@jhcastelano
A mediados de la década pasada, cuando era yo director también de bachillerato, me tocó encontrarme con mi maestro en uno de los varios coloquios que organizó con los jóvenes de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro. Habrá sido uno sobre Ortega, donde presenté unas reflexiones a propósito de los 100 años de la publicación de las Meditaciones del Quijote, por lo tanto, sería el mismo año de mi titulación de Maestría, en 2014. Allí estábamos cenando en el centro de la ciudad y al término de las sesiones de conferencias cuando me preguntó cómo lidiaba con los programas de estudio cercenados de filosofía para los jóvenes. Acababa yo de diseñar la currícula de la escuela y había puesto terminales distintas para los que estudiarían humanidades y los de ciencias, así que le respondí: «pues me brinco las trancas», aludiendo a la rebeldía de la imposición de un plan de estudios poco benéfico para los alumnos.
Decía José Vasconcelos en el primer tercio del siglo pasado que la emergencia de la educación venidera en México debía pasar por una capacidad de síntesis, tal como sugería Ortega en España en la «Misión de la Universidad», porque el alma latina, según el primer secretario de educación en México, es un alma propensa y tendiente al reconocimiento de las manifestaciones espirituales y su método de aprendizaje habría de ser deductivo, mas no inductivo, como pretendían las pedagogías utilitaristas o pragmáticas de moda. No renunciar a la búsqueda de la verdad y avizorar los conocimientos no en su dimensión particularista, sino en sus alcances globales de la comunidad, salvaguardando la entereza moral de un pueblo heredero de la cristiandad.
Para nadie es ajeno ahora, a la vuelta de rueda de cien años de pugna por la educación, que ésta ha sido rehén, no sólo de los gobiernos en turno, sino del gran relato mundial y las modas pedagógicas de distintos talantes; pero mayormente de las corrientes psicologistas. Siempre he tenido la sospecha de que tantos cambios propuestos desde el poder no son más que triquiñuelas y argucias para manipular como con dogma ultramoderno la educación y mantener ocupados y enajenados a los profesores, alejándonos de la verdadera tarea, que es la de acompañar a los alumnos, procurarles una formación integral y velando porque desplieguen sus verdaderos talentos para construir una auténtica nación de personas libres y eruditas, y no un pueblo de ovejas víctimas de las ideologías de paso.
La discusión y arbitrariedad cometida para mancillar los libros de texto gratuito, no es más que el colon fétido e impresentable de ese proceso de apropiación del hecho educativo para fines perversos. El verdadero secretario de educación es el bárbaro y resentido diseñador de esos libros de perdición y de ignorancia, de manipulación y pretendido control. Es como un niño inexperto y frustrado en una casa sola: la piensa destruir para llamar la atención. Sólo así se explican sus acciones y palabras pueriles y léperas.
Es tiempo de una verdadera resistencia civil organizada al interior de las escuelas públicas, donde los maestros puedan saltarse las trancas e ignorar los libros de la ignominia, buscar sus propias fuentes en esta era digital de libre acceso a tantos recursos; es tiempo de proyectar cada uno, en cada escuela, sector, departamento y estado una educación ad hoc a la circunstancia que se vive; pero llena y consciente de la pretensión universal y perenne de la búsqueda de la verdad. Es tiempo de que las asociaciones de padres de familia lancen el grito de protesta y no permitan la vejación de los contenidos envenenados.
Los «expertos» en pedagogía tendrían que hacer lo propio, pues la emergencia nunca ha sido tan apremiante. Está en juego no solamente el futuro del país, sino la salvación de las almas en su identidad latina y cristiana, alejada de ideologías de muerte.
Las escuelas particulares, ni que decirlo, ya tendrían que ponerse a trabajar en planes alternativos y procurar para sus alumnos lo que cada carisma dicta, y no lo que se les pide como imposición desde este gobierno de vergüenza.
