Algunas ideas sobre la simbiosis entre la música y la escritura

lunes, 28 de noviembre de 2022

@jhcastelano

Recién ha muerto Pablo Milanés. No han faltado, por una parte, elogios y, por otra, críticas. Quienes lo elogian ven en él un cantante, autor e intérprete histórico, fundador —dicen, quizás erróneamente— de la trova, aunque sería más bien preciso decir «cofundador de la nueva trova cubana»; lo ven como un cantante de profundo sentimiento y timbre melodioso; y terminan exaltándolo por su trayectoria y su «genialidad» para componer. Inclusive citan algunas de sus canciones como Yolanda, El breve espacio, o como Yo no te pido, etc. Quienes lo critican, lo hacen principalmente por su filiación comunista, su aprecio, glosa y admiración por el régimen castrista y hasta por su ingenuidad y militancia con el partido comunista y hasta por haber ejercido plácidamente un cargo de gobierno en algún tiempo como diputado. Y citan éstos canciones como aquella que reza: «¿qué puedo yo decirte, comandante, si el poeta eres tú?», o aquella de «Yo me quedo con todas esas cosas»

Surge con esta muerte de un artista la eterna discusión de cómo la música puede llegar a estar al servicio de poderes mundanos o si debe servir para suscitar una experiencia meramente estética con el canto y la melodía. Y se pueden aventurar muchas más críticas, especialmente a lo que hace a la música popular, por ejemplo, por su descuido de la armonía, del rebajamiento de las formas de expresión en la música, en la ejecución, en los ritmos y hasta en el mensaje del canto. Una mala forma de expresión oral también puede combinarse con una música estridente, sin armonía ni cuidado, sino sometida al deseo del acompasamiento para invitar al movimiento del cuerpo en el baile, por ejemplo.

Parece que siempre ha habido una simbiosis entre la música y el mensaje oral o escrito. Ya desde antiguo no faltaban poetas que entonaban gestas, aventuras y hasta epopeyas. Eran, para el ámbito griego, los rapsodas. Componían versos que, ya de suyo, estaban medidos para dar la impresión de la melodía. Y luego ya podían agregar instrumentos. Después vendrían las odas, las baladas, etc.

No han faltado teóricos o pensadores que buscan e identifican esta simbiosis. En México tenemos un profundo pensador que nos trae la idea de afinar y enlazar en la expresión del discurso la necesidad de “musicalizar” lo que se dice; pero para ello pide y propone encontrar la analogía o la similitud de la expresión musical, específicamente, en el surgimiento de las “sonatas” y la creación de la sinfonía a partir de siglos pasados. Veamos:

«El misterio que traduce la música —nos dice José Vasconcelos— de los sonidos posee también otra clase de manifestaciones y es superior a todas ellas. Algunas veces la música realiza su orden estético, nos da su característica y su ley, pero no por eso deja de ser un método de expresión y no la esencia misma de lo expresado», con lo cual quiere decir que la música siempre expresa algo, un mensaje, de manera especial mediante la emisión de los sonidos organizados. Vasconcelos sabe que las partes de una sonata, por ejemplo, equivalen al valor del discurso en su manifestación por partes:


«Para organizar su composición, el músico se ayuda de las formas intelectuales: sufre la influencia del tratado. En el siglo XVIII comienza a componer sonatas, piezas que constan de tres fragmentos: allegro, adagio, presto. Las tres partes de la sonata corresponden a las tres partes del discurso o del silogismo: exposición de temas en el allegro, desarrollo de los mismos en el adagio y recapitulación final».

Lo mismo se nos exige con la expresión escrita en un discurso, u oral, si es dicho. Ponemos o emitimos la exposición del contexto, la problemática, o simplemente una introducción que nos debe resultar pertinente y adecuada a lo que pretendemos decir con el mensaje. Todavía faltaría por establecer en qué sentido y cuál valor debe aportar una serie de ideas expresadas con la mayor belleza posible y la influencia de la sinfonía para acrecentar el valor estético de lo que decimos. Y así nos lo explica este filósofo mexicano:

«El lenguaje construye valores aislados, parciales, y cuando intenta ligarlos en la filosofía se ve obligado a buscar una proposición única, acaso una palabra, que todo lo englobe; en ese mismo instante fracasa, porque toca lo inefable. ¿Qué debe hacerse entonces? ¿Callar? No. Es mejor imitar a la música, disponer las ideas como temas orquestales, desarrollándolas por senderos sin término y por analogías profundas. Esta es, justamente, la reforma que necesitan el pensamiento filosófico y la literatura. La palabra necesita volver a impregnarse de música. Ya no tornará, simplificada, al canto primitivo, sino que enriquecerá su complejidad con los tesoros de la moderna música.  La variedad innumerable del ensayo es como tesoro de melodías dispersas. La melodía es una sucesión agradable de notas que forman sentido; el ensayo es un encadenamiento libre de pensamientos conexos. Y así como no bastaron a la expresión musical el canto llano y las sencillas composiciones melódicas de la antigua escuela, no bastan hoy a la majestad y a la ambición del pensamiento contemporáneo los lineamientos desagregados del ensayo. Es la hora de desarrollar, en la expresión literaria, la armonía, la representación simultánea y concorde de todas las coexistencias. Demos al pensamiento poder sintético, haciéndolo adoptar el método de la música.»

Si tuviésemos la intención de profundizar en el análisis de cualquier temática y la pretensión de expresar aquello con una estructura definida, contundente, agradable, estética, adornada y solvente en la lógica para que nuestro mensaje sea eficaz, bien podríamos comenzar por identificar la analogía que existe en el orden de la sinfonía en la música para desarrollar las ideas.

Un método tripartito, donde se identifica una realidad, un fundamento y un compromiso, es el inicio de un buen escrito. Luego habrá de agregarse la práctica, reforzarse con el gusto y la autoexigencia de escribir algo de verdadera calidad, sin perder la unidad temática y buscando la sencillez; pero al mismo tiempo, la sonoridad de lo escrito.

Siempre que escribamos, pensemos en las partes, como en la música clásica, según lo explicado por Vasconcelos. Eso podría ayudarnos a la armonía y la calidad, o la calidez.

La música tiene simbiosis con la expresión. El discurso y el pensamiento tienen mucho por aprender de la armonía, del orden y de la riqueza en los elementos de una sinfonía. Tratemos de escribir así.

Julián Hernández Castelano
28 de noviembre de 2022


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