Dedicado a los alumnos que egresan del Bachillerato del Colegio Sor Juana Inés de la Cruz, Tlaxcala.
Dedicado también a los jóvenes de mi parroquia de Jesús María y José en Querétaro que también egresan de diversos niveles. Espero que lo lean.
Los primeros tres y los últimos cuatro párrafos se los dedico a todos los jóvenes que en este año se van a la Universidad, de cualquier escuela preparatoria de la que salgan.
Muy
queridos jóvenes:
Mucho
se podría decir con figuras retóricas y una extrema emotividad acerca del fin
de un camino, del cambio operado en ustedes a través de estos años del
Bachillerato, del paso trascendental en la vida que ustedes van a dar al estar
en los umbrales de la Universidad.
Mucho
podría abundarse sobre los sentimientos experimentados por cada uno de ustedes
al haber compartido con nosotros, ya sea la etapa última del Bachillerato, ya
sea desde la Secundaria, desde la primaria, o incluso desde el prescolar.
Podríamos
incluso abundar sobre el cúmulo de experiencias en esta su escuela, mismas que
seguramente no habrán de olvidar. No pretendemos borrar todo eso, ni amargar la
disposición que tienen ante la nostalgia de la despedida entre ustedes mismos y
respecto de nuestra escuela; pero más bien quisiera cambiar un poco la
tonalidad de estas palabras para hacerles observar otros aspectos de este día
tan especial:
Primeramente
agradecerles a ustedes, de todo corazón, por haber prestado su disposición para
estudiar y estar aquí con nosotros, sus profesores y directivos de la escuela.
Gracias porque han sabido soportar las dificultades del estudio. Gracias porque
se han esforzado para llegar a este momento. Gracias por acatar nuestras
disposiciones. Gracias porque pudieron y quisieron prodigarse, darse a los
demás. Gracias a sus papás por tenernos la confianza de ayudarles con la
educación de ustedes. Gracias por ver en el Colegio Sor Juana Inés de la Cruz
el lugar idóneo para cursar parte o mucho de su formación.
Enseguida
me gustaría resaltar algo muy concreto, puntual y especial acerca de su grupo:
ustedes tuvieron el privilegio, la oportunidad y el honor de haber tenido como
tutora a la Madre Paty, prácticamente unas tres cuartas partes del ciclo
escolar, además del trabajo que tuvo con ustedes en una materia desde el cuarto
semestre. Pues bien, considero un acto providencial haberla tenido tan cerca,
porque pudieron conocerla y admirarla. Estoy seguro que su ejemplar manera de
vivir la vocación escolapia fue suficiente para que ustedes sepan apreciar lo
afortunados que han sido; pero no debe quedar ahí. Es tiempo de manifestar que
no sólo han sido capaces de dejarse eclipsar por tanto ejemplo que ella les
dio, sino de dar una respuesta no sólo con su admiración, sino con la acción,
tal como ella les exigió desde sus clases y su labor tutorial: no basta saber qué
falta, sino que falta emplear las manos, las acciones y la práctica en el mundo
para mejorarlo. Y a ustedes les empieza a llegar la hora de demostrarlo.
Eso
me lleva al último punto. Es sencillo decirlo. Es tremendamente difícil
llevarlo a cabo. Les toca a ustedes hacer que este cambio al que se someten, o
del que les ha llegado el tiempo, sea para demostrar lo que verdaderamente
pueden hacer. De ese modo, deben ustedes ser señal del verdadero cambio que la
sociedad necesita. Si el mundo los incita a ser del montón, ustedes deben
distinguirse por su valentía y por los valores que, al menos la Madre Paty, les
demostró que se pueden vivir.
Si el mundo les restriega en la cara la bajeza y
el abaratamiento de las relaciones, ustedes demuéstrenle al mundo que nada en
las relaciones es superficial y endeble, sino, con la ayuda de Dios, debe ser
fuente de fortaleza y de perdurabilidad. Si el mundo les ofrece el éxito
pasajero y les pide como moneda de cambio su dignidad o el pisoteo de la
dignidad de otros, ustedes demuéstrenle al mundo que todo se puede sin agraviar
y que la verdadera felicidad nada tiene que ver con el éxito pasajero. Si el
mundo los embiste con toda clase de placeres y de perdición, ustedes
demuéstrenle al mundo que su dignidad es mucho más grande que esas furtivas
satisfacciones. Si el mundo les enseña la miseria, ustedes enséñenle al mundo
la riqueza del amor, de la fraternidad, de la oración y hasta de Dios. Sepan ir
por la vida, entonces, sin olvidarse de Dios. Es totalmente relevante aun cuando
ustedes no le encuentren la necesidad.
A
partir de ahora estarán desprovistos de la cercanía y la vigilancia que aquí se
les trató de ofrecer y sólo sus más arraigadas convicciones religiosas y sus
principios de integridad y de dignidad, les podrán proteger de un mundo muchas
veces hostil y prejuicioso por el tipo de Colegio de donde ustedes dirán que
provienen.
En
fin, pues, a ustedes les toca darle sentido a esta oportunidad del cambio que
tanto anhelaban en las semanas o meses pasados.
Que
Dios los bendiga siempre dondequiera que se encuentren. No olviden a su familia
y si pueden, recuérdenos o visítenos. Aquí los esperaremos con los brazos
abiertos, pues esta es su escuela.
Muchas
gracias.
Julián Hernández
Castelano. Director.
Tlaxcala, Tlax.
03 de julio, año de la fe, 2013.

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