Alain Finkielkraut

sábado, 5 de julio de 2014

En Francia hay una emisora de radio cultural. France Culture, se llama. En México no tenemos algo así. Lo más que se le parece son las emisoras de las distintas universidades del país; pero en ellas se puede escuchar casi siempre uno que otro programa de música clásica; de vez en cuando discusiones, casi siempre sobre política local; otras veces alternan entre trova y música "del mundo"; o bien, música folklórica. No hay emisiones de análisis, de discusión filosófica, literaria o religiosa; y si las hay, son paupérrimas. Falta mucho por hacer en ese sentido. Tampoco podemos esperar mucho de la producción editorial de ideas, si no fuera por las exigencias de organismos como el CONACYT. Los investigadores procuran producir textos para hacerse acreedores a los apoyos económicos del gobierno. De eso viven los mejor calificados en nuestro país; o de las clases en las universidades.

La radio cultural de Francia puede sintonizarse acá: http://www.franceculture.fr/. Y en una de tantas emisiones conduce el autor del que quiero publicar esta entrada, me refiero a Alain Finkielkraut. La emisión se llama Rèpliques y puede verse aquí. Ahí el conductor invita a prestigiados expertos y estudiosos de los temas que trata, regularmente de filosofía, literatura, historia, antropología, política, etc.

La obra escrita de este pensador judeo-francés habla por sí sola de lo pertinente que son los temas abordados y los enfoques muy bien centrados y lo ubica como una de las voces o presencias más críticas contra las formas de la Modernidad. Escéptico, por ejemplo, de la corriente políticamente correcta de nuestros tiempos y de sus orígenes con el caso Dreyfus (lo cual desconcertaría a los intelectuales políticamente correctos), o del mismo intelectualismo ideologizado hasta el punto del adoctrinamiento laicista. En fin, presento un análisis de algunas de sus obras que hice con anterioridad y nunca vieron la luz de la publicación escrita (hasta ahora). Espero lectores verdaderamente curiosos y suficientemente críticos. Veremos.



«La humanidad, volviendo a enlazar con el progreso, se dispone a abandonar sin pesar un siglo de hierro cuyo extremismo suministra un desmentido aterrador a la representación progresista y acumulativa de la temporalidad. Y es que el siglo XX no es ni el mundo antiguo respecto al nuevo, ni la promesa cuyo cumplimiento debería ser el siglo XXI. El siglo XX es un monstruo histórico refractario a toda introducción en la sucesión de las épocas humanas».

Alain Finkielkraut. Nosotros, los modernos.


Difícil resulta precisar los límites exactos de la pertenencia temporal de los pensadores que les ha tocado vivir en los cambios de siglo, según el calendario vigente para nuestra circunstancia. Así, puede acontecer que la obra filosófica o intelectual de algún personaje se inicie en un cierto periodo, pero continúe y siga fructificando en el siguiente. Es un problema de fronteras temporales, mas no de continuidades conceptuales, ni mucho menos de realidades vinculadas en el mundo del cual se manifiesta la teoría u observación del pensador. Tal es el caso de nuestro autor, nacido en el siglo XX y ejerciendo su labor hasta nuestro naciente siglo XXI. En nuestros días plagados de informaciones numerosas gracias al Internet, podemos encontrar un sinnúmero de referencias acerca de Finkielkraut: basta con teclear su nombre en el buscador cibernético preferido y al instante se despliegan páginas y páginas sobre su persona y sobre su obra; tanto para expresar su aporte al mundo intelectual, como para denostarlo o presentarlo como un filósofo ciertamente controvertido por sus posturas sui generis sobre diversos temas del mundo actual. Nuestro filósofo tiene una presencia importante en las emisiones de radio en France Culture, su programa sabatino Répliques convoca desde escritores hasta analistas deportivos, sociólogos, psicólogos, politólogos, funcionarios, críticos de arte, filósofos, médicos, etc., para debatir y discutir una diversidad también de temas cuyo interés emerge para cobrar vigencia en nuestros días. No por el impacto mediático que él mismo podría revestir, empero, acude en sintonía de las ideas imperantes del mundo actual, sino que, a contracorriente, se atreve a denunciar ciertas anomalías o amenazas cobijadas por los discursos oficiales en los terrenos de la política, en la historia actual, en la propagación de la cultura y en las secuelas de los acontecimientos dolorosos recientes principalmente en el mundo occidental y más concretamente en Europa. Crítico de los acontecimientos oficiales del siglo XX. Crítico, además de las corrientes “canónicas” del pensamiento moderno y postmoderno. Finkielkraut se ubica voluntariamente entre los pensadores que acusan una especie de traición a la vocación esencial del pensador, del intelectual de nuestros tiempos. Así, podemos nosotros identificar al menos tres temas en los que se circunscribe la punzante discusión y pronunciamiento de nuestro autor: el antisemitismo, la cultura y la traición de los intelectuales y, por último la crítica del siglo XX.

I. El antisemitismo.

En El judío imaginario, En el nombre del otro: reflexiones sobre el antisemitismo que viene y Una voz viene de la otra orilla, aborda desde distintas reflexiones el problema en torno a la aceptación o el rechazo de los judíos, a la luz de las experiencias históricas europeas, desde los tiempos medievales hasta la dolorosa huella de la Shoah bajo los influjos ideológicos hitlerianos. Para Finkielkraut, se va acrecentando un nuevo antisemitismo en Europa, principalmente; y no necesariamente con el neonazismo o las manifestaciones racistas en contra de los hebreos, sino con los totalitarismos actuales —sean de izquierda o de derecha— que imponen de cualquier modo una serie de consideraciones, políticas, ideologías, etc., en detrimento de la existencia pacífica del sionismo; mas la alerta encendida por Finkielkraut no se detiene en la amenaza contra los semitas, sino que se extiende y se aplica a los grupos humanos desplazados, vejados, reprimidos o simplemente desfavorecidos. Tal es el caso de la reflexión hecha en torno a los acontecimientos suscitados en los Balcanes, la situación de los serbios, los bosnios y la ex Yugoslavia, la separación pretendida de Kosovo y las disputas internas de las etnias. Aunque, por otra parte, advierte sobre los riesgos de lo que llama “la tiranía de las minorías”.[1]
«La Shoah es omnipresente» declara en Una voz viene de la otra orilla, al mismo tiempo que evoca la obra de Hanna Arendt, de George Steiner y otros pensadores del siglo XX que con sus propias ideas claman que no cese la memoria de la masacre judía desencadenada por los prejuicios ideológicos y míticos nazis. La Shoah es el nombre judío de lo que en Occidente llamamos “el Holocausto”. Los adjetivos como genocidio o crímenes contre lesa humanidad para nada responden al dolor y la humillación padecida por los hebreos en Europa; pero tampoco el discurso oficial ni la pretendida defensa de los Derechos Humanos consuelan, ni borran, ni sanan las heridas dejadas en la Shoah. Finkielkraut advierte el riesgo de que todo quede en lo ornamental, en la anécdota, en el archivo muerto de la historia, si no se atienden las vejaciones de nuestros tiempos, si los discursos oficiales continúan disfrazando sus palabras para no herir a ningún bando en estos tiempos de la hiperdemocracia y la igualdad a ultranza. Al fin y al cabo es en esas trincheras donde nuestro autor descubre la presencia de este nuevo antisemitismo.

II. La cultura y la traición de los intelectuales.

Desde hace un tiempo se ha vuelto una consideración común entender a la cultura como un conjunto de manifestaciones que dan cuenta de la identidad de las personas y los pueblos, o bien, como «la suma total de las actividades creadoras de un pueblo, sus métodos de producción y apropiación de bienes materiales, su forma de organización, sus creencias y sus sufrimientos, su trabajo y su tiempo libre, sus sueños y sus éxitos».[2] Es por ello que encontramos manifestaciones culturales de todo tipo, pues según este modo de ver la cultura, prácticamente se abarca todo. Tal es la tarea de la UNESCO en el mundo en los últimos tiempos. Tarea errónea, pues según Alain Finkielkraut, este organismo internacional ha perdido de vista la intención que tenía de promover la solidaridad moral o intelectual de la humanidad, pues esta era la misión que sus delegados distinguían luego de la caída del nazismo, justamente para prevenir y vacunar al mundo del riesgo de nuevos regímenes totalitarios. La solución sería retomar ciertos ideales de la Ilustración y procurar que las personas del mundo se cultivasen de tal manera que se alejaran de toda posibilidad de ser sometidos o manipulados. Era necesario asegurar para todos, el pleno e igual acceso a la educación, la libre búsqueda de la verdad objetiva, así como el libre intercambio de ideas y conocimientos. Estos eran los propósitos de la UNESCO en sus inicios. En términos generales Finkielkraut condena la idea que este organismo internacional introdujo para velar porque la promoción cultural gozara del beneficio legal y cuidara la autonomía de todos los pueblos, pensando sobre todo en los más agraviados por la catástrofe de la segunda guerra mundial. «Ninguna superioridad —afirma este pensador— distingue entonces la vida del espíritu de las múltiples actividades humildes o triviales que conforman la parte no intelectual de la existencia. El campo del arte y de las ideas se integra, como cualquier actividad, a esta totalidad palpable y distinta que constituye la cultura de una comunidad».[3] Todo esto nos llevaría a repensar el cúmulo de actividades o manifestaciones que elevamos al rango de cultura y a replantear nuestras prioridades para la promoción de la misma. Asimismo —considera Finkielkraut— «la vida intelectual no es ya ni un mundo aparte ni una actividad exclusiva: su particularidad se ha disuelto y ya sin condecoraciones ni prerrogativas la encontramos situada en el mismo nivel que las formas plebeyas de la actividad humana. No hay ya barrera alguna que resista entre la materia en bruto de la experiencia y la creación artística o la contemplación de las ideas. Temible uniformidad: la cultura que abarca todo priva al hombre de la facultad de trascender lo dado y de llegar a una existencia distinta al seleccionar entre la enorme cantidad de creencias, opiniones, hábitos, rutinas, ideas recibidas y costumbres que componen la herencia de cada individuo».[4] El autor esboza en este punto la necesidad de separar la labor intelectual como una parte de la cultura, y que esta se distinga y se distancie de otras muchas actividades que nada tienen que ver con el deseo de trascendencia.
Hay, pues, un cambio anómalo en la manera de asumir y entender la noción y la carga semántica, significante de la palabra “cultura”:

Esta transmutación de la cultura en mi cultura es para Benda el distintivo de la era moderna, su contribución insustituible  y fatídica a la historia moral de la humanidad. La cultura: el ámbito en el que se desarrolla la actividad espiritual y creadora del hombre. Mi cultura: el espíritu del pueblo al que pertenezco y que impregna a la vez mi pensamiento más elevado y los gestos más sencillos de mi existencia cotidiana. Este segundo significado de la cultura es, como el propio Benda indica, un legado del romanticismo alemán.[5]

Evoca entonces la obra de Julien Benda para explicar el cambio en la acepción del término “cultura”. Asentada tal diferencia, debemos considerar también el cambio de postura con respecto de los llamados valores universales. En aras del respeto a la diversidad se relativiza o se particulariza también la comparecencia ante los valores, según  nuestro autor:

Desde siempre, o para ser más exacto desde Platón hasta Voltaire, la diversidad humana había comparecido ante el tribunal de los valores; apareció Herder e hizo condenar por el tribunal de la diversidad todos los valores universales. La exaltación de la identidad colectiva compensa la derrota militar y la envilecedora sujeción que es su precio. Con el maravillado descubrimiento de su cultura, la nación se resarce de la humillación que está sufriendo. Para olvidar la impotencia, se entrega a la teutomanía.[6]

Finkielkraut coincide en esta señalización, tanto con Benda y Balmes, entre otros, como con los autores de El mito nazi[7]  en el sentido del legado romántico e idealista alemán del Volksgheist o “alma del pueblo” o “alma colectiva”. «Con el romanticismo alemán, juristas y escritores combaten en primer lugar las ideas de razón universal o de ley ideal. Para ellos, el término cultural ya no se remite al intento de hacer retroceder el prejuicio y la ignorancia, sino a la expresión, en su singularidad irreducible, del alma única del pueblo del que son los guardianes».[8]
Los parámetros con los que se valora la supremacía o la eminencia de las creaciones científicas, artísticas, etc., mismas que aportan elementos de superación para los demás en lo que se refiere a la convivencia y al cotidiano tejer de la vida misma en colectividad, se han banalizado, es decir, los criterios han mutado y ya no es loable para la actualidad el rigor o la razón, ni el talento, ni la inspiración propias del genio, sino la longevidad ancestral de tales aportaciones: «El valor de las instituciones ya no lo fija su grado de proximidad a un modelo ideal sino su antigüedad. Las costumbres son legítimas porque son seculares. Cuanto más ancestral es un orden, más merece ser preservado. Si una opinión común ha recorrido los siglos, se debe a que es verdadera; ningún argumento racional puede prevalecer contra esta pátina de edad, contra esta consagración por el tiempo. Abolida cualquier metafísica, la verdad sólo existe en la longevidad de las cosas».[9]
El problema está en que no solamente han cambiado los esquemas mentales por los cuales se mide o se valora lo que hoy se ha llamado “cultura”, en detrimento del vocablo que designa a las creaciones más elevadas de la especie humana; el problema abunda y se extiende hasta los ámbitos del pensamiento. Por ello Finkielkraut se refiere a la derrota del pensamiento, porque el gremio intelectual en bloque ha asumido esta tergiversada noción de cultura, pues en cierta manera conviene a muchos aspirantes del pensamiento igualarse con las grandes mentes. Desde ese momento la llamada “sabiduría popular” en nada se diferencia de la búsqueda sistemática de la Verdad:

Aproximar los filósofos al punto en que se ha quedado la sabiduría popular; llevar el pensamiento a la escuela de la opinión; sumergir el cogito en las profundidades de la colectividad; enlazar con las generaciones anteriores del vínculo roto; sustituir la búsqueda de la autonomía por la autenticidad, abandonar cualquier resistencia crítica, dejarse invadir por el calor materno de los preceptos mayoritarios e inclinarse ante su discernimiento infalible; encadenar la razón al instinto, en suma, desertar a favor del capullo nacional de esa «gran sociedad de los espíritus extendida por doquier independiente» (Voltaire, citado en René Pomeau, L’Europe des limières, Slatkine, 1981, p.176.) que los pensadores de las Luces se vanagloriaban de haber sabido establecer.[10]

Desde ese punto de vista, no sólo el rebajamiento del rigor intelectual en los hombres de ciencia y los filósofos se convierte en una condición natural, sino que la quimera del cultivo por parte del hombre tipo de la masificación se vuelve constante y engañoso:

Cultivar a la plebe significa disecarla, purgarla de su ser auténtico para rellenarla inmediatamente con una identidad prestada, exactamente de la misma forma como se hizo que, gracias al colonialismo, las tribus africanas se encuentren dotadas de antepasados galos. En el lugar donde se ejerce esa “violencia simbólica” es precisamente aquel que los filósofos de las Luces erigieron como instrumento por excelencia de liberación de los hombres: la escuela. Bajo la mirada igualadora de la ciencia, quedan abolidas las jerarquías y todos los criterios de discriminación se ven obligados a confesar su arbitrariedad: ninguna barrera separa ya las obras maestras de los recién llegados; la misma estructura fundamental, los mismos rasgos generales y elementales se encuentran en las “grandes” novelas y en las formas plebeyas de la actividad narrativa.[11]

La cultura ha llegado a un estado de barbarie, al corromperse el significado de la palabra y al aplicarse el vocablo para un sinnúmero de actividades propias de lo que más bien puede identificarse como identidad de los pueblos:

Así pues, la barbarie ha acabado por apoderarse de la cultura. A la sombra de esa gran palabra, crece la intolerancia, al mismo tiempo que el infantilismo. Cuando no es la identidad cultural la que encierra al individuo en su ámbito cultural y, bajo la pena de alta traición, le rechaza el acceso a la duda, a la ironía, a la razón —a todo lo que podría sustraerle de la matriz colectiva—, es la industria del ocio, esta creación de la era técnica que reduce a pacotilla las obras del espíritu. Y la vida guiada por el pensamiento cede suavemente su lugar al terrible y ridículo cara a cara del fanático y el zombie.[12]


Alain Finkielkraut, considera que este nuevo orden mundial ha provocado también un “rebajamiento de la cultura”. En realidad nos parece que hay un avance inusitado en cuanto a las bondades que puede presentar la globalización, pero también nos parece que no se le ha dado plena atención a los problemas que acarrea este proceso de mundialización. Considera también nuestro autor que nuestra época se queja de los privilegios, pero al mismo tiempo privilegia la forma de ser de la sociedad parecida a la de los niños, adolescentes y jóvenes:

En nuestros días, la juventud constituye el imperativo categórico de todas las generaciones. Los ancianos no son honrados por su sabiduría, su seriedad o su fragilidad, sino única y exclusivamente si han sabido permanecer juveniles de espíritu y de cuerpo. En una palabra, ya no son los adolescentes los que, para escapar del mundo, se refugian en su identidad colectiva; el mundo es el que corre alocadamente tras la adolescencia. El largo proceso de conversión al hedonismo del consumo emprendido por las sociedades occidentales culmina hoy con la idolatría de los valores juveniles. [13]

Y más adelante afirma también que:

La batalla ha sido violenta, pero lo que hoy se denomina comunicación demuestra que el hemisferio no verbal ha acabado por vencerla, el clip ha dominado a la conversación. La sociedad “ha acabado por volverse adolescente”. Y a falta de saber aliviar a las víctimas del hambre, ha encontrado, con motivo de los conciertos para Etiopía, su himno internacional: We are the world. We are the children. Somos el mundo, somos los niños.[14]

En el siglo de las Luces manifestaban los intelectuales una misión por sacar de una especie de minoría de edad a los hombres, acusando a ciertas instituciones, como la Iglesia y la Monarquía de tener una influencia sobre los siervos, no permitiéndoles ejercer con libertad el pensamiento. Hoy pareciera que de nada han servido los esfuerzos de los ilustrados, o que su pretendida “obra buena” produjo la actual condición pueril e irracional de los que no piensan: si hay esa libertad del pensamiento, y más aún, de la expresión, salta a la vista cómo se desperdicia esa supuesta libertad para proferir incoherencias, falacias y sandeces arropadas con la defensa de esas “libertades”. Nada de lo que en teoría debería ser lo más serio y exigible posible lo es realmente.
En una entrevista en la que se le cuestiona si se le puede definir como un “conservador de las izquierdas” respondió: «Hoy la Revolución no es la locomotora que arrastra el tren de la Historia, sino la mano que tira de la señal de alarma porque el tren va en mala dirección. Creo en la necesidad de frenar, de ralentizar ciertos procesos, de conservar cosas que son las que garantizan que pueda surgir lo que es nuevo, que permiten salvar el mundo y la belleza. Para mí esa es una perspectiva revolucionaria.»[15]
«En su día —agrega Finkielkraut—, Tocqueville habló del peligro de la "tiranía de las mayorías", pero ahora el peligro es de una "tiranía de las minorías"».[16]
«La palabra intelectual —nos dice Finkielkraut— aparece en 1821 en la pluma de Saint-Simón: “invito a los intelectuales positivos a unirse y a combinar sus fuerzas para proceder a un ataque general y definitivo contra los prejuicios, comenzando la organización del sistema industrial”. Sin embargo, fue a finales del siglo XIX, durante el caso Dreyfus, cuando la palabra intelectual se vuelve de uso corriente».[17] Según Finkielkraut, el caso Dreyfus hizo que un nutrido grupo de académicos, investigadores, periodistas, etc., seguidos del «Yo acuso» de Émile Zola,[18] publicaran sus posturas en torno al caso, pero de manera conjunta, pues el caso de uno, justo o injusto, se convirtió así arbitrariamente en el caso de todos. No siempre el uso del pronombre “nosotros” debe englobar un compromiso desmedido y muchas veces irracional; si alguien pretende excluirse no es por traición alguna, sino por la búsqueda de una razón verdadera para compartir el sentido de pertenencia. Finkielkraut aclara que: «Nosotros: era el pronombre de la autenticidad recuperada, ahora es el de la homogeneidad obligatoria; era el espacio caluroso de la fraternidad combatiente, es el glacis en que la vida pública se marchita y se estanca».[19]
Finkielkraut opone férreamente que los argumentos y las posturas asumidas por el llamado gremio intelectual de nuestros tiempos no necesariamente tienen el rigor adecuado para erigirse en la especie de jueces que suponen ser, puesto que asumen la falsa imagen de liberales modernos, inclusive rechazan, critican y señalan un supuesto conservadurismo de lo que se aferran a ciertas formas anteriores de pensar o de medir los acontecimientos. Este mismo autor cita a otros pensadores que señalan la misma anomalía de los intelectuales:

Ferdinand Brunetière fustiga la arrogancia de los intelectuales y se burla de su ignorancia: “El sólo hecho de que se haya creado recientemente esta palabra de intelectual para designar como a una especie de casta nobiliaria a la gente que vive en los laboratorios y las bibliotecas, es un hecho que denuncia por sí solo uno de los vicios más ridículos de nuestra época, me refiero a la pretensión de elevar a los escritores, a los sabios, a los profesores al rango de superhombres”.[20]

Acaso esta característica identificada por Brunetière y repetida por Finkielkraut acerca de la arrogancia de los llamados intelectuales también tiene que ver precisamente con un marcado esnobismo actual: los que estudian creen saberlo todo como para poder opinar de todo. Desde luego que con el hecho de analizar y estudiar tendrás más elementos que el autodidacta o cualquier persona que quiera opinar sobre lo que sea, pero no necesariamente quienes consiguen sus títulos académicos están respaldados por la virtud que demuestra lo bien o lo mejor que pueden desempeñar su trabajo.

Si todos los hombres son iguales —escribe Finlielkraut—, ¿en nombre de qué algunos de ellos habrían de confiscar en su propio beneficio la razón o el juicio? Y si es verdad que con el progreso del saber se vuelve arborescente la inteligencia, ¿qué es lo que habilita aún al intelectual a dar prescripciones sin cesar y a dar lecciones desde su rama? ¿En nombre de qué se puede decir que el conocimiento adquirido, en un campo, en una especialidad, otorga a determinados seres una eminencia universal?[21]

Los llamados intelectuales han tratado de acreditarse la validez de sus palabras opinando sobre todo tipo de temas, principalmente políticos. Los líderes de opinión, la “comentocracia”[22], los analistas y hasta los filósofos justifican su quehacer y su aparición en los medios de comunicación no sólo para divulgar su conocimiento, sino para intentar pontificar sobre los más variados temas, enarbolando comúnmente ideologías, ya sea de izquierdas, derechas y demás topografías políticas.

Cuanto más se dividen —continúa Finkielkraut— y se profesionalizan las luces, menos garantizada está la posición del intelectual y más se arriesgan sus indignaciones globales a caer en el ridículo: «Los intelectuales  no hacen más que desatinar con autoridad sobre las cosas que no les competen», escribía, al comienzo del siglo pasado, Brunetière; y Régis Debray, en el umbral del nuestro: «Conozco historiadores, demógrafos, matemáticos, lingüistas, arqueólogos. Se trata de oficios que se enseñan, se transmiten, se mejoran. No conozco a nadie de ‘profesión: intelectual’, salvo que bauticemos como oficio a un chillón bastante perezoso, intermedio entre el escritor y el periodista, menos el estilo y la imaginación del primero (que exigen un gran trabajo) y las camisas sudadas sobre el terreno del segundo (que exigen también entrega y meticulosidad)». Conclusión de Régis Debray: «Propongo que no se hable más del ‘intelectual’ entre los intelectuales».[23]

Julien Benda escribió precisamente La trahision des clercs, cuya tesis consiste en señalar que los intelectuales se han olvidado de los problemas trascendentes de la filosofía para particularizar el conocimiento y desarrollarse en un plano inmanente, ya desde Kant y principalmente en el siglo XIX. Cuando Finkielkraut cita a Benda en La derrota del pensamiento, identifica inmediatamente esta situación:

En 1926, Julien Benda publica La trahison des clercs. Su tema: “el cataclismo de los conceptos morales en quienes educan al mundo” Benda se preocupa por el entusiasmo que la Europa pensante profesa desde hace cierto tiempo por las profundidades misteriosas del alma colectiva. Denuncia la alegría con la que los servidores de la actividad intelectual, en contradicción con su vocación milenaria, desprecian el sentimiento de lo universal y glorifican los particularismos. Con un estupor indignado, comprueba que los eruditos de su época abandonan la preocupación por los valores inmutables, para poner todo su talento y todo su prestigio  al servicio del espíritu local, para azuzar los exclusivismos, para exhortar a su nación a cerrarse, a adorarse a así misma, y a enfrentarse contra las demás, en su lengua, en su arte, en su filosofía, en su civilización, en su “cultura”.[24]

Finkielkraut sitúa también a Kant en este punto, en el cambio promovido para que pretendidamente fuese el hombre con su razón, lo que ofreciera sus propias luces para guiarse por la vida sin la ayuda de instancias externas o superiores, con lo que la cultura que es llamada también mi cultura reivindica la conciencia de la autonomía personal y el concepto de identidad propia, así como el de diversidad y respeto a las diferencias exigido:

Kant, ha tomado como divisa: Sapere aude, no tengas miedo de saber, atrévete a burlar todos los conformismos, «ten valor de servirte de tu propio entendimiento», sin la ayuda de un director espiritual o de la muleta de las ideas recibidas. Resultado: han arrancado a los hombres de su cultura, en el mismo momento en que se vanagloriaban de cultivarlos; han expulsado la historia creyendo eliminar la superstición o el error; convencidos de emancipar los espíritus, sólo han conseguido desarraigarlos. Estos calumniadores del tópico no han liberado el entendimiento de sus cadenas, lo han apartado de sus fuentes. El individuo que, gracias a ellos, debía salir de su condición de minoría de edad, ha sido, en realidad, vaciado de su ser. Por haber querido convertirse en causa de sí mismo, ha renunciado a su propio yo. Ha perdido toda sustancia en su lucha por la independencia. Pues las promesas de cogito son falaces: liberado del prejuicio, sustraído al influjo de las máximas nacionales, el individuo no es libre, sino apergaminado, desvitalizado, como un árbol carente de savia.[25]

Atendamos a Finkielkraut: «Si subsiste el conservadurismo, no es a título de credo, sino de pecado. Un pecado que consiste, para la izquierda, en la defensa de los privilegios; para la derecha, en la defensa de las ventajas conseguidas; y, para el individuo hipermoderno, tanto de derechas como de izquierdas, en el gusto de las conveniencias, de las formas o, peor aún, de los uniformes».[26] Y es que no sólo puede considerarse al mundo contemporáneo como el ámbito del rechazo a todo lo pasado, sino que la inmoralidad imperante exalta y promueve, además, la trasgresión y el caos: «No hay ahora nada más premiado que el escándalo, nada más burgués que la vida bohemia, nada más buscado que la trasgresión. Nuestra época ha hecho de la revuelta de todos los que son capaces de enfrentarse con las prohibiciones y los estereotipos uno de los principales artículos de su moral».[27] Aquellos que se atreven a denunciar el escándalo, la sinvergüenza, los excesos viciosos, la trasgresión, los abusos, el clientelismo, la corrupción, la hipocresía, la falta de rigor intelectual, el desorden en los quehaceres, la desfachatez de los indignos dirigentes, la condición errática de múltiples tareas, las anomalías mentales de quienes defienden lo indefendible, la errática promoción del respeto a la diversidad y a las diferencias, etc., son tachados de intolerantes, totalitarios, reaccionarios, herejes contemporáneos, son los demonios de nuestros días, son los bichos raros, los fenómenos, los incómodos.

¿Quién habla hoy de desconectarse? ¿Quién levanta la cabeza? ¿Quién se sacude la inercia del activismo? ¿Quién tiene en cuenta el hecho de que los hombres tienen ya acceso a toda la información que necesitan? En la era de las nuevas tecnologías de la comunicación y del ser vivo, ¿quién dice, con Walter Benjamin, que la revolución no es la locomotora de la historia, sino la mano de la especie humana «haciendo sonar la señal de alarma» a bordo del tren de la historia descarrilado en mala dirección? Ni en el campo de la informática ni en el de las biotecnologías se emplea ahora la palabra revolución más que para designar nuestro destino. Y lo que, a fin de cuentas, caracteriza la entrada en el siglo XXI es el conservadurismo del movimiento.[28]


III. La crítica del siglo XX.


Hasta ahora puede ya resultar claro que nuestro autor es uno de esos pensadores inconformes con su tiempo, con nuestro tiempo. Si evocamos el epígrafe del presente trabajo habremos de notar la suspicacia y la amargura con que Finkielkraut concibe el siglo XX. Principalmente la ilusión del progreso se contrapone a la cruda realidad que ha traído consigo el siglo de las grandes y devastadoras guerras.
En La humanidad perdida desarrolla en forma de ensayo un recuento paralelo entre los cruentos acontecimientos de las guerras mundiales, así como los conflictos marginales derivados, causados o influenciados por las dos grandes guerras, y las tendencias de los pensamientos anómalos en los que se enmarcaron las pruebas de los totalitarismos, los fundamentalismos y las grandes masacres.
No encuentra, empero, que el bálsamo cicatrizante de tales acontecimientos dolorosos esté —como se opina en bloque en nuestra circunstancia— en la búsqueda e imposición de la democracia actual, pues también ésta trae consigo el riesgo de los totalitarismos. Finkielkraut señala más bien como otro elemento anómalo la pérdida de las distinciones con la abolición de las jerarquías, pues si no hay lugar para las diferencias, ¿a qué apelar entonces para dirimir controversia alguna?: «Si todo lo que es puede meterse en el mismo saco, si la distinción entre lo que está arriba y lo que está abajo ya no es pertinente, eso significa que a partir de ahora nadie puede invocar su posición. Si no hay lugar para Dios, todos los lugares están igualmente situados en relación con Dios.»[29]
En realidad podríamos asentar y concebir el pensamiento de Alain Finkielkraut como una articulación homogénea alrededor de la idea del fracaso del prometido, anunciado, defendido y casi sacralizado progreso. No hay tal, según nuestro autor. La Modernidad y los acontecimientos que le acompañan se encargan por completo de desmentir tamaña suposición del bloque canónico de nuestro tiempo: Ni la Ciencia ni los marcos jurídicos de los Estados modernos han podido hacer válida y efectiva la idea del triunfo del progreso. Más aún: Finkielkraut encuentra el fracaso del siglo XX en la traición de los intelectuales antes señalada en el tratamiento del tema de la cultura.
Asentemos, pues, la noción que maneja nuestro autor con respecto del papel de los intelectuales, pues su «traición estriba en el abandono de los valores ideales, universales y desinteresados que deberían honrar, en aras de la exaltación desenfrenada de los particularismos. Los sacerdotes del espíritu faltan al deber de su cargo cuando invocan los valores nacionales para avergonzar a los hombres “de toda aspiración a sentirse en cuanto que hombres portadores de lo que esta cualidad tiene de general y de trascendente de las modalidades étnicas”, y cuando, en nombre de la lucha de clases, incitan a los obreros a despreocuparse de la “humanidad en sí” y de los demás oropeles del idealismo».[30]
Al volver Finkielkraut sobre los señalamientos que encuentra en la obra de Benda, asocia o enlaza un vínculo estrecho entre el papel de los intelectuales y los fundamentos que originaron la primera guerra mundial, al menos en lo que se refiere a los conflictos que prepararon el camino para la lucha definitiva. Nuestro autor concibe la guerra como un conflicto declarado entre los partidarios de la Ilustración y los partidarios del Romanticismo.[31]
Luego, haciendo suyas las palabras de François Furet afirma que «En el siglo XIX es cuando la Historia sustituye a Dios en la omnipotencia sobre el destino de los hombres, pero en el siglo XX es cuando se manifiestan los desvaríos políticos del fruto de esta sustitución».[32]
Podemos decir, a modo de conclusión, que lo que critica Finkielkraut es a la Modernidad; pero no a costa o en pro de la llamada postmodernidad, pues también ésta padece lo anómalo de lo anómalo de la Modernidad, principalmente en lo que se refiere a la relativización de los valores universales. ¿Es Finkielkraut una suerte de clérigo católico, un judío-cristiano? Él mismo no se declara así. Cuanto más podría vérsele como un judío exhaustivamente crítico. Al distinguir claramente al siglo XVIII como el de la Ilustración —distinción por demás aceptada y reconocida— al XIX como el siglo de la Historia y al XX como una mezcla de un pretendido humanismo en el que se consuman las contrariedades propiciatorias de las guerras, los contrasentidos, las herencias que empujan al abismo de las catástrofes, la falta del propio sentido, la traición de los intelectuales, la propia derrota del pensamiento, etc., Finkielkraut expone cómo la sustitución de Dios por el Hombre trajo consigo la relativización del humanismo, al tiempo que eleva al rango universal la cultura colectiva, la sustitución de la sensibilidad personal por el alma colectiva y en ese sentido también la aportación del Romanticismo en el cambio operado en la Humanidad, trayendo a su vez, una suerte de barbarie en paralela relación entre los acontecimientos efectivos y la carencia del rigor intelectual al venderse o entregarse el pensamiento a las ideologías particularistas.

Julián Hernández Castelano.

@jhcastelano

BIBLIOGRAFÍA:
La derrota del pensamiento, («Colección Argumentos, número 87»), VIII edición, Barcelona, Editorial Anagrama, 2004, traducción de Joaquín Jordá.
«La disolución de la cultura», Vuelta. 133-134. Diciembre de 1987. 37-45.
La humanidad perdida, («Colección Argumentos, número 203»), Barcelona, Ed. Anagrama, 1998, traducción de Thomas Kauf.
—Nosotros, los modernos, («Ensayos 282»),  Madrid, Ed. Encuentro, 2006, traducción de Miguel Montes.
— «Ahora el peligro es la tiranía de las minorías» (8 párrafos), entrevista realizada por Octavio Martí el 18 de diciembre de 2005 en El País, disponible en http://www.elpais.es/articulo/elpdomrpj/20051218elpdmgrep_9/Tes/

En el nombre del otro: reflexiones sobre el antisemitismo que viene, Seix Barral, 2005,

Bruckner, Pascal; Finkielkraut, Alain, El nuevo desorden amoroso, Editorial Anagrama, 2001.

La memoria vana: del crimen contra la humanidad, Editorial Anagrama, 1999.

La sabiduría del amor, Editorial Gedisa, 1986.

La nueva derecha norteamericana, Editorial Anagrama, 1982.

El judío imaginario, Editorial Anagrama, 1981.

Bruckner, Pascal; Finkielkraut, Alain, La aventura a la vuelta de la esquina, Editorial Anagrama, 1980.

La ingratitud. Conversación sobre nuestro tiempo. («Colección Argumentos, número 260»), Barcelona, Editorial Anagrama, 2001, traducción de Francisco Díez del Corral.

Una voz viene de la otra orilla, Buenos Aires, Paidós, 2002, traducción de Valeria Castelló-Joubert.




[1] Cfr. Finkielkraut, Alain, «Ahora el peligro es la tiranía de las minorías» (8 párrafos), entrevista realizada por Octavio Martí el 18 de diciembre de 2005 en El País, disponible en http://www.elpais.es/articulo/elpdomrpj/20051218elpdmgrep_9/Tes/

[2] Cfr. Finkielkraut Alain, «La disolución de la cultura», Vuelta, 133-134, diciembre de 1987, citado por Lawrence S. Finkelstein, en A Critical Assessment of U.S. Participation in UNESCO, Univeristy of south Carolina, 1982, p. 40.
[3] Op. cit., p. 39.
[4] Ibidem.
[5] Cfr. Finkielkraut, Alain, La derrota del pensamiento, («Colección Argumentos, núm. 87»), VIII edición, Barcelona, ed. Anagrama, 2004, traducción de Joaquín Jordá, pp. 134-135, pp. 9-10.
[6] Op. cit., p. 13.
[7] Cfr. Lacoue-Labarthe, Philippe y Jean-Luc Nancy, El mito nazi, España, Editorial Anthropos, 2002, traducción y epílogo de Juan Carlos Moreno Romo.
[8] Op. cit., Finkielkraut, p. 14.
[9] Op. cit., p. 24.
[10] Op. cit. p. 27.
[11] Op. cit., p. 65.
[12] Op. cit., p. 139.
[13] Cfr. op. cit., pp. 134-135.
[14] Op. cit., p. 138.
[15] Op. cit. Finkielkraut, «Ahora el peligro es la tiranía de las minorías».
[16] Ibidem.
[17] Cfr. Finkielkraut, Alain, Nosotros, los modernos, («Ensayos 282»), Madrid, ed. Encuentro, 2006, p. 211. En el mismo texto se reseña el citado caso Dreyfus: «El 6 de octubre de 1894 cuando el servicio de información francés atribuyó al capitán Alfred Dreyfus la paternidad de una carta dirigida al agregado militar de la embajada de Alemania en París; en ella le anunciaba el envío de documentos confidenciales. Diez días más tarde, Dreyfus era detenido. El juicio tuvo lugar en el mes de diciembre de ese mismo año. Dreyfus fue condenado a deportación perpetua en un recinto fortificado. El 5 de enero de 1895 tuvo lugar su degradación solemne en el patio de la Escuela militar» (p. 208)
[18] Fue el primero de los llamados “intelectuales” modernos o contemporáneos, ya a finales del siglo XIX, en escribir una carta al entonces presidente francés Félix Faure, para expresarle su rechazo ante el juicio a Dreyfus, es decir, fue el primero en convertir el caso de uno en asunto de todos y, al mismo tiempo, inmiscuir al recién agrupado gremio intelectual para los mismos efectos.
[19] Finkielkraut, op. cit., La derrota del pensamiento, p. 72.
[20] Finkielkraut, op. cit. Nosotros, los modernos, p. 212.
[21] Ibidem.
[22] Neologismo utilizado principalmente por el político, escritor y ex Canciller mexicano Jorge G. Castañeda, con lo que se refiere a lo que se habla “en el ambiente”, lo que se opina “en bloque” sobre algún tema particular de relevancia para nuestro país.
[23] Ibidem.
[24] Finkielkraut, op. cit. La derrota del pensamiento. pp. 9-10.
[25] Finkielkraut, op. cit., La derrota del pensamiento, p. 26.
[26] Finkielkraut, op. cit. Nosotros, los modernos, p. 239.
[27] Ibidem.
[28] Op. cit., p. 242.
[29] Finkielkraut, Alain, La Humanidad Perdida. Ensayo sobre el siglo XX., Editoral Anagrama, Barcelona, 1998. p. 25.
[30] Cfr. op. cit., p. 62.
[31] Ibidem.
[32] Op. cit., p. 87.

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