro para que,
mientras éste trabajaba de noche, pudiera completar su tiempo y sus tareas de
su carrera magisterial.
A sus hijos les dio todo
cuanto pudo. Ayudó a su esposa a vender comida en los tiempos de mayor crisis
económica. A sus hijos les enseñó a leer aun fuera del tiempo escolar. Compartía
con ellos las noticias. Estimulaba sus habilidades del pensamiento.
Era firme devoto de la Virgen
María de Guadalupe. Sus anécdotas podrían contarse por cientos y de todas
aprenderíamos algo que no cabe en este breve espacio. Era un amor.
Hoy, 16 de febrero de 2026,
cumpliría ochenta años. Se nos fue el 2 de febrero de 2017. Que su alma descanse en paz y que Dios le dé el eterno premio. Loor por él. Hurras
y vivas no alcanzarían a darle un homenaje. Me conformo con retazos de admiración
por él y quedo comprometido a escribir muchas de esas anécdotas y más grandezas
suyas. Era don Julián. Mi padre. In memoriam.
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Julián Hernández Castelanosábado, 3 de enero de 20261 comentarios
@jhcastelano
Una de las falacias más recurrentes utilizadas en nuestros tiempos es aquella que se denomina la falsa disyuntiva o también la falsa dicotomía y que consiste en suponer que si no se suscribe una idea, necesariamente se está suscribiendo la contraria. Es un error lógico suponer tal conclusión porque no necesariamente si no se suscribe una postura se está suscribiendo la contraria. Esta actitud falaz debe proceder o emanar de la imposibilidad que se encuentra a veces para determinar que una postura distinta pueda deberse a ciertos matices o conllevar una multicausalidad para dar cuenta de algo.
Así, por ejemplo, si alguien se atreve a señalar las anomalías del pensamiento político y las acciones perniciosas y de lesa ortodoxia de la flamante premio Nobel de la paz, ipso facto sus corifeos tildan de comunistoide a quien señala las pifias de la galardonada, es decir, le etiquetan de ideología contraria, sólo de aquella que se reconoce inmediatamente como tal y que está representada por el tirano que desgobierna el país do procede la mujer premiada. Piensan los anti tiránicos que es un error señalarle errores a ella. Su mente dicotómica y maniquea no les presta los elementos para darse cuenta de que caen y procuran hacer caer a otros en la falsa disyuntiva.
Lo mismo pasa con los proabortistas: creen que la defensa de la vida pasa necesariamente por el compromiso de adoptar a niños indefensos ya nacidos. Su falsa dicotomía consiste en suponer que la defensa de la vida del no nacido conlleva un compromiso que, de no verificarse, se descalifica quien pretenda la defensa del nonato. Es una falsa dicotomía porque, no porque se esté en contra del exterminio en el seno materno se suscribe el sufrimiento de quienes ya nacieron y padecen la injusticia del abandono en cualquiera de sus formas.
La forma más simple para poder reconocer una falsa disyuntiva es cuando se suscribe aquella máxima de: “se está conmigo o se está contra mí”; o cuando se reducen las posibilidades a las únicas dos contrapuestas, sin observar las posibilidades intermedias o las alternativas existentes, así como la multiplicidad de factores de todo tipo para determinar una conclusión libre del error.
En el "diccionario de falacias", de Ricardo García Damborenea, encontramos esta explicación:
La manera de prevenirla o combatirla es hacer la pregunta de si no se puede contemplar una alternativa, o señalar el pensamiento dicotómico o maniqueo. Nuestra invitación es a que evitemos caer en ella; pero también que la combatamos con la finalidad de elevar el nivel del debate o la discusión para aspirar a la verdad lógica siempre.
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Julián Hernández Castelanojueves, 1 de enero de 20260
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@jhcastelano
Por lo regular cada dos de enero no parece tener mayor relevancia para la vida de las personas. La resaca de las celebraciones de fin de año y de año nuevo no dejan lugar para una conciencia clara de cómo se vive el segundo día de todo el año. Los propósitos se guardan para los siguientes días, mientras se contempla un poco el inicio del año. Parece intrascendente, pues y pocas cosas se pueden encontrar.
Pasadas las fiestas y celebraciones en los barrios, pueblos, colonias y ciudades enteras, a propósito de la Navidad, la Sagrada Familia, las posadas, las acostaditas y de más motivos para el júbilo y la algarabía, se siente ya un descanso que es más bien un remanso antes de festejar la Epifanía y la tradición de los Santos Reyes.
En esta suerte de intermedio la Iglesia celebra la memoria de dos grandes santos, cuyas vidas corren parejas como las líneas paralelas. Dos lumbreras del pensamiento y del testimonio cristiano del siglo IV. Uno de ellos, del que se decía que era el teólogo más brillante de ese siglo es San Basilio Magno. La recopilación de la vida de los santos que se llama “Vivieron el Evangelio” dice de él lo siguiente:
San Basilio Magno vivió del año 330 al año 379. En el año 356, a los 26 años de edad, fue bautizado y se encargó de la cátedra de su padre fallecido. Los oyentes acudieron en masa y la provincia del Ponto le hizo ofrecimientos lisonjeros; parecía seguro que iba a destacar rápida y brillantemente. Pero al año abandonó Cesarea para pedir un consejo a los maestros de la vida interior: los monjes de Egipto
Sin titubear le ofrecieron una celda y participó en su comunidad como si quisiera quedarse para siempre. Al regresar a casa, se llevó consigo el fruto de su estancia entre los monjes: su autodisciplina, su alegría y su firmeza en profesar la fe. Cuando, a fines del año 359 instaló una ermita en las montañas, pronto acudieron algunos discípulos.
Entre ellos llegó Gregorio de Nacianzo, el cual, en años posteriores recordaría con añoranza “las horas doradas y felices” pasadas allí: “¡Qué grata era la paz que unía a los hermanos, su empeño serio y sagrado la peregrinación constante del espíritu hacia Dios, el canto nocturno de los salmos y meditación callada, el estudio de la Revelación y los trabajos corporales realizados con ese espíritu: cargar leña, acarrear material de construcción, cuidar el jardín, plantar árboles, regar la siembra!”.
Como vemos, Basilio no quería conventos gigantescos como en otros lugares. Su comunidad conventual alternaba armoniosamente el trabajo corporal, el estudio y la oración.
En una obra legal, amplia, de 55 reglas principales y 313 prescripciones menores, creó una constitución conventual que se ha conservado hasta nuestros días en el Oriente. Pero sus conventos no sólo debían cuidar la obra difícil de la santificación propia, sino tenían que irradiar también la santidad en el apostolado. Por eso incluyó la educación de la juventud en la jornada de la vida conventual.
Basilio se ganó la confianza del pueblo por la rectitud de su vida, por su actitud impávida frente a los numerosos abusos de los funcionarios romanos militares y aduanales, por su lucha contra la heterodoxia arriana y por su acción decisiva durante el periodo de hambre de los años 367 – 368.
Al morir el arzobispo de Eusebio el año 370, unánimemente fue elegido Basilio para sucederle, aunque los arrianos echaron mano de todos los medios para evitar su elevación. Sabían lo que estaba en juego: al arzobispado de Cesarea le estaban supeditados cincuenta obispados. Ya antes, con su palabra y publicaciones, había luchado por la unidad de la fe y el vigor moral del Evangelio.
Durante los nueve años de su cargo, Basilio se convirtió en el gran orador y escritor a cuya influencia nadie se pudo sustraer. De nuevo, como en los tiempos del hambre, creó una obra magnífica de ayuda a pobres y enfermos. Cuando, a sus instancias, cada comunidad estaba provista de un hospital y de un asilo, como punto central de todos los esfuerzos caritativos fundó una ciudad de beneficencia con amplias construcciones, escuelas, hospitales y empresas económicas propias. Él mismo radicaba allí, en su obra preferida, para estar cerca de todos los que sufrían. Allí lo visitaban sus numerosos amigos del mundo oriental. Allí lo alcanzó la muerte el primero de enero del año 379
Aún se conservan sus discursos, cartas y poemas. Nos dicen, en forma más llamativa que una lápida ostentosa, la magnitud excelsa de un ser humano que nunca perdió de vista la meta eterna y la honra de Dios.
«El pan que no necesitas es el pan que le falta al pobre. El vestido que cuelga en tu armario es la ropa que necesita el desnudo. Los zapatos que no llevas son los zapatos de los que andan descalzos. El dinero que tienes encerrado y guardado es el que falta a los más indigentes…»
Pensamientos de San Basilio Magno
Ojalá podamos no solamente tomar ejemplo del testimonio de este gran santo, sino aprender de él su autodisciplina, su ortodoxia y fidelidad a la fe cristiana, su elocuencia y claridad para pensar y plantear la manera de ganar las almas para Dios, amén de su coherencia y su caridad.
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Julián Hernández Castelano0
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@jhcastelano
En medio de la inmensidad de datos ofrecidos por ese colosal canal que es la Web, se echa de menos un remanso donde no se sienta la saturación y el golpe incesante de nuevos datos: esa suerte de avalancha que no descansa ni un solo segundo. La red nos puede atrapar a todos por igual y nos volvemos no solamente adictos, sino dependientes de lo que vemos allí, lo cual nos somete y nos predispone a vivir de tal o cual modo.
Así, en esa suerte de jungla, se agradece la presencia de ciertas guías o luces que nos orientan. Si ya de por sí es difícil procurarse una buena formación para quienes amamos aprender algo sustancioso y provechoso para nuestra alma, nos sentimos alegrados y satisfechos cuando aparecen esas guías.
“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”, decía José Ortega y Gasset cuando iniciaba su labor filosófica a través de su primera gran obra Las meditaciones del Quijote, allá por el año de 1915. Salvar nuestras circunstancias implica reconocerlas, asumirlas, meditar sobre ellas y saber cómo tratar con el mundo. Por otro lado, como bien nos lo recuerdan grandes santos, el mundo es, en sí mismo, el lugar del riesgo para la perdición de las almas y, en una especie de avalancha de lodazal, nos puede ahogar y nos podemos perder ante el tumulto de las cosas que éste representa cuando se tuercen las ideas y se nos vende la ilusión de una vida acorde a las disposiciones de la generalidad, que no resulta otra cosa que la mediocridad y la perdición.
Nuestro cometido será, entonces, acercarnos con lecturas y reflexiones en varias series o vertientes para tratar de ofrecer los contenidos que nutran el alma para su bien. Si, como decía Aristóteles, “todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”, dicho deseo, más que una necesidad hedonista de su satisfacción deberá llevarnos a engrandecernos por dentro, a fin de no perdernos en la nada, como lo temía y lo expresaba Miguel de Unamuno.
“Un pensador —como nos recuerda en nuestros tiempos el filósofo español Miguel García-Baró—, a diferencia de un sensitivo, de un hombre de acción o de quien, por desdicha, no desarrolla radicalmente ninguna de estas tres grandes posibilidades del espíritu, no puede ni debe ser otra cosa que un hombre vinculado de por vida a la verdad. Y precisamente uno de los peores rasgos de nuestros tiempos es que esta estrecha e indisoluble relación entre el pensamiento y la verdad suena a extravagancia o a antigualla” (cfr. La verdad, el dolor y el bien, p. 9). Y, sin embargo, no podríamos vivir sin aspirar a la Verdad, pues eso le dota de sentido a nuestra existencia, o al menos así debería de ser, pues no sea que pase, como temía Pascal, que no pueda concebir que exista una sola persona a la que no le preocupe su fin último, o que al menos nunca se haya hecho las preguntas fundamentales de su propia vida, de su destino y de la posibilidad de su vida eterna.
¿Por qué debemos cultivar también nosotros la filosofía y las humanidades?, se preguntaba mi buen amigo el Dr. Juan Carlos Moreno Romo, y se respondía de la siguiente manera: porque también nosotros somos hombres, y porque como nuestros semejantes, los hombres de otros tiempos y otros horizontes que las cultivaron con mayor o menor acierto, y con mayor o menor fecundidad, nosotros tampoco vivimos sólo de pan. Ni nos saciamos tampoco con el incesante circo de las fulgurantes mercancías, habría que agregar en nuestros tristes y atiborrados tiempos de tentaciones ubicuas, y del espacio y el tiempo propios o propicios para la memoria y la meditación (Cfr. ¿Doscientos años de qué?, p. 81).
A propósito del prólogo del libro intitulado “Parcelas en el tiempo” de otro excelso amigo, del Padre Filiberto Cruz Reyes, mi entrañable maestro Antonio Arvizu Valencia decía: “Pocas ocasiones nos parecen oportunas para emplear unos momentos de amable atención y sincera escucha. La paradoja que se manifiesta en el sentir que una prisa nos justifica el apurar nuestros pronunciamientos, al tiempo que adivinamos la casi nula repercusión efectiva de tan afanoso esquema (porque, sencillamente, muchos otros lo intentarán también reproducir y por su cuenta) es muy probable que ya se haya vivido en otros tiempos. Y, seguramente, fue causa de percibir como una afrenta los avatares de una serie de situaciones que aparecían como lápida de problemas y de abrumadora insensatez. Ante semejante escenario, nada resulta tan urgente como exponer las muy personales contrariedades, y nada tan exigible como satisfacción en las respuestas estructurales (cfr. Parcelas en el tiempo, p. 10). Y es que el Padre Fili ha aprovechado y explotado con relativo éxito el género literario del artículo o de esa suerte de ensayos cortos, muy al estilo de Montaigne, como vehículo para llevar el Evangelio a través de sus cavilaciones y dando respuesta a las no tan voluntarias; pero sí notorias exigencias de enterarse rápido de algo e inculcar con la misma velocidad unas ideas que den respuesta a las dificultades de nuestros tiempos.
Buscamos, entonces, atacar por varios frentes esas necesidades actuales de nutrir el alma, de tal modo que, este 2026 proponemos hacer un itinerario de formación integral para el alma. “Alimento para el alma”. Compartiremos lecturas y reflexiones en varias series o vertientes de conocimiento útil para el alma, tales como lógica para poder argumentar sin falacias; Magisterio de la Iglesia sobre problemas y controversias del mundo actual; Magisterio de los Padres de la Iglesia, sobre la espiritualidad que ha fundado la Tradición; obras de los grandes filósofos que iluminen cuestiones del mundo actual; ideas pedagógicas que también nos iluminen el camino de los problemas de nuestra contemporaneidad; producciones literarias de buen sentido que nos ayuden también a encontrar referentes para resolver o pensar problemas y soluciones de nuestro mundo y, por último, misceláneos asuntos varios.
Esperemos que no necesariamente sea del agrado de los seguidores, sino de provecho para el alma, pues, así como a veces el sentido del gusto en nuestro paladar no corre parejo con la nutrición sana, sino que, en muchas ocasiones lo que al gusto desagrada le hace bien al cuerpo y lo tenemos que consumir, así los contenidos que al alma aprovechan pueden parecer un tanto amargos, ácidos, agrios o en apariencia indeseables, para utilizar el símil.
"¿Qué pensáis —dice San Agustín—, si digo algo del concepto? ¡Cuán inferior es a la Palabra de Dios! Ved que estoy emitiendo un sonido; pero, una vez emitido, ya no puedo recuperarlo, y si quiero que me oigáis, emito otro y, cuando éste se haya apagado, vuelvo a emitir otro o sobreviene el silencio. Pero el concepto a la vez que te lo envío a ti, lo retengo también conmigo, y tú encuentras lo que oíste y yo no pierdo lo que dije. Ved cuán verdad es y alégrese el corazón de los que buscan al Señor (Sal. 104, 3). Porque Dios es la primera Verdad. El concepto, pues, aun permaneciendo en mi corazón, pasa al tuyo, sin abandonar el mío. No obstante, cuando el concepto está en mi corazón, y quiero que esté también en el tuyo, busco el sonido como vehículo por el que pase hacia ti. Y tomo el sonido y, en cierto modo, le asigno el concepto, lo emito, lo hago salir, lo enseño y no lo pierdo. Si todo esto lo pudo hacer un concepto mío con de mi voz, ¿no pudo hacerlo la Palabra de Dios con su carne? He aquí que la Palabra de Dios, Dios junto a Dios (Jn. 1, 1), sabiduría de Dios que permanece inmutablemente junto al Padre, para llegar hasta nosotros buscó la carne como si fuera el sonido, se introdujo en ella y llegó hasta nosotros sin apartarse del Padre. Entended y saboread lo que habéis escuchado; reflexionad sobre su grandeza y su categoría y, por tratarse de Dios, pensad cosas aún mayores. Él supera toda luz, todo sonido, todo concepto. Hay que desearlo, hay que suspirar por él con el amor, para que se alegre el corazón de los que buscan al Señor". (Cfr. San Agustín, Sermón 28, sobre el Salmo 104, 3).
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Julián Hernández Castelanomiércoles, 4 de junio de 20252
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@jhcastelano
Cumple años hoy y da luz,
en su silencio forzado,
Eduardo Martínez Cruz,
aún lucha por ser sanado.
Emma Godoy escribió una de tantas biografías existentes sobre Mahatma Gandhi. Allí consigna una práctica del muy admirado paladín de la no violencia en el primer tercio del siglo XX, a saber, su hábito del silencio los días lunes. Dicho día de la semana lo consagraba al silencio. La filósofa guanajuatense sentía admiración por ese hecho, porque podía distinguir el origen de la actitud y el liderazgo del célebre hindú.
El silencio es exaltado, tanto en la tradición de la mística en la cristiandad, como en otras religiones. Su práctica, cuando procede de la pretensión de la profundidad en la oración, suele ser el terreno fértil para el encuentro con lo divino. Muchos de los santos de la Iglesia fueron místicos; y de ellos no pocos exaltaron el valor del silencio, emulando los pasajes evangélicos donde encontramos el retiro de Jesús, su oración en el más profundo y fructífero silencio y los signos que acompañaban su labor y testimonio.
De los muchos ejemplos citables, podemos evocar el del celebérrimo testimonio de los Relatos de un peregrino ruso, obra anónima, referente de quien persigue la ascesis mediante la oración. Allí el peregrino nos relata cómo la oración en silencio es menester para las almas profundas; pero también enfatiza la necesidad de acompañar el silencio con la recitación suave, dedicada y profunda de la oración continua invocando el nombre de Jesús. Tanto en el ritmo de la respiración, como en el de los latidos del corazón, repitiendo incesantemente: «Señor Jesús, ten misericordia de mí», o bien: «Señor Jesús, ten piedad de mí». Esta sencilla fórmula puede acompañar, tanto el silencio, como los rezos ya conocidos por el cristiano devoto.
La filósofa judía afín a la cristiandad por la experiencia mística que tuvo, Simone Weil, diserta en varias de sus obras sobre la manera como el silencio acompaña la armonía en la música y, con esa analogía, explica cómo el alma humana necesita el silencio, incluso la sensación de abandono, de ausencia de Dios, para poder sentir la armonía en la propia vida, la armonía provista por la misericordia de Cristo, por lo cual el silencio viene a ser el tiempo y el espacio perfecto y deseable para poder sentir mediante esa «ausencia» y «vacío» ¡la acción misericordiosa de Cristo en el corazón!. Paradoja del encuentro del alma mística con Dios que sólo puede entenderse gracias al silencio.
Así podríamos seguir sin parar, citando múltiples fuentes y testimonios de pensadores, santos y gentiles, sobre la importancia del silencio. Blas Pascal, por ejemplo, habla en uno de sus célebres Pensamientos sobre la procedencia de la desdicha humana, a entender, sobre la imposibilidad de quedarse solos en sus habitaciones, en silencio, consigo mismos.
Apenas hace unos pocos años el Cardenal Sarah nos ha legado un espléndido libro intitulado «La fuerza del silencio». Cargado de ejemplos sobre los efectos nocivos del ruido para el alma y los beneficios de saber procurarse un silencio fecundo y abierto a la experiencia de Dios.
Cuando los idiotas hablan —repite duramente José Ingenieros— los sabios callan. Y también dice que en las épocas de mediocridad ramplona y de alcornocamiento, esos mediocres no paran de hablar, mientras que los sabios guardan silencio. Aprender a guardar silencio, aunque no fuese por un itinerario de ascesis para llegar a la experiencia del Misterio ofrece, por lo menos, la ventaja de poder mirar a la distancia para comprender los acontecimientos.
La desesperación del que juzga precipitadamente puede ser la causa de caer en sesgos, tanto innecesarios, como erróneos. Vale la pena dejar que la zozobra nos muestre sus cartas, mientras el silencio nos nutre de las respuestas justas sobre las congojas que se ciernen sobre este alocado mundo.
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Julián Hernández Castelanolunes, 21 de abril de 20250
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Sólo Dios conoce el destino del alma del Papa
Francisco. Como cristianos, toca encomendarla y pedir por ella. Es de elemental
caridad, tal como lo dictan las obras de misericordia. Mucho se le puede
admirar y, con toda libertad, algo o mucho se le podrá criticar. Ambas opciones
son posibles; pero si se da la primera, deberá acompañarse de la oración para
que Dios, en su misericordia infinita, reciba su alma y le otorgue la Gloria;
mas si es la segunda opción, debe acompañarse también por la oración y hasta la
purificación, tanto de las intenciones para criticar su legado, como por
aquello que eventualmente se señale.
Cuando vino a México como Papa, no faltaron
críticas. De eso pude escribir algo acá en dos entregas, de la que transcribo la
primera:
Y resulta que ahora todos son vaticanólogos
otra vez, igual que cuando renunció Benedicto XVI. Todos son expertos en
geopolítica internacional, relaciones entre la Iglesia y el Estado y más aún,
en la figura papal, en los signos de los tiempos y hasta en Derecho Canónico.
Todos los que escriben, los expertos de la pluma y de la opinión, los que salen
en los noticieros adoptando poses de erudición y sapiencia espectacular. Todos
pontifican y piden un Papa al contentillo.
“Tu me defendas gladio, ego te defendam
calamo”, decían los primeros “intelectuales” al servicio del poder en turno.
Hoy los opinócratas no necesariamente sirven al poder del partido político o
grupo que lo detenta en su forma jurídica, sino al poder de lo políticamente
correcto, a esta corriente (incluso en el sentido peyorativo del término) de
pensamiento que se deja llevar por las formas y el fondo de la moda, de lo
actual, de lo pasajero. En política o sociedad, es lo políticamente correcto.
Ese es al poder al que sirven y desde el púlpito donde reclaman un Papa a la
medida de sus gustos, de sus intereses, o de los intereses del poder temporal.
Que el Papa diga esto. Que el Papa diga
aquello. Que reciba a los familiares (y compinches y servidores y jilgueros y
pegotes) de los 43 de Ayotzinapa. Que reciba a las víctimas de la pederastia
eclesial. Que hable de Marcial Maciel y de una vez por todas lo condene y
sacuda el vetusto parecer de los jerarcas eclesiales de México. Que revolucione
la Iglesia en México para que deje de ser prohibicionista y dé testimonio de
amor para que se legalice el consumo y el tráfico de mariguana porque sólo así
acabará la violencia y las muertes en México. Que el Papa abra la posibilidad
de los “gaymonios” y cambie la estructura anquilosada y retrógrada de la
Iglesia que él mismo representa. Que cargue contra Peña Nieto, su falso
matrimonio, la casa blanca, la violencia desmedida, la corrupción, etc.
Son algunas de las (im) posturas de nuestros
preclaros “intelectuales” y “expertos”. Quieren un Papa al contentillo. Todavía
no llega y ya tienen expectativas de todo tipo. Se relamen los bigotes pensando
que hablará pestes contra la jerarquía católica.
Pueden llevarse una decepción y cargar contra
el Papa cuando por fin diga lo que vendrá a decir. O pueden interpretar todo de
modo que con sus dotes hermenéuticas decidan lo que el Papa dijo, según sus
propias expectativas.
Anticipo el futuro y le hago al clarividente
sin ánimos de quitarles la primicia del profetismo en el que se han erigido
estos opinócratas:
El Papa hablará muy bien y lo hará acorde con
la fe cristiana. Y si escucharan a los obispos de México o leyeran los
documentos que se van generando en el trabajo pastoral de la Conferencia del
Episcopado Mexicano, encontrarían ya un anticipo, una armonía y una
concordancia con el mensaje que nos traerá el Papa. O si leyeran acaso las
innumerables encíclicas de los predecesores de Francisco o la vasta y extensa
obra de Benedicto XVI, aún Papa, aunque emérito, o por lo menos las ya
existentes cartas, exhortaciones, encíclicas y mensajes del propio Francisco,
verían más allá de sus chatas expectativas y transformarían ipso facto sus
actitudes mercenarias.
Lo nuevo serán los gestos del Papa entre
nosotros, su presencia y la actualización del mismo discurso de amor que desde
Jesucristo encontramos en los Evangelios.
Lo demás es ruido.
Julián Hernández
Castelano.
11 de febrero. Año
Santo de la Misericordia 2016.
@jhcastelano
Y, como el ruido mediático no cesaba, sino que
más bien se recrudecía, especialmente para mal, continuamos con esto:
Ya se fue de México el Papa y aún resuenan los
ecos de sus palabras.
Para quienes de verdad desean conocer,
estudiar, reflexionar y rumiar mentalmente sus mensajes hay un e-book con todo
lo que pronunció, incluso las palabras fuera de los discursos oficiales y las
improvisaciones emitidas por Francisco.
Mucho se seguirá escribiendo sobre el asunto,
tanto por las palabras, como por los actos, los gestos y el fervor religioso
con el que fue recibido, acompañado y despedido. Se dirá algo de las coberturas
televisivas y sus propósitos, sobre las personas que pudieron verlo y dar su
testimonio y hasta de las posibles y muy probables triquiñuelas de quienes se
las arreglaron para verlo, aun sin merecerlo o estar programados para hacerlo.
El que esto escribe lo pronosticó antes: los
comecuras, ateos gracias a Dios, agnósticos, jacobinos, "expertos",
los políticamente correctos habrían de interpretar los gestos, palabras y obras
del Papa según su contentillo, o bien, manifestarían su decepción porque el
Papa no habló sobre lo que ellos querían que hablara, porque no recibió a
quienes ellos querían que recibiera, no condenó a los que ellos querían que
condenara o no hizo lo que ellos querían que hiciera. También pude afirmar que el
Papa hablaría y actuaría conforme a la fe cristiana y al Evangelio. Así fue,
nadie lo puede dudar, aunque los intelectuales resentidos o francamente
hostiles seguirán buscando motivos para tensar la cuerda.
No ha faltado quien diga, por ejemplo, que
cuando el Papa les pide a los Obispos arreglar las cosas como hombres es porque
la Iglesia siempre ha marginado a las mujeres. O bien, quien todavía reclama en
su espacio periodístico por qué no habló de Marcial Maciel, la pederastia y
demás asuntos polémicos de actualidad. Hay quienes afirman que el Papa pasó por
alto lo que ellos consideran insoslayable, como reunirse con los papás de los
43 de Ayotzinapa.
Pasó de noche para ellos esta histórica visita.
No se dan cuenta que en los mensajes que dio se refirió constantemente a los
problemas más importantes del país: la corrupción, la inseguridad, la falta de
oportunidades, etc. Asimismo logró actualizar y adaptar el mensaje evangélico a
la realidad actual de nuestro país, amén de los gestos y lo entrañable que
resultó, además de lo simbólico, el haber estado con los vulnerables,
desprotegidos, los presos, los niños, los jóvenes, las familias, los sacerdotes,
religiosos, religiosas, seminaristas, los obispos y hasta con los políticos.
Todos necesitados de las palabras del Papa y del mensaje de Jesús.
No es lo mismo hacer ruido estruendoso,
recalcitrante y obstinado desde los propios afanes de hostilidad versus la
Iglesia y la Religión, que hacer eco de los mensajes papales.
Semanas antes de la visita, rescaté de entre
mis libros el de la entrevista que concedió Benedicto XVI al periodista Peter
Seewald para editar el volumen "Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los
signos de los tiempos". Publicación cercana a la renuncia de Benedicto.
Allí se ve cómo el entonces Papa responde sobre la figura papal, la noción
errónea que tenemos sobre el asunto de la infalibilidad y el papel de la
Iglesia en nuestros tiempos.
Benedicto XVI, aún Papa, aunque emérito, nos
preparó el camino para entender hoy a Francisco y disfrutar de su vitalidad, su
entrega y la capacidad para dinamizar la vida de la Iglesia. Francisco, como
buen vicario de Cristo es luz del mundo, aún con todos los errores que como ser
humano pueda tener o las posturas que resultan polémicas para todos los lados
extremos de las ideologías imperantes en nuestro mundo. Es el Espíritu Santo
quien le asistirá a pesar de ello, tal vez.
Julián Hernández
Castelano.
Santa Ana Chiautempan,
Tlaxcala.
19 de febrero, Año
Santo de la Misericordia, 2016.
@jhcastelano
Un poco antes de eso, el que escribe manifestó
su emoción por lo que considero la escena más representativa del pontificado de
Francisco, rompiendo protocolos, disruptivo, impredecible; pero, sobre todo,
cercanísimo con aquellos a los que la sociedad tiende a descartar. Un Papa,
como diría mi estimado amigo y Maestro, el Dr. Juan Carlos Moreno Romo: “del
arrabal”. Esa escena es la de los presos. Esto escribí entonces:
Me ha conmovido hasta el tuétano la imagen y
los gestos del Papa Francisco en la cárcel de Chihuahua. Me ha conmovido en
especial la escena en la que se acerca a saludar al coro del penal. Fue algo
hermoso. Lo fue por todo lo que alrededor se dio. Lo fue por lo que tuvo que
confluir para que se diera ese momento sublime. Lo fue por la extraordinaria
belleza con la que los instrumentos, la voz y la inspiración de los presos
hacía brotar esa desgarradora melodía llena de esperanza.
Fue especialmente conmovedor para mí porque al
parecer en esa cárcel se encuentra un amigo mío, un compañero de escuela de mi
juventud. Si este amigo pudo ver al Papa, hay esperanza. Lo pensé y lo sentí
mientras observaba la repetición por televisión esta misma noche, mientras me
tomaba mi esposa de la mano y en mi brazo mi hija buscaba refugio contra el
frío y la posibilidad de dormir así, en mis brazos. "Yo, aquí, pensé,
rodeado del amor de Dios con mis mujeres, y mi amigo ahí, entre la ignominia de
la pena por su error y la visita del mensajero de la Misericordia". Es
Dios. Lo sentí.
Lo confieso avergonzado: nunca lo he ido a
visitar. Tuvo que venir el Papa desde tan lejos para hacerlo él.
Cuántos de nosotros no hemos hecho un pequeño
acto de misericordia como ese, el de visitar a los presos, máxime si son algo
nuestro, incluso un amigo, por ejemplo.
Analistas van y vienen. Teclas se oprimen.
Pensamientos se plasman. Opiniones se emiten. Artículos se publican. Reclamos
se expresan. Críticas se desparraman. ¿Y cuánto hacemos realmente para abonar a
la misericordia?
Basta de palabras. Las obras son las que deben
dar el testimonio. Por si la nada nos aguarda, no debemos olvidar que las obras
pueden hacer que nos eternicemos. El Papa lo tiene claro y por eso no perdió la
oportunidad de estar ahí con los presos y con mi amigo Jorge, al que imaginé
cantando con el coro del penal: "Ven y salva mi corazón".
Julián Hernández
Castelano.
17 de febrero, año
santo de la Misericordia, 2016.
Santa Ana Chiautempan,
Tlaxcala.
Tertulias, especiales reportajes, “coberturas”,
foros van a sobrar a partir de ahora para hablar de su legado o de los
pendientes que dejó; de sus aciertos y de las eventuales ambigüedades de su
trabajo. Difícilmente alguien podría quedar indiferente u omiso. La personalidad
del Papa y, sobre todo, lo que representa en la tierra, habrán de constituir
sus huellas. Nos toca entender la obra del Espíritu Santo en su legado; pero
además, hacer eco de sus mensajes y de su testimonio. No hay réquiem que
termine de dejarnos quietos, ni palabras que representen homenajes, sino la de
nuestros pastores y quienes atinadamente manifiestan ideas y conceptos sobre
él, sobre el Papa Francisco, tal como lo hizo hoy, a tiempo y pertinentemente
mi buen amigo el Padre Filiberto Cruz Reyes desde su página:
Papa Francisco: su pascua
El martes 15 de abril del presente 2025 se
anunciaba que el Papa Franciscoprepararía Él mismo las meditaciones del Viacrucis1, pues en otros años
había delegado esta misión a diversas personas; y que sería publicado el
viernes 18 a las 12:00 hrs., tiempo de Roma. Y así fue.
En la X estación, Jesús es despojado de sus
vestiduras, leemos:
“Libro de Job (1,20-22)
Entonces Job se levantó y rasgó su manto; se
rapó la cabeza, se postró con el rostro en tierra y exclamó: «Desnudo salí del
vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me
lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor!». En todo esto, Job no pecó ni dijo
nada indigno contra Dios.
No te desnudas, te desnudan. La diferencia está
clara para todos nosotros, Jesús. Sólo quien nos ama puede acoger nuestra
desnudez entre sus manos y en su mirada. Tememos, en cambio, la mirada de quien
no nos conoce y sólo sabe poseer. Estás desnudo y expuesto a todos, pero tú
transformas incluso la humillación en familiaridad. Quieres revelarte íntimo
incluso a quien te destruye, miras a quien te desnuda como a una persona amada
que el Padre te ha dado. Aquí hay más que la paciencia de Job, incluso más que
su fe. En ti está el Esposo que se deja tomar, tocar y trueca todo en bien. Nos
dejas tus vestiduras, como reliquias de un amor consumado. Están en nuestras
manos, porque has estado en casa, has estado con nosotros. Nosotros tomamos tus
vestiduras y ahora las echamos a suerte, pero la suerte, aquí, no favorece a
uno, sino a todos. Nos conoces uno a uno, para salvar a todos, todos, todos. Y
si la Iglesia te parece hoy como una vestidura rasgada, enséñanos a recoser
nuestra fraternidad, fundada sobre tu entrega. Somos tu cuerpo, tu túnica
indivisible, tu Esposa. Lo somos juntos. Para nosotros la suerte ha caído en un
lugar de delicias, estamos contentos con nuestra herencia (cf. Sal 16,6)”.
Amado Papa Francisco, llegaste a Roma sin nada,
ibas al cónclave pensando regresar pronto a tu amada Argentina, apenas una
pequela maleta con tus enseres personales que tú mismo fuiste a recoger después
de la elección y a cubrir los gastos de tu estancia. Luego apareciste en la
balcón de San Pedro, desde donde hablan los sucesores de Pedro. Tus primeras
palabras fueron: “Hermanos y hermanas, buenas tardes”. El día de ayer, Domingo
de la Resurrección del Señor, sacando fuerza de la fe y del amor de Padre y Pastor,
te asomaste nuevamente al balcón y promunciaste las mismas palabras de tu
primera presentación como Pontífice: “Queridos hermanos y hermanas, ¡felices
pascuas!”, la misma sencillés, la misma cercanía; y después como el gran
Patriarca del nuevo pueblo, nos has dejado tu bendición (cfr. Gn 49, 28ss.).
Estabas preparado, habías hecho con anterioridad tu testamento espiritual, en
el cual manifiestas tu firme y sencilla voluntad:
“Testamento espiritual del Papa Francisco2
Miserando atque Eligendo
En el Nombre de la Santísima Trinidad. Amén.
Sintiendo que se acerca el ocaso de mi vida
terrena, y con viva esperanza en la Vida Eterna, deseo expresar mi voluntad
testamentaria sólo en cuanto al lugar de mi sepultura.
Mi vida y mi ministerio sacerdotal y episcopal
los he confiado siempre a la Madre de Nuestro Señor, María Santísima. Por
tanto, pido que mis restos mortales descansen esperando el día de la
resurrección en la Basílica Papal de Santa María la Mayor.
Deseo que mi último viaje terrenal termine en
este antiquísimo santuario mariano, al que acudía en oración al inicio y al
final de cada Viaje Apostólico, para encomendar confiadamente mis intenciones a
la Madre Inmaculada y agradecerle sus dóciles y maternales cuidados.
Pido que se prepare mi sepulcro en el nicho de
la nave lateral entre la Capilla Paulina (Capilla de la Salus Populi Romani) y
la Capilla Sforza de la citada Basílica Papal, como se indica en el anexo
adjunto.
El sepulcro debe estar en la tierra; sencillo,
sin decoración particular y con la única inscripción: Franciscus.
Los gastos para la preparación de mi entierro
serán cubiertos por la suma del benefactor que he dispuesto, que será
transferida a la Basílica Papal de Santa María la Mayor y para la cual he
encargado las oportunas instrucciones al Arzobispo Rolandas Makrickas,
Comisario Extraordinario del Capítulo Liberiano.
Que el Señor dé una merecida recompensa a
quienes me han amado y seguirán rezando por mí. El sufrimiento que se hizo
presente en la última parte de mi vida lo ofrecí al Señor por la paz mundial y
la fraternidad entre los pueblos.
Santa Marta, 29 junio 2022
FRANCISCO”
Desde el principio de tu pontificado has
querido una Iglesia pobre y has querido un sepulcro pobre, sencillo, con sólo
tu nombre inscrito, nombre que será pronunciado en el último día: “Francisco,
ven bendito de mi Padre”. Los pobres ha sido tu pasión, los más débiles e
indefensos tus consentidos, pero has amado a todos, como el Maestro has pueto
tu mirada de amor para atraer a todos a a casa del Padre.
Has creído de verdad en la fraternidad, la has
vivido, la has anunciado; una fraternidad muchas veces rasgada, como has dicho
en el viacrucis, pero siempre posible porque la koinonía (comunión) es una
realidad ontológica que supera cualquier sentimiento. Sabías de divisiones y
exclusiones, por eso en tu viaje a nuestra patria mexicana dijiste a los
Obispos mexicanos, improvisando,: “La misión es vasta y llevarla adelante
requiere múltiples caminos. Y, con más viva insistencia, los exhorto a
conservar la comunión y la unidad entre ustedes. Esto es esencial, hermanos.
Esto no está en el texto pero me sale ahora. Si tienen que pelearse, peléense;
si tienen que decirse cosas, se las digan; pero como hombres, en la cara, y
como hombres de Dios que después van a rezar juntos, a discernir juntos. Y si
se pasaron de la raya, a pedirse perdón, pero mantengan la unidad del cuerpo
episcopal. Comunión y unidad entre ustedes. La comunión es la forma vital de la
Iglesia y la unidad de sus Pastores da prueba de su veracidad. México, y su
vasta y multiforme Iglesia, tienen necesidad de Obispos servidores y custodios
de la unidad edificada sobre la Palabra del Señor, alimentada con su Cuerpo y
guiada por su Espíritu, que es el aliento vital de la Iglesia (13 de febrero de
2016, Catedral Metropolitana, Ciudad de México). Sabías, con Santo Tomás de
Aquino que el infierno es la eterna soledad, por eso tu constante mensaje de no
descartar a nadie. ¿podría imaginarse a un Obispo promoviendo a sus presbíteros
excluir a algún hermano?
Defendiste la dignidad de la personas
amenazadas por el régimen militar en tu patria, y tuviste que pagar el presio
de tal osadía, entre otras cosas compareciendo ante un tribunal para que
dijeras lo que sabías “en calidad de quien tuvo conocimiento de las cosas”; si
bien no como indiciado, fue con al afán de humillarte. Tu valentía hizo que
muchas veces quedaras expuesto, desnudo como Job, como Jesucristo en la cruz.
¿Y cómo olvidar otra de tus improvisaciones en
nuestra patria, en Morelia, dirigida a los niños del coro que le habían
dedicado una canción?: “Los felicito, los felicito en serio. El arte, el
deporte ensanchan el alma y hacen crecer bien, con aire fresco y no aplastan la
vida. Sigan siendo creativos, sigan así, buscando la belleza, las cosas lindas,
las cosas que duran siempre, y nunca se dejen pisotear por nadie. ¿Está claro?”
(16 de Febrero de 2016, Catedral de Morelia). Sí, tu palabra y mirada puestas
en la dignidad de la persona humana hacen que surja una cierta rebeldía frente
a lo feo y lo injusto, lo que llamaste la “revolución de la ternura”, y dijiste
sobre ella: “Nos hace bien entonces mirarnos en la paternidad de José que es un
espejo de la paternidad de Dios, y preguntarnos si permitimos al Señor que nos
ame con su ternura, transformando a cada uno de nosotros en hombres y mujeres
capaces de amar así. Sin esta “revolución de la ternura” —hace falta, ¡una
revolución de la ternura!— corremos el riesgo de permanecer presos en una
justicia que no permite levantarnos fácilmente y que confunde la redención con
el castigo” (Audiencia General, 19 de enero de 2022).
En el rito del Lucernario o Solemne comienzo de
la Vigilia Pascual se bendice el fuego nuevo, con el cual se enciende el Cirio
Pascual, el cual se marca con un punzón trazando una cruz, luego las letras
griegasalfa y omega, posteriormente los
números del año en curso. Mientros esto se hace. Se va diciendoi: “Cristo ayer
y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la eternidad. A Él la
goria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén”. Tenía que ser en Pascua
tu pascua, entrañable Papa Francisco, has recorrido el caminode tu vida con el cierre final de la carrera
en la cruz de la enfermedad, por eso el Señor de la historia, Jesucristo
resucitado te ha cuidado y bendecido de principio a fin, Él ha sido tu Alfa y
tu Omega.
Amado Papa Francisco, hace unos días un grupo
de amigos quetanos nos reunimos pensando en ti y en tu salud, se tomó la
iniciativa de mostrarte nuestra fidelidad filial haciendo y enviándote un
retrato tuyo al acrílico, obra del Maestro Gabriel García Aguas, fotografiado
por el Maestro Arturo Pérez y Pérez, fue llevado hasta Roma por Sergio Rivera
Guerrero, habiendo participado también Maribel Miranda Peñaloza, Nayely Rosas,
Enrique Díaz Hernández, Antonio Martínez, Saúl Rogoitia Vega, Mons. Arz.Domingo Díaz Martínez. Rodrigo Guerra fue el
canal para hacértelo llegar. No sabemos si llegaste a contemplarlo pero sí
estamos ciertos de tu amor por nosotros y por tu amada Iglesia que se esfuerza
por ser lo que haz pedido, como un hospital de campaña, y sabemos que en una
batalla nadie sale indemne y eso nos anima y consuela, por eso querido Papa
reza por nosotros ahora desde el cielo.
Pbro. Mtro. Filiberto Cruz Reyes
Santiago de Querétaro, Qro. México, 21 de abril
de 2025
Pascua del Papa Francisco
En fin, nuestra tarea seguirá siendo la de dejarnos guiar e iluminar por quienes tienen la encomienda de señalar el camino de Cristo, bajo los signos de los tiempos, con la certeza y la idea, como dijo Rémi Brague, de que las anclas están en el Cielo.
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Julián Hernández Castelanomiércoles, 22 de noviembre de 20230
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@jhcastelano
Ya hemos apuntado algo sobre la práctica de la educación en su dimensión política y económica. Nos toca asomarnos a la dimensión “valoral”, primeramente.
Encuentro un problema con el neologismo “valoral”. Es obvio que se refiere a los valores. Esa no es la dificultad. Cuando se habla de valores nos perdemos porque no sabemos exactamente a qué se refiere eso. Parece resultarnos evidente que se aplique al conjunto de cosas tales como el respeto, la honestidad, la sinceridad, la solidaridad, etc. Así se ha asumido sin mayor complicación por parte de las instituciones educativas por doquier, tanto públicas, como privadas. Inclusive llegan a promocionarse con el eslogan de promotoras de valores y enumeran los ya dichos o algunos otros. Es preciso, empero, desenmascarar una ambigüedad subyacente a tan simplista manera de expresarse porque ello oculta una intención de fondo que no se atreven las instituciones a confesar, a saber, una inspiración de talante religioso, o al menos de cultura religiosa. Eso no debe ser problemático, si no fuera porque se establece una distancia desde lo jurídico para no confesar el origen espiritual de la educación. Veamos bien.
Referirse a los valores en nuestros tiempos proviene del argot económico. Vale lo que cuesta tasado en moneda o por su valor intrínseco de cambio. Todo lo material vale algo, tiene un costo.
Hay otro orden de cosas que son valiosas para las personas. No tienen que ver con lo material. Así, puede ser valiosa la familia, las amistades, los amores, etc. En este sentido se transfiere el valor a la subjetividad de cada persona. Allí es donde está el problema, porque lo que puede ser valioso para algunos, puede no serlo para otros. Una educación “valoral” requiere definir cuáles son los valores que promueve y no dejarlo a la imaginación o libre arbitrio de las instituciones, sin más.
Por otro lado, el catálogo de dichos “valores” se nutre de una fuente no confesada por parte de los sistemas educativos, a saber, los de la cristiandad. Y en su origen se conocían más bien por virtudes. Incluso provienen como virtudes desde más lejos en el tiempo, se sitúan en la antigua Grecia, o en la civilización mediterránea de aquella época, sea de la antigua Hélade (Grecia), Asia Menor, Medio Oriente, Egipto y el Norte de África.
El filósofo francés Rémi Brague cita a Chesterton para denunciar el uso no reconocido de «las viejas virtudes» por los «valores» del mundo moderno: «(el mundo moderno) está lleno de viejas virtudes que se volvieron locas. Enloquecieron porque fueron aisladas unas de otras y vagan por el mundo solitarias». Con ello nos da a entender que muchos de esos pretendidos valores promovidos en nuestros días hunden sus raíces en un pasado del que nuestra civilización ultramoderna tiende a avergonzarse; pero no le reconoce la paternidad de sus propias ideas o principios, beneficiando así el enloquecimiento de aquellas.
En los Diálogos de Platón se puede uno encontrar con una serie de virtudes promovidas en su época. No sólo se privilegiaba la areté, como habíamos visto antes, es decir la excelencia. Platón nos hace ver que existen otras virtudes como la templanza, la justicia, la fortaleza y la prudencia. Ya en la llamada Edad Media, célebres santos como Santo Tomás de Aquino sistematizaron una serie de virtudes, retomando las mencionadas y haciéndolas depender o desprenderse de otras como la fe, la esperanza y la caridad; así, de éstas, que son troncales o raíces y las llaman “teologales”, afloran las otras, llamadas “cardinales”. Más aún, de las cardinales se desprenden como frutos muchas otras, dependiendo de su propia naturaleza.
La virtud como palabra es una fuerza. Proviene de “vir”, misma raíz que da origen a “virilidad”, y que es una condición de fuente de energía, de fuerza, de poder, de acometida. No hay virtud pasiva, sino agente de acción. La prudencia, por ejemplo, se entiende como la fuerza para controlar desde la razón nuestros impulsos de agresión o de interacción que pueda dañar, sea de palabra o de obra a los demás. La fortaleza, por su parte, tiene que ver con el valor, la valentía o la “gana” por emprender lo que se hace, la magnanimidad o grandeza del ánimo. La templanza tendrá que ver con el control de las pasiones, con el equilibrio y la ecuanimidad. La justicia, por su parte, será la fuerza que tenemos para dar a cada cosa o persona, o a nosotros mismos, lo que nos corresponde en orden a lo mejor, según sea cada caso. De cada una se pueden desprender muchas otras, por ejemplo, son del orden de la fortaleza la valentía, el valor, la diligencia, la constancia, la perseverancia, la disciplina, etc. Son del orden de la justicia la honestidad, el honor, la sinceridad, el consejo, la transparencia, la solidaridad, etc. Son del orden de la prudencia también la capacidad para aconsejar, el sigilo, la discreción, la lealtad, etc. Y, por último, son del orden de la templanza el pudor, el autocontrol, la mansedumbre, la castidad, etc.
A partir del siglo XVI se ha operado un proceso de secularización en el mundo occidental. Una separación de todo lo que se concibe no necesariamente espiritual; pero sí eclesial. El discurso, para referirse a las virtudes cambió. Se ha hablado desde entonces de tolerancia, de respeto, de solidaridad, etc. Ya con el siglo XVIII o de las Luces, se hablaba más bien de fraternidad, libertad, etc. Y Ya en el siglo XX se introdujo el lenguaje de los derechos humanos. Desde entonces ha cobrado fuerza hablar también de inclusión, equidad, democracia, etc.
Si pudiéramos imaginar un esquema como tipo árbol, pondríamos, según la concepción de algunos pensadores de la Edad Media en la raíz, entre la tierra fértil a la fe y a la esperanza, que son llamadas virtudes teologales. El caso de la caridad podría ser el tronco, pues es visible y se destina para los demás. La caridad es el amor. Lo que hacemos para los demás, deberá tener como fundamento el amor. Si somos justos, es porque en el fondo amamos a los demás. Si somos prudentes, es porque procuramos el bien de los otros (un acto de prudencia sería, por ejemplo, no usar el celular en clase cuando no se debe). Si tenemos fortaleza es porque ayudamos con ello a los demás, los apoyamos y somos solidarios con ellos. Inclusive cuando practicamos las virtudes de la templanza, porque en la medida en que controlamos nuestros impulsos, es que damos o queremos un bien para los demás. Todas las virtudes dependen entonces del amor, de la caridad. Y en esa misma figura imaginaria del árbol, las cuatro grandes ramas serían las virtudes cardinales y de cada una de ellas los frutos serían las demás virtudes que dependen de ellas.
Los valores que se promueven hoy no se entienden sin las virtudes viejas. El respeto, por ejemplo, no se entiende sin la justicia; la inclusión, por su parte y con sus matices, no se entendería sin la misma justicia o incluso sin la prudencia y la templanza. Valdría la pena, entonces, reconocer el origen de los pretendidos valores, incluso si se tuviera que aceptar que son de talante religioso. Eso nos ayudaría a no sentir la ambigüedad cuando de ellos se habla en el sistema educativo.
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Julián Hernández Castelanodomingo, 12 de noviembre de 20230
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@jhcastelano
La práctica educativa implica
el roce con distintas dimensiones de la vida pública. No es un ejercicio
personal, íntimo o aislado. Siempre se desarrolla de cara a los demás. Ya no
podemos poner en tela de juicio si es un hecho comunitario o no. El aprendizaje,
como tal, el conocimiento personal y el acervo propio, sí son de cierto modo
intrapersonales; pero el hecho educativo, en general, no lo es. La escuela es
un espacio comunitario y colectivo.
Se distingue a la política y
se le concibe, tal vez erróneamente, como el afán del poder público. A eso se
le reduce; pero tiene otras implicaciones, raíces y cometidos que no solamente
el logro del poder: Uno de ellos es el del servicio público. Quienes se dedican
a ejercer una función del orden operativo en los múltiples servicios que
dependen del gobierno o de otras entidades en el orden público, buscan desde
sus encomiendas ofrecer un bien a los demás desde su quehacer burocrático. Otro
cometido de la política es el arte de la discusión en torno de tópicos cuyo interés
es o debería ser general o de la búsqueda del mismo orden público. Así, se
pueden discutir temas que benefician o perjudican a la población. Otro cometido
sería el de la construcción de la ciudadanía bajo normas que regulan y buscan
armonizar la vida colectiva. La pretendida búsqueda del consenso y los acuerdos
emanados de los distintos ejercicios o mecanismos, sean de parlamento, de
elección o de mandato, dan cuenta de este propósito. El ascenso al poder
debería ser el resultado de todo lo anterior.
Hay una antigua clasificación
y concepción de la política dentro del ámbito de la Filosofía por parte de
pensadores de talante cristiano, como lo es San Buenaventura, quien explica que
la Filosofía se divide en Natural, Racional y Moral. La primera incluye a las
Ciencias de la Naturaleza, como la Física, la Matemática y la Metafísica. La
segunda incluye a las de cuño intelectual, como la Gramática, la Lógica y la
Retórica. La tercera implica las de la praxis, como la Monástica, la
Económica (o Doméstica) y la Política.[1] Con
la Filosofía Natural se conoce el mundo y sus esencias, con la Racional se
domina el discurso, el argumento y la persuasión y con la Moral, se apropia uno
del orden personal, del dominio de sí y del acrecentamiento de las potencias
personales; la económica o doméstica procura el orden de los elementos externos
en la familia y la política apunta a la liberalidad y el arte de constituir la
colectividad en torno de una idea de común unión o comunidad como tal. De ahí
que el bien común sea una premisa sine qua non existe la armonía de la civitas,
de la ciudad o ciudadanía.
Una educación en su dimensión
política no debería ser rehén de ideologías, ni de planes de acción; mucho
menos de agendas para el establecimiento de regímenes totalitarios, enajenantes
o esclavizantes, sino liberadora, autónoma y fuente de un bienestar colectivo,
centrándose en la idea de la construcción de una ciudadanía libre de
ideologías. Bien común, sin más. La educación construye, moldea y prepara las
personas para que sean referentes de virtud, desde lo personal, lo social y
hasta lo trascendente. El legado no debe pensarse para la generación actual,
sino para las futuras generaciones. Por ello debe ir más allá del consenso
presente, enclavada en la búsqueda de una verdad objetiva que trascienda esta
generación de quienes estamos vivos. Se siembra para el futuro, aunque no lo
veamos.
Si la educación es botín
político y laboratorio de ideologías, también es una suerte de bono, banco o
herramienta de lucro, tanto para justificar el gasto, como para proveer o
suministrar la mano de obra en la maquinaria de la producción mundial y el
engranaje del entramado económico en todos los órdenes de la vida.
No ha faltado la controversia
de si la educación debe tener como finalidad la capacitación para el trabajo y
en ese sentido la formación de habilidades prácticas para afrontar el mundo; o
bien, si la educación debe apuntar a las ciencias del espíritu, es decir, a
todo ese tipo de conocimientos ajenos a la construcción de la vida económica,
sin dejar de lado que puede haber una reserva de población que se dedique a
esas tareas de sostenimiento material.
A finales del siglo XIX y
principios del XX surgió una pedagogía práctica, a saber, la de John Dewey.
Influyó sobre un sinnúmero de pensadores y pedagogos que se alinearon a sus postulados
y que siguen hasta nuestros días justificando que la educación tenga como
resultado el dominio de lo material para adaptar al infante al mundo,
resolviendo problemas prácticos y haciendo crecer el orden económico mundial bajo
la idea del progreso y del dominio de la técnica y la ciencia. Sus raíces estarían
no sólo en la revolución industrial, sino en la ciencia galileana, por un lado
y el positivismo, la fenomenología y el liberalismo, por otro. En esa misma
lógica, como crítica intestina de un mismo modo de pensar se encuentra todo el
sistema marxista, porque apunta al arrebatamiento de los medios de producción.
Max Weber y la escuela de Frankfurt con su teoría crítica identifican el origen
del orden económico del capitalismo en la idea de la secularización. Weber, en
específico, tiene un célebre estudio que establece o ubica una simbiosis entre
la ética protestante y el espíritu del capitalismo.[2]
A toda esa corriente
pedagógica utilitarista de Dewey se le opuso desde su misma época nuestro prócer
y apóstol de la educación en el primer tercio del siglo XX José Vasconcelos.
«El método de la improvisación ocasional —dice el filósofo y pedagogo mexicano—
se acomoda mejor a temperamento empírico de los anglosajones; tradicionalmente
su filosofía es inductiva y su ciencia es acumulativa más bien que
generalizante. El hombre latino, en cambio, más avanzado en desarrollo
espiritual, procede siempre de lo general a lo particular, su lógica es
deductiva y su ciencia un sistema que ha de abarcar al menor de los detalles o
derrumbarse».[3]
Compara el tipo de hombre producido por la pedagogía de cuño anglosajón y el
del alma latina. El primero de ellos es bien representado por el personaje de
Robinson Crusoe, de la célebre novela de Daniel Defoe; el segundo, por su
parte, tiene como prototipo el héroe por antonomasia de la antigüedad griega, a
saber, Odiseo, quien surca los mares, enfrenta sirenas, monstruos, cíclopes y
enemigos por igual, mientras es capaz de contemplar el horizonte y fundar sus
ideales en las musas, los dioses y su deseo de llegar con su esposa Penélope y
sus hijos en Ítaca.
El filósofo español José
Ortega y Gasset nos previene en La rebelión de las masas contra la “barbarie
del especialismo”,[4]
esa pretensión pedagógica de impulsar la especialización de los profesionales
en áreas tan específicas, que terminan siendo ignorantes en el conjunto del
saber, por dedicarse mediante la técnica a un solo campo del conocimiento. El tipo
de hombre que se produce es el hombre-masa, ejemplo vivo de quien
termina siendo un engrane más en la gran maquinaria de la producción
industrial, por decir algo. Y es el mismo autor quien opone una ética del
caballero a la ética del industrial. El afán de la producción no tiene más
altos ideales que quien entiende los intríngulis del honor, de la entrega y de
la búsqueda de la nobleza, concebida ésta en su origen griego de la arethé.[5]
Es de vero que la educación no
podría ostentarse en sus dos extremos en lo económico: ni puede ser ajena, ni
puede ser esclava de este ámbito. Si bien la revolución industrial, el progreso
de la técnica y la ciencia; además del afán de lucro y de crecimiento industrial
propiciados por el capitalismo primero y después por el neoliberalismo sugieren
una faz poco ética de la educación y, por ende, una multiplicidad de programas
educativos que buscan entresacar la dotación de obreros que se requieren en las
fábricas por el mundo, tampoco podemos pensar en el extremo de la existencia única
y asimismo exclusiva de agentes de las artes liberales y las humanidades, sin
que podamos ocuparnos de las tareas necesarias para nuestra subsistencia y el
desarrollo de la economía para el bien de todos. Lo que haría falta en el punto
medio es el de propiciar y detectar los talentos, sin menoscabo de las
preferencias vocacionales de los estudiantes en todas las áreas y niveles de
los sistemas educativos. Asimismo la existencia de centros de estudio, tanto
para las artes y humanidades, como para las ciencias de la naturaleza, no
deberán excluir de sus planes una buena base de conocimientos comunes que
puedan dar soporte al sustrato con el cual puedan tratar con el mundo y luego
especializarse en aquello que es ya la vocación específica del alumnado.
En ningún caso podemos pensar
que sólo la cuestión económica rige, llama y fundamenta el hecho educativo, ni
que sea el deseo de un mejor estatus la única motivación de una educación
solvente y completa. Tampoco, como en el caso del ámbito político, debería ser
rehén la educación de posturas de índole económica para justificar su existencia.
Si bien hace falta mucha cultura financiera, por ejemplo, no podemos pensar ni
seguir amparados en la idea de que se educa para la riqueza material, sino para
la espiritual en su equilibrio con la idea de un bienestar mínimo en la carrera
de la vida.
[1]
Cfr. Fraile, Guillermo, Historia de la Filosofía, T. II, (2°), BAC,
Madrid, 2005, p. 184. Y también, de preferencia, Buenaventura, San, Itinerario
del alma a Dios, en Obras Completas, T. I., BAC, Madrid, 2005, p. 508.
[2]
Cfr. Weber, Max, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, XVIII
edición, Barcelona, Península, 2001, traducción de Luís Legaz Lacambra.
[3]
Vasconcelos, José, De Robinson a Odiseo. Pedagogía estructurativa, («Biblioteca
José Vasconcelos, número 18»), México, Trillas, 2018, p. 27.
[4]
Cfr. Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas, en Obras
Completas, T. IV., Alianza Editorial – Revista de Occidente, Madrid, 1994. pp.
215 – 220.