@jhcastelano
En repetidas ocasiones he contado a generaciones y generaciones de alumnos sobre un mítico lugar solamente bautizado por mí como el valle de las moscas. Conocido por múltiples personas sin saber el nombre otorgado por el que escribe. Siempre causa admiración y curiosidad a quienes me escuchan y no pocos me han recordado a la postre cuando de este lugar de fantasía les conté. Hoy quiero pagar la deuda de escribir sobre él.
Cuando me vi en la necesidad de buscar trabajo después de mi salida de la preparatoria incursioné en varias actividades laborales. Después de varios intentos por fin me dieron el trabajo como ayudante de eléctrico en reconocida trasnacional, aunque dependía en un inicio no de la fábrica directamente, es decir, no de la planta, sino de una compañía contratista que se llamaba FGR Ingenieros. Ellos le hacían trabajos de construcción a los nuevos proyectos de la planta, a veces incluso de reparación.
Eran tiempos difíciles por la crisis económica de los noventa, así que al inicio iba caminando de mi casa al trabajo y para ello debía seguir la línea trazada por las vías férreas de la bestia de hierro. Durmiente tras durmiente pisaba y avanzaba. A veces, si el tiempo me lo permitía, me daba el lujo de caminar sobre los rieles. Si el tren se aproximaba, sólo me apartaba un poco y ya estaba.
No me quedaba mucha capacidad de atención para percibir el ambiente alrededor de las vías. Tenía que concentrarme en el camino y poner mis ojos sobre los pasos que daba. La curiosidad me hacía mirar de cualquier manera el paisaje de manera furtiva. Así podía ver a cierta distancia algunos corrales de vacas, uno que otro árbol, mucho terreno de cultivo con alfalfa, por lo regular, y más cerca, al lado de la vía, un canal de residuos pluviales, por lo que se dejaban ver algunos juncos, carrizos y plantas flotantes, así como algunos animales como renacuajos, tepocatas, muchos insectos y alguna que otra ardilla o animales rastreros.
Poca gente transitaba por ahí. Sólo los trabajadores del rancho cercano, propiedad de los Rubín. Alguna vez me encontré con un migrante y lo interrogué. Era de Honduras y me dijo que era la tercera ocasión que intentaba cruzar el país para tratar de llegar a la Unión Americana. También me dijo que reconocía la región y le parecía llegar a los límites en los cuales la gente le podía apoyar, porque después de San Luis Potosí era muy difícil pedir un poco de comida o agua.
En cuanto pude y tuve un poco de recursos me compré mi bicicleta de montaña. Recuerdo haber ido al mercado Escobedo y en una de las tiendas grandes de este tipo de rústico transporte haberla escogido cuidadosamente. Era negra y la quise no tan ligera ni tan pesada, que no se viera tan frágil; pero tampoco tan estorbosa ni llena de aditamentos. La consideré sencilla y a la vez potente. Vi que tenía las dos estrellas para cambios de velocidades en buenas condiciones y que los frenos estuvieran bien ajustados. Incluso cuando la compré decidí trasladarme en ella desde el centro de la ciudad hasta los arrabales de mi pueblo, cosa de veinte kilómetros, aproximadamente.
Ya con mi bicicleta tuve que cambiar la ruta del traslado de la casa al trabajo. Ahora tenía que despegarme de la vía y pasar justo del otro lado del canal en paralela a la misma vía para salir a la carretera y transitar por ella unos quinientos metros para llegar a la vigilancia de la empresa, registrarme, colgar mi bicicleta en un lugar especial y ponerme a los servicios de los ingenieros y trabajadores de la construcción.
Me la pasé en mi bicicleta hasta que mi papá compró el viejo Tsuru II, 88, color rojo con el que después me beneficié para ir al trabajo. Ya para entonces era trabajador de planta y una línea de empaque estaba a mi cargo. Todo ese tiempo de la bicicleta fue el de mi evolución como trabajador exitoso en ese lugar de mis sueños fortuitos. La experiencia del viaje así, me dotó de otras capacidades: la de ir pensando mucho mientras pedaleaba, la de ir contemplando cada detalle del camino a la velocidad de las ruedas, la de percibir los olores y sentir las piedras y mirar la gente y darme cuenta de la distancia, en suma, la de soñar, imaginar con más profundidad y aventurar en mi mente un montón de fantasías. Yo tenía veinte, veintiuno y veintidós años.
Podía percibir cada metro o cada centímetro del camino y sus particularidades y sus diferencias. Fue así como me di cuenta que había un buen trecho del mismo en el que se juntaban varios factores muy peculiares: el agua del canal, el ruido de los grillos y las ranas, el olor a la humedad, la tierra mojada cuando eran épocas de lluvia y los escasos espacios por los que se podía circular para no meterse en el fango o de plano en los charcos larguísimos o el pasto y hierba escabrosa; también era la zona de los terrenos de cultivo y, como había dicho antes, llenos de alfalfa, aunque de vez en cuando también maíz y hasta cebollas. A estos campos los fertilizaban muy bien con estiércol.
Todos esos factores propiciaban la sobreabundancia de las moscas. Aprendí a transitar entre los enjambres molestos y perniciosos de estos insectos. Nunca dejé de acordarme del poema de las moscas, de Antonio Machado y más de alguna vez, llevando mi walkman y audífonos escuchaba un casete con las canciones del poeta en la voz de Serrat, con ese disco tributo que le hizo el catalán al poeta en 1968. Y me gustaba escuchar y repetir la canción «oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril. / Viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil… / Yo sé que os habéis posado / sobre el librote cerrado, / sobre la carta de amor…»
En mis fantasías del camino pensaba en las etapas del mismo: el pueblo y sus casas y habitantes eran la aldea cuasi medieval con columnas de humo de las tortillas y ladridos de perros en los patios; el paso de la bestia de hierro, donde me jugaba el pellejo cuando el tren estaba parado y había que pasar entre los vagones ante el miedo de que se moviera la bestia; el pueblo vecino inhóspito y semi habitado, lleno de jaurías de perros; luego la fábrica en ruinas, propiedad también de los Rubín, donde alguna vez supe que producían mermelada de fresa y que ahora sólo tenía un viejo velador, muy amigable por cierto y muy cotorro, con quien de vez en cuando me quedaba a platicar un rato; y por penúltimo, antes de la carretera el extenso valle de las moscas, cuya primera parte era vereda y la segunda empedrado; era toda una aventura pasar a toda velocidad en la bici sin que ninguna mosca entrara en la boca, por lo que no podía darme el lujo de cantar ni abrir para nada la cavidad bucal; algunas veces hice caso omiso al cuidado y me tuve que tragar algunas moscas, no sin tratar de regurgitar para sacar sin éxito los pegajosos insectos. Para mis ojos me vinieron bien aquellas gafas de regalo por un récord de producción y especiales para cuando salíamos de trabajar en el turno nocturno.
El olor a estiércol no me producía dificultades, no tanto como el lidiar con esos interminables enjambres de moscas. Consideraba una especie de odisea pasar por ahí y por eso mi fantasía de valeroso caballero se excitaba sobremanera. Ya era un poco grandecito para esa imaginación; aunque la ocasión en la que tuve que matar una víbora que encontré en camino y que se levantó para enseñarme las fauces y la lengua viperina no es ninguna fantasía. De un salto que di me agaché, tomé una roca de buen tamaño y en menos de lo que lo cuento la arrojé y le di en la mera cabeza. Repito: eso no fue fantasía. Fue real.
En fin, tenía yo unas dos décadas de vida y relativamente buena pureza e inocencia, así que no me importa mucho el juicio de quienes quisieran etiquetarme de puerilidad. Hoy mismo, cuando ha pasado otro tanto de la edad que entonces tenía, encuentro fascinante esos recuerdos. Será por eso que cuando lo cuento a mis alumnos si no constato por sus palabras que igualmente les llena de curiosidad y entusiasmo mi relato, por lo menos sí me lo dicen sus caras con sus expresiones vivas, atentas y divertidas, amén de que no falte alguno que me lo recuerde, aun siendo ya exalumnos.
Este recuerdo me viene a la luz de mi anhelo por servir a Dios y por darle gracias por mis experiencias de la vida; pero más aún por la hermosa memoria con la que me favoreció y dotó. Una de las mejores virtudes y más preciadas: la capacidad de memoria, una de las potencias del alma, por cierto.
Ad maiorem Dei gloriam.
Julián Hernández Castelano.
Santa Ana Chiautempan, Tlax.
22 de septiembre de 2018.

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