@jhcastelano
«El punto de encuentro de las paralelas está en el infinito»
Simone Weil
Cualquier persona que tenga recuerdos de su infancia, adolescencia o juventud, sabrá ponderar cuando alguien como el que escribe le consigne una experiencia formidable que emana desde los tiempos de la temprana adolescencia y florece con la juventud para venir al recuerdo unos buenos años (y kilos) después.
Nos hemos reencontrado virtualmente gracias a las redes sociales y en la realidad con alguna reunión a la que unos cuantos acudimos, un buen número de compañeros del Seminario Conciliar Diocesano de Nuestra Señora de Guadalupe, de la diócesis de Querétaro. Los que somos de la generación de 1996 de la prepa y algunos de la siguiente, la de 1997. En principio esto —se me podría decir— pues es un recuerdo muy propio de quienes somos protagonistas del mismo, si no fuera porque sostengo que es algo extraordinario, muy sui generis y empapado de la Providencia de Dios, pues no sólo por lo entrañable que representa todo, sino porque, insisto, se ve la mano del Todopoderoso en el proceso de formación de cada uno de los que hemos vivido y coincidido en este grupo. Voy a explayarme entonces:
No sé de quién fue iniciativa armar un mecanismo como el que vivimos los reclutados desde las épocas de secundaria para hacer los grupos de “seminaristas en familia”. Puedo suponer que el autor intelectual de esta modalidad pudo haber sido el entonces Obispo, Dr. Alfonso Toriz Cobián; o bien, del entonces promotor vocacional el Pbro. Domingo Díaz Martínez, hoy Arzobispo de la arquidiócesis de Tulancingo. Quien sea, tuvo la magnífica idea de explotar y excitar los deseos de la niñez para ser sacerdotes en plenos años 80’s, cuando andaba muy escasa la cosecha de nuevas vocaciones al sacerdocio. Puso a trabajar a los seminaristas de ese tiempo dando pláticas y haciendo convivencias para monaguillos a los niños como yo, valiéndose de los apostolados que funcionaban, esos sí, con cierto auge, como la orden tercera de los franciscanos, la adoración nocturna o la peregrinación al Tepeyac.
Era yo del grupo de tarsicios cuando fui invitado al servicio del altar y acudí a la formación a la parroquia de San Francisquito. Allí tuve mi primer contacto con los otros niños monaguillos, alguno de ellos llegó al sacerdocio; y con los entonces seminaristas ya del mayor, a quienes admirábamos, idolatrábamos y tratábamos de imitar. Su ejemplo era la llave para sentirnos motivados a inscribirnos en el Seminario. Recuerdo al difunto Padre Francisco Estrella, al Padre Rogelio Martínez Martínez, por citar algunos. Eran finales de 1988 y principios de 1989, cuando fue ese curso y cuando escuché por primera vez sobre los “seminaristas en familia”. Nos invitaron a ello, a los retiros vocacionales y a ser seminaristas en casa, modalidad en la que uno vivía con sus papás o su familia y los fines de semana cada quince días vivíamos en el Seminario, bajo la guía de formadores seminaristas capacitados para acompañarnos.
Yo no hice caso a la invitación, primero porque apenas entraría al sexto de primaria en el 89 y luego porque en el 90 me faltaron agallas para ir al retiro, aunque ardía en deseos de tener la experiencia y estaba convencido de ser sacerdote. Fue hasta 1991 y motivado porque en la semana santa del año anterior y del mismo 91 viví y vi de cerca la labor misionera de los muchachos de la congregación de la Sagrada Familia que, en su apostolado, habían acudido a mi pueblo en Querétaro. Fui, entonces, la semana previa al eclipse del jueves 11 de julio de 1991 a la convivencia vocacional. Esa semana hubo un huracán, del que no recuerdo el nombre. Incluso se desbordó el río en Hércules y llegaba el agua hasta las paredes traseras del terreno que circundaba el Seminario. No dejaba de llover día y noche y teníamos que hacer el deporte, muy pesado para mí, en los pasillos techados del Seminario. Allí fui parte del equipo 1, donde conocí a los tres hermanos Arellano Rosas: Manuel, Diego y Agustín, así como al extraño Juan Carlos Corona, había otro par de hermanos, uno muy grande y de prominentes quijadas y pelo negro, muy negro, y su hermano más pequeño con iguales características; pero en tamaño mini. Los describo porque no recuerdo sus nombres. Y yo. Nuestro asesor de equipo era el ahora Sacerdote Wenceslao Ferrusquía Navarrete. Él también recuerda esto. Tiene una excelente memoria. En esa aventura de la convivencia me acompañaron mis primos Edmundo y Héctor Hernández Grijalva, así como mi buen amigo de la infancia Ángel Grijalva Castañón, alias el Ampolla, quien resulta ser primo de mi mamá, a pesar del desfase generacional.
En fin, que para septiembre del mismo año mis papás me inscribieron al grupo de semis en familia. Ya nada más yo de mi pueblo. Ya para entonces el Padre Domingo no era promotor vocacional, sino rector del Seminario. El encargado de Vocaciones era el Padre José Luis Andrade y el formador a cargo de nosotros era el ahora Padre Francisco Gavidia. En ese primer año le acompañó el ahora Padre Rogelio Cano, quien es el actual y primer rector de la Basílica de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, así como el ahora Padre Herminio Jorge Hernández Nieto, Canciller del Obispo, así como otro seminarista que no llegó a ordenarse, a saber, Tomas Gualito. En fin, ahí conocí a Roberto Gallegos Pérez, a Erik Sánchez Cervantes, ya fallecido, a Saúl, alias el Samber, a Arturo, alias el Toro, a Pacheco, al “Cobi”, al “Huesos”, a Margarito, a Lupe el de La Cañada, a mi amigo Lupillo Jiménez, alias el Pit, al “Tamal”, a quien ya había visto antes desde el curso de monaguillos; etc.
De cómo me fue o cómo se vivió ese año, ya daré detalles; pero lo que me ocupa ahora es decir que en navidad, semana santa y al final del curso nos juntábamos con los compañeros de otros centros de seminaristas en familia pertenecientes al mismo Seminario, como el de Soriano, El Capulín, San Juan del Río, Jalpan, El Pueblito y nosotros, los de Hércules. Fue de ese modo como supe de la existencia del “Árabe”, o el “Panda”, de San Juan del Río; o del Zenón, del “Súper” o del Chava, del centro de El Pueblito; o del Tolimán, mi amigo Miguel, quien venía del centro de Soriano; pero es originario de San Miguel Palmas, Peñamiller; del Meche, de Colón. De los de la sierra no me acuerdo en esos tiempos. A ellos los conocí hasta el Menor. Lo importante es que así me di cuenta del modus operandi de los promotores vocacionales: instauraron estos centros para reclutar jovencitos como yo, que queríamos ser sacerdotes y nos dieron la experiencia del Seminario desde muy niños, desde que estábamos con nuestras familias. Eso es obra de Dios. Es providencial.
Para el tercer año nos tocó estar en El Pueblito. Allí nuestros formadores fueron Luis Antonio Moreno, alias el Pollo y el ahora Padre Aquileo Osorno, Osorno, de San Pedro Escanelilla, Pinal de Amoles, Qro. Fue fantástico ese año. El Pollo era un excelente formador. Su ejemplo me motivó, entre muchos otros maestros, a ser maestro yo mismo. Siento que hablaba al corazón, más que al intelecto. En fin.
Lo mejor vino después: ya para entrar al Menor y en toda la etapa de la Prepa. Al curso propedéutico llegamos más de sesenta jóvenes y no tan jóvenes como Isidro y el Bigotes. Nos sometieron a un curso muy intenso en el que revisábamos desde caligrafía hasta historia, historia de la salvación, ortografía y gramática, etc. Nos examinaron y al final hicieron la selección para ver quiénes irían al queretano con los maristas a estudiar la prepa y quienes al Clemencia Borja con las Madres Marianas para lo mismo. En ese lapso de tiempo convivimos día y noche y vivimos múltiples experiencias para el anecdotario. También sirvió como filtro. Ya para la escuela y la integración con los grupos que nos antecedían, el número de los nuestros había bajado significativamente.
Éramos el resultado del acompañamiento de los grupos de los centros descritos anteriormente y con la suma de algunos nuevos de distintos puntos de la diócesis. Un grupo muy heterogéneo. Así entramos al Menor. Así nos distinguimos porque además éramos diferentes a los otros dos mayores que nosotros. Ya daré detalles de eso también.
Fuimos la generación de transición de la mudanza del edificio de Hércules al de Pasteur, número 36, en el Centro de la Ciudad de Querétaro. Muchas anécdotas más se podrán decir de esta etapa. Lo importante es que nos volvimos más unidos y nuestra vida, así juntos, nos dejaba grandes lecciones. El vínculo se volvió estrecho, pues de día y de noche compartimos todo tipo de inquietudes, de sueños, de esperanzas y de temores. Incluso pudimos ver la diversidad de talentos y cada uno podía ver a la familia del otro como propia, asequible, entrañable, cercana.
Pasaron los años. Muchos nos fuimos del Semillero poco a poco. Cada quien tomó su camino. Algunos se siguieron frecuentando, otros nos apartamos, ya sea por la distancia física, o ya sea por la decepción, o bien, por la confusión. Hay todo tipo de razones o sinrazones para haberse ido de ahí. Hace poco nos volvimos a ver unos cuantos —decía antes— y fue como volver a casa, a esa casa en común, nuestra casa, nuestro Seminario. Nos consideramos amigos. Somos la Palomilla. Nuestra amistad corre como las líneas paralelas: hasta el infinito. Ni aunque muertos se ha de acabar, pues quedó sellada para siempre. Es más, los puedo sentir más que como amigos, como hermanos, pues vivimos juntos, después de todo. A mucha honra.
Dios nos juntó y nos hizo capaces de sentir y de palpitar casi al mismo ritmo, de amar la Religión Católica, de orar juntos y unos por otros, de cantar juntos, de elevar nuestra misma plegaria, de avizorar el mundo y de entregarnos al servicio del Evangelio, aun si no llegamos al ministerio sacerdotal. El Seminario nos dio lo mejor y lo único con lo que le podemos pagar es con una vida buena para nosotros, para los amigos, para nuestras familias y para los demás. ¿O no, mi Palomilla?
Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.
3 de marzo, año de Gracia, 2018.

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