Pude ver hace unos días un filme
verdaderamente «conmocionante», si puedo proponer esta derivación como neologismo, más que conmovedor. Se llama “Una aventura
extraordinaria” (Life of Pi), del director Ang Lee, año 2012. Se trata de un
naufragio padecido por un joven hindú; mas no se trata sólo del naufragio, sino
acerca del hablar de Dios. El sobreviviente cuenta dos historias paralelas de
su hazaña: en una sobrevive milagrosamente con un tigre de bengala; en otra da
cuenta del drama de supervivencia vía la desesperación inspiradora de la muerte
entre los últimos sobrevivientes, quedando sólo él. El mismo protagonista
propone que sus dos historias tienen que ver con Dios porque al final, cuando
da a elegir uno de los relatos, él presupone que Dios elegiría la predispuesta
por la inercia de la película sobre el espectador. De cualquier manera, haber
sobrevivido en tales condiciones no deja mucho espacio para prescindir de lo
sagrado.
Es este tema de
lo sagrado, el verdadero y mayor de los problemas de la filosofía, según
propone un maestro que ha escrito no pocas páginas para estudiar y escudriñar
los temas que permean la discusión filosófica de nuestros días. El de la
religión es «el» problema por antonomasia en el plano filosófico, y con ello el
de lo sagrado, el de Dios. No ha habido un sistema filosófico, una idea, una
propuesta, una meditación, un pensamiento por muy alto o profundo que sea, que
no se haya topado con el fondo mismo de todo asunto trascendente, es decir, que
no haya rozado con el problema de lo sagrado. Hablar de Dios, pues, por muy
tema tabú en el ámbito «laico», por mucho que los paladines de la
secularización se empeñen en acallarlo, terminan restándole la importancia y
los trabajos a un sinnúmero de veros pensadores.
Se sabe, por
otra parte, que ciertos pueblos han considerado el tema de lo sagrado de una manera tan importante que hasta era
necesario callarse el nombre de Dios, precisamente por tan sagrado, tan
sublime. Por contraparte, en nuestros ámbitos secularizados se banaliza el uso
del término que designa a Dios porque se le ha desprovisto de todo contenido
inherente a su naturaleza, es decir, se le ha «desacralizado».
Ya ni siquiera
se puede hablar de Dios tan abiertamente sin que se levanten sospechas de
fanatismo por parte de los no pocos espíritus «ilustrados» o jacobinos de
nuestros días.
Urge hablar de
Dios. A ver si con ello se despierta un poco más el interés de quienes no sólo
le han negado los oídos a su Palabra, sino a los que han cerrado toda
posibilidad de su experiencia viva. Urge porque el creyente muchas veces dice
serlo; pero se niega a asumirse como “practicante”. Urge porque hasta para
opinar sobre religiones resulta ahora que los “expertos” son esos académicos
agnósticos vacíos de toda creencia en lo sagrado y propensos a pontificar sobre
esos asuntos como si les fuesen propios. Urge porque desde el ámbito secular de
un Estado equívocamente llamado «laico» cuando más bien se asume como ateo,
desde ahí se pretende invadir el espacio de la religión y juzgar sobre lo más
íntimo y sagrado mediante la irritante espada de lo “políticamente correcto”.
Urge hablar de Dios porque así se muestra la esperanza de que Dios hable por
medio de las palabras de quien desee hablar de Él con toda sinceridad y
compromiso. Le entro.
Julián Hernández
Castelano.
Santa Ana,
Chiautempan, Tlaxcala.
30 de junio, año
de la fe, 2013

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