Sobre un amigo que murió escribe así San Agustín en su libro IV, capítulo VIII, en el 13 y el 14:
"Conversar, reír, servirnos mutuamente con agrado, leer en común libros amenos, bromear unos con otros y divertirnos en compañía; discutir a veces, pero sin animadversión, como cuando uno disiente de sí mismo, y con tales disensiones esporádicas condimentar las muchas conformidades; enseñarnos mutuamente alguna cosa, suspirar con los ausentes con pena y acoger con alegría a los que llegaban. Con estos signos y otros semejantes se derretían, como con tantos otros incentivos, nuestras almas y de muchas se hacía una sola.
Esto es lo que se ama en los amigos; y de tal modo se ama, que la conciencia humana se considera rea de culpa si no ama al que le ama o no corresponde al que le amó primero, sin buscar de él otra cosa exterior que tales signos de benevolencia. De aquí el llanto cuando muere alguno, y las tinieblas de dolores, y el afligirse el corazón, trocada la dulzura en amargura; y de aquí la muerte de los vivos, por la pérdida de vida de los que mueren.
Bienaventurado el que te ama a ti, Señor, y al amigo en ti, y al enemigo por ti, porque sólo no podría perder al amigo quien tiene a todos por amigos en aquel que no puede perderse."
Yo digo esto, por un amigo que perdí también y consolándome con el dolor de Agustín:
Por ti, mi amigo fiel, a Dios sentí
allá por los noventas con el canto.
Lo traigo a mi memoria, extraño tanto
los múltiples recuerdos que viví.
amar y responder con gesto santo,
el sórdido dolor de mi quebranto
descansa en la Esperanza y es por ti.
Cuando hubo menester de dar servicio
lo diste, no dudaste ni un segundo,
sonriendo al por mayor fuiste propicio.
Y aún en el dolor fuiste fecundo,
cordial, de buen talante en el suplicio,
mi hermano, buen amigo, mi Raymundo.

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